Flirteando

Aquel atractivo e irresistible vendedor me guiñó un ojo. Turbada e inquieta miré a mí alrededor para comprobar que era yo el objeto de deseo. Y segura como estaba, respondí sonriendo, pasando mi lengua por el labio inferior provocadora y coqueta… Esperaba un nuevo gesto a mi desafío pero él, un tanto perplejo y nervioso, se giró para colocar, un poco tembloroso, los productos en las estanterías. Cuando se volvió de nuevo hacia mí, una segunda ráfaga de guiños me sorprendió: era evidente que aquel hombre no flirteaba, simplemente padecía un tic nervioso.

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Participación en Relatos en cadena. Semana 14. La frase de inicio para los microrrelatos de esta ronda es: Aquel atractivo e irresistible vendedor…

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El naufragio

Después de varios días navegando sin rumbo, alcanzamos una frondosa isla. Estaba llena de árboles y de palmeras cargadas de cocos. Descansamos y la recorrimos para hacernos una idea de su tamaño: nos pareció inmensa. Pensamos que tardarían en encontrarnos. No tenía ni idea de lo que me aguardaba, pero  cuando cayó el día y contemplé aquel atardecer rojo, supe que llegar hasta aquí había merecido la pena.

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Participación en el reto ‘Cinco Líneas’ desde el Blog de Adella Brac. Este mes con las palabras días, isla y rojo.

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Amanda

Cuando el forense nos dio la noticia una oleada de emociones revolotearon como mariposas en busca de libertad y dos lágrimas se deslizaron por mis mejillas sin que nada pudiera hacer para retenerlas.  

Habían pasado varias semanas desde el trágico suceso. Aquel día fui al apartamento de Amanda para cenar juntas como cada jueves. Ese era nuestro día y ese fue el trato acordado al terminar en la universidad: vernos un día a la semana  para no perder el contacto.  Cenábamos, hablábamos, jugábamos una partida al scrabble, y a veces hasta brindábamos con cava por la vida y el futuro. Pero aquella tarde, cuando llegué, Amanda no abría la puerta. Así que esperé en el rellano, sentada en las escaleras. Esperé una hora completa durante la cual la llamé cuatro veces y le escribí unos cuantos whatsapps. Pasada la hora, preocupada, decidí usar la llave que me había dado cuando alquiló el piso. Abrí con cierto sigilo. El salón olía como si un botafumeiro cargado de incienso lo hubiera sobrevolado. Era el aroma favorito de Amanda. Pronuncié su nombre varias veces en voz alta. No contestó. Sin saber por qué me dirigí directamente al dormitorio. Caminé despacio por el pasillo, con el corazón latiéndome a cien. Giré a la derecha y allí estaba, aparentemente dormida en su cama. Me acerqué y le toqué la frente mientras susurraba su nombre. Estaba fría. La volví a llamar: ¡Amanda! ¡Amanda! Pero no despertó…

A partir de aquí todo está algo confuso. Recuerdo que llamé a sus padres y que llegaron más tarde con la policía. Yo estaba sentada en el borde de la cama agarrando su mano. No podía creer que hubiera muerto. Me sacaron de allí. Me preguntaron. Contesté a todas las preguntas y me quedé en el salón. El forense dictaminó, a tenor de las  manchas moradas o livor mortis, muerte por infarto agudo de miocardio. El diagnóstico debía ser ratificado tras la realización de la autopsia.

Un mes y pico después sus padres me dijeron que los acompañara al Instituto Anatómico Forense para recoger los resultados de la autopsia.  Cuando llegamos nos pasaron a una sala. El médico reveló la causa del fallecimiento: muerte súbita por infarto de miocardio provocado por una ingesta masiva de haloperidol. Entonces, en ese preciso momento lo supimos: No fue una muerte natural. Amanda, mi mejor amiga, se había suicidado. Y entonces dos lágrimas rodaron por mis mejillas y mil preguntas sonaron en mi interior sin que ninguna tuviera respuesta…  

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Participación en “Relatos Jueveros” desde el Blog de ‘La Trastienda del Pecado’ a partir de las cuatros adivinanzas propuestas por Mag.

