Ruptura

El blog de Adella Brac nos invita a escribir 5 líneas, este mes de agosto con las palabras importante, pesar y parte.  

Lo más importante ya estaba hecho. Muy a mi pesar la relación se había roto. Cada uno por su parte había dejado un poquito de sí mismo en el otro, era inevitable. Lloré. Lloré hasta  que mis ojos se hincharon, hasta casi agotar mis lágrimas. Más de rabia que de pena. Más por el tiempo perdido que por lo ganado. Y ahora, resiliente y convencida, comienzo de nuevo mi camino, esta vez libre para ser quien quiero.

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La turista

Desde el Blog ‘Varietés’, Ginebra nos propone escribir un relato sobre ‘un verano de fotografía’ inspirado en una serie de imágenes de conocidos fotógrafos.  

De Úrsula se decía que era una mujer rara, o sea, diferente, singular. Y es que vivía según sus propias reglas, a su modo y manera. La opinión de los demás poco le importaba porque según sus propias palabras «sólo se vive una vez».

Hacía muchísimo tiempo estuvo casada con el que fue el único amor de su vida. Por desgracia ella y su marido sufrieron un grave accidente poco tiempo después de casarse. Él murió en el acto y ella se quedó sola. Nunca más volvió a casarse. Su historia era vox populi y se contaba a los recién llegados como una leyenda o anécdota que todos habían asumido como propia. Por lo demás, Úrsula era muy querida y todos aceptaban con discreción una peculiar forma de vida que inspiraba grandes dosis de respeto y tolerancia.

Según cuentan los vecinos, tras padecer aquel enorme revés se aisló demasiado, se volvió callada e introvertida y poco a poco se fue quedando sola y así ha vivido durante los últimos treinta años. Da la impresión de haberse quedado atrapada en el tiempo pues ni su atuendo, ni su peinado, ni sus costumbres, guardan consonancia con los tiempos que corren.

Úrsula es metódica y asienta su vida sobre una rutina que no entiende de festivos, ni distingue los fines de semana, con la única excepción de que los sábados, inviernos y veranos, pasa la mañana en la playa, leyendo y escuchando la radio en un viejo transistor, con el volumen un poco alto porque le falla el oído.

El caso es que hace unos días salió su foto en un periódico local. En la imagen aparece en primer plano vestida con una chaqueta, un pañuelo fino cubriéndole el pelo porque hacía corría un poco de aire. Calza unas sandalias negras que dejan ver un apósito en el tobillo derecho, y porta en las manos su bolso y su hamaca a rayas. De la actitud del resto de personas parece desprenderse que no llama la atención a pesar de su extravagante apariencia. La noticia la encabezaba un titular: «Los turistas invaden nuestras playas».

El artículo resaltaba la fuerte presencia del turismo extranjero en las playas de la localidad y subrayaba el contraste que los foráneos representan por su forma de vida y sus costumbres, respecto al resto de autóctonos. El texto señalaba las peculiaridades de esta señora, erigida como modelo, frente a los demás usuarios a los que calificaba de ‘normales’, tanto en cuanto llevaban una indumentaria más acorde y apropiada al contexto playero. Sin embargo a nadie se le escapó que lo verdaderamente curioso era el periodista, recién incorporado a la plantilla del periódico, una de las pocas personas que ignoraba que Úrsula no es extranjera sino natural y vecina conocida del pueblo, a partir de ahora inmortalizada en una foto gracias a la ignorante curiosidad de un joven reportero.

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Una noche de verano

En ‘relatos jueveros’, este mes de agosto desde el blog ‘Neogeminis’ se nos invita a escribir un relato sobre ‘alguna vez alguien me contó…’

En verano nos dejaban a mis primos y a mí acostarnos tarde. El pueblo de mi abuela materna era pequeño y por aquel entonces, en agosto, la localidad sumaba una treintena de habitantes llegados desde la gran ciudad para descansar del mundanal ruido. Y una de las actividades favoritas entre los más jóvenes al caer la tarde, después de la cena, era reunirnos para contar historias.

