La condena

Imagen: Internet

Mientras le vendaba los ojos, el verdugo no dejaba de preguntarse si aquel hombre era inocente. El reo se retorcía intentando deshacerse de las ataduras mientras gritaba una y otra vez: «¡Soy inocente!¡Soy inocente!». Unos brazos potentes le elevaron y obligaron a subir a una pequeña banqueta. Luego apretaron el nudo de una gruesa cuerda alrededor de su cuello. En aquel mismo instante, sintió chorrear entre sus piernas un líquido templado, al tiempo que un ligero temblor le impedía sostenerse en pie, erguido y recto. Se oyeron rezos y murmullos. Y de repente, un pequeño chasquido dejó su cuerpo suspendido, balanceándose en el aire. Todo había terminado.

©lady_p

Participación en Relatos en Cadena. Semana 10.   

Si te gusta vota o comenta!

  

El Café

Imagen: Internet

«A Murakami hay que leerlo y escucharlo». Eso pensaba mientras sonaba a través de los auriculares ‘Reliquie’, la Sonata en do mayor de Schubert, al tiempo que caminaba hacia el lugar acordado.

El reloj de la plaza marcaba las 10.00 cuando llegué. El local era un antiguo establecimiento, un Café emblemático, regentado durante años por sucesivas generaciones de la misma familia. Al entrar me senté cerca de la puerta para poder ver a quienes entraban.

A esas horas la cafetería era un rosario de gente que entraba y salía a desayunar: los comerciantes de la zona y los de la sucursal bancaria que había justo al lado, a los que se sumaba un ir y venir de mujeres que venían de la compra de un mercado cercano y un grupo de profesores del colegio del barrio.

Me entretuve mirando sus paredes llenas de fotos en blanco y negro, en muchas de las cuales un señor calvo con bigote aparecía posando una y otra vez: «Será el dueño, −me dije». La zona de la barra, lucía una pared de azulejos blancos algunos agrietados, otros rotos, casi todos desgatados. Los camareros, que vestían una chaqueta negra, un tanto raída, con pajarita, se movían con rapidez y soltura entre las numerosas mesas.  

La vieja máquina de café no paraba de sonar llenando tazas y vasos: «Dos cortados, uno con leche, uno largo de café y uno solo», sonaba una y otra vez la comanda, que era repetida por el que estaba apostado junto a la máquina. Los chasquidos de las tazas y planos eran constantes, y en general todo rezumaba un cierto olor a nostalgia y una pátina de añoranza envolvía el ambiente convirtiéndolo en un lugar especial, donde el tiempo parecía haberse detenido.

Yo esperaba impaciente su llegada, a sabiendas que esta podía ser la última oportunidad para arreglar las cosas. Él se había mostrado reticente pero al final le convencí para que habláramos, segura como estaba, de poder enderezar la situación. Pero empecé a preocuparme cuando pasaron diez minutos de la hora acordada. Vacilé el siguiente cuarto de hora y me alegré dos café más tarde, cuando dieron las once. Entonces me acordé del tiempo que pasamos juntos y de que “los recuerdos calientan desde dentro, pero también te destrozan”. Entonces, en aquel momento, me dije a mi misma que era mejor así. Pedí la cuenta. Pagué. Me puse los auriculares y leí de nuevo las últimas palabras de la página marcada: «Escuchando la sonata en do mayor soy consciente de los límites de lo que podemos hacer los humanos, me doy cuenta que un cierto tipo de perfección solo se puede conseguir mediante la acumulación de un número ilimitado de imperfecciones.» Luego guardé el libro y me marché. Afortunadamente todo había terminado.

©lady_p

Participación en el reto ‘Relatos Jueveros’ esta vez desde el Blog de Mag “La Trastienda del Pecado”.

Si te gusta vota o comenta!

