Pasa la vida

Este mes de agosto, desde el blog ‘Acervo de letras’ , en Vadereto, es nos anima a escribir sobre la playa en cualquier época del año.

La vida en sí misma es un relato, y a veces, acontece sin que sucedan hechos extraordinarios. Esta es una de esas historias. Es real, como la vida misma, pero calma, serena, sin estridencias ni sobresaltos. Sucedió un día cualquiera de un mes de agosto de hace ya algunos años, en una playa cercana a mí casa. Por entonces no había tanto turismo, ni conciertos de verano, ni vigilantes ni nada. Apenas un par de chiringuitos y poco más. Es una playa pequeña, que entonces se mantenía casi salvaje y natural y se llenaba de familias extensas de esas que reúnen a dos o tres generaciones bajo sus sombrillas. Llegaban en tropel a media mañana, se instalaban y se marchaban al anochecer con los niños cansados de jugar y todos con la tripa llena de comer y picar todo el día.

Recuerdo que me distraía observando cómo se divertían unos y otros. Sobre todo me acuerdo de los niños y niñas que jugaban sin parar incluso cuando comían unos bocadillos enormes de tortilla de patatas. Sacaban el cubo y las palas, recogían conchas, se enterraban, hacían agujeros en la arena, un castillo y una muralla delante de su espacio para que las olas no pasaran. Tenían todos la piel tostada, horas y horas de sol en su haber. Y en esa quietud de juegos, comidas y baños, de vez en cuando sonaba la voz de Mohamed anunciando vestidos playeros de mujer.

Mohamed era un musulmán que venía de Marruecos cada verano para vender vestidos en la playa. Estaba negro como un tizón y sus brazos eran dos percheros de los que colgaban numerosos vestidos de diferentes estampados, colores y modelos «para la madre, la hija, la nuera, la suegra o la abuela» según pregonaba conforme caminaba de arriba abajo, una y otra vez. Así pasó unos cuantos años durante los cuales le hice alguna que otra compra siempre mediante la técnica del regateo, claro.

Después de varias temporadas y unos cuantos paseos Mohamed se paraba y charlaba con casi todos, aunque algunos se hacían los dormidos para evitar la cháchara. Él contaba su vida, preguntaba y para convencer y hacer clientes no dudaba en ejercer de modelo probándose algún que otro vestido sin el más mínimo pudor.

Poco después solía aparecer un señor mayor, de baja estatura y complexión fuerte. Vestía de blanco y llevaba una gorra. Siempre pensé que no tenía edad para trabajar pero a veces, cuando se vive con determinadas estrecheces, esta decisión no puede tomarse. En el brazo enganchaba una cesta de mimbre que rebozaba camarones frescos. De vez en cuando, cada cierto número de pasos, un hilo de voz le salía del cuerpo y gritaba: «¡Camarones! ¡Camarones!». Y mucha gente lo paraba para comprarle.

Llegados hasta aquí, puede que alguien se pregunte cuál es la historia, qué le pasó a Mohamed o al señor de los camarones si es que les ocurrió algo. Ya lo dije al comenzar, esto que narro es la vida que pasa y ese es el relato: Un día de playa en el que el tiempo transcurre sin interferencias, sin estridencias. Un día dónde lo natural era ver a Mohamed, escuchar su voz vendiendo vestidos y a continuación al vendedor de camarones mientras los niños jugaban en la arena y los mayores al parchís o a las cartas, fumando y tomando café al caer la tarde.

Y así el tiempo se esfumaba hasta que de repente todos observábamos el ocaso y sentíamos los pies sobre la arena fresca. Entonces Mohamed recogía sus bártulos y se despedía saludando, mientras calculaba el jornal ganado con el ‘sudor’ de su frente.

Y mientras él se marcha, las demás familias pliegan las sombrillas y recogen mesas, sillas y neveras. Los niños con ropa seca enjuagan sus palas, cubos y demás juguetes. El sol se despide, cada vez más cerca del horizonte, cada vez más bajo. Y todos caminamos despacio, alumbrados por una tenue luz azul: mañana será otro día.  

Playa Sancti Petri. Fotografía: mp_dc

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La turista

Desde el Blog ‘Varietés’, Ginebra nos propone escribir un relato sobre ‘un verano de fotografía’ inspirado en una serie de imágenes de conocidos fotógrafos.  

De Úrsula se decía que era una mujer rara, o sea, diferente, singular. Y es que vivía según sus propias reglas, a su modo y manera. La opinión de los demás poco le importaba porque según sus propias palabras «sólo se vive una vez».