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Cuestión de tiempo

Hasta que la quisieran como se quiere a una madre. Hasta ahí estaba dispuesta a esperar. Y tuvo que ser paciente porque aquella niña no asumía que otra mujer ocupara el lugar de quien la había parido y sucumbido a tan amargo destino tras una larga enfermedad.

Pero fue paciente. Quiso a aquel ser indefenso sin esperar nada cambio, porque nada era capaz de darle. Y a pesar de sus desaires se mantuvo cercana, atenta y cariñosa. Hasta que un día, sin forzar ni obligar, el afectó afloró por sí solo sin el más mínimo esfuerzo.

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Participación en Relatos en cadena. Semana 13. La frase de inicio para los microrrelatos de esta ronda es: Hasta que la quisieran como se quiere a una madre.

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Sin oficio ni beneficio

Cuando llegué Martín seguía tumbado en el sofá. Hacía quince días que le habían echado del trabajo. Recuerdo que aquella tarde llegó a casa disgustado, decaído y serio, quejándose de lo injusta que es la vida, de que nadie valore su inteligencia, de la falta de solidaridad de los compañeros y de la incomprensión de los jefes, la mayoría unos abusones, según sus propias palabras… Enseguida le pregunté qué había pasado porque, en apenas seis meses, había tenido siete trabajos y de todos le han echado. Él le restó importancia. Primero me contó dos o tres anécdotas que no vienen al caso, y por último, me dice, que cómo desayuna dos veces, la segunda vez tardó un poco más en incorporarse. Al parecer era la tercera o cuarta vez que le advertían, e incluso le habían sancionado. Pero él se había defendido con pobres argumentos como decir, que siendo diabético, debía comer poco pero muchas veces al día…En fin, que el jefe se cansó y lo mandó a paseo. Algo parecido a las veces anteriores, porque Martín, más que ausentarse se escaquea sin excusa con tal de no dar un palo al agua.

Como siempre su primera reacción fue tomarse un descanso –cómo si estuviera cansado- y tumbarse en el sofá varios días seguidos sin hacer otra cosa que ver la TV y comer.

Hace un par de días nos visitó el vecino para avisar que en el supermercado necesitaban un reponedor. Pero él dijo que eso no es para él, que él es ‘informático’. Eso lo dice porque hizo un curso on line… Pero le salió el tiro por la culata, porque resulta que su primo, el del vecino, tiene una empresa de mantenimiento informático y necesitaba a alguien, aunque en principio sólo para tres meses. Entonces Martín comentó que es poco tiempo. Que mejor esperar un trabajo fijo. Pero que ‘a lo mejor’ después se acercaba al local para hablar con él. . Sé que no lo hará por desidia. Seguro. 

Aquel mismo día, por la tarde, llegó mi tío -que lo conoce y sabe de qué pie cojea- y le ofreció trabajar en su bar los fines de semana: «Así tienes para cubrir tus gastos» le comentó. Ni pestañeó: la hostelería ni hablar. Eso sería lo último, añadió indignado.

Cansada de repetirme le comento que el tiempo pasa, que tiene suerte de tener tantas oportunidades en un mismo día, que en realidad ‘no tiene oficio ni beneficio’ y no puede ser exquisito a la hora de elegir. Le insisto en que la vida es algo más que estar echado y comer. Que tiene responsabilidades y que no se puede vivir del aire. Y entonces le planto el periódico en las narices para que mire posibles trabajos y me dice lo mismo que ayer y antes de ayer, y antes de antes de ayer, y antes de antes de antes de ayer: «Después lo miro…».

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Participación en “Relatos Jueveros” esta semana desde el Blog ‘El vici solitari’ con el tema ‘Los pecados capitales’

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‘Ángela la justiciera’

Ángela era ama de casa. Esposa y madre entregada al cuidado de dos mellizos las veinticuatro horas del día. Vivía en una urbanización, en un adosado de dos plantas, con un pequeño jardín que le permitía entretenerse con sus macetas y un cuadradito de césped.