El Jefe

Vaya soplagaitas que está hecho mi jefe. ¿Es que no sabe ser amable ni hablar con educación? Somos trabajadores no esclavos. Dan ganas de soltarle cuatro verdades a la cara, empezando por su falta de higiene para acabar resaltando su escaso y burdo vocabulario. Me saca de mis casillas. Pero no lo va a conseguir. Voy a respirar hondo como me han enseñado y a devolver buenos gestos y mejores palabras. El tópico ‘predicar con el ejemplo’ creo que sigue vigente… Mañana en cuanto llegue le saludaré amablemente, con una sonrisa. A continuación me sentaré en mi mesa dispuesta a pasar el día en buena armonía con mis semejantes. No me haré mala sangre. No alzaré la voz y tendré pensamientos bonitos…¡Ay…!

©lady_p

Participación en el Reto de Microteatro desde el “Blog Literatureandfantasy”   

Genética

Hacía mucho que no me miraba al espejo. Estaba demacrada y había adelgazado tanto que se me veía enferma. Pálida, ojerosa y llena de canas, deambulaba de un lado a otro de la casa perdida en mis elucubraciones. Llevaba meses viviendo como una zombi. No soportaba despertarme y comprobar que la vida a mi alrededor continuaba girando mientras a mí el tiempo me retenía en aquel doloroso duelo que parecía no tener fin. Claro que yo aprendí a disimular y cuando alguien venía a verme representaba mi papel, y muy bien al parecer, porque todos pensaban que estaba mejor y que saldría adelante, como sucedió en realidad, aunque un poco más tarde de lo que todos creyeron.

El caso es que yo retenía en la memoria una imagen de mí misma que ya no era. Los espejos permanecían opacos, mudos, silenciosos. Los ignoraba a mí paso, y si me veía de refilón, no reparaba en ello. Los eludí mucho tiempo, hasta que un día que tenía que salir, me puse ante uno de ellos para arreglarme el pelo y entonces la vi. Vi a una mujer extraña mirándome desde el otro lado. ¿Quién era aquella que imitaba mis gestos? ¿A quién me recordaba? Y entonces lo supe. Comprendí que la juventud empezaba a escaparse de mí, que mis rasgos se desdibujaban y que la genética no engaña.: aquella desconocida del otro lado del espejo era mi madre y yo me parecía a ella…

©lady_p

Participación en ‘Viernes Creativos’, desde el Blog El Bic Naranja Escribe Fino, esta semana con el tema: genética.

Si te gusta comenta o vota!

Del sillón en ángulo oscuro…

Pinterest

Apenas han pasado unas horas desde tu marcha. Aquí sentada en tu sillón en ángulo oscuro, no puedo dejar de pensarte. Frente a mí, en el rincón junto a la chimenea, he apilado tus libros y una caja con algunos objetos de los que no te quisiste deshacer. Cada habitación contiene un recoveco con tus cosas acumuladas: en la encimera de la cocina, en el recodo que forma la pared con el frigorífico,  tu cafetera y una taza que compramos en aquel viaje a París. En el baño, tu bolsa de aseo y el albornoz. Y en dormitorio, la comisura junto a la cama custodia un par de maletas con tu ropa. Cada uno de estos rincones cobija una parte de tu vida y de la nuestra, ésta que hemos vivido juntos y que ahora se acaba.

Recuerdo aquellos días, hace ya veinte años, cuando nos vinimos a vivir aquí. Yo traje casi todos los muebles, tú apenas viniste con tu TV panorámica y poco más. Decías que te gustaba vivir ligero, sin ataduras. Que buscabas casas amuebladas porque, además, te gustaba andar de aquí para allá, ser nómada, vivir en diferentes lugares y rincones del mundo. La idea de hacerte sedentario, establecerte y echar raíces te asustaba. Me contabas tu perspectiva de vida con la metáfora del viajero que va y viene, que descubre ciudades, culturas, costumbres, formas de vida nuevas y diferentes, que toma elementos de cada uno y los incorpora a su cotidianeidad, una filosofía que hizo de ti una persona inacabada, en constante construcción. Y sin embargo no me costó convencerte para que te asentaras en este lugar. Se acabaron las itinerancias, las estancias pasajeras, los cambios permanentes. E hicimos de esta casa un hogar. Nuestro hogar. Un punto de encuentro en el que compartimos los días con sus mañanas, tardes y noches tras largas jornada de entrevistas, clases, reuniones, etc…

Al principio pensé que te cansarías, que esto no sería para ti, que echarías de menos ese estilo de vida mantenido durante años y que nuestra relación se iría a pique. Demasiada rutina, demasiada monotonía para ti. Pero me equivoqué. Contra todo pronóstico encontraste el equilibrio y hemos sido felices aunque hayamos tenido nuestras diferencias. Porque somos diferentes pero nos complementamos.

