El trato

Posiblemente alguna vez, todos nos hemos planteado vender el alma a cambio de algún imposible. Dicen que el diablo no descansa y cuando la vida nos lleva a situaciones límites, estos seres demoníacos abren la puja y esperan pacientes a que aceptemos un pacto.

Esto es lo que pasó cuando Amanda creyó que llegaba su hora. Había nacido con una cardiopatía y llevaba años de hospital en hospital, de tratamiento en tratamiento. Pero nada daba resultado. Necesitaba un trasplante. La enfermedad le había robado la infancia y la juventud, siempre enferma e ingresada. Tenía veintiocho años y ni siquiera había podido hacer el amor. Pero aquella última vez tenía mala pinta. Los médicos se reunieron y le trasladaron la gravedad de la situación: no podían hacer nada más y si en el plazo de unos poco días no aparecía un donante compatible, moriría.

Esa era la cruda realidad: alguien debía morir para que ella pusiera seguir viviendo.

La incertidumbre la devoraba. Se sentía desesperada e impotente, obligada a esperar fuera cual fuera el desenlace. Cuando las fuerzas se lo permitían daba un pequeño paseo por la planta y miraba a los otros enfermos deseando, sin querer, que alguno compatible muriera para que su corazón fuera a parar a su pecho. Se avergonzaba de aquellos crueles pensamientos. Se arrepentía y le producía un gran dolor.

Dicen que los hospitales están habitados por espíritus buenos y malos porque la muerte ronda a todas horas. Será por eso que una noche Amanda escuchó una voz en su interior animándola a acelerar la muerte de una de aquellas personas cuyas vidas pendían de un hilo, asegurándole que el paciente de la habitación 503 tenía un corazón compatible para ella. La voz le hablaba con claridad en su cabeza, explicándole que aquella persona no sobreviviría, que sólo se trataba de precipitar el proceso y evitarle así mayor sufrimiento. Aquel paciente era su salvoconducto.

Amanda paseaba despacio por aquel corredor de la muerte ensimismada, mientras escuchaba las instrucciones que aquella voz interior le proporcionaba: «Para poner en marcha el proceso sólo tienes que colocarte junto a la cama del enfermo y repetir tres veces: ‘Vendo mi alma’, ‘Vendo mi alma’, ‘Vendo mi alma’ y el pacto estará sellado».

Miraba los números de las habitaciones viendo cómo se acercaba lentamente a la 503 ocupada por un joven de veinte años que había sufrido un grave accidente y cuyos padres habían comunicado al hospital su deseo de donar los órganos. Caminada mientras las lágrimas descendían por su mejilla y apretaba los puños dentro del bolsillo. Una vez llegó a la puerta, entró y se colocó al lado de la cama. El joven estaba sólo y parecía dormido, entubado y rodeado de aparatos. Amanda cerró los ojos un instante y cuando los abrió se escuchó decir en voz baja: «Perdóname». Luego tragó saliva. Un sabor amargo le impregnó la boca y a continuación se dispuso a repetir: ‘Vendo mi alma’, ‘Ven…’ El ritual se vio interrumpido y en ese preciso instante sintió que una mano la cogía fuertemente por el codo. Ella se volvió sorprendida y asustada mientras su padre sonriente le decía: ¡Tenemos un donante! ¡Tenemos un donante!

Amanda, inexpresiva, aturdida y sin poder reaccionar, se volvió hacia aquel chico que yacía inmóvil en la cama, le besó en la frente y se marchó. La pesadilla se había terminado y las voces no le hablaron nunca más.

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ENERO/2024 

Participación en el Grupo de Facebook ‘Escritura Creativa Cuatro Hojas’ esta semana dedicada al tema: Vendo mi alma.