Recuerdo que nos sentábamos unos junto a otros, todos apretados y hablando bajito, para contarnos leyendas y relatos de miedo, a cual más macabro, como la de aquella familia que enterró a su padre vivo. Al parecer, cuando abrieron el féretro para hacer un traslado de los restos a un panteón familiar, hallaron el interior de la tapa llena de arañazos lo que les hizo caer en la cuenta que a Rufino, tal vez, lo habían enterrado vivo. Cuando sus hijos vieron lo que había sucedido, vivieron atormentados ante la idea de haber podido salvar a su padre. Y el día del aniversario de su muerte, al volver del cementerio, ya oscureciendo, la hija afirmó haber visto el espectro de su padre vagando junto a las tumbas. Corrió la voz y desde entonces son muchas las personas que dicen haberlo visto de noche, siempre dentro del cementerio.

Tomás contó la historia con todo lujo de detalles, tal y cómo se la oyó contar a su padre que, a su vez, la oyó del suyo. Nada más acabar, mis primos y yo dijimos que era mentira. Así que para comprobarlo, nos citamos a la noche siguiente en el cementerio, a sabiendas que Rufino podía estar o no, porque no siempre se aparecía.

A la hora convenida todos estábamos en la puerta del camposanto. Nos acercamos a la verja que, como era natural, estaba cerrada. Tomás, el más mayor, se encaramó y saltó. El resto lo seguimos. Y una vez dentro, nos dirigimos a la tumba de Rufino y nos sentamos a esperar, en silencio.

Pasaron casi dos horas y no se detectó movimiento alguno. Nosotros comentamos que eran unos mentirosos y que aquella historia no era más que una trola. Íbamos hablando y discutiendo mientras caminábamos entre las tumbas buscando la salida. Entonces, justo frente a nosotros, apareció una especie de sombra y todos, asustados, salimos corriendo hasta que la silueta dijo: «Quietos ahí muchachos, no tengáis miedo, soy Anselmo, el sepulturero. Qué pasa ¿ya habéis vuelto a contar lo de Rufino?».

Verdad o mentira, nosotros nunca más intentamos comprobarlo. Lo cierto es que aquella historia siguió circulando de generación en generación entre los vecinos del pueblo .

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‘Cerrado por defunción’

Esta semana en ‘Relatos Jueveros’, el blog ‘El vici solitari’ nos invita a escribir una historia  que suceda en  una tienda y en la que intervengan una viuda y su hija adolescente, un cazador (sin arma), un ciclista y un tendero. Al final todos deben morir por diferentes causas.

Tras más de veinte años de actividad, ‘Ultramarinos Merino’ anunciaba su cierre. Con este motivo y para deshacerse del stock, había rebajado todos sus productos. Por eso, en la calle, una enorme cola se prolongaba a lo largo de la acera e incluso doblaba la esquina. Aquella fila, semejante a una hilera de hormigas, estaba preparada con carritos y bolsas, dispuestos a arrasar con todo.

Unos días antes del cierre apenas quedaban conservas, algo de fiambre y jamones, poca cosa o eso pensaron los últimos en entrar: una señora viuda, conocida en el barrio, con su hija adolescente; un señor con traje de cazador y un ciclista que se había apartado del pelotón para comprar un bocata.

El tendero les explicó que apenas quedaban productos porque los vecinos casi habían agotado las existencias, pero que como quería cerrar lo antes posible, les vendía los jamones a un precio risorio. Eso sí, tendrían que repartirse todo lo demás. Mientras, para aliviar la espera, les ofreció un plato para que lo probasen. El tendero, cuchillo jamonero en mano, preparó un generoso plato que todos comenzaron a degustar al tiempo que repartía el resto de productos en lotes.