Hacía muchísimo tiempo estuvo casada con el que fue el único amor de su vida. Por desgracia ella y su marido sufrieron un grave accidente poco tiempo después de casarse. Él murió en el acto y ella se quedó sola. Nunca más volvió a casarse. Su historia era vox populi y se contaba a los recién llegados como una leyenda o anécdota que todos habían asumido como propia. Por lo demás, Úrsula era muy querida y todos aceptaban con discreción una peculiar forma de vida que inspiraba grandes dosis de respeto y tolerancia.

Según cuentan los vecinos, tras padecer aquel enorme revés se aisló demasiado, se volvió callada e introvertida y poco a poco se fue quedando sola y así ha vivido durante los últimos treinta años. Da la impresión de haberse quedado atrapada en el tiempo pues ni su atuendo, ni su peinado, ni sus costumbres, guardan consonancia con los tiempos que corren.

Úrsula es metódica y asienta su vida sobre una rutina que no entiende de festivos, ni distingue los fines de semana, con la única excepción de que los sábados, inviernos y veranos, pasa la mañana en la playa, leyendo y escuchando la radio en un viejo transistor, con el volumen un poco alto porque le falla el oído.

El caso es que hace unos días salió su foto en un periódico local. En la imagen aparece en primer plano vestida con una chaqueta, un pañuelo fino cubriéndole el pelo porque hacía corría un poco de aire. Calza unas sandalias negras que dejan ver un apósito en el tobillo derecho, y porta en las manos su bolso y su hamaca a rayas. De la actitud del resto de personas parece desprenderse que no llama la atención a pesar de su extravagante apariencia. La noticia la encabezaba un titular: «Los turistas invaden nuestras playas».

El artículo resaltaba la fuerte presencia del turismo extranjero en las playas de la localidad y subrayaba el contraste que los foráneos representan por su forma de vida y sus costumbres, respecto al resto de autóctonos. El texto señalaba las peculiaridades de esta señora, erigida como modelo, frente a los demás usuarios a los que calificaba de ‘normales’, tanto en cuanto llevaban una indumentaria más acorde y apropiada al contexto playero. Sin embargo a nadie se le escapó que lo verdaderamente curioso era el periodista, recién incorporado a la plantilla del periódico, una de las pocas personas que ignoraba que Úrsula no es extranjera sino natural y vecina conocida del pueblo, a partir de ahora inmortalizada en una foto gracias a la ignorante curiosidad de un joven reportero.

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Una clase de historia…

Desde el blog ‘Acervo de letras’ el Vadereto de este mes de julio nos invita a escribir sobre una ‘receta’ de cocina que sirva de contexto a un relato.

Los alumnos apenas prestan atención en clase de historia. A la mayoría les parece aburrida y desfasada. No entienden el tópico de ‘mirar el pasado para comprender el presente’ porque su presente resulta demasiado inmediato y transcurre en un día a día atendiendo a los aspectos más recurrentes de sus vidas, centrados sobre todo, en los amigos y en pasarlo bien.

Puede que tenga algún efecto hacer una comparativa entre las vidas en el pasado y las suyas propias. Esa doble imagen les hace pararse a pensar en lo costoso que resultaba vivir entonces, el reto que representaba, los peligros que se padecían, la fragilidad de la propia vida y las escasas expectativas que los chicos de su edad tenían, sin ir más lejos, y por poner un ejemplo, en la antigua Roma.

Justo en aquel momento de la explicación, Pablo, sin cortarse un pelo, saca un bocata de tortilla adquirida en la cantina del instituto, recién hecha. Le pega un buen mordisco y habla con la boca llena para preguntar: «¿Y qué se comía entonces? ¿Ya existían las tortillas de patatas?». Le contesto que en la antigua Roma no. Pero que circulan varias teorías sobre sus orígenes, naturalmente siempre posteriores al descubrimiento del Nuevo Mundo, de donde los españoles importaron la patata.

Durante muchos años se consideró que este manjar había sido un invento impulsado por un general guipuzcoano en tiempos de guerra, quien preocupado por alimentar a sus tropas con un alimento contundente y barato, encargó a una campesina que ideara algún plato con estas características y que fue a ella a quien se le ocurrió esta mezcla de huevos y patatas, cosa que sucedió a finales del siglo XVIII.