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Sin complejos

Will recorría cada mañana la calle que subía al mercado. Cojeaba aunque usara un calzado adaptado y se esforzara en disimularlo. Esa cojera había condicionado toda su vida desde que tuvo aquel grave accidente cuando era niño y le tuvieron que acortar el fémur. Al principio adaptaban el tacón del zapato izquierdo y apenas se notaba. Pero a medida que fue creciendo la cojera se pronunció. En el colegio lo pasó mal. Le imitaban y no podía jugar ni al futbol, ni al baloncesto, ni a casi nada. Por eso su adolescencia estuvo llena de complejos y transcurrió en una tremenda soledad. Todo ese sufrimiento lo convirtió en un niño raro, aunque en realidad tenía una vida interior muy rica: era sensible, amante de la poesía y del arte en general. Tal vez por eso de mayor se dedicó a las antigüedades. Bueno, por eso y porque heredó el anticuario de su tío situado cerca del mercado.

El local se mantenía a flote gracias a una clientela fiel lo que a la par le permitía dedicar tiempo a la lectura, a forjar un espíritu sensible y solidario para con los desfavorecidos, impulsando obras benéficas, haciendo donaciones, convocando rifas y sorteos de piezas de su tienda, todo para que la gente de la ciudad no se olvidara de los marginados por cualquier causa.

En uno de aquellos múltiples actos conoció a Moly, que servía las bebidas detrás de un mostrador, y enseguida se prendó de su belleza. Para su asombro, por primera vez se sintió correspondido. Y cuando la miraba y la veía tan segura de sí la envidiaba.

A punto de acabar la fiesta la invitó al último baile y Moly aceptó. Salió de detrás del mostrador luciendo un precioso vestido por el que asomaban ambas piernas, eso sí, una de ellas biónica, última generación. Will se quedó petrificado y se ruborizó al mirarla. Pero ella le contestó cariñosa:

−Soy mucho más que una pierna y a mí los árboles no me impedirán ver el bosque ¿y a ti?.   

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ENERO/2024 

Para saber más sobre la frase ‘los árboles no dejan ver el bosque’ visitar el Centro Virtual Cervantes.

Participación en “Relatos Jueveros”, esta semana desde el Blog de Cecy, ‘Deshojando relatos’ que nos invita a descubrir una frase que inspire una historia…

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Héroe inesperado

El año comenzó, como todos los anteriores, en la más estricta soledad. Aunque tal vez no del todo. Porque los ojos negros de Nora, una galga de seis años, lo miraban fijo mientras lamía incesantemente el dorso de la mano que colgaba fuera de las sábanas. Parecía un día cualquiera y sin embargo era el primero del nuevo año que comenzaba y con él se suponían nuevas expectativas y experiencias de vida. O eso quería creer Roger mientras acariciaba la cabeza de Nora al tiempo que se disponía a levantarse un poco perezoso, con algo de malestar que achacó al vino de la cena de la noche anterior. Se vistió y sacó a su perra para que diera su paseo matutino, el primero del día y del año.

Las calles de la pequeña ciudad permanecían vacías y silenciosas. En el suelo, restos de confeti y serpentina recordaban los festejos del día anterior. Roger conocía bien aquellas fiestas en las que había participado durante su juventud. Recordaba cuánto se había divertido y bailado y bebido hasta el amanecer cuando se marchaban al pueblo de al lado a por los churros… Era aún muy temprano y todos dormían la resaca de la nochevieja. Roger y Nora se dirigieron a la plaza donde se encontraron a los amigos de siempre, compañeros de ruta de la misma quinta que se saludaban felicitándose por el nuevo año.

El café de la esquina comenzaba a colocar las mesas al tiempo que la clientela fija y fiel se acercaba al mostrador y la cafetera daba a luz los primeros cafés del día. Al punto se concentraron los de siempre, los más madrugadores que no diferenciaban los festivos de los corrientes. Se saludaban y comentaban que si el tiempo, que si el futbol, que si el alcalde o el vecino de marras que sigue aparcando donde no debe… Roger, con cara de pocos amigos, se separó del grupo, tomó su café y marchó, adentrándose en un sendero para seguir su paseo por el bosque…

«Parece que todo sigue igual Nora -pensó dirigiéndose a la galga como único interlocutor-. A veces pienso que mi vida ya no tiene sentido, que de no ser por ti no sé qué haría. Mi mundo se ha vuelto pequeño con los años. No percibo un horizonte y no sé qué objetivos puedo plantearme a estas alturas. Me siento sólo y cansado.»