Pero apenas comido el último bocado la niña comenzó a vomitar sangre, no podía respirar. A continuación el cazador comentó que sentía mareos y dolor de cabeza. El ciclista directamente se desmayó y a la viuda le salió un sarpullido por todo el cuerpo. El tendero cerró inmediatamente la puerta para que no entrara nadie más. Entonces la viuda le comentó que si el jamón estaba caducado porque era mucha casualidad que los cinco estuvieran indispuestos. El tendero miró el envoltorio, comprobó que el producto era fresco e incluso comió los trocitos que quedaban para dar fe de su palabra.

A continuación se produjo un fuerte ruido en la trastienda. La viuda y el tendero se asomaron enseguida y vieron a un chaval que intentaba sortear grandes cajas para escapar por la puerta trasera. El tendero, un hombretón de cerca de dos metros, lo detuvo agarrándole por la camiseta y lo sentó sobre una de las cajas. Y así, enfadado y con cara de pocos amigos, llamó a la policía y después interrogó al joven, preguntándole qué hacía allí. El muchacho temblaba de miedo y cuando el tendero levantó el puño para pegarle, se vino abajo y confesó que todo había sido idea del dueño del supermercado, que envidioso por las ventas de los últimos días, le había pagado para envenenar inyectando arsénico en los productos que quedaban, así le culparían e iría a la cárcel. Y entretanto escuchaban la confesión, la viuda primero sintió náuseas, luego un sudor frío le recorrió el cuerpo hasta que se desplomó.

Ante semejante panorama y con el sonido de las sirenas de la policía de fondo, el tendero llamó a urgencias para avisar de lo sucedido. Les comentó los síntomas y les suplicó que fuesen a toda velocidad.

Los agentes recién llegados informaron de la grave situación e insistieron al hospital que ya había enviado al equipo médico que se retrasada porque había ocurrido un accidente, pues era 25 de julio y mucha gente se desplazaba a la playa para ver la marea de Santiago, por eso la carretera estaba colapsada y cuando llegaron los sanitarios era ya demasiado tarde. Los cadáveres yacían repartidos por el suelo: la niña que era alérgica tuvo un shock anafiláctico. El cazador, de más más edad, padeció una fuerte subida de tensión. El ciclista sufrió una extraña reacción alérgica a consecuencia de la intoxicación. Y la viuda, que padecía del corazón, tuvo un paro cardíaco. Finalmente, el tendero, que se sentía responsable de todo lo sucedido y temía que el peso de la justicia cayera sobre él, sufrió un ictus que le paralizó medio cuerpo y al no ser atendido a tiempo, también falleció…

Al día siguiente el caso ocupaba las primeras páginas de los periódicos y era la comidilla del barrio. El dueño del supermercado fue arrestado y enviado a prisión y ‘Ultramarinos Merino’ clausuraba sus puertas colgando en el escaparate un cártel que decía: ‘cerrado por defunción’.

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Una clase de historia…

Desde el blog ‘Acervo de letras’ el Vadereto de este mes de julio nos invita a escribir sobre una ‘receta’ de cocina que sirva de contexto a un relato.

Los alumnos apenas prestan atención en clase de historia. A la mayoría les parece aburrida y desfasada. No entienden el tópico de ‘mirar el pasado para comprender el presente’ porque su presente resulta demasiado inmediato y transcurre en un día a día atendiendo a los aspectos más recurrentes de sus vidas, centrados sobre todo, en los amigos y en pasarlo bien.

Puede que tenga algún efecto hacer una comparativa entre las vidas en el pasado y las suyas propias. Esa doble imagen les hace pararse a pensar en lo costoso que resultaba vivir entonces, el reto que representaba, los peligros que se padecían, la fragilidad de la propia vida y las escasas expectativas que los chicos de su edad tenían, sin ir más lejos, y por poner un ejemplo, en la antigua Roma.

