Una noche de verano

En ‘relatos jueveros’, este mes de agosto desde el blog ‘Neogeminis’ se nos invita a escribir un relato sobre ‘alguna vez alguien me contó…’

En verano nos dejaban a mis primos y a mí acostarnos tarde. El pueblo de mi abuela materna era pequeño y por aquel entonces, en agosto, la localidad sumaba una treintena de habitantes llegados desde la gran ciudad para descansar del mundanal ruido. Y una de las actividades favoritas entre los más jóvenes al caer la tarde, después de la cena, era reunirnos para contar historias.

Recuerdo que nos sentábamos unos junto a otros, todos apretados y hablando bajito, para contarnos leyendas y relatos de miedo, a cual más macabro, como la de aquella familia que enterró a su padre vivo. Al parecer, cuando abrieron el féretro para hacer un traslado de los restos a un panteón familiar, hallaron el interior de la tapa llena de arañazos lo que les hizo caer en la cuenta que a Rufino, tal vez, lo habían enterrado vivo. Cuando sus hijos vieron lo que había sucedido, vivieron atormentados ante la idea de haber podido salvar a su padre. Y el día del aniversario de su muerte, al volver del cementerio, ya oscureciendo, la hija afirmó haber visto el espectro de su padre vagando junto a las tumbas. Corrió la voz y desde entonces son muchas las personas que dicen haberlo visto de noche, siempre dentro del cementerio.

Tomás contó la historia con todo lujo de detalles, tal y cómo se la oyó contar a su padre que, a su vez, la oyó del suyo. Nada más acabar, mis primos y yo dijimos que era mentira. Así que para comprobarlo, nos citamos a la noche siguiente en el cementerio, a sabiendas que Rufino podía estar o no, porque no siempre se aparecía.

A la hora convenida todos estábamos en la puerta del camposanto. Nos acercamos a la verja que, como era natural, estaba cerrada. Tomás, el más mayor, se encaramó y saltó. El resto lo seguimos. Y una vez dentro, nos dirigimos a la tumba de Rufino y nos sentamos a esperar, en silencio.

Pasaron casi dos horas y no se detectó movimiento alguno. Nosotros comentamos que eran unos mentirosos y que aquella historia no era más que una trola. Íbamos hablando y discutiendo mientras caminábamos entre las tumbas buscando la salida. Entonces, justo frente a nosotros, apareció una especie de sombra y todos, asustados, salimos corriendo hasta que la silueta dijo: «Quietos ahí muchachos, no tengáis miedo, soy Anselmo, el sepulturero. Qué pasa ¿ya habéis vuelto a contar lo de Rufino?».

Verdad o mentira, nosotros nunca más intentamos comprobarlo. Lo cierto es que aquella historia siguió circulando de generación en generación entre los vecinos del pueblo .

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‘Cerrado por defunción’

Esta semana en ‘Relatos Jueveros’, el blog ‘El vici solitari’ nos invita a escribir una historia  que suceda en  una tienda y en la que intervengan una viuda y su hija adolescente, un cazador (sin arma), un ciclista y un tendero. Al final todos deben morir por diferentes causas.

Tras más de veinte años de actividad, ‘Ultramarinos Merino’ anunciaba su cierre. Con este motivo y para deshacerse del stock, había rebajado todos sus productos. Por eso, en la calle, una enorme cola se prolongaba a lo largo de la acera e incluso doblaba la esquina. Aquella fila, semejante a una hilera de hormigas, estaba preparada con carritos y bolsas, dispuestos a arrasar con todo.

Unos días antes del cierre apenas quedaban conservas, algo de fiambre y jamones, poca cosa o eso pensaron los últimos en entrar: una señora viuda, conocida en el barrio, con su hija adolescente; un señor con traje de cazador y un ciclista que se había apartado del pelotón para comprar un bocata.

El tendero les explicó que apenas quedaban productos porque los vecinos casi habían agotado las existencias, pero que como quería cerrar lo antes posible, les vendía los jamones a un precio risorio. Eso sí, tendrían que repartirse todo lo demás. Mientras, para aliviar la espera, les ofreció un plato para que lo probasen. El tendero, cuchillo jamonero en mano, preparó un generoso plato que todos comenzaron a degustar al tiempo que repartía el resto de productos en lotes.

Pero apenas comido el último bocado la niña comenzó a vomitar sangre, no podía respirar. A continuación el cazador comentó que sentía mareos y dolor de cabeza. El ciclista directamente se desmayó y a la viuda le salió un sarpullido por todo el cuerpo. El tendero cerró inmediatamente la puerta para que no entrara nadie más. Entonces la viuda le comentó que si el jamón estaba caducado porque era mucha casualidad que los cinco estuvieran indispuestos. El tendero miró el envoltorio, comprobó que el producto era fresco e incluso comió los trocitos que quedaban para dar fe de su palabra.

