El último baile

Desde el Blog ‘Alianzara’ Cristina Rubio nos invita a escribir sobre la Navidad a partir de las emociones y sentimientos que estas fiestas suscitan.

Había nevado tanto que casi no podía abrir la puerta. Héctor salió por detrás de la casa con una pala y abrió un pequeño sendero para tener acceso. Luego apiló algo de leña junto a la chimenea y encendió el fuego para calentarse.

Aunque faltaban unas horas para la cena de Navidad, en el pueblo las calles y plazas lucían el alumbrado y los villancicos sonaban animando a los vecinos a pasear y hacer las compras.

Fuera se escuchaban las voces y gritos de los niños que aprovechaban la nevada para coger el trineo y deslizarse ladera abajo. Héctor recordaba cuando él era niño y hacía lo mismo con su hermano. Pasaban horas jugando con la nieve y nunca tenían frío porque no paraban quieto ni un segundo.

Casi sin darse cuenta habían transcurrido tantos años que a Héctor le costaba recordar. El caso es que en estas fechas se ponía triste y melancólico. Se aislaba. Dejaba de ir al pueblo. No iba al casino a jugar la partida de Mus. Ni al bar de Benito a tomarse un carajillo o una copa. En fin, estos días no eran muy propicios para él desde que su mujer falleció hacía ya cinco años.

Pero lo que Héctor no sabía es que aquella Navidad le aguardaba una sorpresa y podría hacer realidad uno de sus más grandes deseos y dejaría de sentir esa pena tremenda que se le cruzaba en el corazón. Y ya con la nieve recogida y el hogar encendido, se sentó en su butaca dispuesto a leer un rato, cuando de repente alguien aporreó la puerta: «¡Ya voy! ¡Ya voy!» Gritó desde el otro extremo de la habitación.

Cuando abrió tuvo que inclinar la cabeza hacia abajo para tropezarse con un pequeño gnomo de caperuza roja:

−Hola me llamo Riquelme y he venido para alegrarte la Navidad. Mis hermanos y yo estamos cansados de ver que pasas estas fiestas enfurruñado y quejoso a pesar de la buena vida que has llevado…

−!No me comas la moral¡–contestó Héctor contrariado-. No me quejo de vicio. Llevo cinco años solo desde que mi mujer murió y mi único hijo vive muy lejos y no viene a verme.

−Él no viene y tú no quieres ir a verle a él y a tu nieto. Eres muy cabezota –insistió el gnomo.

−¿Y se puede saber que vas a hacer tú para alegrarme la Fiesta? -dijo Héctor mirándolo fijamente.   

Riquelme se sacudió la nieve de sus diminutas botas y entró en la casa a pesar de no haber sido invitado. Luego se acercó a la chimenea y se frotó las manos. Echó una ojeada a la habitación y miro a los ojos de Héctor:

−A ver grandullón ¿Qué te gustaría hacer para sentirte feliz?.

−Fácil. Bailar con mi esposa un último baile. A ella le encantaba bailar y todas las Navidades lo hacíamos aquí en casa, pero la última vez yo me enfadé y perdí, sin saberlo, esa última oportunidad…

−¡Sea pues! –afirmó Riquelme mientras abría los brazos y los ojos complaciente, al tiempo que Héctor fruncía el ceño totalmente escéptico.

Y con la voz de Riquelme aún sonando en sus oídos Héctor entreabrió los ojos y oyó de nuevo los gritos infantiles fuera de la casa. Movió varias veces la cabeza y pensó que todo había sido un sueño, aunque se extrañó al ver montoncitos de nieve por el suelo junto a la chimenea…

−¡Vaya¡ ¡Sólo ha sido un sueño…!

Y llegó la noche. Héctor no había preparado nada especial para la cena. Abrió el frigorífico y sacó un poco de jamón, un trozo de queso y una botella de vino. Y ya se disponía sentarse cuando llamaron de nuevo a la puerta.

Héctor se levantó refunfuñando y cuando abrió allí estaba de nuevo Riquelme, el gnomo del sueño, que sonriente le dijo:

−¿Dispuesto a hacer realidad tu sueño?