Pablo insiste: «Entonces ¿Cuál era el plato más exquisito para los romanos?» Les explico que curiosamente, a escasa distancia de dónde vivimos, se elaboraba una de las recetas más deliciosas y conocidas en la Roma Imperial: el ‘garum’. Un alimento tan apetitoso como codiciado entre las élites romanas, comparable a cualquiera de los platos actualmente premiados con una Estrella Michelin y elaborado a partir de los restos del pescado capturado en aguas del Estrecho de Cádiz. Hoy en día sería considerado un menú de ‘cocina inteligente’ que pretende aprovechar todos los recursos.

A continuación les explico cuáles son los ingredientes: vísceras de pescado (sardinas, boquerones, pescado de roca…); sal gruesa; aceite de oliva  e hierbas aromáticas. Les comento la receta. Y aunque la elaboración en casa es complicada (pero no imposible), algunos se comprometen a intentarlo como proyecto de recuperación durante el verano.

De repente suena el timbre para ir al recreo. Todos comentan animados y enseguida sacan sus bocatas de las mochilas dejando en el aula un rastro de aromas diversos que hacen salivar e incitan el apetito: la clase ha terminado. 

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Quién bien empieza…

Este jueves desde el Blog ‘La trastienda del pecado’ Mag nos invita a escribir un relato utilizando algunas locuciones a elegir entre las propuestas.

Julián Preset gozaba de una fama y reputación intachables, a lo que sumaba que la suerte siempre estaba de su parte. Por eso consideró que era una fuente inagotable que jamás llegaría a su fin. Y a punto estuvo fe perderla aquella noche que entró en un casino por primera vez después de una cena con socios y amigos. Lo hizo dejándose llevar, para divertirse y fardar de que perder dinero no le importaba ni le hacía meya. Tener ‘pasta’ era una condición sine que non en su vida y una razón para no dormirse en los laureles y trabajar a destajo para ganarlo. Pero aquel día, cuando se sentó frente a la ruleta, algo diabólico se apoderó de él. Sintió cómo la adrenalina le subía y mil sensaciones extraordinarias lo inundaban. Se supo ganador, ni más ni menos, y se lamentó de no haberlo descubierto antes.

Y mirando la ruleta girar y girar, después de haber perdido varias apuestas, medio bebido y atontado por el soniquete de la bola dando vueltas, sobrevolando cada número, Julián soñó despierto con una especie de genio surgido del cuerpo del crupier que se plantó a su lado y comenzó a hablarle al oído: «Seguramente ganarás esta partida. Hay mucho dinero en juego pero querrás ganar más y más». El geniecillo hablaba con seguridad y conocimiento de causa, con experiencia y le fue relatando casos y ejemplos varios de personas que tentaban la suerte dejándose llevar por la ambición y lo perdían todo, absolutamente todo. Luego apareció una especie de pantalla donde pudo verse a sí mismo vagando por las calles con otros mendigos, durmiendo en portales abandonados. Finalmente el holograma le mostró su imagen saliendo triunfador del casino con un fajo de billetes en las manos: «Este eres tú si abandonas el juego después de esta partida».

Apenas un instante después volvió a la realidad. La bola se detuvo sobre su apuesta y una torre de fichas amarillas se deslizó sobre el tapete hasta acabar delante de sus narices. Y entonces fiat lux. Julián recordó con absoluta nitidez la visión que había tenido y cuando el crupier preguntó en alto: «¿alguna apuesta más?» él se levantó de la mesa añadiendo: «gracias estoy servido».

Y aunque los amigos le animaban a continuar, soplándole al oído que no lo dejara, que estaba en racha, él les contestó convencido: «la avaricia rompe el saco». Y se marchó satisfecho y con los bolsillos llenos.

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Transformación espontánea

El Blog ‘El Tintero de Oro’ convoca un nuevo concurso esta vez inspirado en “La Metamorfosis” de Kafka y nos invita a escribir un relatodonde el protagonista despierte a un mundo o realidad que contenga un aspecto que no acabe de entender’.

Sara llevaba días sintiéndose extraña: el cuerpo dolorido, cansancio, jaqueca y una especie de erupción en la piel. Por la noche tenia pesadillas y una sudoración fría a la que no encontraba explicación. Sin embargo le restaba importancia. Se tomó un paracetamol y siguió con su vida. A fin de cuentas trabajaba desde casa y eso tenía sus ventajas, ella misma marcaba el ritmo.