Mientras mascullaba aquellos pensamientos, Nora levantó atenta las orejas y ladró un par de veces: «Algo pasa -dijo Roger en voz alta». Miró a su alrededor y vio cómo una columna de humo se desplazaba hacia el pueblo. ¡Fuego!. Se dio media vuelta y comenzó a caminar tan rápido como pudo. Hizo una pausa para llamar a la policía del pueblo y les envió la ubicación exacta por whatsapp. A continuación alertó a sus amigos para que abandonase sus casas pues el fuego se acercaba rápidamente. A la mayor brevedad los bomberos acudieron para abrir cortafuegos y los hidroaviones descargaban una y otra vez sobre la zona.  Gracias a la rapidez de los vecinos se despejó el pueblo y tras una larga noche de insomnio e incertidumbre, al amanecer, afortunadamente sólo había que lamentar la destrucción de una parte importante del bosque.

Después todo volvía a su ser y todos daban la enhorabuena a Roger y le querían invitar para celebrarlo. Decían que era un héroe. Él sonreía amable, un poco sobrepasado ante tanta adulación…

De vuelta a casa recordó aquellos pensamientos grises instalados en su cabeza y comprobó que aquel nubarrón mental se había disipado. Se dio cuenta de que no estaba solo y pensó que la vida siempre ofrece oportunidades para ser útil e incluso para hacer el bien. No necesitaba marcarse grandes objetivos para el nuevo año, cada día abría ante él un horizonte amplio y lleno de posibilidades que compartir, sólo tenía que dejarse llevar y saber aprovecharlas. A fin de cuentas en esto consiste el arte del buen vivir.   

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Enero/2024

Participación en Vadereto desde el blog “Acervo de letras”. Este mes de enero nos invitan a escribir sobre “Horizontes compartidos”

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El viaje

En la vieja estación todo seguía igual. El tiempo parecía haberse detenido. Eso pensé cuando al entrar vi aquellos asientos viejos y decolorados, colocados, como siempre, en el mismo sitio junto a la pared…

Siempre me gustó viajar en tren y las estaciones me parecen una digna metáfora de la vida: hay trenes que llegan, paran y te subes. Otros que dejas pasar ante tus narices, cuestionándote si el destino es o no conveniente. Y  a veces, alguno pasa de largo porque llegamos demasiado tarde… Además, estas terminales conforman espacios donde confluyen sentimientos encontrados. Lugares donde se producen encuentros deseados y esperados pero también despedidas inevitables. Así que sí. Las estaciones me producen cierta nostalgia y despiertan en mi memoria el recuerdo de  viajes inolvidables, como aquella primera vez que fui con mis padres a Madrid para conocer a mi sobrino cuando yo apenas tenía once años…

Por aquel entonces la estación de mi ciudad era –para mi gusto- más bonita que la actual: antigua, con cubierta a dos aguas y cerchas de hierro. Cuando llegamos el tren estaba parado en la primera línea del andén y se extendía a lo largo una fila de vagones enumerados con las puertas abiertas para que los viajeros se fueran incorporando. Sonaba el bullicio de la gente. Y aunque íbamos bien de tiempo, todos parecíamos tener prisa y caminábamos acelerados de un lado para otro: abrazos apretados y besos a pie de los tres escalones de acceso al vagón, demasiado altos para mí. Y una vez dentro, los viajeros se apelotonaban de pie en el pasillo, mirando por las ventanillas, despidiéndose con gestos y con palabras de aliento y cariño, hasta que un ligero impulso, acompañado en un sonido característico, y comenzaba a moverse lentamente, deslizándose despacio por las vías hasta que poco a poco notábamos cómo aceleraba y las personas se iban haciendo diminutas y lejanas: el viaje comenzaba…

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Participación en “Relatos Jueveros”. Esta semana desde el Blog Neogeminis que nos invita a escribir sobre ‘los rastros de una existencia’.  