Justo en aquel momento de la explicación, Pablo, sin cortarse un pelo, saca un bocata de tortilla adquirida en la cantina del instituto, recién hecha. Le pega un buen mordisco y habla con la boca llena para preguntar: «¿Y qué se comía entonces? ¿Ya existían las tortillas de patatas?». Le contesto que en la antigua Roma no. Pero que circulan varias teorías sobre sus orígenes, naturalmente siempre posteriores al descubrimiento del Nuevo Mundo, de donde los españoles importaron la patata.

Durante muchos años se consideró que este manjar había sido un invento impulsado por un general guipuzcoano en tiempos de guerra, quien preocupado por alimentar a sus tropas con un alimento contundente y barato, encargó a una campesina que ideara algún plato con estas características y que fue a ella a quien se le ocurrió esta mezcla de huevos y patatas, cosa que sucedió a finales del siglo XVIII.

Pablo insiste: «Entonces ¿Cuál era el plato más exquisito para los romanos?» Les explico que curiosamente, a escasa distancia de dónde vivimos, se elaboraba una de las recetas más deliciosas y conocidas en la Roma Imperial: el ‘garum’. Un alimento tan apetitoso como codiciado entre las élites romanas, comparable a cualquiera de los platos actualmente premiados con una Estrella Michelin y elaborado a partir de los restos del pescado capturado en aguas del Estrecho de Cádiz. Hoy en día sería considerado un menú de ‘cocina inteligente’ que pretende aprovechar todos los recursos.

A continuación les explico cuáles son los ingredientes: vísceras de pescado (sardinas, boquerones, pescado de roca…); sal gruesa; aceite de oliva  e hierbas aromáticas. Les comento la receta. Y aunque la elaboración en casa es complicada (pero no imposible), algunos se comprometen a intentarlo como proyecto de recuperación durante el verano.

De repente suena el timbre para ir al recreo. Todos comentan animados y enseguida sacan sus bocatas de las mochilas dejando en el aula un rastro de aromas diversos que hacen salivar e incitan el apetito: la clase ha terminado. 

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Un deseo cumplido

El reto de  ‘Cinco Líneas de Adella Brac’, este mes de julio nos invita a escribir con las palabras: cometa, encontrado y autoridad..

Aquella noche el cielo se llenó de estrellas y un cometa de cola luminosa atravesó la bóveda oscura. Pedí uno de los deseos que había encontrado en mi interior, y con esa autoridad que me otorga ser la protagonista de mi propia historia, cerré los ojos, me concentré y repetí tres veces en voz alta mi sueño para que se cumpliera. Luego me senté a contemplar el firmamento, convencida y segura de que se haría realidad…

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El anticuario

Esta semana en ‘Relatos Jueveros’ en Blog ‘La Trastienda del Pecado’ nos invita a escribir una historia alrededor de una objeto: ‘el espejo’.

Amanda estudiaba historia del arte en la universidad. Cada día, camino de la facultad, en lugar de cruzar el parque, callejeaba por avenidas y plazas sólo por el placer de deambular por la ciudad. Sin duda era una chica de asfalto, urbanita, a quien gustaba detenerse ante la librería o el anticuario que le cogían de paso. Y aquella mañana, en principio tan monótona como otra cualquiera, a Amanda le esperaba la gran aventura de su vida.

Todo comenzó cuando se paró ante la tienda de antigüedades y su vista se detuvo en un bonito espejo. Amanda contempló la moldura. Tenía incisiones. Las esquitas achaflanadas y un angelito tallado en cada una de ellas. Entró en tienda. Había un señor mayor, vestido con traje y pajarita, que limpiaba el polvo a unas figuras de porcelana con un plumero: «¿Puedo mirar?» preguntó. «¡Por supuesto!», contestó el dueño.

Amanda se colocó delante y lo observó detenidamente. Luego se miró en él comprobando con asombro que la imagen que reflejaba era el interior de una habitación que parecía tremendamente real, y dejándose llevar, estiró la mano para tocarla y en un instante el espejo la engulló. Una vez dentro Amanda comprobó que había otras muchas chicas jóvenes que llevaban años allí encerradas. Todas gritaban pidiendo ayuda y auxilio… Desde allí Amanda podía ver al anticuario deambulando por la tienda. Gritó y gritó hasta que el viejo se volvió, la miró sonriendo y limpió el cristal hasta dejarlo como una patena.