Aunque había estudiado derecho nunca había ejercido, pues tras quedarse embarazada demasiado pronto, acordó junto con su esposo, que se quedaría en casa hasta que los niños tuvieran diez años. Pero todos se habían acomodado y cada vez que sacaba el tema, su marido cambiaba de conversación convenciéndola de que él ganaba lo suficiente, que no les faltaba nada, que dónde iba a estar mejor, que para qué estar sujeta a horarios inflexibles y aguantar a jefes exigentes y tiranos… Y así fueron pasando los años desde hacía ya dieciséis.

Pero, aunque aparentemente conforme, Ángela no se resignaba e intentaba mantenerse al día. Leía artículos y refrescaba sus apuntes porque amaba su profesión y deseaba ejercerla.  

Un buen día, mientras se entretenía plantando un jazmín junto a la pared del patio, al escarbar la tierra se tropezó con algo duro. Siguió cavando un poco más hasta que sacó un extraño objeto envuelto en un paño. Lo limpió y vio que se trataba de una especie de tótem tallado en madera, en cuya base había una inscripción escrita en una lengua extraña. La curiosidad le pudo. Así que copió la frase en un papel, abrió el ordenador y la escribió en Google: «Теләү һәм эйә булыу» que traducido significa «Desea y tendrás». Ángela lo leyó una y otra vez mientras pensaba si aquello funcionaría como la lámpara de Aladino. Y entonces comenzó a tocarlo y pedir sencillos deseos pero no funcionaba. Así que lo colocó sobre la chimenea y acabó de plantar el jazmín que, extrañamente, y aunque no le prestara atención, floreció al día siguiente.

Al principio no se dio cuenta pero parecía que la vida le sonreía. Todo iba como la seda. Ángela sentía que algo extraño pasaba, algo de lo que no era consciente, y por eso su cuerpo le enviaba señales que aún no sabía interpretar. Hasta que sucedió…

Aquella noche se habían acostado algo más tarde. Ella daba vueltas y vueltas sin poder dormir. Le dolía la espalda, le picaba a ambos lados y el dolor se volvía insoportable por segundos. De repente no pudo más y se levantó de la cama para tomar un calmante. Apenas dio un par de pasos y sintió un extraño crujido. La carne se abrió y algo brotó al exterior. Rápidamente se miró al espejo y vio desplegadas dos enormes alas de plumas blancas y suaves. No daba crédito. Se asustó. Se tapó la boca para no gritar. Pensó que estaba soñando pero no, era real. Entonces comprobó que podía dirigirlas y se preguntó si podría volar. Sin dudarlo subió a la planta superior, se acercó al balcón. Colocó una silla y trepó. Primero agitó las alas, comprobando que tenía control sobre ellas. Luego puso los pies en el borde de pretil y se dejó caer aleteando. Pero como un polluelo que vuela por primera vez, Ángela se estrelló apenas a dos metro de iniciar el recorrido. Lo intentó de nuevo una y otra vez hasta que despegó y sobrevoló la urbanización. Desde arriba la visión era espectacular. Podía visualizar las calles, la ciudad y las personas como si fueran diminutas hormigas.

Perdió la noción del tiempo, y dándose cuenta que el sol estaba a punto de salir, puso rumbo a casa. Por el camino se preguntaba cómo explicaría a su familia la aparición de aquellas alas tan grandes, imposibles de ocultar. Pero nada más poner los pies en el jardín, las alas se plegaron y recogieron dentro de la piel, de manera que apenas quedaron dos pequeñas cicatrices que ella cubrió cuidadosamente.

Pasó el día en casa, ensimismada. Recogiendo, cocinando, planchando. Intentaba encontrar un sentido a lo sucedido, preguntándose si aquello sería algo puntual. Entonces recordó el tótem y se acercó. Lo tomó entre las manos y leyó en voz alta: «Desea y tendrás» «Desea y tendrás».

Llegada la noche, cuando todos se acostaron y se durmieron, Ángela se sentó en el salón, esperando impaciente la salida de sus hermosas alas. Y efectivamente, nada más dieron las doce, de nuevo la invadió el picor y un ligero cosquilleo hasta que las dos alas se abrieron. Entonces repitió la operación: puso la silla en el balcón y saltó. Esta vez, sintiéndose totalmente segura, alzó el vuelo sobre la ciudad y comenzó su aventura.

