El eclipse

Desde el blog ‘Acervo de letras’, el Vadereto de este mes de marzo nos invita a escribir una historia sobre un eclipse lunar.

La luna con su brillo y sus fases han cautivado el poder de la imaginación de muchos. En la mitología ha sido relacionada con algunas deidades y en la astrología representa el mundo de las emociones, la intuición y el subconsciente. Es por ello que muchos relatos se han fraguado al calor de este misterioso fenómeno del eclipse, como sucede con este que les voy a contar.

Todo comenzó cuando adopté a Tess. Por aquel tiempo estaba muy reciente la pandemia. Recuerdo que aún usábamos mascarillas en los supermercados, las farmacias, los centros médicos y los transportes públicos. Si algo había aprendido durante aquellos dos años es que la convivencia con una mascota podía mitigar cualquier soledad por muy sola que fuera. Y después de mucha insistencia por parte de familiares y amigos, decidí que era el momento oportuno para compartir casa y existencia con otro ser sintiente de la naturaleza.

Nunca había convivido con gatos. No es que no me gusten es que no sé tratarlos, la verdad. Creo que no me entiendo con ellos, aunque me hagan mucha gracia. Prefiero a los perros. Por supuesto no quería comprar, quería sacar del arroyo a una perrita abandonada a su suerte para darnos una oportunidad a ambas. Comencé a mirar en los refugios cercanos y en esas estaba cuando, caminando por las marisma una mañana temprano,  me encontré a una vecina y sus tres galgos, esbeltos y elegantes que, pegados a ella, paseaban tranquilos. Me acerqué y me contó que era una raza muy especial. Nobles, cariñosos, muy castigados por los cazadores. «La gente –decía- tiene una idea equivocada de los galgos. Anímate y adopta a uno. Ya me contarás…». Entonces, en aquel mismo momento lo supe. Y en apenas unos días encontré a una galguita a la que llamé Tess. Desde ese mismo día no nos hemos separado, me hace muchísima compañía y estoy convencida que sólo le falta hablar… Juntas hemos vivido algunas que otra aventura y realizado algunos viajes, sin embargo lo que nunca olvidaré de Tess sucedió durante el eclipse lunar acontecido el verano pasado.

Me acuerdo que durante aquella semana no se hablaba de otra cosa. La prensa y la TV se habían encargado de anunciar a bombo y platillo  un eclipse lunar que sería visible en la ciudad. Mis amigas comenzaron a hacer planes para disfrutarlo y decidimos ir a una pequeña cala un tanto escondida porque, según nos dijeron, ofrece mejores condiciones por su amplio horizonte, una menor contaminación lumínica y un ambiente más abierto. Dicho y hecho. Preparamos una bolsa nevera y algún picoteo, cogimos las sillas y nos marchamos decididas.

El cielo estaba despejado. La marea baja y el mar en calma. Todo parecía perfecto. Plantamos las sillas cerca de la orilla y mientras picábamos algo esperamos que cayera la noche. Estábamos las cuatro de charla cuando de repente se hizo el silencio y observé que mis amigas habían caído en un profundo sopor. Las cuatro se quedaron sopa sobre las butacas y por más que quise despertarlas el sueño les podía. De repente Tess de sentó a mi lado. Y yo decidí disfrutar y dejar dormir a mis compañeras hasta que de pronto escuché una voz grave que decía:

−¡Me encanta el espectáculo!. He visto unos cuantos eclipses en mi vida pero ninguno tan bonito como este. Mira cómo se refleja la luna en el mar…  

−Tess ¿eres tú la que habla? –dije sin salir de mi asombro.

−Sí, claro, soy y yo. Aprovecha si quieres preguntarme algo porque en cuanto acabe el eclipse se apagará mi voz y no sé si alguna vez volveré a recuperarla…

−Pero ¿cómo? ¿qué ha pasado?, ¡esto no puede ser verdad..!.