Pasaron días, meses, sin que nadie supiera nada más de ella. Los padres y amigos asumieron que habría desaparecido para siempre.

Al cabo del tiempo el anticuario llevó el espejo a casa de Marta explicándole que Amanda lo había comprado hacía tiempo y dejado aquella dirección. Marta lo recogió y lo colocó en su dormitorio.

A la mañana siguiente se miró en él y de repente observó que un rostro que no era el suyo la miraba desde el otro lado. Se acercó lo más que pudo, comprobando que era la cara de Amanda. Marta pegó las manos al espejo al tiempo que daba golpes y gritaba «¡Amanda1 ¡Amanda!» Y al instante el cristal la succionó…

Finalmente el espejo acabó arrinconado en un trastero de la casa de los padres de Marta, quienes después de un tiempo, apenados por la desaparición de su hija, se marcharon a otra ciudad y nunca más regresaron…O al menos eso es lo se cuenta…

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La Sibila Priscila

Desde el blog ‘Acervo de letras’ el Vadereto de este mes de junio nos invita a escribir sobre ‘oráculos y Sibilas’.

A la Sibila Priscila le precedía de una larga tradición de mujeres longevas, profetizas, capaces de desentrañar el futuro y predecir acontecimientos con un alto grado de acierto.

Como sus predecesoras y siguiendo la tradición, la Sibila pasaba los días en una gruta situada en las afueras del pueblo. Y como sus antecesoras gustaba del aislamiento y la soledad, estados  que consideraba ideales para preparar su ánimo y su espíritu adivinador.

Aunque Priscila era respetada muchos la tenían por una vieja loca, asocial y rara. Y aunque nadie quería darle pábulo ni creer sus predicciones, eran muchos los que iban a verla a escondidas, cuando presentían ciertos temores o querían conocer su destino. Ella siempre los atendía a cambio de algún presente: ropa o comida. Nunca dinero, pues según decía su sapiencia no tenía precio. Era un don que debía poner al servicio de los demás, por eso sólo aceptaba lo necesario para subsistir.

En sus largas horas de soledad la Sibila Priscila miraba su bola de cristal y consultaba el oráculo en el tarot. En ellos interpretaba el malestar general del mundo: las guerras, las miserias, los terremotos, el hambre, las incertidumbres de los gobiernos… Priscila veía un mundo en ebullición a punto de estallar en pedazos.

Pero los poderes de Priscila iban más allá de las predicciones y profecías, pues además, poseía la capacidad de comunicarse con los animales, una facultad insólita entre las Sibilas.

Un buen día despertó con un extraño presentimiento. Por eso se levantó y corrió enseguida a consultar el oráculo en su bola. Y ahí estaba: un extraño fenómeno atmosférico, acompañado de abundantes lluvias, se acercaba al lugar provocando el desbordamiento del río, que a continuación, engulliría el  pueblo sepultándolo bajo las aguas. Pero ¿Quién se creería semejante vaticinio? Allí apenas llovía en invierno. Nunca había habido una inundación, ni siquiera se formaban charcos…

Entonces, a sabiendas de que no le harían caso, se apresuró a enviar una misiva al alcalde a través del único vecino con el que se relacionaba. El alcalde nada más leer la carta, se rio a carcajadas moviendo la cabeza y afirmando lo mal que estaba… Y enseguida le contestó diciéndole que lo tendría en cuenta, aunque la Sibila supo de inmediato que no la había creído.