Y sin embargo creí que mi capacidad para retenerte no tenía límites. Creí que estaríamos juntos para siempre. Sí, ya sé que para siempre es mucho, y que si ya es arriesgado pensarlo, muchísimo más creerlo. Por eso, ahora que apenas te acabas de marchar, siento que estoy enfadada contigo por este enorme vacío y esta tremenda soledad que me has dejado. Y miro la puerta de casa, deseando escuchar el sonido de las llaves y verte entrar con esa sonrisa tuya acogedora y tierna.

Me acuerdo de aquel día que vi la mancha en la piel de tu cuello. Dejaste pasar meses sin querer ir al médico: son manchas de la edad, dijiste. Hasta que tu amigo Guillermo, el médico, te dijo que no tenía buena pinta. Y vinieron las pruebas, el diagnóstico, el tratamiento y la esperanza que luego se esfumó como una bocanada de humo. Habíamos llegado tarde, demasiado tarde…   

Y ahora estoy aquí, sentada en tu sillón en el ángulo oscuro, sin poder dejar de pensarte…

©lady_p

Participación en el reto ‘Relatos Jueveros’ desde el Blog Neogéminis, esta vez dedicado a los ‘rincones’.

Tu recuerdo inapelable

Aquella fue nuestra última noche. La butaca pegada al borde de tu cama, y bajo las sábanas, las yemas de mis dedos rozando las tuyas. No quería avergonzarte hijo. Ya sé que disimulabas y hacías como  si te molestaran mis muestras de cariño, tal vez exageradas a veces. Pero  me quedaba muy poco tiempo junto a ti. A pesar de luchar con todas tus fuerzas, la dama de negro te había visitado varias veces,  te hacía guiños, y aunque que tú querías escapar, ya estabas sentenciado. Tú respiración se pausaba, se detenía. Apenas sin aliento me llamaste para balbucear palabras que no comprendí. Me acerqué a tu oído para dejarte ir en paz con todo mi amor por compañía…Y te marchaste aquella mañana de febrero, gris, aunque tibia y soleada. Fría, aunque cálida y dulce.

Y te dejamos en la orilla de la playa convertido en centinela, en el guardián que custodia aquellos mares. Tierra a la tierra, polvo al polvo. Y allí estás hijo, allí vives porque aunque te fuiste te quedaste. Aunque te marchaste volviste. Aunque no pueda verte te tengo y te retengo como una melodía en mí memoria.

©lady_p

Participación en ENTC de la mano de Horacio: «No moriré del todo».

El diagnóstico

El médico, enfundado en una bata blanca impoluta, entró parsimonioso y se sentó frente a mí. Mi impaciencia era tal que me adelanté a preguntar:

−Dígame doctor ¿Cuáles son las razones del corazón que la razón no comprende?

−Véalo usted misma – dijo condescendiente, mostrándome la radiografía.

La miré perpleja. Comprobé las venas, arterias y capilares. Observé una maraña enrevesada pensando que toda ella conformaba una única razón, causa de mi padecimiento y de mi destino.

−Las principales arterias –prosiguió en tono serio− están colapsadas. Es posible que sufra un ictus ‘vital’ y si no lo remedia, podría producirse la muerte en vida.

−Y esa especie de nudo oscuro de la que parten, ¿no será la razón principal? –pregunté asustada.

−Ese ‘nudo’ –como usted lo llama- es el que conecta todo el entramado a su organismo. Ahí se concentran las emociones, por eso es la razón de ser de un corazón sano. Como ve hay mucha sombra y oscuridad de las que usted debería deshacerse si quiere sanar.   

−Entonces ¿Cuál es el diagnóstico? –pregunté con inquietud.

– ‘Ausencia del ánima vitae’, más conocida como ‘ganas de vivir’.