El día que todo comenzó, Mariela, la asistenta, llegó antes de lo previsto y Sara le dio instrucciones de que no la molestase. Luego se trasladó a su despacho y cerró la puerta para aislarse y trabajar tranquila. Mariela la avisaría, como siempre, antes de irse. Mientras tanto le esperaba una intensa mañana de reuniones y videoconferencias.

A las tres en punto la asistenta golpeaba suavemente la puerta y le avisaba: «Marcho señora, tiene la comida en el microondas. Volveré pasado mañana.»

Pero Sara no salió a comer. Trabajó ininterrumpidamente durante todo el día, y llegada la tarde, se recostó en el sofá y se quedó dormida. Cuando despertó apenas se podía mover. Al mirarse comprobó que su piel se había oscurecido y recubierto por una especie de vello. Sufría una intensa cefalea y dolores en los costados, punzadas que provenían de unos bultos duros que empujaban la piel. Su cara y su cabeza habían adoptado una extraña forma. Aquel proceso era tan doloroso que sudaba y se retorcía en el suelo. Había perdido en parte su capacidad de pensar y era incapaz de llamar a alguien para que la ayudase.

De repente sintió un crujido al tiempo que todos sus huesos se alteraban o cambiaban de forma. Un instante después, comprobó que ya no tenía brazos sino varias patas negras vellosas que debía utilizar para moverse. Y dejándose llevar por su nuevo instinto se desplazó hasta un espejo y comprobó que se había transformado en una hermosa araña y que su nueva identidad la hacía sentir tan poderosa como desconcertada al experimentar inclinaciones y sensaciones nuevas, desconocidas y a la vez placenteras…

Así, encerrada en su despacho, mutando,  permaneció los dos días siguientes hasta que de nuevo llegó Mariela quien, con la puerta semiabierta, se extrañó pues todo parecía estar tal y como ella lo había dejado. Nada más entrar se dirigió directamente a la cocina, comprobando que Sara no había comido, ni tan siquiera había bebido un vaso de agua. Sorprendida fue al dormitorio: todo estaba en orden y la cama sin deshacer. Entonces se preocupó y fue al despacho. La puerta permanecía cerrada. Pegó el oído pero no escuchaba nada: «¿Sara? ¿Está ahí? ¿Está bien?» Mariela miraba con extrañeza a su alrededor y temió que algo malo le hubiera  sucedido. Así las cosas, se decidió a entrar. Colocó la mano en el pomo y comenzó a girarlo lentamente a la par que apoyaba la cabeza en el borde dispuesta a asomarla. El corazón el latía con fuerza en el pecho. Entreabrió la puerta, entró y encendió la luz. Apenas se volvió cuando se encontró frente a una enorme tela de araña, perfectamente diseñada, que cruzaba diagonalmente la habitación. La asistenta no podía dejar de mirarla con la boca abierta, estupefacta, sin dar crédito a lo que veía y sin darse cuenta que por detrás la acechaba Sara, ahora transformada en una araña gigante. Y cuando la tuvo cerca la empujó contra su tela para que quedara atrapada.

Mariela instintivamente comenzó a luchar para intentar despegarse. Gritaba de pánico pidiendo auxilio, pero su lucha era inútil. Aquellos hilos eran tan fuertes y pegajosos que resultaba imposible zafarse. Después de un rato braceando y pataleando, agotada, sin fuerzas, se rindió. Mientras, Sara daba vueltas en la habitación preparando el momento final antes de darse el festín. Giró y giró sobre Mariela hasta que la envolvió con hilos tejidos a tal efecto. Luego se acercó despacio, posó sus colmillos sobre el cuello e inoculó a su presa un veneno paralizante de resultado inmediato. Mariela la miraba fijo a los ojos, mostrando una mueca de terror en su rostro. Luego Sara la contempló dispuesta a engullir, poco a poco, aquel suculento manjar…

Al cabo de unas horas en la tela sólo quedaba algún despojo que dejó para más tarde. Satisfecha y con el estómago lleno, Sara descansaba en un rincón mientras recordaba, afilándose de nuevo los colmillos, que su compañera de piso volvería en un par de días tras una semana de viaje: no tenía más que esperar, la siguiente presa ya estaba en camino…

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La visita

Con motivo del 8 de Marzo, Ludus convoca un concurso inspirado en Virginia Woolf: Un día en «Una habitación propia»: el ensayo de Woolf, narra un día en la vida de una mujer que ha encontrado ese espacio literal o metafórico que le permite crear, pensar y ser.
Fotografía: Internet