−No está científicamente demostrado -continuó Tess- pero a veces en torno a los eclipse y bajo la influencia de la luna, se producen fenómenos extraños como este. No es la primera vez que me pasa. Recuerdo que a Brus, compañero del refugio, un galgo muy apuesto, le ocurrió lo mismo y su amo le ordenó callar rápido. Claro que Brus era un poco capullo y nada más abrir la boca lo ofendió. Estaba harto de él. No lo trataba bien. Por cierto, yo estoy encantada contigo, que lo sepas. Por nada en el mundo te cambiaría, eso sí, como soy una miedosa me asusto mucho cuando te vas y lloro. Ya te lo han dicho tus vecinas varias veces. Lo recuerdo bien porque lo dijeron delante de mí…

Tess hablaba y hablaba sin respirar y sin dejarme meter baza. Durante más de media hora me dio a conocer la historia de su vida. Cómo la separaron de su madre al poco de nacer y los dos amos que había tenido antes de que la abandonaran. Me contó la causa de la cicatriz de la pata trasera derecha y la razón de ser de sus miedos. A mí sólo me dio tiempo a decirle lo feliz que me hacía tenerla y lo agradecida que estaba por haberla encontrado. Ella levantó su patita y la puso sobre mi mano. Se hizo el silencio y de repente, me sentí zarandeada. Al abrir los ojos, contemplé las caras de mis amigas gritando ¡Te lo vas a perder!

Entonces miré a Tess. ¿Había sido un sueño? Algo me decía en mi interior que aunque increíble, aquella noche había sido real. Y entonces Tess me miró y me sonrió…

Para todo aquel que no lo sepa, sí, los galgos sonríen…    

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La casa vacía

Desde ‘Literautas’, el taller de escritura número 76 correspondiente al mes de marzo, nos invita a escribir un relato titulado ‘La casa vacía’. Máximo 750 palanbras.

Deslicé la mano por el dintel y ahí estaba la llave. La observé en la palma de mi mano mientras recordaba la primera vez que llegué a esta casa. Nunca olvidaré aquel día…

Por entonces vivía en un diminuto apartamento en el que ya no cabía. Los libros se apilaban encima de la mesa porque las paredes no albergaban espacio para más estanterías y la ropa a veces descansaba sobre la butaca porque los armarios estaban a tope. «Sí, debería mudarme», pensé. Era urgente. Y un buen día, mientras desayunaba, me decidí a buscar una casa más grande, y a ser posible, con terraza o  espacio al aire libre.

Y en esas estaba cuando una tarde, al volver de la oficina, recogí una carta del buzón. El remitente era una notaría que me notificaba haber recibido una herencia de mi tía abuela Eleonora.

Eleonora era hermana de mi abuela. Soltera pero bien acomodada, vivía en las afueras de la ciudad. Al parecer yo era su única heredera y me dejaba una casa, grande y vieja aunque bien cuidada, con todos los enseres y muebles, cuyo valor constituía una cantidad nada despreciable.

Enseguida pensé que por primera vez en la vida el destino estaba de mi parte. Qué casualidad que yo buscara casa y Eleonora muriera sin herederos. Estas cosas no suelen suceder y me dije a mi misma que un toque de buena suerte no se podía desaprovechar. Así que ni corta ni perezosa acepté la herencia, vendí mi pequeño apartamento y me mudé a la casona de mi tía abuela.

Después de varias semanas estaba totalmente instalada e incluso hice una pequeña fiesta con amigos y compañeros para celebrarlo. La verdad, todos envidiaban la suerte que había tenido, sobre todo con el problema de vivienda que padecemos.

Sentía que la vida me sonreía y estaba feliz, hasta que un día, organizando el desván, unos sonidos extraños me alertaron y empezaron a suceder cosas raras: una puerta que se cierra de pronto, crujidos en la escalera, luces que se apagan y una intensa sensación de estar continuamente vigilada. No quise darle importancia y como eran hechos aislados no hice caso, aunque se lo conté a mi amiga Emma quien me dijo que en las casas viejas suelen ocurrir esas cosas, lo cual me tranquilizó bastante.

Y así fue pasando el tiempom intentando acostumbrarme, tratando de buscar una explicación lógica a cada suceso sin asustarme, hasta que una noche la cosa se complicó…

Me había quedado dormida en el sofá con la TV encendida. De repente sentí que alguien respiraba cerca de mí. Noté su aliento en mi cara. Me sobresalté y pensé que era una pesadilla. A continuación oí pasos por la escalera y el sonido de una puerta que se abría. La luz de la cocina se encendió y se apagó. «¿Quién anda ahí? ¿Hay alguien?» Nadie contestó. Por primera vez experimenté el miedo. Llamé a Emma y le dije que si me podía quedar en su casa. Subí corriendo a la habitación para cambiarme, preparar una mochila e irme.