-Y ¿Cuál es el tratamiento?

−Es muy sencillo. Valore cuánto posee. Lleve una vida sana: mucho amor y buena compañía. Limítese a vivir el día a día. Reúnase con la familia y los amigos. Quiera a quienes la quieren. Y apártese de quiénes nada le aporten. En unos meses su corazón tendrá sobradas razones para latir a buen ritmo. ¡Anímese!

©lady_p

Participación en reto «Escribe fino» desde el blog «elbicnaranja»

!Si te gustó vota o comenta¡

Extraña sorpresa

Fue un capricho del destino. O no. Pero allí estaba, paseando por la acera contraria. Llevaba puesto un abrigo rojo rematado con una boina negra de medio lado que se retocaba usando el cristal de un escaparate como espejo. Tan esbelta y elegante como la recordaba. Por un instante, cerré los ojos y me acerqué a su cuello para oler su perfume, seguro como estaba de que no suprimí aquel recuerdo de mi memoria. Continuó andando y entró en una farmacia. Me acerqué deprisa para no ser visto y comprobé cómo extendía sobre el mostrador unas recetas. Luego, mientras la farmacéutica entraba al almacén a buscar la medicación, ella paseaba parsimoniosa ante los perfumes y geles de baño. Finalmente abrió el bolso y se dispuso a pagar. Yo volví raudo a mi acera asegurándome de no ser visto.

Continuó caminando hasta la cafetería “Alhambra”, donde tantas veces quedamos para desayunar. Recordé aquella última vez y aquel desencuentro inesperado que nunca comprendí del todo. Se sentó en la barra. «Pedirá un zumo de naranja, café con leche y tostadas –me dije.»  Todo un clásico que no cambió ni un solo día. En casa, cada mañana exprimí para ella las naranjas e hice el café y las tostadas, añadiendo que le daba un toque especial del que ella carecía.

Dudé si acercarme y me deprimí por momentos. Después pensé que habían pasado varios años. Que cada uno había rehecho su vida, aunque ahora al verla algunas emociones se habían desperezado dentro de mí. Me rondaba la cabeza la idea de pararme ante ella, saludarla e invitarla a otro café para charlar un rato. Al fin y al cabo compartíamos recuerdos y conocidos comunes con quienes habíamos mantenido amistad aunque cada uno por su lado. «No creo que le importe. Igual hasta se alegra de verme tanto como yo -pensé». Aquella fuerte discusión había quedado atrás. Estaba seguro de habernos perdonado. El tiempo tiene la capacidad de poner todo en su sitio, limar asperezas, cribar, moderar y minimizar los hechos. Y todo eso era una realidad porque quince años no pasan en balde para nadie. Nuestras vidas de ahora nada tenían que ver con las de antes salvo pequeños detalles o manías que se resisten al paso del tiempo y se incorporan definitivamente a nuestra identidad. «Sí, voy a cruzar. Me pararé delante de ella y le diré simplemente “hola” en buen tono. Seguro que me reconoce enseguida como yo a ella incluso de espalda, porque su silueta es inconfundible para mí».

Rápido y decidido primero aceleré el paso para adelantarla en paralelo. Luego me crucé y anduve en dirección contraria para toparme de frente y una vez la tuve delante dije sonriendo:

−¡Hola Amanda!

Ella se paró en seco. Parecía dudar e insistí:

−Soy yo, Mateo, ¿no me reconoces?

La mujer me miró con extrañeza y mientras se levantaba las gafas de sol, frunció el ceño y contestó categórica:

−No sé quién cree que soy, pero no me llamo Amanda ni le conozco. Creo que me confunde. Buenos días.

Decepcionado y absorto me di la vuelta para tropezarme cara a cara con el rostro de una desconocida -un tanto extravagante- que sin dudarlo se dirigió a mí diciendo:

−Pero Mateo, Mateito ¿Qué haces tú por aquí? ¿No me reconoces? Soy yo, Amanda ¿no te acuerdas?

©lady_p

Participación en «Relatos Jueveros» esta vez desde el Blog de Mag y los ‘acertijos’ de las palabras capricho, deprisa, suprimí, deprimí y exprimí.