Temiendo lo que se avecinaba y mientras el cielo se teñía de gris oscuro, Priscila se dirigió al río donde convocó a todos los castores: «Tenéis que trabajar a toda prisa en un dique. Las lluvias se acercan y el río se desbordará si no contenéis sus aguas». Enseguida los castores se organizaron y comenzaron la faena. De inmediato empezó a llover con fuerza mientras ellos arrastraban por la superficie trozos de troncos, ramas, palos y todo lo que encontraban para construir un muro que contuviera el agua y desviara una parte hacia un afluente evitando así la crecida e inundación.

Mientras, en el pueblo, el alcalde que no había parado de reírse por la predicción, comenzaba a preocuparse. Los vecinos se agolpaban para preguntarle qué iba hacer si se producía una riada. Pero él no tenían ningún plan y las lluvias no cesaban, más bien al contrario, eran cada vez más fuertes e intensas.

Algunas casas comenzaban a inundarse, los coches flotaban y en el campo los cultivos se anegaban…

De repente alguien se acercó corriendo y gritando lo que los castores estaban haciendo. Todos se dirigieron rápidamente al puente para ver cómo se afanaban en la construcción de un dique que ya comenzaba a contener el agua.

Al cabo de unas horas, cuando las lluvias se volvieron más intensas, el río drenaba sus aguas y desviaba una parte hacia otro riachuelo evitando así que las casas quedaran sepultadas  por la tromba de agua.

La Sibila, a salvo en su gruta, contemplaba en su bola de cristal el trabajo de los castores y miraba pacientemente a los vecinos del pueblo, quienes ignorante de lo sucedido, se disponían a celebrar una gran fiesta en honor de los animales a quienes pensaban debían la supervivencia.  Desde entonces todos los años se celebra ‘el día del castor’ para no olvidar lo ocurrido.

Poco a poco el pueblo recobró la normalidad y siguió con su vida. La Sibila continúo en su gruta, atenta a los oráculos. El alcalde alguna vez que otra va a visitarla aunque nunca desveló la advertencia de Priscila, de manera que nadie supo jamás que fue su intervención quien los salvó a todos.

A la Sibila Priscila le precedía de una larga tradición de mujeres longevas, profetizas, capaces de desentrañar el futuro y predecir acontecimientos con un alto grado de acierto.

Como sus predecesoras y siguiendo la tradición, la Sibila pasaba los días en una gruta situada en las afueras del pueblo. Y como sus antecesoras gustaba del aislamiento y la soledad, estados  que consideraba ideales para preparar su ánimo y su espíritu adivinador.

Aunque Priscila era respetada muchos la tenían por una vieja loca, asocial y rara. Y aunque nadie quería darle pábulo ni creer sus predicciones, eran muchos los que iban a verla a escondidas, cuando presentían ciertos temores o querían conocer su destino. Ella siempre los atendía a cambio de algún presente: ropa o comida. Nunca dinero, pues según decía su sapiencia no tenía precio. Era un don que debía poner al servicio de los demás, por eso sólo aceptaba lo necesario para subsistir.

En sus largas horas de soledad la Sibila Priscila miraba su bola de cristal y consultaba el oráculo en el tarot. En ellos interpretaba el malestar general del mundo: las guerras, las miserias, los terremotos, el hambre, las incertidumbres de los gobiernos… Priscila veía un mundo en ebullición a punto de estallar en pedazos.

Pero los poderes de Priscila iban más allá de las predicciones y profecías, pues además, poseía la capacidad de comunicarse con los animales, una facultad insólita entre las Sibilas.

Un buen día se despertó con un extraño presentimiento. Por eso se levantó y corrió enseguida a consultar el oráculo en su bola. Y ahí estaba: un extraño fenómeno atmosférico, acompañado de abundantes lluvias, se acercaba al lugar provocando el desbordamiento del río, que a continuación, engulliría el  pueblo sepultándolo bajo las aguas. Pero ¿Quién se creería semejante vaticinio? Allí apenas llovía en invierno. Nunca había habido una inundación, ni siquiera se formaban charcos…

Entonces, a sabiendas de que no le harían caso, se apresuró a enviar una misiva al alcalde a través del único vecino con el que se relacionaba. El alcalde nada más leer la carta, se rio a carcajadas moviendo la cabeza y afirmando lo mal que estaba… Y enseguida le contestó diciéndole que lo tendría en cuenta, aunque la Sibila supo de inmediato que no la había creído.