A continuación se produjo un fuerte ruido en la trastienda. La viuda y el tendero se asomaron enseguida y vieron a un chaval que intentaba sortear grandes cajas para escapar por la puerta trasera. El tendero, un hombretón de cerca de dos metros, lo detuvo agarrándole por la camiseta y lo sentó sobre una de las cajas. Y así, enfadado y con cara de pocos amigos, llamó a la policía y después interrogó al joven, preguntándole qué hacía allí. El muchacho temblaba de miedo y cuando el tendero levantó el puño para pegarle, se vino abajo y confesó que todo había sido idea del dueño del supermercado, que envidioso por las ventas de los últimos días, le había pagado para envenenar inyectando arsénico en los productos que quedaban, así le culparían e iría a la cárcel. Y entretanto escuchaban la confesión, la viuda primero sintió náuseas, luego un sudor frío le recorrió el cuerpo hasta que se desplomó.

Ante semejante panorama y con el sonido de las sirenas de la policía de fondo, el tendero llamó a urgencias para avisar de lo sucedido. Les comentó los síntomas y les suplicó que fuesen a toda velocidad.

Los agentes recién llegados informaron de la grave situación e insistieron al hospital que ya había enviado al equipo médico que se retrasada porque había ocurrido un accidente, pues era 25 de julio y mucha gente se desplazaba a la playa para ver la marea de Santiago, por eso la carretera estaba colapsada y cuando llegaron los sanitarios era ya demasiado tarde. Los cadáveres yacían repartidos por el suelo: la niña que era alérgica tuvo un shock anafiláctico. El cazador, de más más edad, padeció una fuerte subida de tensión. El ciclista sufrió una extraña reacción alérgica a consecuencia de la intoxicación. Y la viuda, que padecía del corazón, tuvo un paro cardíaco. Finalmente, el tendero, que se sentía responsable de todo lo sucedido y temía que el peso de la justicia cayera sobre él, sufrió un ictus que le paralizó medio cuerpo y al no ser atendido a tiempo, también falleció…

Al día siguiente el caso ocupaba las primeras páginas de los periódicos y era la comidilla del barrio. El dueño del supermercado fue arrestado y enviado a prisión y ‘Ultramarinos Merino’ clausuraba sus puertas colgando en el escaparate un cártel que decía: ‘cerrado por defunción’.

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El anticuario

Esta semana en ‘Relatos Jueveros’ en Blog ‘La Trastienda del Pecado’ nos invita a escribir una historia alrededor de una objeto: ‘el espejo’.

Amanda estudiaba historia del arte en la universidad. Cada día, camino de la facultad, en lugar de cruzar el parque, callejeaba por avenidas y plazas sólo por el placer de deambular por la ciudad. Sin duda era una chica de asfalto, urbanita, a quien gustaba detenerse ante la librería o el anticuario que le cogían de paso. Y aquella mañana, en principio tan monótona como otra cualquiera, a Amanda le esperaba la gran aventura de su vida.

Todo comenzó cuando se paró ante la tienda de antigüedades y su vista se detuvo en un bonito espejo. Amanda contempló la moldura. Tenía incisiones. Las esquitas achaflanadas y un angelito tallado en cada una de ellas. Entró en tienda. Había un señor mayor, vestido con traje y pajarita, que limpiaba el polvo a unas figuras de porcelana con un plumero: «¿Puedo mirar?» preguntó. «¡Por supuesto!», contestó el dueño.

Amanda se colocó delante y lo observó detenidamente. Luego se miró en él comprobando con asombro que la imagen que reflejaba era el interior de una habitación que parecía tremendamente real, y dejándose llevar, estiró la mano para tocarla y en un instante el espejo la engulló. Una vez dentro Amanda comprobó que había otras muchas chicas jóvenes que llevaban años allí encerradas. Todas gritaban pidiendo ayuda y auxilio… Desde allí Amanda podía ver al anticuario deambulando por la tienda. Gritó y gritó hasta que el viejo se volvió, la miró sonriendo y limpió el cristal hasta dejarlo como una patena.

Pasaron días, meses, sin que nadie supiera nada más de ella. Los padres y amigos asumieron que habría desaparecido para siempre.

Al cabo del tiempo el anticuario llevó el espejo a casa de Marta explicándole que Amanda lo había comprado hacía tiempo y dejado aquella dirección. Marta lo recogió y lo colocó en su dormitorio.

A la mañana siguiente se miró en él y de repente observó que un rostro que no era el suyo la miraba desde el otro lado. Se acercó lo más que pudo, comprobando que era la cara de Amanda. Marta pegó las manos al espejo al tiempo que daba golpes y gritaba «¡Amanda1 ¡Amanda!» Y al instante el cristal la succionó…

Finalmente el espejo acabó arrinconado en un trastero de la casa de los padres de Marta, quienes después de un tiempo, apenados por la desaparición de su hija, se marcharon a otra ciudad y nunca más regresaron…O al menos eso es lo se cuenta…

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La Sibila Priscila

Desde el blog ‘Acervo de letras’ el Vadereto de este mes de junio nos invita a escribir sobre ‘oráculos y Sibilas’.