¡Si te gusta vota o comenta!

La pócima

Imagen: Internet

Flyn salió como cada mañana del agujero donde vivía pared con pared, junto al laboratorio del humanoide que trabajaba día y noche en su laboratorio. El diminuto subía de cajón en cajón hasta la cima del escritorio, resoplaba y daba los buenos días mientras el profesor se rascaba la verruga y proseguía alimentando su pócima:

−El cascabel de una serpiente, un pelo de búfalo, la púa de un erizo, grasa de foca, un anca de rana…

−¿Para cuándo acabarás? –preguntaba Flyn impaciente.

−Ten paciencia. Esta vez no fallaré. Lo tengo todo controlado.

−Eso mismo dijiste la última vez –le reprochó−. Me has convertido en oruga, en cucaracha y en una mosca verde. ¿Qué tiene todo eso que ver con un apuesto ser humano de 2.00 m de estatura?

−Nada. Pero todos esos errores me han servido para perfeccionar la fórmula y profundizar en mis conocimientos.

Flyn movió la cabeza a ambos lados y se volvió a su mini cuchitril dispuesto a pasar otro día sin resultados. Y allí, tumbado en su cama, soñaba con verlo todo desde las alturas y mirar a todos desde arriba. Soñaba ser grande y alto , lo más parecido posible a un jugador de baloncesto.

Mientras, el profesor Braun se afanaba en su nueva fórmula para crecer, saboreando la fama y notoriedad que alcanzaría una vez la consiguiera:

−Ya me imagino recibiendo el Nobel −pensaba−. Todos querrán conocerme y estrechar mis sabias manos. La prensa, la radio y la TV concertarán entrevistas. Seré rico y famoso…

Por fin, a la mañana siguiente, Flyn escuchó:

−¡Esto está listo! Esta vez funcionará, te lo garantizo.

Se levantó de un salto y salió raudo y veloz dispuesto a beber su ración de pócima, consistente en un vaso de un líquido verdoso –aparentemente repugnante- que le sumirían en un profundo sopor que duraría dos días y tres noches, los mismos que duraría transformación y tras los cuales –en teoría- su tamaño sería el de un apuesto joven de 2.00 m de altura.

Y así lo hizo. Bebió y bebió hasta apurar aquel líquido amargo. Luego se echó en la cama dispuesto a dormir. Mientras, el científico ilusionado, salió a comprarle algo de ropa tamaño XXXL y zapatos del número 48-50. Todo debía estar preparado para el despertar.

Cuando volvió estaba tan cansado que se quedó dormido junto a Flyn.

De repente un fuerte gruñido le sacó del sueño.

−¿Qué es esto? –gritó−. Algo extraño está pasando…

Entonces vio a un enorme dragón de rostro conocido, tan verde como el brebaje, que ocupaba toda la habitación. Le miró fijamente a los ojos y reconoció la mirada enfadada de Flyn.

−Lo siento amigo. Algo ha fallado. Por lo menos esta vez eres un animal de gran tamaño. Todos querrán conocerte. ¡Alégrate Flyn, por fin cumpliremos nuestros sueño: tu eres grande y mirarás desde arriba, y yo seré famoso!

©lady_p

Participación en Vadereto desde el Blog ‘Acervo de letras”, esta vez el relato contiene como uno de los personajes a un ‘dragón’.

La llegada

Apenas cinco peldaños me separaban de ella. Al pie de la escalera contemplaba los cerezos en flor bajo una bóveda azul de nubes bancas. El horóscopo me había anunciado que ‘acuario’ sería recibido con una acogida calurosa. Nada tenía que temer, sin embargo su llegada me inquietaba.

El tiempo se deslizaba demasiado lento aunque apenas habían transcurrido unos minutos. De súbito alguien se acercó detrás de mí para susurrarme al oído que ella no vendría ni ese día ni otro. Entonces un fuerte viento agitó con fuerza los árboles y un pájaro azul se posó sobre la alfombra roja… 

©lady_p

¡Si te gustó vota o comenta!

Participación en el reto  Escribir Jugando de noviembre en el Blog de Lidia.