El anciano se rascó la cabeza e hizo una mueca como de no entender nada. No tenía palabras pero Riquelme continuó hablando:

−Venga hombre. Tienes que contestar ‘sí’ para que se haga realidad.

−Sí…-contestó Héctor dubitativo.

Y entonces comenzó a sonar su música favorita. Se abrió la puerta del dormitorio y salió su mujer. Él la recibió con los brazos abiertos y bailaron sin parar toda la noche, abrazados, mirándose a los ojos, sin que mediara una palabra porque no era necesario.

A la mañana siguiente Héctor despertó sonriente, feliz. Pensó que lo había soñado pero cuando salió al salón los muebles aún estaban separados formando una pequeña pista de baile.

Abrió la ventana de par en par y se llenó de aire los pulmones. Se sentía en paz consigo mismo y comprendió que no merecía la pena vivir enfadado y apartado de aquellos que le querían. Entonces se prometió a sí mismo volver a sonreír, contactar con su hijo, conocer a su nieto y vivir lo que le quedara de vida con otra actitud. Luego se vistió y fue al pueblo, al bar de Benito, a encontrarse con sus amigos.

Héctor pasó el resto de las Fiestas con su hijo y su nieto. Y aunque él entonces no lo sabía, aquella fue su última Navidad.

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Discusión ‘Real’

El reto de  ‘Cinco Líneas de Adella Brac’, este mes de diciembre nos invita a escribir con las palabras: Siento, dónde y dicho.

Melchor, Gaspar y Baltasar discutieron acerca de los regalos: «Lo siento Melchor, no estoy de acuerdo». Dijo serio y enfadado Gaspar. «¿Dónde quieres dejar todo esto?» Preguntó Baltasar y añadió: «Te he dicho que aquí no hay niños pequeños sólo adultos». Entonces Melchor contestó: «Ya, pero adultos con almas de niños y eso a mí me basta. Colocad ahí  el tren, allí los disfraces y en este otro lado las chuches…».

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‘Toda una vida…’

Desde el Blog ‘Artesanos de la palabra’ el reto juevero de esta semana está dedicado al tema: ‘lluvia de fotos’

Recién llegado a la ciudad, me propuse conocerla a fondo. Así que elegía cada día un barrio para caminar. Recorría sus calles, me paraba en sus tiendas, en el mercado y me sentaba a tomar a café en una de las cafeterías mientras leía tranquilamente el periódico.

El barrio de Las Lagunas se llama así por en época antigua  había en esa zona dos o tres pequeños lagos que con el tiempo se secaron y desaparecieron. Es un barrio de clase media, muy cuidado y limpio. Sus casas no suben de los tres pisos y hoy por hoy adquirir aquí una vivienda es complicado y caro a pesar de la fuerte demanda.

Después de una larga caminata me senté en el ‘Café Olmedo’, un local situado en los bajos de un edifico. En la terraza apenas había clientes y ya me había pedido el café cuando una lluvia de fotos, procedentes de la ventana del tercer piso, cayó sobre mi cabeza. Eran fotos la mayoría en blanco y negro. Me quedé sorprendido y enseguida me levanté y comencé a recogerlas con cuidado. Tuve que hacer varios montones porque eran muchas. Supuse que alguien bajaría a recogerlas así esperé a que las reclamara.

Mientras tanto decidí verlas. Algunas eran muy divertidas. Chicos y chicas posando en la playa y ante monumentos célebres como la Torre Eiffel, la Fontana de Trevi o el Partenón. Pensé que aquella pandilla había viajado mucho y había vivido momentos muy felices a juzgar por la expresión de sus caras.

Aproximadamente una hora después y viendo que no aparecía nadie, las metí en una bolsa y le conté lo ocurrido al dueño por si alguien las reclamaba. Añadí que la semana siguiente pasaría a preguntar.

Y así lo hice. Y ocurrió que nadie había preguntado por ellas. Entonces a mi amigo Pascual, que es fotógrafo, se le ocurrió la brillante idea preparar una exposición ya que algunas fotos eran muy buenas. Él mismo se encargó de promocionar el evento bajo el epígrafe ‘Toda una vida’.