Desde que llegamos a esta nueva casa paso horas encerrada en este lugar, en esta habitación propia que tanto he defendido. Cierro la puerta y siento que levanto una enorme barricada para defenderme del exterior, del ruido, de las voces, de las risas, de todo aquello que distrae mi atención. Fuera de aquí todo me es hostil tanto en cuanto atenta contra mi inspiración, contra mis ideas, las mismas que apenas puedo compartir con mis amigos que, de vez en cuando vienen a verme. Son conscientes de que me interrumpen pero yo les ánimo a hacerlo porque con ellos puedo debatir y confrontar. Ellos vienen de fuera de este mundo en el que vivo, apartada en esta nueva casa rodeada de bosques y cercana a un río, al rumor de cuyas aguas me duermo cada noche y despierto cada día.

Hoy vendrá Lytton Strachey o eso me decía en su última carta. Hace casi un año que no nos vemos porque estuvo de viaje. Sus historias sobre la reina Victoria me resultan apasionantes y es un privilegio conocerlas de primera mano, mientras escribe su biografía. Seguramente acabaremos hablando de Orlando y de Vita. Y él mostrará su apoyo incondicional hacia Leonard, mi paciente esposo, al tiempo que se interesará por mi próximo viaje y sobre todo querrá saber si me reuniré con ella, dónde, cuándo y por qué razón continúa siendo mi amante. Le cuesta entender por qué la amo.

Supongo que esta habitación le parecerá insuficiente para mí. Esta nueva residencia en Bloomsbury  es bastante más modesta y los espacios, en general, más reducidos. Discutiremos sobre si una escritora como yo necesita más muebles, más luz, más calor o simplemente todo depende de la inspiración. Y a este respecto, he de reconocer que las musas aquí no se desenvuelven mal.

Será por eso, porque viene Strachey, que me siento pletórica después de varios días abatida y triste. Leonard se alegra también porque sabe que constituye una fuente de alegría. Con frecuencia me dice que me cambia la cara y el carácter cuando Lytton viene a verme. Siente celos porque no es él quien me proporciona ese gesto feliz. Dice que estoy acostumbrada a su presencia aunque, a decir verdad, en realidad su presencia es puramente física. A él no le pienso y casi no puedo sentirle, aunque le tengo un grandísimo afecto. Aún así, reconozco que la visita de mi amigo me templa el ánimo y sus noticias y rumores sociales londinenses me dejan muy buen sabor y ganas de que vuelva otra vez.

Los días pasan despacio aquí, apartada de la ciudad, lejos del mundanal ruido, arropada por la naturaleza y ese silencio que solo se rompe con el canto de los pájaros, las pisadas sobre la hierba o el crujido de las hojas secas en invierno.

Ya llega. Oigo su voz y escucho sus pasos subiendo la escalera…Ya está aquí…

®lady_p

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Un lamentable suceso…

Desde el ‘blog Acervo de letras’, este VadeReto, vamos a quedarnos con la excusa de la música y vamos a crear historias alrededor del: JAZZ

Desde pequeño Eric mostró gran interés y habilidad por la música. Apenas con cinco años pidió a los Reyes un saxo de juguete, y comprobando sus buenas aptitudes, sus padres se decidieron y lo matricularon en el conservatorio. El niño enseguida se decantó por el saxo, un instrumento que  dominó con gran facilidad. A sus padres les gustaba la voz de Billie Holliday, cuyos discos de vinilo sonaban frecuentemente en casa. Podría decirse Eric creció bajo los ecos del jazz, de ahí que muy pronto se convirtieran en sus sonidos favoritos, que inventara solos y dominara el instrumento magistralmente. Todos lo consideraban un prodigio y admiraban su talento.

Los conciertos comenzaron en la adolescencia. Aunque lo que él de verdad deseaba era integrarse en una banda y hacer un tour por Nueva Orleans, la cuna de jazz. Y apenas cumplidos los dieciocho hizo las maletas y se marchó en busca de aventuras. Comenzó a tocar en algunos pubs y entró en contacto con algunos grupos que lo invitaban a sumarse ocasionalmente. Pasó dos largos años malviviendo. Combinando la música con trabajos esporádicos de camarero o lavaplatos, viviendo en un apartamento inmundo, compartiendo baño y cocina. Pero a pesar de las duras circunstancias era feliz dedicándose a la música.