Desde arriba observó cómo intentaban atracar a una señora. Enfiló a los ladrones que nada más verla salieron corriendo. Luego comprobó que una pandilla de jóvenes pretendía robar una tienda. Ángela los sobrevoló a tal velocidad que soltaron la mercancía y se marcharon asustados. Luego vio a un tipo que intentaba vender droga a unos adolescentes, y ni corta ni perezosa, les silbó desde lo alto indicándoles, con un movimiento de su dedo índice, que no lo hicieran. Igualmente se asustaron y se marcharon. Y regresó feliz a su casa: por fin alguien había hecho justicia.

Al día siguiente todos hablaban  de la ‘mujer alada’, defensora del bien con el sólo batir de sus alas. Y Ángela comprendió que ese era su deseo y su misión: impartir justicia. Por eso precisamente había estudiado derecho.

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Concurso de relatos 39ª Ed. Harry Potter y la piedra filosofal de J. K. Rowling, desde el Blog ‘El Tintero de Oro’.

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El suplente

El día del estreno había llegado. Los espectadores empiezan a entrar. Se colocan en sus asientos. Hablan en voz baja. Van muy acicalados: ellos de chaqué, ellas con vestidos de noche, luciendo magníficas e impresionantes joyas. Toda una paleta de color se derrama sobre los palcos y el patio de butacas…

En el camerino el tenor se prepara para interpretar el aria. Hoy es el gran día del todopoderoso, del inigualable y sin igual divo que estrena su voz por primera en este teatro de ciudad. Pequeño sí, pero con un público entregado, entendido, aficionado a la música clásica y a la ópera. El gran tenor italiano, Luigi Di Santi, venido a menos, había tenido que bajar su caché a causa de su propia dejadez y desidia. Con los años se había vuelto engreído y soberbio. Pensaba que era el mejor, que lo sabía todo, que ya no tenía nada que aprender. Por eso apenas ensayaba y se había entregado en cuerpo y alma a la vida disipada, viviendo de las rentas que su época doraba le había proporcionado. Un tiempo que empezaba a quedarse muy atrás.

Como siempre, un suplente lo acompañaba por si las moscas. Al contrario que él era disciplinado, trabajador. Ensayaba y ensayaba cada día, confiando que llegaría su oportunidad.

En el teatro todo parecía preparado. Se apagaron las luces y un haz de luz con forma de círculo iluminó la figura esbelta del director que saludó con una respetuosa y discreta reverencia en medio de un gran aplauso. Luego se dirigió a paso lento hacia una pequeña tarima donde estaba situado el atril. En ese momento el escenario se iluminó totalmente, distinguiéndose a la perfección las caras y manos de los músicos vestidos con esmoquin, tanto los hombres como las mujeres. Entonces sube con firmeza el peldaño, coge la batuta delicadamente entre los dedos índice y pulgar, golpea un par de veces la madera y eleva los brazos hacia la orquesta señalando a los violines para darles la entrada. Apenas un instante después, comienzan a sonar dulcemente, ‘piano piano’, los primeros compases de la Obertura. Los violines son seguidos por las violas, los chelos y los bajos. A continuación da paso a los instrumentos de viento, metal, percusión. Y una vez todos unidos e integrados, se produce un estallido de sonidos perfectamente conjugados, armónicos y acordes.

Todo está a punto. Sin embargo el tenor empieza a notar un persistente picor en la garganta. Comienza a carraspear y a toser compulsivamente. Bebe agua. Se retoca la laringe con un spray. Pero su voz no sale. No puede cantar porque no puede dejar de toser. Ha fumado y bebido demasiado. Faltan apenas unos diez minutos y hay que tomar una decisión: suspender o dejarlo todo en manos del sustituto.

Y se lo juegan todo a una carta. ¡Que siga la función!

Unos minutos después el foco de luz se detiene sobre el tenor suplente mientras suenan los primeros compases de la famosa arias de Puccini ’Nessum dorma’ de la ópera ‘Turandot’. La voz del tenor envuelve y emociona a los asistentes. El vello se eriza y algunos ojos dejan escapar unas lágrimas mientras resuena el clímax.