A la Sibila Priscila le precedía de una larga tradición de mujeres longevas, profetizas, capaces de desentrañar el futuro y predecir acontecimientos con un alto grado de acierto.

Como sus predecesoras y siguiendo la tradición, la Sibila pasaba los días en una gruta situada en las afueras del pueblo. Y como sus antecesoras gustaba del aislamiento y la soledad, estados  que consideraba ideales para preparar su ánimo y su espíritu adivinador.

Aunque Priscila era respetada muchos la tenían por una vieja loca, asocial y rara. Y aunque nadie quería darle pábulo ni creer sus predicciones, eran muchos los que iban a verla a escondidas, cuando presentían ciertos temores o querían conocer su destino. Ella siempre los atendía a cambio de algún presente: ropa o comida. Nunca dinero, pues según decía su sapiencia no tenía precio. Era un don que debía poner al servicio de los demás, por eso sólo aceptaba lo necesario para subsistir.

En sus largas horas de soledad la Sibila Priscila miraba su bola de cristal y consultaba el oráculo en el tarot. En ellos interpretaba el malestar general del mundo: las guerras, las miserias, los terremotos, el hambre, las incertidumbres de los gobiernos… Priscila veía un mundo en ebullición a punto de estallar en pedazos.

Pero los poderes de Priscila iban más allá de las predicciones y profecías, pues además, poseía la capacidad de comunicarse con los animales, una facultad insólita entre las Sibilas.

Un buen día despertó con un extraño presentimiento. Por eso se levantó y corrió enseguida a consultar el oráculo en su bola. Y ahí estaba: un extraño fenómeno atmosférico, acompañado de abundantes lluvias, se acercaba al lugar provocando el desbordamiento del río, que a continuación, engulliría el  pueblo sepultándolo bajo las aguas. Pero ¿Quién se creería semejante vaticinio? Allí apenas llovía en invierno. Nunca había habido una inundación, ni siquiera se formaban charcos…

Entonces, a sabiendas de que no le harían caso, se apresuró a enviar una misiva al alcalde a través del único vecino con el que se relacionaba. El alcalde nada más leer la carta, se rio a carcajadas moviendo la cabeza y afirmando lo mal que estaba… Y enseguida le contestó diciéndole que lo tendría en cuenta, aunque la Sibila supo de inmediato que no la había creído.

Temiendo lo que se avecinaba y mientras el cielo se teñía de gris oscuro, Priscila se dirigió al río donde convocó a todos los castores: «Tenéis que trabajar a toda prisa en un dique. Las lluvias se acercan y el río se desbordará si no contenéis sus aguas». Enseguida los castores se organizaron y comenzaron la faena. De inmediato empezó a llover con fuerza mientras ellos arrastraban por la superficie trozos de troncos, ramas, palos y todo lo que encontraban para construir un muro que contuviera el agua y desviara una parte hacia un afluente evitando así la crecida e inundación.

Mientras, en el pueblo, el alcalde que no había parado de reírse por la predicción, comenzaba a preocuparse. Los vecinos se agolpaban para preguntarle qué iba hacer si se producía una riada. Pero él no tenían ningún plan y las lluvias no cesaban, más bien al contrario, eran cada vez más fuertes e intensas.

Algunas casas comenzaban a inundarse, los coches flotaban y en el campo los cultivos se anegaban…

De repente alguien se acercó corriendo y gritando lo que los castores estaban haciendo. Todos se dirigieron rápidamente al puente para ver cómo se afanaban en la construcción de un dique que ya comenzaba a contener el agua.

Al cabo de unas horas, cuando las lluvias se volvieron más intensas, el río drenaba sus aguas y desviaba una parte hacia otro riachuelo evitando así que las casas quedaran sepultadas  por la tromba de agua.

La Sibila, a salvo en su gruta, contemplaba en su bola de cristal el trabajo de los castores y miraba pacientemente a los vecinos del pueblo, quienes ignorante de lo sucedido, se disponían a celebrar una gran fiesta en honor de los animales a quienes pensaban debían la supervivencia.  Desde entonces todos los años se celebra ‘el día del castor’ para no olvidar lo ocurrido.

Poco a poco el pueblo recobró la normalidad y siguió con su vida. La Sibila continúo en su gruta, atenta a los oráculos. El alcalde alguna vez que otra va a visitarla aunque nunca desveló la advertencia de Priscila, de manera que nadie supo jamás que fue su intervención quien los salvó a todos.

A la Sibila Priscila le precedía de una larga tradición de mujeres longevas, profetizas, capaces de desentrañar el futuro y predecir acontecimientos con un alto grado de acierto.

Como sus predecesoras y siguiendo la tradición, la Sibila pasaba los días en una gruta situada en las afueras del pueblo. Y como sus antecesoras gustaba del aislamiento y la soledad, estados  que consideraba ideales para preparar su ánimo y su espíritu adivinador.