El día de la inauguración la mitad del barrio asistió interesado. Algunos se reconocían y comentaban anécdotas y todos hablaban en pasado de una tal Esther, la fotógrafa recientemente fallecida. Todos hablaban de la trastada de su nieto que había tirado las fotos por la ventana y la vergüenza de los padres que no se atrevieron a reclamarlas, sobre todo cuando supieron de la exposición…

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El naufragio

Desde el Blog de Marcos, esta semana en ‘relatos jueveros’ se nos anima a escribir un relato sobre le tema: ‘tú o yo en una isla’

Cuando abrí los ojos sentí la boca pastosa y mi cuerpo flotaba mecido en la orilla por el suave ritmo de las olas. Me incorporé a duras penas y vi a Dana unos metros por detrás. Me acerqué a rastras y puse mi mano sobre sus labios: respiraba. La zarandeé y la llamé varias veces hasta que despertó: «¿Cómo hemos llegado hasta aquí?» Me preguntó confusa. Lo último que recordaba era la fiesta en el yate de aquella pareja tan enrollada que conocimos en el hotel. Había mucha gente y lo pasábamos bien. Bebida y comida en abundancia, pero si habíamos naufragado ¿Dónde estaban los demás?

Miré de un lado a otro. Parecía una pequeña isla y lo era porque la recorrimos relativamente pronto. Estaba deshabitada y apenas tenía recursos para sobrevivir. Después de caminar un rato encontré un abrigo en los acantilados y allí nos refugiamos. Recordé cómo hacían fuego nuestros ancestros, pues una vez visité con el colegio un taller de arqueología y nos enseñaron a hacerlo  manipulando dos palos. Me costó pero lo conseguí. Dana y yo nos calentamos. Ella estaba aturdida, necesitaba descansar. De vez en cuando soltaba alguna incoherencia, así que se recostó cerca de la fogata y se durmió.

Aprovechando la luz del atardecer, la dejé allí y salí a buscar algo de comer. Encontré bayas y bananas. Cargué lo que pude y llegué justo al anochecer. Ya seco y con algo de comida en el estómago me eché en el suelo dispuesto a pasar la noche…

Entonces, de repente, unos gritos me despertaron bruscamente: «¡Policía! ¡Esto es una redada!» Dana y yo nos miramos. Estábamos echados en la cubierta del yate. No podía dar crédito ¿Y la isla? ¿No habíamos naufragado?

Nos esposaron, nos leyeron nuestros derechos y nos acusaron de autoconsumo y tráfico de droga…Entonces lo entendí todo: la isla había sido una alucinación. Nosotros éramos unos pardillos y aquellas bolitas de colores eran algo más que inofensivos ‘caramelos…’

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‘El Faro’

Desde el blog ‘Divagacionistas’ la convocatoria de este mes invita a participar escribiendo un relato sobre el tema ‘FARO’.

Todo comenzó aquella madrugada de radio cuando llamé al programa ‘El Faro’ para participar en la sección ‘Suena la vida’. Después de unos minutos de amable conversación Mara Torres, la conductora del programa, me invitó al estudio para una entrevista en directo, pues aunque suele llevar a personajes públicos conocidos y famosos, consideró que yo podría simbolizar a esa ciudadanía que sólo se representa a sí misma. Y acepté a condición de mantener el anonimato y ser la voz del pueblo, una de tantas oyentes que escuchan la radio durante las largas madrugadas de insomnio o trabajo.

Las preguntas tenían que ver con cada una de las etapas de la vida, con las personas que sucesivamente fueron confluyendo en ella, incidiendo de manera particular en aquellas que mayor influencia haya podido ejercer o hayan sido determinantes a la hora de forjar la identidad, y sobre aquellas otras que hayan arrojado luz en los momentos más confusos o hayan inspirado respuestas en situaciones difíciles, es decir, aquellos seres de luz o faros-guías cuya presencia nos hayan marcado. Como colofón final, la entrevista concluye con una pregunta que gira en torno a un ‘faro’, animando al invitado o invitada –yo en este caso- a que se visualice en él junto a otra persona mientras suena de fondo su música favorita. Y porque no hay faro sin mar, acabamos hablamos de la influencia, la importancia o la impronta que éste haya podido dejarnos así como su mayor o menor presencia y protagonismo en el momento actual.