Al bajar las escaleras vi a la tía Eleonora en la puerta de entrada: «¿Dónde vas? ¿Te he asustado? Siento haber hecho tanto ruido, normalmente a estas horas ya estás en la cama y yo aprovecho para pasear por la casa… No tengas miedo, nunca tuve hijos y ahora que vives aquí me siento muy acompañada».

No daba crédito a lo sucedido. ¡Estaba conviviendo con el fantasma de mi tía! Sin mediar palabra, cogí las llaves del coche y me marché horrorizada de allí. Nunca más regresé. Contraté una empresa de mudanzas y ellos se encargaron de embalar mis cosas. Primero viví unos meses con Emma y puse la casa en venta. Luego me trasladé a un apartamento en el mismo edificio.

Durante diez años han sido muchos los que la han visitado, pero mi tía hace su aparición y todos se marchan atemorizados… Así que la casa lleva años vacía, con la sola presencia de mi tía abuela Eleonora.

Y aquí estoy otra vez. He venido a enseñar de nuevo la casa, esta vez a una pareja de mediana edad que dice no temer ni a los espíritus ni a los fantasmas porque son parapsicólogos…

La cosa pinta bien. Parece que esta vez mi tía no se saldrá con la suya…

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748 palabras

Casi un asesinato…

Desde el blog del Demiurgo, conductor de ‘relatos jueveros, se nos invita a escribir sobre un crimen a resolver…

Antón y Mario frecuentaban una taberna inglesa en la que entre copa y copa, ahogaban sus penas y se lamentaban de la monótona vida que llevaban. Demasiadas horas de trabajo, demasiados problemas y un día a día tedioso y repetitivo le pasaban factura. Por eso, al final de cada semana se refugiaban en la taberna y bebían hasta perder el sentido. Luego, con las primeras luces del alba, se marchaban a casa a dormitar y descansar para volver de nuevo a una rutina que para nada les satisfacía.

Pero aquel viernes no fue como los demás. Ya de vuelta a casa, al amanecer, entre charlas y cánticos exaltando la amistad, Antón se saltó el semáforo de un peligroso cruce, y repente, como una sombra, algo pesado saltó por los aires para caer a plomo sobre el capó. Pararon en seco y comprobaron sobre el chasis el cuerpo inerte de un mendigo que yacía con la cabeza abierta y el rostro desfigurado por el golpe.

Ambos amigos se miraron. Luego, instintivamente miraron alrededor. No vieron a nadie. La noche oscura envolvía la calle y sin mediar palabra trasladaron el cuerpo a la acera y lo ocultaron bajo unos cartones convencidos de que lo habían matado. Luego se metieron en el coche y abandonaron rápidamente el lugar.

A la mañana siguiente la prensa se hacía eco de la noticia. Al parecer la policía estaba investigando aunque de momento pocas pistas tenían. El inspector hizo un llamamiento a la ciudadanía animando s cualquier testigo a que delatara al responsable de semejante crimen.

Con el transcurrir del tiempo Antón y Mario se fueron relajando. Pasaron días, semanas, meses y no había ninguna pista que alertara a la policía. Y pasados dos años el caso se cerró. Fue entonces cuando ambos amigos, creyéndose a salvo, decidieron celebrarlo volviendo a la taberna. Bebieron y bebieron hasta la madrugada. Y de nuevo en el camino de vuelta, en el mismo lugar del suceso, alguien plantado en medio de la calle les detuvo. Poco a poco se acercó a la ventanilla y atónitos comprobaron que le faltaba una parte del cráneo y una enorme cicatriz le cruzaba la cara. Entonces con voz grave les dijo: «Por fin se hará justicia…» Al instante el sonido de las sirenas irrumpió en el lugar ante el asombro de los amigos que sin mediar palabra se entregaron a la policía.  