Aunque Priscila era respetada muchos la tenían por una vieja loca, asocial y rara. Y aunque nadie quería darle pábulo ni creer sus predicciones, eran muchos los que iban a verla a escondidas, cuando presentían ciertos temores o querían conocer su destino. Ella siempre los atendía a cambio de algún presente: ropa o comida. Nunca dinero, pues según decía su sapiencia no tenía precio. Era un don que debía poner al servicio de los demás, por eso sólo aceptaba lo necesario para subsistir.

En sus largas horas de soledad la Sibila Priscila miraba su bola de cristal y consultaba el oráculo en el tarot. En ellos interpretaba el malestar general del mundo: las guerras, las miserias, los terremotos, el hambre, las incertidumbres de los gobiernos… Priscila veía un mundo en ebullición a punto de estallar en pedazos.

Pero los poderes de Priscila iban más allá de las predicciones y profecías, pues además, poseía la capacidad de comunicarse con los animales, una facultad insólita entre las Sibilas.

Un buen día se despertó con un extraño presentimiento. Por eso se levantó y corrió enseguida a consultar el oráculo en su bola. Y ahí estaba: un extraño fenómeno atmosférico, acompañado de abundantes lluvias, se acercaba al lugar provocando el desbordamiento del río, que a continuación, engulliría el  pueblo sepultándolo bajo las aguas. Pero ¿Quién se creería semejante vaticinio? Allí apenas llovía en invierno. Nunca había habido una inundación, ni siquiera se formaban charcos…

Entonces, a sabiendas de que no le harían caso, se apresuró a enviar una misiva al alcalde a través del único vecino con el que se relacionaba. El alcalde nada más leer la carta, se rio a carcajadas moviendo la cabeza y afirmando lo mal que estaba… Y enseguida le contestó diciéndole que lo tendría en cuenta, aunque la Sibila supo de inmediato que no la había creído.

Temiendo lo que se avecinaba y mientras el cielo se teñía de gris oscuro, Priscila se dirigió al río donde convocó a todos los castores: «Tenéis que trabajar a toda prisa en un dique. Las lluvias se acercan y el río se desbordará si no contenéis sus aguas». Enseguida los castores se organizaron y comenzaron la faena. De inmediato empezó a llover con fuerza mientras ellos arrastraban por la superficie trozos de troncos, ramas, palos y todo lo que encontraban para construir un muro que contuviera el agua y desviara una parte hacia un afluente evitando así la crecida e inundación.

Mientras, en el pueblo, el alcalde que no había parado de reírse por la predicción, comenzaba a preocuparse. Los vecinos se agolpaban para preguntarle qué iba hacer si se producía una riada. Pero él no tenían ningún plan y las lluvias no cesaban, más bien al contrario, eran cada vez más fuertes e intensas.

Algunas casas comenzaban a inundarse, los coches flotaban y en el campo los cultivos se anegaban…

De repente alguien se acercó corriendo y gritando lo que los castores estaban haciendo. Todos se dirigieron rápidamente al puente para ver cómo se afanaban en la construcción de un dique que ya comenzaba a contener el agua.

Al cabo de unas horas, cuando las lluvias se volvieron más intensas, el río drenaba sus aguas y desviaba una parte hacia otro riachuelo evitando así que las casas quedaran sepultadas  por la tromba de agua.

La Sibila, a salvo en su gruta, contemplaba en su bola de cristal el trabajo de los castores y miraba pacientemente a los vecinos del pueblo, quienes ignorante de lo sucedido, se disponían a celebrar una gran fiesta en honor de los animales a quienes pensaban debían la supervivencia.  Desde entonces todos los años se celebra ‘el día del castor’ para no olvidar lo ocurrido.

Poco a poco el pueblo recobró la normalidad y siguió con su vida. La Sibila continúo en su gruta, atenta a los oráculos. El alcalde alguna vez que otra va a visitarla aunque nunca desveló la advertencia de Priscila, de manera que nadie supo jamás que fue su intervención quien los salvó a todos.

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Transformación espontánea

El Blog ‘El Tintero de Oro’ convoca un nuevo concurso esta vez inspirado en “La Metamorfosis” de Kafka y nos invita a escribir un relatodonde el protagonista despierte a un mundo o realidad que contenga un aspecto que no acabe de entender’.

Sara llevaba días sintiéndose extraña: el cuerpo dolorido, cansancio, jaqueca y una especie de erupción en la piel. Por la noche tenia pesadillas y una sudoración fría a la que no encontraba explicación. Sin embargo le restaba importancia. Se tomó un paracetamol y siguió con su vida. A fin de cuentas trabajaba desde casa y eso tenía sus ventajas, ella misma marcaba el ritmo.