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Una Noche Mágica

Nadie me creyó cuando afirmé haber visto al Rey Melchor. Pero era verdad. Lo vi. Pasó junto a mí, silencioso, y con su capa roja con el borde de piel blanca moteada de negro, rozó mis sábanas. Tenía el pelo y la barba blanca y en su cabeza una corona dorada. Era alto y fuerte. Yo no lo sabía pero aquella noche de magia me traería dos sorpresas…

Como todos los años por aquella fecha, estaba nerviosa e inquieta, por eso me costaba muchísimo dormir. Cerraba y apretaba los ojos en vano porque el sueño no llegaba y el tiempo pasaba muy lento. Recuerdo que llamaba a mi padre una y otra vez. Él venía y me calmaba. Me animaba a contar ovejitas seguro de que, al final, me dormiría. Y así fue. Al final lo conseguí. Primero estuve un buen rato en una especie de duermevela durante la cual pude ver que mis padres se acercaban para comprobar que realmente el sueño me había vencido. Y en ese tránsito estaba cuando entreabrí los ojos y descubrí que iban de un lado a otro con los regalos: mi madre con la muñeca que yo había pedido y mi padre con un tren para mi hermano. Sentí pena. Y entonces pensé que era verdad lo que habían dicho mis compañeras de colegio: los reyes eran los padres. Renglón seguido, desilusionada, cansada, creyendo que ya nada sería igual, me dormí, esta vez profundamente.

Y en esas profundidades estaba cuando un pequeño movimiento en el colchón me sacó repentinamente del sueño. Y allí estaba él, el Rey Melchor el persona, casi saltando por encima de mi cama y señalando con el dedo en su boca que me quedara callada. Luego me sonrió y se despidió con la mano. Feliz y contenta me volví a dormir. Por la mañana, nada más entrar algo de luz por la ventana, pude ver junto a mi cama la cartera para el cole que había visto en una papelería y que tanto me gustaba.

Al instante, salí de la habitación con ella entre las manos gritando: «mira lo que me ha dejado el Rey Melchor». Mis padres se miraron extrañados, interrogativos, frunciendo el ceño… Y desde aquella noche crecí y me hice mayor considerando que a pesar de los rumores algo de magia sí que tiene esa noche…

¡Feliz Noche de Magia a todos y todas!

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Participación en “Relatos Jueveros”. Esta semana desde el Blog de Campirela que nos invita a escribir sobre La Noche de Reyes.

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El ‘vivero’

Imagen: Internet

Hacía más de un año que estaba en coma. Como era un vegetal fui a parar a la planta del hospital conocida como ‘el vivero’. Una sala enorme dónde sólo escuchaba latidos artificiales y respiradores. Y allí me aparcaron con el resto del personal…

Pensé que moriría no ya de la enfermedad sino de aburrimiento. Hasta que mi compañero de al lado me habló mentalmente diciendo: «Tu espíritu es libre. Déjalo ir».

De repente me encontré levitando con los demás espectros. Dejé mi cuerpo enfermo en la cama y marchamos en busca de aventuras. El hospital era un hervidero de vidas paralelas en un mundo ajeno a la enfermedad. Exploré aquella otra vida hasta el límite. Y, finalmente, me desconectaron.

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XXXIV EDICIÓN DEL CONCURSO DE MICRORRELATOS DE Radio Tv Lavapiés. Tema propuesto por la ganadora de la última edición (Ana Mª Abad): ‘Fantasmas’.

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Amanda

Cuando el forense nos dio la noticia una oleada de emociones revolotearon como mariposas en busca de libertad y dos lágrimas se deslizaron por mis mejillas sin que nada pudiera hacer para retenerlas.  