Poco a poco la música y la voz se apagan. El público se pone en pie e irrumpe con un fuerte aplauso que dura ocho minutos largos mientras rasga el silencio con vítores y halagos. El concierto se ha terminado. El tenor suplente ha triunfado.

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Fábula ‘La cigarra y la hormiga’: La previsión y el trabajo constante tienen recompensa.

Participación en Vadereto, desde el Blog Acervo de Letras.  Este mes dedicado a “Recuéntame un cuento”

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El regreso

Atravesé la Plaza de San Marcos. El Gran Café Florián abría sus puertas puntual como siempre. Sus camareros me saludaron al pasar. Adelanté el paso. Caminé por delante de la basílica y doblé la esquina por la fachada del Palacio Ducal hasta colocarme delante del Ponte dei Sospiri que cruza las aguas verdosas del Río di Palazzo.

Allí parada pensé en la última vez que estuve aquí. Recordé que Venecia es una ciudad de puentes. Concretamente dicen que tiene entre 350 y 500. Unos públicos y otros privados. Es comprensible si pensamos que se trata de una ciudad flotante, rodeada de agua. El primero de todos y el más grande, el de la Libertad, la une al continente. Y en su interior, está poblada por otros muchos que facilitan su recorrido y sirven para cruzar calles y plazas o para atravesar el Gran Canal.

Recorrer esta ciudad de tu mano resultó, entonces, como tender un puente a una relación anterior que ya destilaba crisis por los cuatro costados. Contigo pasé página y recuperé mi tiempo. Olvidé mis diferencias y limé algunas asperezas del pasado. Hice una pausa. Y finalmente abrí un paréntesis a la vida, un inciso que duró, exactamente ocho días, tras los cuales cada cual siguió su camino, aunque amigos para siempre.

Los puentes unen. Acortan caminos. Acercan, y también, separan. En cualquier caso, casi siempre se acaban cruzando. Entre tú y yo hubo un puente tendido para que yo pasara a la otra orilla. Para que dejara atrás un trozo de ayer y me abriera a un nuevo mañana. No llegaste para quedarte sólo para estar un breve instante. Sólo una parada. Ambos lo sabíamos, lo queríamos, lo aceptamos. Y estuvo bien aquel intervalo, sereno y luminoso como un atardecer de verano.

Miré de nuevo hacia el pequeño puente y suspiré, como seguramente hicieron tantos otros prisiones de antaño, que camino de la prisión, miraban al canal nostálgicos. Solo que yo, esta vez, lo hacía sin melancolía ni añoranza, más bien liberada por salir de ellas.

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Participación en el reto “Relatos Jueveros” desde el Blog de Molídelcanyer.  Este jueves dedicado al tema: puentes.

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La alarma

Pulsar él mismo el interruptor, eso fue lo que hizo. Y entonces todo el edificio comenzó a destilar agua. Una lluvia menuda caía constante sobre las oficinas, y en apenas cinco minutos, sembró el caos. Todos se precipitaban intentando salvar los documentos escritos colocados sobre sus mesas. Saltaron chispas de algunos enchufes. La gente corría despavorida creyendo que se habría declarado algún incendio en una de las plantas del edificio. Los ascensores se atascaban y en las escaleras  se había formado un tapón. Yo estaba petrificada mirando a mi hijo: sólo a un niño tan inquieto se le habría ocurrido presionar el botón de alarma…

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Participación en “Relatos en Cadena”. Semana 11: Pulsar él mismo el interruptor…

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Las reformas de Melchor

El rey Melchor llevó a cabo la instalación de un aparato que regulaba las temperaturas y el nivel de agua en su carruaje. La Gran Noche se presentaba fría, y a su edad, toda precaución era poca. Por el camino se encontraría con Santa y sus Elfos, y como todos los años, chalarían y beberían un rato. Pero esta vez le invitaría a su carroza, más confortable que aquel viejo trineo descapotable, gracias a las nuevas dotaciones y servicios de los que actualmente dispone.

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Participación en el reto “5Líneas” de Adella Brac. Este mes de diciembre debe contener las palabras instalación, temperaturas, agua.

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