El día que todo comenzó, Mariela, la asistenta, llegó antes de lo previsto y Sara le dio instrucciones de que no la molestase. Luego se trasladó a su despacho y cerró la puerta para aislarse y trabajar tranquila. Mariela la avisaría, como siempre, antes de irse. Mientras tanto le esperaba una intensa mañana de reuniones y videoconferencias.

A las tres en punto la asistenta golpeaba suavemente la puerta y le avisaba: «Marcho señora, tiene la comida en el microondas. Volveré pasado mañana.»

Pero Sara no salió a comer. Trabajó ininterrumpidamente durante todo el día, y llegada la tarde, se recostó en el sofá y se quedó dormida. Cuando despertó apenas se podía mover. Al mirarse comprobó que su piel se había oscurecido y recubierto por una especie de vello. Sufría una intensa cefalea y dolores en los costados, punzadas que provenían de unos bultos duros que empujaban la piel. Su cara y su cabeza habían adoptado una extraña forma. Aquel proceso era tan doloroso que sudaba y se retorcía en el suelo. Había perdido en parte su capacidad de pensar y era incapaz de llamar a alguien para que la ayudase.

De repente sintió un crujido al tiempo que todos sus huesos se alteraban o cambiaban de forma. Un instante después, comprobó que ya no tenía brazos sino varias patas negras vellosas que debía utilizar para moverse. Y dejándose llevar por su nuevo instinto se desplazó hasta un espejo y comprobó que se había transformado en una hermosa araña y que su nueva identidad la hacía sentir tan poderosa como desconcertada al experimentar inclinaciones y sensaciones nuevas, desconocidas y a la vez placenteras…

Así, encerrada en su despacho, mutando,  permaneció los dos días siguientes hasta que de nuevo llegó Mariela quien, con la puerta semiabierta, se extrañó pues todo parecía estar tal y como ella lo había dejado. Nada más entrar se dirigió directamente a la cocina, comprobando que Sara no había comido, ni tan siquiera había bebido un vaso de agua. Sorprendida fue al dormitorio: todo estaba en orden y la cama sin deshacer. Entonces se preocupó y fue al despacho. La puerta permanecía cerrada. Pegó el oído pero no escuchaba nada: «¿Sara? ¿Está ahí? ¿Está bien?» Mariela miraba con extrañeza a su alrededor y temió que algo malo le hubiera  sucedido. Así las cosas, se decidió a entrar. Colocó la mano en el pomo y comenzó a girarlo lentamente a la par que apoyaba la cabeza en el borde dispuesta a asomarla. El corazón el latía con fuerza en el pecho. Entreabrió la puerta, entró y encendió la luz. Apenas se volvió cuando se encontró frente a una enorme tela de araña, perfectamente diseñada, que cruzaba diagonalmente la habitación. La asistenta no podía dejar de mirarla con la boca abierta, estupefacta, sin dar crédito a lo que veía y sin darse cuenta que por detrás la acechaba Sara, ahora transformada en una araña gigante. Y cuando la tuvo cerca la empujó contra su tela para que quedara atrapada.

Mariela instintivamente comenzó a luchar para intentar despegarse. Gritaba de pánico pidiendo auxilio, pero su lucha era inútil. Aquellos hilos eran tan fuertes y pegajosos que resultaba imposible zafarse. Después de un rato braceando y pataleando, agotada, sin fuerzas, se rindió. Mientras, Sara daba vueltas en la habitación preparando el momento final antes de darse el festín. Giró y giró sobre Mariela hasta que la envolvió con hilos tejidos a tal efecto. Luego se acercó despacio, posó sus colmillos sobre el cuello e inoculó a su presa un veneno paralizante de resultado inmediato. Mariela la miraba fijo a los ojos, mostrando una mueca de terror en su rostro. Luego Sara la contempló dispuesta a engullir, poco a poco, aquel suculento manjar…

Al cabo de unas horas en la tela sólo quedaba algún despojo que dejó para más tarde. Satisfecha y con el estómago lleno, Sara descansaba en un rincón mientras recordaba, afilándose de nuevo los colmillos, que su compañera de piso volvería en un par de días tras una semana de viaje: no tenía más que esperar, la siguiente presa ya estaba en camino…

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La biblioteca

En ‘Relatos Jueveros’ desde el Blog ‘Neogéminis’ se nos invita a un nuevo reto: escribir una historia en la que los libros cobren protagonismo.

El cura Sanjuan era párroco de una feligresía de un pequeño pueblo. El salario y las limosnas de los cepillos apenas le daban para vivir, tal y como se percibía nada más verle con una raída sotana que mostraba una escasa botonadura y varios remiendos. Aquel joven sacerdote tenía muchas virtudes y entre sus aficiones se contaba la ser un lector empedernido, heredero de una prolífera aunque modesta biblioteca fruto de sucesivos legados de las familias más ricas del pueblo, quienes conociendo su afición, en lugar de dinero le donaron algunas obras que atesoraba con celo.