Habían pasado varias semanas desde el trágico suceso. Aquel día fui al apartamento de Amanda para cenar juntas como cada jueves. Ese era nuestro día y ese fue el trato acordado al terminar en la universidad: vernos un día a la semana  para no perder el contacto.  Cenábamos, hablábamos, jugábamos una partida al scrabble, y a veces hasta brindábamos con cava por la vida y el futuro. Pero aquella tarde, cuando llegué, Amanda no abría la puerta. Así que esperé en el rellano, sentada en las escaleras. Esperé una hora completa durante la cual la llamé cuatro veces y le escribí unos cuantos whatsapps. Pasada la hora, preocupada, decidí usar la llave que me había dado cuando alquiló el piso. Abrí con cierto sigilo. El salón olía como si un botafumeiro cargado de incienso lo hubiera sobrevolado. Era el aroma favorito de Amanda. Pronuncié su nombre varias veces en voz alta. No contestó. Sin saber por qué me dirigí directamente al dormitorio. Caminé despacio por el pasillo, con el corazón latiéndome a cien. Giré a la derecha y allí estaba, aparentemente dormida en su cama. Me acerqué y le toqué la frente mientras susurraba su nombre. Estaba fría. La volví a llamar: ¡Amanda! ¡Amanda! Pero no despertó…

A partir de aquí todo está algo confuso. Recuerdo que llamé a sus padres y que llegaron más tarde con la policía. Yo estaba sentada en el borde de la cama agarrando su mano. No podía creer que hubiera muerto. Me sacaron de allí. Me preguntaron. Contesté a todas las preguntas y me quedé en el salón. El forense dictaminó, a tenor de las  manchas moradas o livor mortis, muerte por infarto agudo de miocardio. El diagnóstico debía ser ratificado tras la realización de la autopsia.

Un mes y pico después sus padres me dijeron que los acompañara al Instituto Anatómico Forense para recoger los resultados de la autopsia.  Cuando llegamos nos pasaron a una sala. El médico reveló la causa del fallecimiento: muerte súbita por infarto de miocardio provocado por una ingesta masiva de haloperidol. Entonces, en ese preciso momento lo supimos: No fue una muerte natural. Amanda, mi mejor amiga, se había suicidado. Y entonces dos lágrimas rodaron por mis mejillas y mil preguntas sonaron en mi interior sin que ninguna tuviera respuesta…  

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Participación en “Relatos Jueveros” desde el Blog de ‘La Trastienda del Pecado’ a partir de las cuatros adivinanzas propuestas por Mag.

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Sin oficio ni beneficio

Cuando llegué Martín seguía tumbado en el sofá. Hacía quince días que le habían echado del trabajo. Recuerdo que aquella tarde llegó a casa disgustado, decaído y serio, quejándose de lo injusta que es la vida, de que nadie valore su inteligencia, de la falta de solidaridad de los compañeros y de la incomprensión de los jefes, la mayoría unos abusones, según sus propias palabras… Enseguida le pregunté qué había pasado porque, en apenas seis meses, había tenido siete trabajos y de todos le han echado. Él le restó importancia. Primero me contó dos o tres anécdotas que no vienen al caso, y por último, me dice, que cómo desayuna dos veces, la segunda vez tardó un poco más en incorporarse. Al parecer era la tercera o cuarta vez que le advertían, e incluso le habían sancionado. Pero él se había defendido con pobres argumentos como decir, que siendo diabético, debía comer poco pero muchas veces al día…En fin, que el jefe se cansó y lo mandó a paseo. Algo parecido a las veces anteriores, porque Martín, más que ausentarse se escaquea sin excusa con tal de no dar un palo al agua.

Como siempre su primera reacción fue tomarse un descanso –cómo si estuviera cansado- y tumbarse en el sofá varios días seguidos sin hacer otra cosa que ver la TV y comer.

Hace un par de días nos visitó el vecino para avisar que en el supermercado necesitaban un reponedor. Pero él dijo que eso no es para él, que él es ‘informático’. Eso lo dice porque hizo un curso on line… Pero le salió el tiro por la culata, porque resulta que su primo, el del vecino, tiene una empresa de mantenimiento informático y necesitaba a alguien, aunque en principio sólo para tres meses. Entonces Martín comentó que es poco tiempo. Que mejor esperar un trabajo fijo. Pero que ‘a lo mejor’ después se acercaba al local para hablar con él. . Sé que no lo hará por desidia. Seguro. 

Aquel mismo día, por la tarde, llegó mi tío -que lo conoce y sabe de qué pie cojea- y le ofreció trabajar en su bar los fines de semana: «Así tienes para cubrir tus gastos» le comentó. Ni pestañeó: la hostelería ni hablar. Eso sería lo último, añadió indignado.

Cansada de repetirme le comento que el tiempo pasa, que tiene suerte de tener tantas oportunidades en un mismo día, que en realidad ‘no tiene oficio ni beneficio’ y no puede ser exquisito a la hora de elegir. Le insisto en que la vida es algo más que estar echado y comer. Que tiene responsabilidades y que no se puede vivir del aire. Y entonces le planto el periódico en las narices para que mire posibles trabajos y me dice lo mismo que ayer y antes de ayer, y antes de antes de ayer, y antes de antes de antes de ayer: «Después lo miro…».

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Participación en “Relatos Jueveros” esta semana desde el Blog ‘El vici solitari’ con el tema ‘Los pecados capitales’

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Me acuerdo…

Imagen: Internet

Me acuerdo que cuando era pequeña un hombre pobre venía a casa pidiendo limosna día sí y día no. Le llamaban ‘Porvenir’, nunca supe por qué, y todo el barrio lo conocía. Era bajito y menudo, de tez oscura y barba de tres días. En invierno siempre llevaba una gabardina llena de manchas, ceñida con un cinturón de cuero y una boina calada hasta las cejas. Recuerdo que su presencia despertaba en mí cierta inquietud.

Cuando abría la puerta enseguida me escondía detrás de mi madre mientras ella le preguntaba cómo estaba. Él repetía en voz baja que bien, asintiendo, moviendo la cabeza de arriba abajo muchas veces seguidas. Después mi madre entraba hasta la cocina conmigo pegada detrás. Cogía el monedero y me daba una moneda que yo dejaba recelosa en su mano sucia, con las uñas negras. Luego, nada más se había ido, ella me decía: «Lávate enseguida las manos. Que la caridad no está reñida con la limpieza».

Es curioso porque ahora que echo la vista atrás y recuerdo este episodio, me doy cuenta de que en realidad la escena acontece en mi antigua casa. Mi madre no es mi madre sino que soy yo y aquella niña es en realidad mi hijo Carlos. Llaman a la puerta y abre: no es ‘Porvenir’, sino un hombre que vende Mostachones de Utrera y otros dulces. Y mi hijo que era muy compasivo y goloso me dice:

−Anda mamá cómprale algo…Ya que ha venido hasta aquí…

Y es que muchas historias de mi infancia las he revivido después con mis hijos. La vida es una larga cadena conformada por sucesivos eslabones. Este es uno de ellos.

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‘Ángela la justiciera’

Ángela era ama de casa. Esposa y madre entregada al cuidado de dos mellizos las veinticuatro horas del día. Vivía en una urbanización, en un adosado de dos plantas, con un pequeño jardín que le permitía entretenerse con sus macetas y un cuadradito de césped.

Aunque había estudiado derecho nunca había ejercido, pues tras quedarse embarazada demasiado pronto, acordó junto con su esposo, que se quedaría en casa hasta que los niños tuvieran diez años. Pero todos se habían acomodado y cada vez que sacaba el tema, su marido cambiaba de conversación convenciéndola de que él ganaba lo suficiente, que no les faltaba nada, que dónde iba a estar mejor, que para qué estar sujeta a horarios inflexibles y aguantar a jefes exigentes y tiranos… Y así fueron pasando los años desde hacía ya dieciséis.

Pero, aunque aparentemente conforme, Ángela no se resignaba e intentaba mantenerse al día. Leía artículos y refrescaba sus apuntes porque amaba su profesión y deseaba ejercerla.  

Un buen día, mientras se entretenía plantando un jazmín junto a la pared del patio, al escarbar la tierra se tropezó con algo duro. Siguió cavando un poco más hasta que sacó un extraño objeto envuelto en un paño. Lo limpió y vio que se trataba de una especie de tótem tallado en madera, en cuya base había una inscripción escrita en una lengua extraña. La curiosidad le pudo. Así que copió la frase en un papel, abrió el ordenador y la escribió en Google: «Теләү һәм эйә булыу» que traducido significa «Desea y tendrás». Ángela lo leyó una y otra vez mientras pensaba si aquello funcionaría como la lámpara de Aladino. Y entonces comenzó a tocarlo y pedir sencillos deseos pero no funcionaba. Así que lo colocó sobre la chimenea y acabó de plantar el jazmín que, extrañamente, y aunque no le prestara atención, floreció al día siguiente.

Al principio no se dio cuenta pero parecía que la vida le sonreía. Todo iba como la seda. Ángela sentía que algo extraño pasaba, algo de lo que no era consciente, y por eso su cuerpo le enviaba señales que aún no sabía interpretar. Hasta que sucedió…

Aquella noche se habían acostado algo más tarde. Ella daba vueltas y vueltas sin poder dormir. Le dolía la espalda, le picaba a ambos lados y el dolor se volvía insoportable por segundos. De repente no pudo más y se levantó de la cama para tomar un calmante. Apenas dio un par de pasos y sintió un extraño crujido. La carne se abrió y algo brotó al exterior. Rápidamente se miró al espejo y vio desplegadas dos enormes alas de plumas blancas y suaves. No daba crédito. Se asustó. Se tapó la boca para no gritar. Pensó que estaba soñando pero no, era real. Entonces comprobó que podía dirigirlas y se preguntó si podría volar. Sin dudarlo subió a la planta superior, se acercó al balcón. Colocó una silla y trepó. Primero agitó las alas, comprobando que tenía control sobre ellas. Luego puso los pies en el borde de pretil y se dejó caer aleteando. Pero como un polluelo que vuela por primera vez, Ángela se estrelló apenas a dos metro de iniciar el recorrido. Lo intentó de nuevo una y otra vez hasta que despegó y sobrevoló la urbanización. Desde arriba la visión era espectacular. Podía visualizar las calles, la ciudad y las personas como si fueran diminutas hormigas.

Perdió la noción del tiempo, y dándose cuenta que el sol estaba a punto de salir, puso rumbo a casa. Por el camino se preguntaba cómo explicaría a su familia la aparición de aquellas alas tan grandes, imposibles de ocultar. Pero nada más poner los pies en el jardín, las alas se plegaron y recogieron dentro de la piel, de manera que apenas quedaron dos pequeñas cicatrices que ella cubrió cuidadosamente.

Pasó el día en casa, ensimismada. Recogiendo, cocinando, planchando. Intentaba encontrar un sentido a lo sucedido, preguntándose si aquello sería algo puntual. Entonces recordó el tótem y se acercó. Lo tomó entre las manos y leyó en voz alta: «Desea y tendrás» «Desea y tendrás».

Llegada la noche, cuando todos se acostaron y se durmieron, Ángela se sentó en el salón, esperando impaciente la salida de sus hermosas alas. Y efectivamente, nada más dieron las doce, de nuevo la invadió el picor y un ligero cosquilleo hasta que las dos alas se abrieron. Entonces repitió la operación: puso la silla en el balcón y saltó. Esta vez, sintiéndose totalmente segura, alzó el vuelo sobre la ciudad y comenzó su aventura.

Desde arriba observó cómo intentaban atracar a una señora. Enfiló a los ladrones que nada más verla salieron corriendo. Luego comprobó que una pandilla de jóvenes pretendía robar una tienda. Ángela los sobrevoló a tal velocidad que soltaron la mercancía y se marcharon asustados. Luego vio a un tipo que intentaba vender droga a unos adolescentes, y ni corta ni perezosa, les silbó desde lo alto indicándoles, con un movimiento de su dedo índice, que no lo hicieran. Igualmente se asustaron y se marcharon. Y regresó feliz a su casa: por fin alguien había hecho justicia.

Al día siguiente todos hablaban  de la ‘mujer alada’, defensora del bien con el sólo batir de sus alas. Y Ángela comprendió que ese era su deseo y su misión: impartir justicia. Por eso precisamente había estudiado derecho.

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Concurso de relatos 39ª Ed. Harry Potter y la piedra filosofal de J. K. Rowling, desde el Blog ‘El Tintero de Oro’.

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