Temiendo lo que se avecinaba y mientras el cielo se teñía de gris oscuro, Priscila se dirigió al río donde convocó a todos los castores: «Tenéis que trabajar a toda prisa en un dique. Las lluvias se acercan y el río se desbordará si no contenéis sus aguas». Enseguida los castores se organizaron y comenzaron la faena. De inmediato empezó a llover con fuerza mientras ellos arrastraban por la superficie trozos de troncos, ramas, palos y todo lo que encontraban para construir un muro que contuviera el agua y desviara una parte hacia un afluente evitando así la crecida e inundación.

Mientras, en el pueblo, el alcalde que no había parado de reírse por la predicción, comenzaba a preocuparse. Los vecinos se agolpaban para preguntarle qué iba hacer si se producía una riada. Pero él no tenían ningún plan y las lluvias no cesaban, más bien al contrario, eran cada vez más fuertes e intensas.

Algunas casas comenzaban a inundarse, los coches flotaban y en el campo los cultivos se anegaban…

De repente alguien se acercó corriendo y gritando lo que los castores estaban haciendo. Todos se dirigieron rápidamente al puente para ver cómo se afanaban en la construcción de un dique que ya comenzaba a contener el agua.

Al cabo de unas horas, cuando las lluvias se volvieron más intensas, el río drenaba sus aguas y desviaba una parte hacia otro riachuelo evitando así que las casas quedaran sepultadas  por la tromba de agua.

La Sibila, a salvo en su gruta, contemplaba en su bola de cristal el trabajo de los castores y miraba pacientemente a los vecinos del pueblo, quienes ignorante de lo sucedido, se disponían a celebrar una gran fiesta en honor de los animales a quienes pensaban debían la supervivencia.  Desde entonces todos los años se celebra ‘el día del castor’ para no olvidar lo ocurrido.

Poco a poco el pueblo recobró la normalidad y siguió con su vida. La Sibila continúo en su gruta, atenta a los oráculos. El alcalde alguna vez que otra va a visitarla aunque nunca desveló la advertencia de Priscila, de manera que nadie supo jamás que fue su intervención quien los salvó a todos.

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Transformación espontánea

El Blog ‘El Tintero de Oro’ convoca un nuevo concurso esta vez inspirado en “La Metamorfosis” de Kafka y nos invita a escribir un relatodonde el protagonista despierte a un mundo o realidad que contenga un aspecto que no acabe de entender’.

Sara llevaba días sintiéndose extraña: el cuerpo dolorido, cansancio, jaqueca y una especie de erupción en la piel. Por la noche tenia pesadillas y una sudoración fría a la que no encontraba explicación. Sin embargo le restaba importancia. Se tomó un paracetamol y siguió con su vida. A fin de cuentas trabajaba desde casa y eso tenía sus ventajas, ella misma marcaba el ritmo.

El día que todo comenzó, Mariela, la asistenta, llegó antes de lo previsto y Sara le dio instrucciones de que no la molestase. Luego se trasladó a su despacho y cerró la puerta para aislarse y trabajar tranquila. Mariela la avisaría, como siempre, antes de irse. Mientras tanto le esperaba una intensa mañana de reuniones y videoconferencias.

A las tres en punto la asistenta golpeaba suavemente la puerta y le avisaba: «Marcho señora, tiene la comida en el microondas. Volveré pasado mañana.»

Pero Sara no salió a comer. Trabajó ininterrumpidamente durante todo el día, y llegada la tarde, se recostó en el sofá y se quedó dormida. Cuando despertó apenas se podía mover. Al mirarse comprobó que su piel se había oscurecido y recubierto por una especie de vello. Sufría una intensa cefalea y dolores en los costados, punzadas que provenían de unos bultos duros que empujaban la piel. Su cara y su cabeza habían adoptado una extraña forma. Aquel proceso era tan doloroso que sudaba y se retorcía en el suelo. Había perdido en parte su capacidad de pensar y era incapaz de llamar a alguien para que la ayudase.