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418 palabras

Academia para diablos…

Desde el blog ‘el tintero de oro‘ se nos invita a escribir un microrelato de 250 palabras con el maligno como protagonista

Lucifer no se levantó muy católico aquel día, cosa por otro lado natural… Siglos, década y lustros practicando el mal le pasaban factura. Tanta experiencia y rutina le habían dotado de un pasado repleto de maldad y tan monótono, que ya no le proporcionaba satisfacción. Se había convertido en un anciano sin hijos ni herederos, En semejantes circunstancias ¿quién recibiría su sabio legado? Al fin y cabo sabía más por viejo que por diablo…

A continuación avivó el fuego en el que ardían las 666 almas a su cargo, afiló su tridente y rascándose el cuernecillo derecho, experimentó una repentina nostalgia de los años en que había ejercido como maestro y entonces pensó: «Abriré mi propia academia. Tendré mis propios discípulos. Transmitiré milenios de experiencia en el noble arte del engaño, la herejía, técnicas de crepitación y mantenimiento incombustible del infierno. Todos aprenderán del mejor»

Dicho y hecho. En un espacio de tiempo indeterminado pero breve, las puertas de la escuela se abrieron dispuestas a acoger a los neófitos demonios deseosos de saber. Antes de abrir, Lucifer se asomó por la mirilla y vio una enorme fila de diablillos juguetones y maléficos dispuestos a recibir sus enseñanzas. Al instante, todos entraron y se sentaron. Se hizo un silencio sepulcral que rompió su propia voz diciendo: «Como decíamos ayer…»

239 palabras

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Lorenzo’s oil…

Desde ‘café hypatia’ este mes de octibre se nos invita a escribir sobre un tema relacionacionado con el cine: ‘De películña…’

“No estamos pidiendo milagros. Estamos pidiendo que piensen”. Esta fue la respuesta de Micaela Odone ante  el diagnóstico que los médicos sentenciaron para su hijo Alexandre que sufría ALD, con escasas perspectivas de vida. Resignarse ante semejante perspectiva, para algunos padres se reduce a un amargo trago que apenas consiguen digerir, mientras un puñado de ellos se empeñan en encontrar una alternativa e inician un largo viacrucis a clínicas y especialistas que no hacen sino corroborar el mismo veredicto una y otra vez. Finalmente unos pocos, muy pocos, no cejan en su tenacidad, empeñándose en una lucha incansable, personificada en este caso, en Michaela en la película (Lorenzo’s oil) ‘El aceite de la vida’.

El argumento, para quienes no la hayan visto, narra la historia de Lorenzo Odone, un niño de tres años, que comienza a mostrar síntomas de una rara enfermedad genética llamada adrenoleucodistrofia (ALD), que afecta el sistema nervioso y para la cual no existe tratamiento conocido. Los médicos le dan un pronóstico sombrío: deterioro progresivo y muerte en unos pocos años.

Sus padres, Augusto y Michaela Odone (interpretados por Nick Nolte y Susan Sarandon), se niegan a aceptar ese destino: “La ciencia no avanza por consenso, sino por evidencia” aseguran los padres en el diálogo con uno de los médicos.  Por eso, y aunque no tienen formación médica, se sumergen en el estudio de la genética, la neurología y la bioquímica, desafiando a la comunidad científica. Su tenacidad los lleva a desarrollar un tratamiento experimental —el famoso “aceite de Lorenzo”— que logra frenar el avance de la enfermedad.

La película, aparte del amor, la perseverancia y la resiliencia, pone de relieve y pasa a primer plano el sistema médico-científico cuestionándolo y la ética en la investigación médica. Se trata de un film con un gran contenido humano que impactó sobre la comunidad médico-científica y la sociedad de su tiempo.

Respecto a lo primero visibilizando una enfermedad rara prácticamente desconocida, impulsando tratamientos alternativos y criticando la lentitud y rigidez de las instituciones médicas. Y en segundo lugar, el ejemplo de la familia Odone movió el ánimo de otras familias para implicarse más activamente en la búsqueda de soluciones a las enfermedades raras, apoyando la creación de fundaciones para el fomento de la investigación y promoviendo un cambio de mentalidad, mostrando a la par que la pasión y el estudio autodidacta también pueden contribuir.

La película, basada en hechos reales, estuvo nominada a los Oscar y abrió el debate sobre la validación científica de tratamientos impulsados sobre los propios pacientes. Y aunque el aceite de Lorenzo (mezcla de ácido oleico y ácido erúcico) no logró revertir la enfermedad en pacientes sintomáticos, estudios posteriores demostraron que podía retrasar su aparición en niños presintomáticos.

Nota: para quienes tengan interés en ver la película o recordarla, actualmente y según me informa Googie, está en la plataforma Filmin y en YouTube.

Un verano sobre ruedas

Este mes de octubre, desde el blog ‘Acervo de letras’, en vadereto se nos invita a escribir un relato sobre ‘El Bazar’.