Se cuenta que allá por el año treinta y seis de la pasada centuria, cuando los españoles se vieron divididos y enfrentados en una guerra que duraría tres años, de la noche a la mañana y sin saber cómo ni por qué, el pueblo, que se encontraba situado en el bando republicano, se vio enfrentado a una localidad vecina del bando contrario.

El párroco pobre, aunque intelectual y versado, comprendió al instante la gravedad de los hechos y cayó en la cuenta del peligro de que corría su librería, pues los fascistas tenían fama de hacer una pira e incendiar los libros tal y como tiempo atrás hiciera la Santa Inquisición, institución que estableció la censura y quema de aquellos libros considerados heréticos. Así que para salvarlos urdió un plan: los envolvería en papel y tela, los metería dentro los sacos de las barricadas, los rellenaría de arena y los apilaría. Con suerte podría conservarlos hasta el final de la guerra.  

Y así fue. Cuando entraron los nacionalistas arrasaron con todo pero los libros permanecieron escondidos en las entrañas de aquellas montañas de sacos apostados en la carretera de entrada y salida del pueblo. Y una vez firmada la paz el cura Sanjuan dijo una misa en señal de gratitud tras haber salvado no ya vida sino su tesoro más preciado: la biblioteca.  

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El cuadro

Desde el Blog de Ginebra Blonde ‘Varietés’, este mes de abril nos invita a escribir sobre el tema ‘Surrealismo’ en todas sus acepciones.
La Monstrua, Juan Carreño, 1680 (Museo del Prado)

Llegué muy temprano al Museo. Aquel día me tocaba recibir a un grupo de expertos en pintura española de los siglos XVII al XX. Desde hacía casi una semana habíamos preparado una selección en una de las salas más amplias en la que pasaríamos varios días analizando pormenorizadamente las obras.

Nada más entrar, cuando me dirigía a mi despacho, me pareció observar una enorme sombra apostada en una cristalera. De entrada pensé que serían los de la limpieza pero enseguida percibí que alguien me seguía, aunque jugaba conmigo y desaparecía cuando me volvía a mirarla. Abrí el despacho. Entré, solté el abrigo y el bolso, y después de descansar unos minutos, me dirigí a la sala de exposiciones para comprobar que todo estaba a punto para cuando llegase la comitiva. Entonces, al introducir la llave en la cerradura para abrir la puerta, sentí que alguien me empujaba desde atrás y de inmediato cerraba la puerta tras de sí. No podía creerlo. Me encontraba ante la mismísima Monstrua en persona. Con su vestido rojo anaranjado y sus cintas en las coletas. Ella me miraba con el ceño fruncido, enfurruñada, con cara de pocos amigos. Yo busqué con la mirada el cuadro que, para mi sorpresa, permanecía colgado pero vacío como un recortable…

Me pareció una escena tan surrealista que no daba crédito y no podía hablar porque no lo podía creer. Eugenia Martínez Vallejo, apodada la Monstrua, se había plantado delante de mí, me miraba fijamente e iniciaba un largo monólogo: «¿No podías haber elegido otro cuadro? Ya se rieron de mí en la Corte durante años. Además de Monstrua me llamaban gorda y otros apelativos inimaginables. A ver ¿Qué pinto yo entre mujeres tan esbeltas como la ‘Maja’? Para tu información y la de tus amigos te diré que no me dejaban adelgazar y me cebaban, me daban de comer a todas horas para que no perdiera un gramo. Tenían que ayudarme a vestirme y a calzarme. Fui muy desgraciada. Me llevaron a palacio en tiempos del rey Carlos II, el Hechizado, junto a otra ‘gente de placer’, bufones y enanos. Nuestra misión era divertirlo aunque él se reía poco, siempre estaba enfermo y apenas hablaba ni se sostenía en pie. Para colmo me pintaron vestida y desnuda, tapada solo por una hoja de parra. Pasé mucha vergüenza porque todos se reían de mí. Luego durante siglos han seguido burlándose, mofándose gracias al cuadro y ahora tú vas y me traes aquí para que sigan haciéndolo estos expertos que vienen a analizar mis ropas, mi cara, mi papada, mis coletas y mi pose. No. De eso nada. Ya me estás descolgando de la pared y en mi lugar cuelgas otro. Bastante tengo con seguir de por vida en este Museo ¿te ha quedado claro?» Esto último lo dijo mientras se ponía de puntillas para mirarme fijamente a los ojos al tiempo que acercaba su cara a la mía…

Aquellas palabras resonaban en mi interior y su grito retumbaba fuerte dentro de mi cabeza que giraba de un lado a otro hasta que abrí los ojos y comprobé que seguía en mi despacho, acomodada en una butaca, descansando tan plácidamente que me había dormido. Respiré hondo y pensé que aunque todo había sido un sueño me había resultado tan real que sentí una enorme compasión ante hacia aquella niña de enormes proporciones y ante la vida tan sacrificada y cruel que había llevado. Y sin dudarlo me levanté, fui hasta la sala donde estaba la exposición, me coloqué ante el cuadro y mirándolo afirmé contundente: «No te preocupes. Voy a descolgarte y colocaré otro en su lugar ¿de acuerdo?» Y entonces sucedió que al mirar su cara, la Monstrua me guiñó un ojo. Y yo, lejos de extrañarme, le devolví el guiño y me marché sonriente y satisfecha, dispuesta a dar las órdenes oportunas para que retiraran el cuadro de la exposición…Por cierto, los expertos quedaron satisfechos y el evento resultó todo un éxito para el Museo.