Recuerdo que la conversación transcurrió serena, tirando de recuerdos, mencionando a todos aquellos que han sido relevantes en mi vida porque en algún momento han servido de guía, empezando por mi padre hasta llegar a mi hijo, los dos faros que más han iluminado mi camino.

Un faro es metáfora de estabilidad, firmeza, perseverancia, orientación, iluminación…Y entonces la periodista me preguntó: «¿Quién es el faro de tu vida?» Después de pensarlo unos segundos no supe qué contestar. Y es que en esta etapa no hay un faro que me conduzca porque sobre todo yo me he transformado en el faro que ilumina otros caminos desde la distancia. Una luz encendida en la oscuridad, un refugio, un hogar, una mano amiga… Y esta es la misión que a estas alturas me toca desempeñar.

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Una mañana perfecta

Para la próxima convocatoria de ENTC tenemos la palabra NEKAPARTOJAMA, término lituano que viene a significar ‘momento irrepetible’ o ‘situación perfecta’ con la que se nos invita a escribir un texto.

La mañana había amanecido gris y amenazando lluvia, pero a Amancio, a quien gustaba tanto el invierno, le pareció un buen día para salir a pasear. Sin dudarlo y mientras canturreaba, desayunó, se vistió, se enfundó la vieja gabardina, cogió el paraguas y salió.

Las nubes oscuras del día anterior habían descargado durante la noche porque la calle estaba mojada y los baches de la carretera llenos de charcos. Nada más salir del portal un coche pasó a toda velocidad y salpicó su recién lavada gabardina: «parece que Ayuntamiento aún no arregló los socavones…» se dijo paciente.

Apenas llevaba unos minutos caminando cuando un fuerte viento comenzó a soplar y una nube caprichosa descargó sin tregua. Amancio se dispuso a abrir su paraguas pero el viento volvió las varillas, y sin darle tiempo a refugiarse en un portal, acabó mojado como una sopa: «es lo que tiene la lluvia, que moja» dijo mientras se secaba la cara con un pañuelo…

Diez minutos más tarde y después de caminar a duras penas unos doscientos metros desde su casa, Amancio regresaba empapado pero feliz: « una mañana perfecta para caminar» se dijo a sí mismo satisfecho y esbozando una ligera sonrisa…

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Por eso…

Esta semana en ‘relatos jueveros. El blog de ‘Neogéminis’ nos invita a escribir un texto en el que aparezcan ‘las palabras de otros’ recopiladas en algunas frases célebres de escritores y pensadores conocidos que, es este caso, van en cursiva.  

La verdad es raramente pura y nunca simple. Por eso, aunque me quiero explicar con toda claridad me resulta tan difícil. Por eso intento hacer ver lo que yo tengo claro: sólo aquello que se ha ido es lo que no nos pertenece. Y él se ha marchado para siempre y dejarlo marchar susurrándole al oído mi amor incondicional, debería bastar para considerar que cada acto de amor, es un ciclo en sí mismo, una órbita cerrada en su propio ritual.

Con su muerte no dejo de pensar que cada uno tenía un pasado encerrado en sí mismo y ahora ese pasado viaja allá donde vaya, más que un lugar una nueva dimensión, un ‘ser’ más que un ‘estar’, un nuevo principio más que un final… Por eso de nada sirven mis explicaciones, ni mis miedos, ni mis dudas, si ya no las puedo confrontar con él. Y siento que el infierno está vacío y todos los demonios están aquí, ahora, en este momento indescriptiblemente doloroso y triste. Por eso siento miedo, soledad y abandono…Por eso siento que la seguridad, es básicamente, una superstición. Por eso, porque soy incapaz de sentirla.

En algún lugar debe haber un basural donde están amontonadas las explicaciones vacías, absurdas, insuficientes o innecesarias. Una montaña construida con todo lo que ya no sirve ni servirá. Por eso ahora que él ya no está, experimento la impotencia, la desesperación e incluso el miedo de perderme en un relato que no es del todo cierto, que permanecerá incompleto por siempre jamás.

Sólo me resta considerar un mensaje: mantén siempre tu cara hacia el sol y las sombras caerán detrás ti. Por eso, precisamente por eso, todas estas sombras siempre me acompañarán.

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El milagro de cada día

Esa semana en Relatos Jueveros, desde el Blog de ‘Mariana Pussó’ se nos invita a escribir sobre el vino. El enlace conecta con un artículo del periódico El País, muy interesante, dedicado a las Bodegas De Müller que oficialmente surten de vino de misa a la Santa Sede.

El sacristán preparaba los ornamentos sagrados para la liturgia. Abría una de las cajoneras de la sacristía y desplegaba sobre ella las vestiduras sagradas para la misa. Luego se acercó a una de las vitrinas y cogió el cáliz y la patena de plata y se dispuso a rellenar las vinagreras de agua y vino. Después, de dirigió a una pequeña despensa donde se guardaba la botella de vino, importada desde las bodegas De Müller, situadas en Reus, Tarragona (España), encargadas desde 1883 de elaborar el vino de misa.

Benigno, el sacristán, acostumbraba a tomarse una copita a escondidas del párroco, y en veinte años que llevaba en el oficio, jamás lo habían descubierto. Así que, como cada día sacó una copa y la llenó de aquel néctar de los dioses para después saborearlo plácidamente antes que llegara el sacerdote a la hora de la misa.

Aquellos viñedos catalanes se habían ganado a pulso el privilegio de ser los primeros del mundo el convertirse en Proveedores de la Santa Sede y él daba fe de ese delicioso sabor protagonista del misterio de la eucaristía que cada día, don Anselmo realizaba a la vista de todos.

El acólito se sentaba en un magnífico sillón del siglo XIX, tapizado en terciopelo encarnado, y echaba la cabeza para atrás mientras cerraba los ojos y dejaba embriagar su ‘espíritu’ por los sueños que acudían ‘sin palabras’ a su cabeza mientras se calentaba el estómago con pequeños sorbos. Tan abstraído estaba que aquel día, ante la tardanza del párroco, bebió varias copas seguidas y cuando quiso incorporarse experimentó cierto desequilibrio que le advirtió del posible lío en el que se había metido. Más aún, observó que en la botella apenas quedaba vino para la misa y no podía disponer de otra pues el resto se guardaban bajo llave en la vivienda parroquial. Alegre como estaba, a Benigno no se le ocurrió sino rellenar lo que faltaba con agua y disimular como si nada hubiera pasado.

Finalmente el párroco llegó y al finalizar la misa le dijo al sacristán:

−Benigno, hoy he notado el vino un poco más flojo de lo habitual, ¿será que no obró el milagro de la eucaristía?

A lo que el Benigno respondió:

−Hay que ser humildes señor, no siempre se pueden obrar milagros…

-Jaque mate Benigno, jaque mate…-respondió el cura condescendiente.

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El viaje a ninguna parte

Este mes Vadereto y Alianzara proponen un desafío conjunto y nos invitan a escribir tomando como referencia el ‘espacio’ donde acontece y se desarrolla la trama, la historia.

Paul se sube al autobús en dirección al aeropuerto. Está cansado así que se desploma sobre el asiento y pega la cabeza al cristal de la ventanilla. El frio en la sien le hace sentir un ligero alivio. La cabeza le bulle. Demasiadas emociones contenidas en los dos últimos días. En aquel instante recuerda que no ha dormido nada las últimas 48 horas y se siente roto. Se acomoda. Echa la cabeza hacia atrás y mira el reloj: aún le quedan cuarenta minutos de trayecto. Cierra los ojos y el sueño le atrapa…

De repente el fuerte traqueteo le sacude de un lado a otro y la cabeza cae y golpea el respaldar del asiento de delante ¿Dónde está? No reconoce el lugar. Se incorpora y mira de nuevo el reloj: ¡ha pasado más de una hora! ