Inocentemente culpable

Desde el Blog ‘Escribe Fino’ el reto dedicado a ‘viernes creativo’, nos invita a escribir sobre esta foto de Stefania Mucci: “La Inspectora Torres ha resuelto el caso, sabes que eres culpable de los hechos, pero ¿cuáles son los hechos? Ahora que se ha descubierto todo, puedes hacer tu confesión”. 
Fotografía: Stefanía Mucci

Tenía entre mis manos el periódico del día. No podía dejar de mirar la foto de la inspectora. Al parecer había sido sorprendida en la terraza de un bar, a punto de tomar algo para disfrutar su victoria, considerando que por fin había cerrado el caso y me habían condenado a diez años de cárcel por un delito que no cometí. Ahora ya conozco la verdad, aunque la inocencia no vale nada si no se demuestra y yo no puedo demostrarla. Todo está en mí contra: estaba en el lugar menos oportuno, en el momento justo y sin coartada. ¡Qué más se puede pedir! Se lo serví en bandeja. Todas las pruebas me señalaban y todos los testigos me reconocían. «La inspectora Torres es una mujer concienzuda o al menos tiene fama de serlo», me repetía a mí mismo durante la investigación.  Por eso, cuando me miraba a los ojos yo los abría de par en par como queriendo que mirara bien dentro para ver si así reconocía la verdad. Mi actitud era la de alguien cuyo único miedo era que le confundieran con el verdadero culpable. En los interrogatorios yo estaba tranquilo. Respondía rápido y no eludía ninguna pregunta. Ni siquiera me importaba no tener abogado, seguro como estaba de que en cualquier momento aparecería el auténtico responsable. Alguien con rasgos parecidos a mí o ese doble que dicen que todos tenemos…

Una tarde sentí que aporreaban la puerta de mi celda: el funcionario de guardia me avisaba que tenía una agradable visita. Me custodió hasta el locutorio y de repente, me encontré frente a un joven idéntico a mí que sonreía tras el cristal. Ni siquiera parpadeé y como un autómata, sin poder pronunciar una sola palabra, me senté cara a cara con él y le oí decir:

−¿Sorprendido? Somos gemelos monocigóticos, con idéntica genética al 100%. Fuimos adoptados por separado al nacer. Ahora ya sabes la verdad y también por qué estás tú ahí dentro y yo aquí fuera. Gracias hermano.

Esta es toda la verdad, una verdad que desgraciadamente nunca podré demostrar.

®lady_p

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Una habitación propia…

Esta semana en ‘Relatos Jueveros’ el Blog de Mag, ‘La trastienda del pecado’ nos invita a escribir desde el contexto del mundo onírico y crear una historia con un personaje célebre como personaje: Newton, Einstein, Frida Kahlo… o cualquier otro.
Fotografía: Internet

La idea de tener ‘una habitación propia’ donde pasar mi tiempo y dedicarme a mis cosas, traía consigo hacer algunos cambios en el resto de la casa. Pero estaba decidida y me puse a ello. Pasé el día cambiando muebles de un lugar a otro, trasladando libros, reservándome una butaca especialmente diseñada para la lectura en la que me senté. Apenas un instante después un ligero sopor se apoderó de mí. Ladeé un poco la cabeza y dejé que el sueño me atrapara. Pasados unos segundos, entreabrí los ojos y me encontré frente a Virginia Wolf, que con los brazos en jarra me preguntaba: «¿Esta será tu habitación?». Contesté que sí, que estaba aún sin acabar. «¿Dónde pondrás tu máquina de escribir?», preguntó interesada. Contesté que ahora se usaba algo llamado ‘ordenador’ y que lo pondría en una mesa ante la ventana. Entonces me explicó que su habitación tenía chimenea y un ventanal desde donde se veían árboles y un bosque. Estaba obsesionada con la luz y el orden. Mirando fijamente la butaca, me pidió permiso para sentarse. Se lo di y nada más acomodarse cerró los ojos y se durmió.

Aprovechando su sueño, acabé de colocar la estantería y los libros. Colgué algunos cuadros y un corcho con pósit y fotos. Ella descansaba plácidamente y yo contemplaba su serenidad, preguntándome qué estaría soñando.

De repente, con el resplandor de sol en la cara, abrió los ojos. Me dijo sonriente que había sido un sueño reparador y que había soñado que estaba en su casa con su hermano Thoby, debatiendo sobre Orlando. Al parecer su hermano rebatía algunos aspectos de la obra, matices que ella no admitía a discusión: «lo escrito, escrito está» comentaba.

Y mientras me contaba todas estas cosas, un estrepitoso ruido me sobresaltó. Abrí los ojos y allí estaba yo sentada en mi butaca, con todos los muebles por medio, la librería a mis pies hecha pedazos y los libros esparcidos a mí alrededor.

Por la noche todo estaba recogido. Miré mi habitación ya acabada y pensé que a Virginia seguramente le gustaría…

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Un puesto ambulante

Desde el Blog ‘Escribe fino’el reto dedicado a ‘viernes creativo’, nos invita a escribir sobre esta foto de Amalia Márquez tomada en Agadir, marruecos.

Apenas amanece, Omar se dispone a abrir su puesto ambulante. Está aparcado al borde de una carretera poco transitada, cerca de una barriada. Una vez abiertos tres de sus cuatro laterales, pone a la calentar el infernillo donde cocina su especialidad: los trid o pequeños dulces y los baghir, unas tortillas de harina muy parecidas a las creps. Ambas delicias son muy populares y tienen un precio muy asequible. Aparte, también vende un batiburrillo de cosas muy dispares: tabaco, mecheros, chucherías y hasta pilas.

Al pasar tantas horas en el puesto, lo tiene bien acondicionado: se protege del sol con una lona, posee una pequeña banqueta para descansar cuando no hay clientes y ha colocado una papelera de plástico para mantener limpio el lugar de trabajo.

Sin embargo el negocio de Omar no es el único. Por allí aparcan también otros vendedores de mayor caché que tienen furgonetas y se dedican a vender ropa. La gente sube y baja de la camioneta para probarse, y según dicen los dueños, no les va nada mal. Pero Omar heredó el negocio de su padre y lo aprendió desde pequeño. Por eso, al parecer, logra salir a flote, gracias a ese enorme trasiego de gente -incluso la que compra ropa- venida desde algunos rincones de la ciudad, dispuesta a probar sus famosos trid y baghir, los únicos de la zona, y que a decir de todos, no tienen parangón.  

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Un lamentable suceso…

Desde el ‘blog Acervo de letras’, este VadeReto, vamos a quedarnos con la excusa de la música y vamos a crear historias alrededor del: JAZZ

Desde pequeño Eric mostró gran interés y habilidad por la música. Apenas con cinco años pidió a los Reyes un saxo de juguete, y comprobando sus buenas aptitudes, sus padres se decidieron y lo matricularon en el conservatorio. El niño enseguida se decantó por el saxo, un instrumento que  dominó con gran facilidad. A sus padres les gustaba la voz de Billie Holliday, cuyos discos de vinilo sonaban frecuentemente en casa. Podría decirse Eric creció bajo los ecos del jazz, de ahí que muy pronto se convirtieran en sus sonidos favoritos, que inventara solos y dominara el instrumento magistralmente. Todos lo consideraban un prodigio y admiraban su talento.

Los conciertos comenzaron en la adolescencia. Aunque lo que él de verdad deseaba era integrarse en una banda y hacer un tour por Nueva Orleans, la cuna de jazz. Y apenas cumplidos los dieciocho hizo las maletas y se marchó en busca de aventuras. Comenzó a tocar en algunos pubs y entró en contacto con algunos grupos que lo invitaban a sumarse ocasionalmente. Pasó dos largos años malviviendo. Combinando la música con trabajos esporádicos de camarero o lavaplatos, viviendo en un apartamento inmundo, compartiendo baño y cocina. Pero a pesar de las duras circunstancias era feliz dedicándose a la música.

Y así iban las cosas cuando en una actuación en la que participó haciendo una sustitución, un representante de una célebre banda lo escuchó y lo fichó, haciéndole un contrato bastante bien remunerado que incluía una gira por el país. Así cambiaron las tornas. Eric comenzó a ganar dinero y fama. Grabó discos y actuó durante tres años sin parar. Se sentía agotado. Su fotografía circulaba por las revistas del corazón en las que aparecía con otras celebridades del momento. Lo invitaban a fiestas, a estrenos de teatro, de cine. Todo parecía un sueño hecho realidad.

Pero tanto éxito levantó alguna que otra ampolla entre bandas y saxofonistas rivales hambrientos y envidiosos de su éxito. Muy pronto aparecieron bulos y corrieron noticias falsas que lo incriminaban en el mundillo de las drogas y de la mala vida. Eric se afanaba por rescatar su prestigio pero tenía demasiados enemigos que lo veían como un intruso salido de la nada. Le acusaban de comprar voluntades, de hacer favores personales, de ser un tipo sin escrúpulos. Y a medida que toda esta falsedad salía a flote, su reputación se enfangaba y los contratos desaparecían. Aun así conseguía salir a flote, remontar y mantenerse en la cumbre como uno de los mejores saxofonistas del momento.

Un día fue invitado por The Club Playhause, un afamado club de Nueva Orleans, para tocar con una conocida banda local. Eric aceptó en recuerdo de aquellos años en los que era un desconocido e invitó a su mejor amiga la detective Chris Müller, a quien le unía una sólida amistad y un breve romance. Los cuatro integrantes ocuparon el escenario. Comenzaron a tocar. Eric cambiaba de vez en cuando la boquilla. Tocaba despertando largos aplausos entre el público asistente. Sudaba feliz bajo los focos, hasta que empezó a experimentar sofocos y a sentir cómo se aceleraban los latidos de su corazón, pero no quería parar. Puso toda su energía en los últimos compases y en medio de una fuerte ovación cayó desplomado al suelo. Chris Müller fue la primera en acercarse al cuerpo de su amigo y diagnosticar su muerte.

Los periódicos del día siguiente dieron la triste noticia: «Joven prodigio del saxo fallecido por un infarto fulminante». No obstante, Chris Müller sospechó que lejos de ser una muerte natural, cabía la posibilidad de que fuera un asesinato cuyo único móvil era la envidia. Nadie la creyó y tras meses de investigación, se cerró el caso.

Pasado el tiempo la detective Müller recibió un paquete anónimo. En su interior una boquilla de un saxo ponía a la detective sobre una posible pista…Resultó imposible abrir el caso y la muerte de Eric pasó a la historia como un lamentable suceso.

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Mi primera cámara

Esta semana el reto de’Relatos Jueveros, convocado desde el Blog de Nuria, nos invita a escribir sobre los recuerdos y emociones que un objeto nos provoque.

Entre la niña que fui y la mujer que soy, circula el hilo de una memoria jalonada de recuerdos que vienen hasta mí cuando pienso en mi primera cámara de fotos, una Kodak Brownie Fiesta, casi de juguete, con la que inmortalicé momentos inolvidables el día de mi primera comunión.

Como mi padre era fotógrafo, crecí entre fotografías. Recuerdo que tenía en casa su laboratorio y con frecuencia le ayudaba después del colegio. Aquellos días llegan hasta mí como si de un juego de magia se tratara. Me veo a mí misma sentada en una banqueta, removiendo el papel dentro de una cubeta con unas pinzas. Casi puedo experimentar la sensación de expectación que me embargaba al presenciar aquella misteriosa catarsis de la que era testigo una y otra vez, mirando sorprendida, admirando como si fuera un milagro, cómo las imágenes iban apareciendo en blanco y negro hasta quedar nítidas. Aquellas fotos de gente extraña contaban historias, narraban vidas ajenas, acontecimientos de personas desconocidas que yo compartía con gran curiosidad y extrañeza. En aquel pequeño cubículo pasábamos horas en un silencio apenas roto por el murmullo de los programas de Radio Nacional o la Cadena Ser.

A la luz de este pasado parece lógico considerar que tanto mis hermanos como yo misma nos aficionáramos a la fotografía tal y cómo se nos inculcó. Respecto a mí, he tenido varias cámaras desde aquella Kodak de fácil manejo, que pronto sustituí por otra en la que tuve que emplearme a fondo, intentando comprender los secretos de la luz en los que me introdujo mí padre.

Con el tiempo, la complejidad de la vida y las responsabilidades, me enfriaron y se sucedieron etapas poco prolíferas. Fue ya en la madurez cuando se produjo el reencuentro, cuando me reconcilié y redescubrí la fotografía con idéntica curiosidad a la de aquella niña. Aprendí a mirar a través del visor y con un simple ‘click’ atrapar instantes fugaces, únicos y singulares, los mismos que, en definitiva, constituyen la esencia de la vida.

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FEBRERO/2024

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La sima del arcoíris

el BLog de Lidia nos invita a escribir un microrrelato o poesía inspioradas en la carta. En la creación debe aparecer la runa Alguiz.

En los confines del reino existía una profunda sima que nadie conseguía cruzar. Aquel fructífero bosque, poblado de árboles y molinos de vientos, representaba la salvación de los secos y áridos territorios del sur. El caballero se detuvo en el borde de la fosa, y mirando al cielo, imploró valor a los dioses para afrontar el desafío, mientras apretaba la runa Alguiz contra su pecho. Al instante un hermoso arcoíris se desplegó ante él uniendo ambas orillas y el jinete cruzó, exploró y regresó a su reino para ofrecer al rey las tierras más ricas y fértiles jamás soñadas…  

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Pasado presente

“Voces de Ramón J. Sender”. Libros.com propone como reto un relato en base al supuesto ‘La última confesión: Un anciano en la España contemporánea, que fue niño antes de la Guerra Civil, escribe sus memorias. Reflexiona sobre la historia de un amigo de la infancia, explorando temas de culpa, perdón y la complejidad de la memoria histórica’.(este relato obtuvo el cuarto puesto)

Anselmo seguía recostado en su cama con ambos brazos reposando sobre el embozo blanco recién planchado de las sábanas. Rafael, su amigo, había ido a verlo tal y como le había pedido. Ambos llevaban muchos años sin dirigirse la palabra aunque se tropezaban en el pueblo cada dos por tres. Rafael llegó serio y circunspecto. Saludó y se sentó en la única silla que había en la habitación, junto a la cama. Ambos se miraron con los ojos húmedos y cansados de mirar atrás, y unos instantes después, Anselmo aseveró:

−Ya imaginas por qué quería verte ¿no?

−No hay que ser muy listo –comentó Rafael algo contrariado.

Anselmo, bebió un poco de agua y comenzó a hablar:

−Ha pasado toda una vida con nuestra amistad rota por cosas del pasado. Ya sé que soy un viejo cascarrabias pero tú no te quedas atrás y eres muy orgulloso. Porque digo yo que tú también podrías haberme preguntado y yo te hubiera dicho. Pero no lo hiciste. En fin, a lo que voy. La guerra nos cogió niños así que poca responsabilidad teníamos. El rencor se nos dio hecho, lo heredamos, y la enemistad se ha prolongado años. Voy a contarte lo que recuerdo y con mi confesión aquí paz y después gloria…

Anselmo hablaba con cierta dificultad, haciendo pausas a cada frase. Mientras, Rafael permanecía inmóvil y atento, girando un poco la cabeza para escuchar por el oído bueno, como decía él.   

−Recuerdo aquel día –prosiguió- cuando mi madre nos invitó a mi hermano y a mí a jugar al escondite metidos en aquel zulo. Cuando bajamos todo estaba oscuro. Mi tío Ignacio le dio unas bolsas, velas y cerillas. Nos dijo que estuviéramos callados para ganar el premio. Que volvería a traernos comida. Yo no entendía por qué ese juego tardaba tanto en terminar. Nos aburríamos mucho. Pasábamos hambre y frío. El hedor resultaba insoportable. A veces mi tío tardaba días en venir y sin comida teníamos que conformarnos un chusco de pan con moho. Mi hermano lloraba y yo también. Mi madre, la pobre, no sabía cómo consolarnos. Hasta que por fin, una mañana oímos ruidos y voces que no eran las del tío Ignacio. Escuchamos cómo retiraban la mesa, y arrastraban la alfombra, luego abrieron la trampilla y alguien bajó de un salto. No veíamos nada, estábamos deslumbrados por la luz y antes que gritara ¡aquí están!, mi madre, aterrorizada, creyendo que eran los nacionalistas, hundió un cuchillo en su estómago y el hombre se desplomó en un charco de sangre. Luego nos alzó a los dos y ella, apoyándose en el cadáver, salió del agujero. El resto lo conoces tan bien como yo. Lo único que puedo añadir es que no sabíamos que era tu padre, ni que venía a rescatarnos. Para nosotros todos menos mi tío, era un posible enemigo… Luego nos marchamos y mi madre nos hizo jurar que nunca diríamos nada. Esa es toda la verdad Rafael…Espero que me perdones…

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El corsé…

Desde el Blog ‘El bic naranja’ se nos invita a inspirarnos en la foto para escribir sobre el tema: ‘el periódico da la talla’

No me puedo creer que a estas alturas de la vida y con esta figura esté pensando en comprarme un corsé…Menos mal que está de oferta. La etiqueta no se lee bien, la letra es demasiado pequeña, pero la marca sí: está fabricado en Paris. Las varillas parecen muy flexibles, me ajustarán y estilizarán. Tendré que probármelo, con el frío que hace. Y luego compraré unas medias para el liguero…

Vaya contrariedad porque este artefacto debe ser muy molesto e incómodo… Y todo por un caprichito de mi George… No sé si daré la talla…

©lady_p

FEBRERO/2024

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La tía Leonor

Imagen: Internet

Vivir y morir. La cara y la cruz de una misma moneda. El ser y el no ser. El todo y la nada… Cuando mi madre murió, ella, su hermana, mi tía, ocupó su lugar hasta que finalmente, muchos años después, también ella se marchó.

Los días previos a su fallecimiento en el hospital, se mantuvo refunfuñando como una niña, mascullando entre dientes que quería volver a su casa, que no quería estorbar, que cada uno en la suya… Indirectas muy correctas, como era ella, pero diciendo verdades, manteniendo la cordura, recorriendo los rincones más lejanos de una extensa memoria en la que cada uno de nosotros formaba parte de una anécdota o de un episodio en un tramo concreto de su larga vida. La tía leo nos obligaba así a recordar y a recordarnos.

En aquella especie de nebulosa, empañada por el paso del tiempo, proyecté todas aquellas imágenes, algunas en blanco y negro, bajo la tenue luz de la cocina de mi abuela, a la que recuerdo con su delantal y su pelo cano recogido en un moño bajo. Aquella casa de la calle Real que tantos secretos guardó, fue sin duda el lugar en el que acontecieron la mayor parte de las historias de mi tía: sus idas y venidas, las salidas a la compra, la espera del marido, su gusto por los cutres programas del corazón que distrajeron sus horas de soledad, que tantas risas  me arrancaron y tanto me ayudaron a disfrazar la pena…

La tía Leo, enredada en sus pensamientos, siguió desbrozando recuerdos enmarañados que a mí siempre me enternecieron y me dejaron, como los buenos vinos, un sabor añejo en la boca y un nudo en la garganta.

Tranquila, como si de ir a dormir se tratara, llegó el momento de marcharse y hacer su tránsito en paz. Y cuando por fin se fue, un poquito de mí también se marchó con ella.

Allí donde quiera que esté, estará bien. O eso quiero creer…

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ENERO/2024

Participación en “Relatos Jueveros”, esta semana desde el Blog ‘Indefinidamente en el tiempo’ que nos invita a escribir sobre nuestras ‘persona favorita’.

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Cruce de caminos

Fue por casualidad que yo tomase aquella sugerente foto: el cruce en bicicleta de dos aparentes desconocidos que ni siquiera se miran. La tomé hace unos días cuando, como cada mañana, salí con la cámara al hombro dispuesta a fotografiar el barrio, que es lo mismo que salir a captar la vida cotidiana: mayores paseando, niños jugando, tenderos y vendedores abriendo sus tiendas, gente anónima que camina hacia su trabajo, chavales que vagan de un lado a otro sin rumbo fijo y escenas varias.

En esta zona de la ciudad se enfrentan múltiples rivalidades y es algo conflictiva. Por eso no es extraño que a veces suenen las sirenas y la policía haga acto de presencia. Enseguida se forma un gran revuelo y el incidente, por pequeño que sea, se rodea de un enjambre de espectadores que parecen no tener prisa, dispuestos a presenciar la reconciliación o el arresto, como si de una obra de teatro se tratara.

Hace apenas una semana sucedió algo así cuando yo paseaba. De repente vi un corro de gente y me acerqué para sacar fotos. Cuando llegué, dos chavales permanecían con las palmas de las manos pegadas a la pared mientras dos policías los cacheaban. Repetían sin parar que ellos no habían hecho nada, que sólo pasaban por allí, que venían de los recreativos de la esquina, que lo comprobasen… Los policías hacían su trabajo sin rechistar, con gestos un poco bruscos.

La gente de alrededor era un grupo muy diverso: blancos,  negros, chinos e hindúes mezclados. Cualquiera podría ser inocente o sospechoso, pero les tocó a ellos porque caminaban por la acera y justo en ese momento pasaban por la puerta del comercio. Uno de ellos se echó a llorar. Suplicaba que le creyeran. Repetía incansable que era inocente.

Hice algunas fotografías. La escena era de película. La gente susurraba y emitía su propio juicio: unos consideraban la culpabilidad, otros la inocencia. Algunas señoras mayores se ablandaban ante aquella imagen y gritaban a la policía que los soltasen. El dueño de la tienda reclamaba justicia. Finalmente abrieron la puerta del coche patrulla y los dos se metieron, mientras los agentes colocaban con cuidado la mano sobre sus cabezas para que no se golpeasen al entrar. Luego se marcharon rápidamente, con la sirena a todo gas.

Al día siguiente las cosas se aclararon, y tras revisar las cámaras de vigilancia, se supo que los ladrones eran dos hombres, uno blanco de mediana edad y otro negro más joven, que habían huido en bicicleta. Escuchaba estas noticias mientras revelaba las fotos y de repente, como si de un milagro se tratara, la imagen desveló a aquellos dos extraños que se cruzaban ignorándose el uno al otro. Y presentí que eran ellos, que sin querer había inmortalizado a los delincuentes. Y entonces entregué la foto a la policía junto con mi versión de los hechos.

Finalmente la policía los detuvo. Al parecer habían desvalijado varios comercios del barrio y en un trastero, donde almacenaban las piezas robadas, atesoraban el motín: varios televisores, móviles última generación, cámaras de video y un par de bicicletas nuevas último modelo…  

©lady_p

ENERO/2024

Participación en el reto “Viernes creativo’ a iniciativa del Blog “El bic naranja” que nos invita a escribir a partir de la foto.

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