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La excursión

Desde el Blog de Ginebra Blonde ‘Varietes’, este mes de abril se nos invita a escribir sobre el tema ‘Subliminal’ o “aquello que se ubica por debajo del umbral de la conciencia”.

Ángel era un nombre equivocado para él. Era un tipo envidioso, resentido, suspicaz y sumamente desconfiado. Incapaz de alegrarse del bien ajeno padecía una especie de manía persecutoria hacia su compañero de piso, un chico inteligente y con suerte a quien el éxito se le amontonaba tras la puerta. No soportaba tanta enhorabuena frente a su mediocridad. Le reconcomía por dentro la fama, la celebridad y el triunfo  constante de su compañero, y sobre todo le podía su sencillez y el que las cosas le salieran bien sin el más mínimo forcejeo con la vida. Sólo superaba a su amigo en fortaleza física: era más alto y grande que él.

A pesar de todo vivía simulando que lo apreciaba, que se alegraba de sus triunfos, aunque el veneno interior rezumaba por cada poro de su piel y esperaba paciente la oportunidad de poder asestarle el golpe de gracia. Solo tenía que estar atento y esperar.

Y a punto de acabar el curso, un día salieron de excursión a la montaña. Aunque Ángel no lo sabía, esta salida le proporcionaría la ocasión para vengarse.

Todo sucedió muy rápido. Decidieron escalar la cima de una montaña y en la bajada su compañero resbaló y se quedó colgado de una pared con los pies lanzados a un vacío de más de dos mil metros. Ángel lo observó con una disimulada sonrisa mientras sujetaba la cuerda que los mantenía unidos. Durante unos segundos lo miró fijamente a los ojos recreándose mentalmente en la idea de tener su vida en sus manos. El chico le pedía ayuda desesperadamente al tiempo que percibió en la mirada de Ángel un sentimiento de odio que no había visto hasta entonces. Y cuando pareció haber entendido el mensaje le dijo: «Sálvame la vida y estaré en deuda contigo para siempre».

Ángel valoró las consecuencias de semejantes palabras, pero no era suficiente, le podía el afán de venganza. Entonces se visualizó como el desdichado y doliente montañero que no pudo salvar a su amigo. Por su cabeza pasaron imágenes de la noticia en la prensa, las entrevistas, los golpes en la espalda, la compasión de los familiares y amigos comprensivos ante la desgracia… Y sin dudarlo abrió suavemente las manos y soltó la cuerda. Unos segundos después el cuerpo había sido engullido por aquel enorme y profundo vacío…

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El último viaje

Desde el blog ‘Acervo de letras’ el Vadereto de este mes de abril nos invitan a escribir sobre una ‘vigilia noctámbula: misterio, terror, suspense…’

Viajaban de noche. Habían decidido hacerlo así cuando los viajes eran largos porque él se ponías histérico escuchando a su hijo preguntar cada cinco minutos que cuánto faltaba para llegar.

El día anterior Amanda y Pablo intentaban descansar lo más posible. Preparaban el asiento de atrás como una cama, con sábanas y una almohada para que el pequeño descansara a pierna suelta. Y justo cuando se dormía, a la hora de siempre, lo metían en el coche y el viaje comenzaba.

El primer tramo era sencillo, por eso retrasan lo más posible la primera parada que solía llegar al primer bostezo. Entonces sacaban el termo y pequeños bocaditos para acompañar. La autovía era toda suya. No encontraban un alma a excepción de algún que otro camión. Iban tranquilos charlando y mirando al niño de vez en cuando. Nada ni nadie podía imaginar lo que les esperaba.

Llevaban cuatro horas de camino cuando Amanda lo relevó al volante. Salían de una gasolinera y cuando se incorporó a la  vía, unas luces que venían de frente, la deslumbraron. Amanda aminoró la marcha e intentó echarse a un lado pero fue imposible esquivar el golpe de cola de un enorme tráiler que perdió el control y el coche fue arrojado con fuerza hacia un terreno poblado de árboles cercana a un área de servicio.

Todo sucedió muy rápido. Cuando Pablo abrió los ojos, miró a Amanda y vio el asiento vacío. Ella había salido despedida atravesando la luna delantera. El único faro que permanecía encendido, entre un amasijo de hierros, iluminaba su cuerpo boca abajo a tres metros del coche. Luego se volvió y miró a su hijo.  Había caído detrás de tu asiento. No se movía.