Y así iban las cosas cuando en una actuación en la que participó haciendo una sustitución, un representante de una célebre banda lo escuchó y lo fichó, haciéndole un contrato bastante bien remunerado que incluía una gira por el país. Así cambiaron las tornas. Eric comenzó a ganar dinero y fama. Grabó discos y actuó durante tres años sin parar. Se sentía agotado. Su fotografía circulaba por las revistas del corazón en las que aparecía con otras celebridades del momento. Lo invitaban a fiestas, a estrenos de teatro, de cine. Todo parecía un sueño hecho realidad.

Pero tanto éxito levantó alguna que otra ampolla entre bandas y saxofonistas rivales hambrientos y envidiosos de su éxito. Muy pronto aparecieron bulos y corrieron noticias falsas que lo incriminaban en el mundillo de las drogas y de la mala vida. Eric se afanaba por rescatar su prestigio pero tenía demasiados enemigos que lo veían como un intruso salido de la nada. Le acusaban de comprar voluntades, de hacer favores personales, de ser un tipo sin escrúpulos. Y a medida que toda esta falsedad salía a flote, su reputación se enfangaba y los contratos desaparecían. Aun así conseguía salir a flote, remontar y mantenerse en la cumbre como uno de los mejores saxofonistas del momento.

Un día fue invitado por The Club Playhause, un afamado club de Nueva Orleans, para tocar con una conocida banda local. Eric aceptó en recuerdo de aquellos años en los que era un desconocido e invitó a su mejor amiga la detective Chris Müller, a quien le unía una sólida amistad y un breve romance. Los cuatro integrantes ocuparon el escenario. Comenzaron a tocar. Eric cambiaba de vez en cuando la boquilla. Tocaba despertando largos aplausos entre el público asistente. Sudaba feliz bajo los focos, hasta que empezó a experimentar sofocos y a sentir cómo se aceleraban los latidos de su corazón, pero no quería parar. Puso toda su energía en los últimos compases y en medio de una fuerte ovación cayó desplomado al suelo. Chris Müller fue la primera en acercarse al cuerpo de su amigo y diagnosticar su muerte.

Los periódicos del día siguiente dieron la triste noticia: «Joven prodigio del saxo fallecido por un infarto fulminante». No obstante, Chris Müller sospechó que lejos de ser una muerte natural, cabía la posibilidad de que fuera un asesinato cuyo único móvil era la envidia. Nadie la creyó y tras meses de investigación, se cerró el caso.

Pasado el tiempo la detective Müller recibió un paquete anónimo. En su interior una boquilla de un saxo ponía a la detective sobre una posible pista…Resultó imposible abrir el caso y la muerte de Eric pasó a la historia como un lamentable suceso.

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Mi primera cámara

Esta semana el reto de’Relatos Jueveros, convocado desde el Blog de Nuria, nos invita a escribir sobre los recuerdos y emociones que un objeto nos provoque.

Entre la niña que fui y la mujer que soy, circula el hilo de una memoria jalonada de recuerdos que vienen hasta mí cuando pienso en mi primera cámara de fotos, una Kodak Brownie Fiesta, casi de juguete, con la que inmortalicé momentos inolvidables el día de mi primera comunión.

Como mi padre era fotógrafo, crecí entre fotografías. Recuerdo que tenía en casa su laboratorio y con frecuencia le ayudaba después del colegio. Aquellos días llegan hasta mí como si de un juego de magia se tratara. Me veo a mí misma sentada en una banqueta, removiendo el papel dentro de una cubeta con unas pinzas. Casi puedo experimentar la sensación de expectación que me embargaba al presenciar aquella misteriosa catarsis de la que era testigo una y otra vez, mirando sorprendida, admirando como si fuera un milagro, cómo las imágenes iban apareciendo en blanco y negro hasta quedar nítidas. Aquellas fotos de gente extraña contaban historias, narraban vidas ajenas, acontecimientos de personas desconocidas que yo compartía con gran curiosidad y extrañeza. En aquel pequeño cubículo pasábamos horas en un silencio apenas roto por el murmullo de los programas de Radio Nacional o la Cadena Ser.

A la luz de este pasado parece lógico considerar que tanto mis hermanos como yo misma nos aficionáramos a la fotografía tal y cómo se nos inculcó. Respecto a mí, he tenido varias cámaras desde aquella Kodak de fácil manejo, que pronto sustituí por otra en la que tuve que emplearme a fondo, intentando comprender los secretos de la luz en los que me introdujo mí padre.