De repente sintió un crujido al tiempo que todos sus huesos se alteraban o cambiaban de forma. Un instante después, comprobó que ya no tenía brazos sino varias patas negras vellosas que debía utilizar para moverse. Y dejándose llevar por su nuevo instinto se desplazó hasta un espejo y comprobó que se había transformado en una hermosa araña y que su nueva identidad la hacía sentir tan poderosa como desconcertada al experimentar inclinaciones y sensaciones nuevas, desconocidas y a la vez placenteras…

Así, encerrada en su despacho, mutando,  permaneció los dos días siguientes hasta que de nuevo llegó Mariela quien, con la puerta semiabierta, se extrañó pues todo parecía estar tal y como ella lo había dejado. Nada más entrar se dirigió directamente a la cocina, comprobando que Sara no había comido, ni tan siquiera había bebido un vaso de agua. Sorprendida fue al dormitorio: todo estaba en orden y la cama sin deshacer. Entonces se preocupó y fue al despacho. La puerta permanecía cerrada. Pegó el oído pero no escuchaba nada: «¿Sara? ¿Está ahí? ¿Está bien?» Mariela miraba con extrañeza a su alrededor y temió que algo malo le hubiera  sucedido. Así las cosas, se decidió a entrar. Colocó la mano en el pomo y comenzó a girarlo lentamente a la par que apoyaba la cabeza en el borde dispuesta a asomarla. El corazón el latía con fuerza en el pecho. Entreabrió la puerta, entró y encendió la luz. Apenas se volvió cuando se encontró frente a una enorme tela de araña, perfectamente diseñada, que cruzaba diagonalmente la habitación. La asistenta no podía dejar de mirarla con la boca abierta, estupefacta, sin dar crédito a lo que veía y sin darse cuenta que por detrás la acechaba Sara, ahora transformada en una araña gigante. Y cuando la tuvo cerca la empujó contra su tela para que quedara atrapada.

Mariela instintivamente comenzó a luchar para intentar despegarse. Gritaba de pánico pidiendo auxilio, pero su lucha era inútil. Aquellos hilos eran tan fuertes y pegajosos que resultaba imposible zafarse. Después de un rato braceando y pataleando, agotada, sin fuerzas, se rindió. Mientras, Sara daba vueltas en la habitación preparando el momento final antes de darse el festín. Giró y giró sobre Mariela hasta que la envolvió con hilos tejidos a tal efecto. Luego se acercó despacio, posó sus colmillos sobre el cuello e inoculó a su presa un veneno paralizante de resultado inmediato. Mariela la miraba fijo a los ojos, mostrando una mueca de terror en su rostro. Luego Sara la contempló dispuesta a engullir, poco a poco, aquel suculento manjar…

Al cabo de unas horas en la tela sólo quedaba algún despojo que dejó para más tarde. Satisfecha y con el estómago lleno, Sara descansaba en un rincón mientras recordaba, afilándose de nuevo los colmillos, que su compañera de piso volvería en un par de días tras una semana de viaje: no tenía más que esperar, la siguiente presa ya estaba en camino…

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Indiferencia

El reto de  ‘Cinco Líneas de Adella Brac’, este mes de Junio nos invita a escribir con las palabras: terraza, vería y control.

De no ser por el espeso bosque, desde la terraza vería su casa. Pero sólo podía ver el camino de acceso. Permanecía horas allí observando agazapado, atento a todos los movimientos: a las entradas y salidas, a la llegada del cartero y a cualquiera que fuera de paso. Todo control me parecía poco con tal de verla al menos una vez cada día. Y cuando esto sucedía me relajaba y añadía desesperanza  a mi tremenda cobardía…

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