Instintivamente comprobó que no estaba herido. Ni un rasguño. Podía mover las piernas y los brazos, aunque resultaba imposible salir porque la puerta estaba atascada. La empujó varias veces con el hombro hasta que comenzó a ceder. A continuación se apoyó en el asiento de al lado para poder levantar las piernas y de una patada abrirla. Salió fuera. Se sentía mareado, aturdido. Corrió hacia Amanda. Recordó por las películas que es mejor no mover el cuerpo. Así que se limitó a comprobar si respiraba. Le pareció que sí. Luego sacó al niño y lo colocó junto a su madre.

Y entonces unas potentes luces alumbraron el lugar. Pensó que eran los faros de un camión que había parado. Vio acercarse a dos hombres. Divisaba sus siluetas negras a contraluz entre los árboles y comenzó a gritar: «¡Aquí, aquí! ¡Ayuda por favor!».

Cuando se acercaron les pidió que llamaran a una ambulancia. Se vino abajo y lloró. Gritó considerando que su hijo y su mujer habían muerto. Los hombres, se acercaron y le dijeron: «Despídete, te tienes que venir con nosotros. Ellos sí están vivos».

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La invitación

Desde el blog ‘Acervo de letras’ el Vadereto de este mes de marzo nos invita a imaginar una cita después de Recibir una carta escrita con una letra manuscrita preciosa,
¿quién escribe a mano hoy en día?
El texto es breve y claro:
El escribiente anónimo te invita a cenar al restaurante X

Encontré la invitación debajo de la puerta de entrada. Venía en un sobre de color azul, mi favorito. Dentro, escrito de puño y letra con una escritura firme y con personalidad, había una invitación a cenar en un conocido restaurante local, para el próximo sábado. La contraseña sería un libro y una flor. Yo debería ir vestida de negro y llevar “Mujercitas” y una rosa blanca. Él supuestamente llevaría “La Odisea” de Joyce y un lirio blanco. Aquellos libros tenían un especial significado para mí.  

Dudé sobre si aceptar o no ¿ quién podría ser tan atrevido anfitrión que me invitaba de manera anónima e incluso dejando instrucciones sobre el atuendo? Si me conocía ¿por qué no acercarse y hablar? A fin de cuentas nada mejor para conocer a alguien que el método tradicional: o sea una buena conversación en directo. Esa es la manera más segura para una primera toma de contacto. Mirar a los ojos, observar los gestos, la forma de hablar, los detalles. En fin, todas esas cosas que nos dan pistas sobre cómo puede ser un desconocido. Así que pensé que había alguna razón por la que no se atreviera a acercarse directamente a mí. Las casualidades no existen…

En fin que pasé varios días dándole vueltas al asunto y dudando sobre si aceptar la invitación. Pero la curiosidad me pudo.

Y cuando me levanté el día ‘d’, fui a la peluquería y a una floristería para comprar una rosa blanca. Preparé todo y lo puse encima de la cama. Sólo quedaba esperar unas horas que, dicho sea de paso, pasaron con cierta lentitud. Finalmente me vestí, cogí el libro y la rosa y salí de casa dispuesta a vivir la aventura.

Cuando llegué al restaurante miré por la ventana y comprobé que el salón era bastante pequeño y estaba vacío. Entré. De inmediato el metre me condujo a otro salón interior, a un reservado, dónde tampoco había nadie. Pedí un vermut y me dispuse a disfrutarlo sin quitar los ojos de la única puerta  del local.

Unos cinco minutos después entró una señora. Vestida de negro, con el mismo libro y la rosa blanca. Ocupó una segunda mesa. A continuación llegó otra, también de negro, con el libro y la rosa. Me pareció una burla, pero me quedé sentada, esperando a ver qué pasaba. Pasados un par de minutos entró otra, otra y otra más. Así hasta que en cuestión de diez minutos las mesas se llenaron de mujeres de negro, y sobre cada mesa, a la vista, un ejemplar de “Mujercitas” y una rosa blanca. Todas nos mirábamos con casa de sospecha. Hasta que de pronto el metre se colocó en el centro y dijo:

−Atención señoras. Con todas ustedes el anfitrión: el famoso fotógrafo Chema Madoz, quien con vuestro permiso os hará una fotografía para celebrar el centenario de la publicación de “Mujercitas” y optar al libro de los Guinness.  

La puerta se abrió y apareció un señor trajeado de negro con un ejemplar de “La odisea” de Joyce y un ramo de lirios blancos en las manos. Mientras nos entregaba uno a cada una, se disculpaba por la forma en la que nos había convocado y nos convenció de que consideráramos un honor posar para tal evento, explicándonos que nos había elegido personalmente a cada una. Tras él un equipo de fotógrafos se acercó dispuesto a inmortalizar el momento…

Al día siguiente la prensa, la radio y la TV se hicieron eco de semejante suceso y la foto lució en las portadas de las más prestigiosas revistas nacionales y extranjeras. La cita resultó, finalmente, inolvidable. 

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