Con el tiempo, la complejidad de la vida y las responsabilidades, me enfriaron y se sucedieron etapas poco prolíferas. Fue ya en la madurez cuando se produjo el reencuentro, cuando me reconcilié y redescubrí la fotografía con idéntica curiosidad a la de aquella niña. Aprendí a mirar a través del visor y con un simple ‘click’ atrapar instantes fugaces, únicos y singulares, los mismos que, en definitiva, constituyen la esencia de la vida.

©lady_p

FEBRERO/2024

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Pasado presente

“Voces de Ramón J. Sender”. Libros.com propone como reto un relato en base al supuesto ‘La última confesión: Un anciano en la España contemporánea, que fue niño antes de la Guerra Civil, escribe sus memorias. Reflexiona sobre la historia de un amigo de la infancia, explorando temas de culpa, perdón y la complejidad de la memoria histórica’.(este relato obtuvo el cuarto puesto)

Anselmo seguía recostado en su cama con ambos brazos reposando sobre el embozo blanco recién planchado de las sábanas. Rafael, su amigo, había ido a verlo tal y como le había pedido. Ambos llevaban muchos años sin dirigirse la palabra aunque se tropezaban en el pueblo cada dos por tres. Rafael llegó serio y circunspecto. Saludó y se sentó en la única silla que había en la habitación, junto a la cama. Ambos se miraron con los ojos húmedos y cansados de mirar atrás, y unos instantes después, Anselmo aseveró:

−Ya imaginas por qué quería verte ¿no?

−No hay que ser muy listo –comentó Rafael algo contrariado.

Anselmo, bebió un poco de agua y comenzó a hablar:

−Ha pasado toda una vida con nuestra amistad rota por cosas del pasado. Ya sé que soy un viejo cascarrabias pero tú no te quedas atrás y eres muy orgulloso. Porque digo yo que tú también podrías haberme preguntado y yo te hubiera dicho. Pero no lo hiciste. En fin, a lo que voy. La guerra nos cogió niños así que poca responsabilidad teníamos. El rencor se nos dio hecho, lo heredamos, y la enemistad se ha prolongado años. Voy a contarte lo que recuerdo y con mi confesión aquí paz y después gloria…

Anselmo hablaba con cierta dificultad, haciendo pausas a cada frase. Mientras, Rafael permanecía inmóvil y atento, girando un poco la cabeza para escuchar por el oído bueno, como decía él.   

−Recuerdo aquel día –prosiguió- cuando mi madre nos invitó a mi hermano y a mí a jugar al escondite metidos en aquel zulo. Cuando bajamos todo estaba oscuro. Mi tío Ignacio le dio unas bolsas, velas y cerillas. Nos dijo que estuviéramos callados para ganar el premio. Que volvería a traernos comida. Yo no entendía por qué ese juego tardaba tanto en terminar. Nos aburríamos mucho. Pasábamos hambre y frío. El hedor resultaba insoportable. A veces mi tío tardaba días en venir y sin comida teníamos que conformarnos un chusco de pan con moho. Mi hermano lloraba y yo también. Mi madre, la pobre, no sabía cómo consolarnos. Hasta que por fin, una mañana oímos ruidos y voces que no eran las del tío Ignacio. Escuchamos cómo retiraban la mesa, y arrastraban la alfombra, luego abrieron la trampilla y alguien bajó de un salto. No veíamos nada, estábamos deslumbrados por la luz y antes que gritara ¡aquí están!, mi madre, aterrorizada, creyendo que eran los nacionalistas, hundió un cuchillo en su estómago y el hombre se desplomó en un charco de sangre. Luego nos alzó a los dos y ella, apoyándose en el cadáver, salió del agujero. El resto lo conoces tan bien como yo. Lo único que puedo añadir es que no sabíamos que era tu padre, ni que venía a rescatarnos. Para nosotros todos menos mi tío, era un posible enemigo… Luego nos marchamos y mi madre nos hizo jurar que nunca diríamos nada. Esa es toda la verdad Rafael…Espero que me perdones…

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El extraño caso del brazo biónico

Imagen: Internet

Todo comenzó cuando le implantaron el brazo biónico. El accidente de moto le había arrancado de cuajo su brazo derecho. Aun así, todos afirmaban que había tenido mucha suerte: salvó la vida y el seguro le cubrió aquella costosa prótesis. No obstante, intuyó desde el principio que aquel cuerpo extraño frío, duro e inerte le traería problemas, cosa que pensó el mismo día que salió del hospital sentado en una silla de ruedas. Todo el personal de trauma se había acercado a despedirlo, y cuando salía a la calle bajando por una rampa para discapacitados, la mano biónica frenó repentinamente provocando que la silla se parase en seco, se desestabilizara y cayera al suelo. Fue entonces cuando presintió que aquel artefacto y él no se compenetrarían, aunque en opinión de los fisioterapeutas todo era cuestión de entrenamiento. Finalmente le aconsejaron que tuviera paciencia, que con el tiempo, el brazo y él serían uno. Con aquella perspectiva volvió a su casa.