Recuerdo que la casa de mi abuela era muy grande o al menos así la conservo en mi memoria. Se trataba de la primera planta de una finca con sólo dos viviendas. Hasta cinco balcones daban a la calle. Me acuerdo de su disposición circular: si girabas a la izquierda podías atravesar todas las habitaciones para acabar en el punto de partida. Las estancias eran grandes, con techos muy altos y suelos con losas blancas y negras como un tablero de ajedrez. Una escalera empinada daba acceso a una azotea con dos cuartos y un lavadero donde de pequeña jugaba con mi prima Ani. Ella y sus padres vivían con la abuela y nosotros, o sea, mis padres, mis hermanos y yo, vivíamos no muy lejos de allí. Tendría unos doce años y me había aprendido el camino, por eso mi madre me dejaba ir sola a visitar a la abuela y quedarme los fines de semana a jugar con mi prima.

Ani y yo nos llevábamos apenas dos meses porque yo soy sietemesina. Todo el mundo creía que éramos hermanas y, a decir verdad, nosotras así nos sentíamos e incluso cuando conocíamos a otros niños, nos presentábamos como tales. Estábamos muy unidas y aquel verano resultó ser muy especial porque nos divertimos muchísimo.  

Nuestro lugar de juego eran las dos habitaciones altas que también funcionaban a modo de trastero. A mi abuela no le importaba que sacáramos los tiestos siempre y cuando los volviéramos a guardar. Ani tenía una imaginación desbordante y a todo le daba utilidad cuando montaba el escenario de juego y ponía en marcha sus fantasías.

Un buen día, cuando iba de camino para verla, me paré en el escaparate de un Bazar. Me llamaba la atención que vendieran tantas cosas que se parecía un poco al trastero donde jugábamos. Había muebles, cuadros y toda clase de objetos grandes y pequeños. El señor que lo regentaba era un hombre mayor que permanecía de pie, firme, en la puerta. Iba muy arreglado y se tocaba el bigote cada dos por tres mientras fumaba un puro. De repente me di cuenta de que me miraba fijamente y con una media sonrisa me preguntó: «¿Buscas algo?». Yo le contesté que no, que me había parado allí porque me recordaba al trastero de mi abuela. Entonces le conté que ella conservaba el reclinatorio que su madre  llevaba a la iglesia. Por aquel entonces muchas señoras tenían su propio reclinatorio y eso significaba que era alguien «de bien’». «Y eso ¿qué significa?» me preguntó riendo. «No sé-contesté- es lo que dice mi abuela». Y ya iba a echar a andar cuando el señor se acercó y me dijo: «Pareces una niña muy espabilada. Dile a tu abuela que si quiere vender los tiestos yo se los compro».

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Cuando llegué a casa le conté a mi abuela lo que había pasado. Ella se quedó pensativa y al cabo de un buen rato se acercó para decirnos que no le parecía mala idea deshacerse de todo aquello y dejar libres los dos cuartos. Así tendríamos sitio para jugar y colocar nuestros juguetes. Todo aquello no era sino un «nido de polvo y de bichos» decía. Pero a mi prima y a mí no nos hizo gracia porque a nosotras nos encantaba fantasear y jugar con todo aquello. Ani me comentó al oído que no tenía que haberle dicho nada y hasta se enfadó conmigo. Estuvimos todo el día de morros, sin cruzar palabra, aunque yo le pedí perdón varias veces.

El caso es que la abuela nos sugirió clasificar los tiestos y separar los muebles y cuadros de otros objetos. Nos llevó todo un fin de semana ordenar aquel batiburrillo. «Ya de paso –dijo la abuela- le limpiáis el polvo y barréis el suelo». Acabamos exhaustas, pero todo quedó perfecto. Algunos muebles solo estaban arañados, y aunque no tenían muy buen aspecto aún servían. Los colocamos todos alrededor de la habitación unos al lado de otros, bien visibles para cuando viniera el señor del Bazar.

En menos de una semana fue a ver los muebles y llegó a un acuerdo con mi abuela. Al día siguiente un camión paró en la puerta. Ani y yo comprobamos cómo dos jóvenes bajaban la cómoda, las mesitas de noche, varias sillas, una mesa, una lámpara de pie, un revistero, el reclinatorio y cosas varias. Nos quedamos algo tristes cuando se marcharon pero mi abuela, por la tarde, nos invitó a salir a merendar para celebrarlo. Nos dijo que nos laváramos las manos, la cara, nos peináramos y nos arregláramos bien. Salimos y cuando pasamos por delante del Bazar, don Rogelio -que así se llamaba el dueño- nos invitó a entrar. Mi abuela aceptó encantada. Nosotras nos miramos muy serias porque aquel señor era poco más o menos nuestro enemigo.

Ya llevábamos un buen rato cuando don Rogelio le dijo a mi abuela: «No las hagamos esperar más». Descorrió una cortina y dejó visibles dos bicicletas nuevas: «Elegid una cada una. Son vuestras». Ani pilló la roja y yo la azul, mi color favorito.

Entonces lo comprendimos. La abuela había vendido todos aquellos muebles y en lugar de aceptar dinero, nos compró unas bicicletas…

El resto del verano lo pasamos de un lado a otro con las bicis. La abuela bajaba de vez en cuando a tomar un té con don Rogelio y mientras ellos hablaban nosotras jugábamos en el almacén, donde permanecían alojados nuestros antiguos muebles y el viejo reclinatorio. Y durante unos años aquel Bazar formó parte de nuestras vidas…

El abuelo Lucas

En ‘relatos jueveros’ desde el blog de Campirela se nos invita a escribir un relato sobre el tema, ‘el cuerpo como territotio’. Aproximadamente una extensión de 350 palabras

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El abuelo Lucas nos contaba muchas historias. Casi todas las mañanas paseaba hasta la huerta junto a Baby, un labrador negro como el carbón y tan leal como un faro al navegante. Allí, después de vigilar los tomates, pimientos, berenjenas, patatas y algunos frutales, el abuelo se sentaba mientras se liaba un cigarrillo que fumaba a escondidas de la abuela.

Algunos días, a la salida del colegio, mi hermana y yo íbamos a verle. Él nos recibía con un gran abrazo y un plato con unas peras y ciruelas recién cogidas del árbol. Mientras la mordíamos, nos sentábamos con él. Primero nosotras le hablábamos del colegio y luego él nos preguntaba: «bueno, ¿ qué queréis que os cuente hoy?».

A nosotras nos gustaba deambular por el mapa de sus cicatrices. Le habíamos contado hasta diez. Algunas eran de la infancia porque el abuelo había sido muy travieso de pequeño. Otras accidentes de trabajo en el campo y el resto de la guerra. Así que mi hermana comenzaba cogiendo su mano derecha mientras señalaba una pequeña línea marcada sobre la piel alrededor del pulgar y él decía: «esa me la hice en el campo, cogiendo setas con mi padre». Enseguida yo le señalaba una en la ceja izquierda: «Esa tiene una historia más larga». Y yo la contaba; «Sí. Bajabas corriendo la escalera perseguido por tu hermano y al llegar al último escalón te caíste y tropezaste con el pedal de una moto. La bisabuela, o sea tu madre, partió un huevo y pegó la membrana fina jugosa en tu ceja. La herida se taponó y no te pusieron puntos…» A continuación mi hermana, puso el dedo sobre el muslo «aquí está la de la guerra ¿verdad abuelo?». Él asentía con la cabeza y mi hermana contaba cómo había permanecido oculto en una cueva durante tres días sin agua ni comida hasta que pudo escapar. Pero unos soldados que andaban cerca y le dispararon. Su amigo Luis lo cargó al hombro y lo puso a salvo…

El cuerpo del abuelo es como un gran atlas. Cada cicatriz es un frontera, una huella de las diversas vivencias que atraviesan su vida. Recorrer todo este territorio es conocer su historia y rastrear su memoria.  

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La leyenda de los Olmedo

Desde ‘literautas, taller de escritura’, este mes de octubre se nos invita a escribir un relato que contenga las palabras fantasma, plan y venganza de no más de 750 palabras.

En las afueras de la ciudad, situado sobre una colina, se alzaba el viejo Palacete de los Olmedo, un edificio neoclásico de tres plantas, construido en ladrillo rojo y piedra gris un tanto erosionada por la lluvia y el paso del tiempo. Sobre el tejado de pizarra se alzaban tres chimeneas de ladrillo y a su alrededor la vegetación campaba libremente: arbustos desbordados, enredaderas que trepan por los muros o  hierbas altas que cubren el camino de grava. El aire huele a humedad, a historia detenida, a secretos que se niegan a morir… A pesar del paso del tiempo, más de un siglo, la construcción se mantenía en pie, soportando el peso de la historia y la leyenda acerca de un fantasma, el de Teresa, la menor de dos hermanas, a quien encontraron muerta la noche que pensaba huir con su amante. El caserón permanecía cerrado y en venta desde hacía más de un lustro, cuando la familia se marchó después del triste suceso.

Los lugareños se habían encargado de mantener vivo el relato de una muerte acontecida en extrañas circunstancias, pues la difunta, aquel día había participado en una montería en la que al parecer uno de los invitados le propinó accidentalmente un disparo en la cabeza, o eso se contó cuando la encontraron tras veinticuatro horas de búsqueda, porque la verdad verdadera nunca se supo y la policía cerró el caso por falta de pruebas. Se sabe que aquella noche, todo estaba preparado para que ella y Armando, su amante, huyeran gracias a la complicidad de uno de los mayordomos a quien le habían pagado una cuantiosa suma para comprar su silencio. Después de aquel desdichado incidente la casa se puso en venta, pero corrió la voz de que estaba habitada por un fantasma y cuando iban a verla los compradores aseguraban haber visto sombras y luces que titilaban a su paso.    

La leyenda de los Olmedo llegó a oídos de una historiadora local, Amanda Urquijo, muy interesada en estos temas, quien tenía un plan  para desentrañar la verdad, sacarla a la luz y acabar con la superchería. La historiadora había solicitado los permisos pertinentes para visitar el palacete. Una vez allí, recorrió las diversas estancias: cocina, despensa, dormitorios, biblioteca, salones… Todas las habitaciones mostraban una apariencia siniestra con los muebles tapados con grandes paños blancos. Luego paseó los jardines llenos de maleza y recorrió el camino de cipreses hasta llegar a la casa de invitados. De momento todo parecía normal.

Acabada la visita, regresó a la habitación de Teresa. Nada más entrar la puerta se cerró tras de sí de un golpe seco. Lejos de amedrentarse, comenzó a leer los diarios apilados de forma ordenada en la estantería. Aquellas páginas hablaban de un amor prohibido e imposible, de traición y de celos. Ensimismada en la lectura, de repente, las luces comenzaron a parpadear y la figura translúcida de la joven fallecida se reflejó en el espejo. Amanda no sintió miedo sino lástima y compasión. Entonces, en aquel momento, Teresa dijo: «No busco venganza, sino justicia. Mi hermana me mató de un disparo por envidia y quiero que tú cuentes la verdad».

Amanda escuchó atenta el relato que aportaba toda clase de datos y detalles. Luego se marchó a casa y escribió un artículo para periódico local. Tenía en su poder demasiadas referencias y circunstancias como para que alguien negara la verdad. Aun así, cabía la posibilidad de que nadie creyera su historia, pero al menos, el fantasma de Teresa encontraría la paz.   Tal y como afirma el dicho popular ‘el tiempo se encargó que poner todo en su sitio’.

Y a partir de entonces la casa dejó de crujir y el fantasma por fin, dejó de aparecer… Unos meses después una familia de aristócratas compró la finca en la que, según cuentan, vivieron en paz durante generaciones.

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El matrimonio Arnolfini

La obra en la que se inspira este micro es de  Jan Van Eyck, ‘El matrimonio Arnolfini’.

Amanecía en la ciudad de Brujas. Corría el año de mil cuatrocientos y pico, cuando los Arnolfini se dirigen hacia el que será su nuevo hogar, una finca pequeña pero bien situada en una de las arterias principales de la ciudad.

«Querida, espero que todo sea de tu agrado» −comentó Giovanni a su esposa. «Ha sido complicado encontrar una casa, considerando que debía ser un lugar a la altura que ambos merecemos. La mujer de un mercader debe vivir acorde a su estatus. ¿Qué te parece la recamara Jeanne? He procurado que la alcoba sea confortable para ti y para el hijo que esperamos».

«Como puedes ver, he colocado en un lugar destacado el espejo que nos regalaron tus padres e hice que escribieran nuestro nombre en el marco. El resto de los muebles los encargué a un ebanista que conocí en la capital».

Giovanni, descorrió la cortina, miró a su esposa y dijo sonriendo: «Cuando hace sol entra luz suficiente por la ventana. La habitación se ilumina y caldea lo suficiente como para que vos y nuestro hijo estéis cómodos, mientras yo viajo. Fíjate que hasta nuestro terrier Mussu, se ha quedado dormido…»

«Tomad mi mano, recorreremos juntos el resto de la casa…»

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Un buen comienzo de curso…

Desde el blog ‘Acervo de letras’ el Vadereto de esta semana nos invita a escribir sobre ‘bendita paciencia…’.

Esta es una historia real. O sea, cualquier parecido con la realidad no es pura coincidencia…

A lo largo de años de enseñanza una se ha tropezado con todo tipo de alumnos. Para mí es, sin lugar a dudas, una de las mejores profesiones aunque por desgracia, ni está suficientemente valorada ni goza del reconocimiento y  prestigio social que merece. Yo me atrevería a decir que más que una profesión se trata de una vocación, porque requiere de ciertas cualidades, paciencia y valores, que no cualquiera posee.

Si todo marcha bien los alumnos son un portento y si sale mal el profesor es un matraca… Algunos padres se muestran colaboradores y comprensivos, facilitan la labor y forman un tándem necesario para la tarea educativa.  Otros en cambio, se alinean unilateral e incondicionalmente del lado de su hijo, para bien o para mal, y la labor del profesor se ve entorpecida.

Conservo en mi memoria muchas anécdotas divertidas, otras no tanto claro, hay de todo. Pero a propósito del tema en cuestión, recuerdo esta que narro a continuación.

Aquel curso fue especialmente complicado. Estrenábamos centro. Todo estaba nuevo, impoluto. Pero a falta de alumnos de la zona llegaron otros de diversa procedencia. Estábamos de acuerdo que debíamos ser pacientes y armarnos de valor para que no se nos fueran de las manos. Y aunque nos hicimos una idea a priori, la realidad fue un gran choque porque aquellos niños venidos del campo, acostumbrados a trabajar mucho y leer poco casi, no sólo no pronunciaban con claridad y costaba entenderlos sino que carecían de la más mínima disciplina.

Yo había organizado el aula con las mesas dispuestas de dos en dos, formando tres filas. Les dejé sentarse libremente, dónde cada uno quiso. Nada más comenzar la clase, lo primero de todo fue presentarme y pasar lista para conocerlos. Cada cual aportaba unos pocos datos sobre sí mismo y contaba de dónde venía a la par que expresaba sus expectativas. Fue muy interesante hasta que nombré a Vicente, Vicente de la Calle Ruíz para más señas. Era muy bajito para su edad. Delgado y con unos ojos muy expresivos. Venía de una escuela rural. Era tímido y casi no le salía la voz de cuerpo. Con un hilo de voz contó que sus padres trabajaban en el campo y que como él les tenía que ayudar, había faltado mucho a la escuela el curso anterior y que por eso repetía. Dijo que era el mayor de cuatro hermanos, dos niñas y dos niños. Que era culé y que esperaba hacer amigos. Iba a nombrar al alumno siguiente cuando levantó la mano y dijo:

−Maestra, me se…

Y yo de inmediato le corregí…

−No se dice ‘me se’ Vicente, la semana siempre antes que el mes. Se dice ‘se me…’

−Ya maestra –contestó insistente- yo lo que quiero decir es que si ‘me se…’

−A ver hijo, ¿ qué es lo que no entiendes?. Te repito, se dice ‘se me’ no ‘me se…’

−Lo he entendido, pero es que le quiero preguntar si ‘me se…’

−Mal empezamos Vicente –le dije en tono cariñoso y paciente. A mí no me importa repetir las cosas tantas veces como sea necesario, para eso estoy aquí. Pero te estás empeñando tontamente. ¿Necesitas que te ponga un ejemplo?. A ver: “ ‘se me’ cayó el libro no ‘se me’ cayó el libro”. ¿Está más claro ahora?

−Si maestra, pero ¿me deja poner a mí otro ejemplo? A ver: «maestra ¿’me se-paro’ de mi compañero? Es que no la veo…»

La carcajada fue monumental y mi cara un poema. Desde aquel día Vicente cayó en gracia. Hizo amigos y hasta aprobó el curso.

Respecto a mí, disfruté muchísimo aquel primer encuentro y me reí hasta que me dolieron las mandíbulas. No obstante el curso fue muy duro y tuvimos ciertos desencuentros, pero Vicente resultó ser mejor alumno de lo esperado y sorprendentemente la ‘bendita paciencia’ y el cariño funcionó a las mil maravillas con él. Por eso y por mucho más, se quedó en mi memoria para siempre.  

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