Pasaron varios meses en los que poco a poco había conseguido retomar su vida, su rutina y costumbres. Parecía que todo iba bien y logró borrar de su cabeza aquellos malos augurios de los primeros días. Aunque vivía solo se desenvolvía bien y prácticamente lo hacía todo. Cuando las sesiones de fisioterapia se pausaron, tuvo más tiempo para dedicarse a sus aficiones, entre otras, la lectura. Solía sentarse junto a un gran ventanal por el que podía contemplar el mar. Allí había colocado a tal efecto una cómoda butaca donde disfrutar y relajarse. Era su rincón favorito. Pero cuando se sentó la primera vez, apenas habían pasado diez o quince minutos, los dedos de la mano biónica empezaron a tamborilear sobre la madera del sillón. No podía controlarlos y aquel sonido incesante y rítmico lo exasperaba. No cabía duda: el brazo se impacientaba y lo estaba avisando. Intentó en vano dominarlo, pero no respondía a sus órdenes y continuaba repicando una y otra vez hasta que se vio obligado a cerrar el libro. Y cuando lo hizo, la mano se relajó. Por la noche probó de nuevo en la cama, donde siempre leía unas páginas antes de dormir, pero la dichosa mano repiqueteaba esta vez sobre el colchón, distrayéndolo. Así fue como poco a poco abandonó la lectura y se conformó con repasar los titulares de los periódicos a toda prisa, a sabiendas, que la mano, de un momento a otro, se impacientaría.

Consultó a los médicos pero no le dieron importancia y le aconsejaron que pasado un tiempo volviera a intentarlo de nuevo, seguro de que funcionaría: «Un brazo biónico no tiene vida propia» dijeron. 

Con el paso de los días se convenció de que todo iba mejor, que por fin aquel brazo obedecía a su cerebro. Pero, aunque no lo sabía, lo peor aún estaba por llegar.

Todo sucedió un día cuando se levantó, se duchó y se disponía a afeitarse delante del espejo. Extendió abundante jabón por la cara y cogió la navaja. Se afeitó las mejillas, el labio superior y la barbilla y comenzó a rasurarse el cuello. Nada más empezar se le resbaló la hoja y se hizo un pequeño corte que tapó con un trocito de papel, y ya se preparaba para continuar cuando comprobó que el codo no le respondía. Intentó tirar de él ayudándose del brazo izquierdo, su brazo natural. Quiso abrir los dedos de la mano biónica para que soltara la navaja pero tenía demasiada fuerza y permanecía presionando el cuello. Era absurdo luchar contra sí mismo, pero la mano actuaba por voluntad propia y apretaba la piel hasta que sintió un corte profundo y un chorro de sangre salpicó el espejo. Entonces cogió con la izquierda una toalla, y desnudo como estaba, salió a la calle a pedir ayuda. La mano seguía oprimiendo el cuello mientras sentía que la hoja se hundía y la pérdida de sangre lo debilitaba. Apenas pudo dar tres o cuatro pasos, cayó desmayado.

Cuando despertó estaba en la UCI. Llevaba allí tres días inconsciente. Le explicaron que lo sucedido era insólito y que por seguridad le habían implantado un nuevo modelo de prótesis avalado por los buenos resultados. Pasó varios meses bajo supervisión médica, psiquiátrica y psicológica. Y en casa de nuevo, hizo vida normal y olvidó lo sucedido a base de terapia. Había pasado más de un año sin ningún altercado y el brazo nuevo parecía haberse integrado a su cuerpo con total normalidad. Por fin se sentía seguro, tanto como para tener una primera cita. Cuando llegó al restaurante acordado, se sentó y pidió una copa, y cuando se disponía a levantarla para saborear el primer trago, los dedos biónicos comenzaron a tamborilear sobre la mesa de madera sin que pudiera controlarlos… La pesadilla comenzaba de nuevo…

©lady_p

ENERO/2024

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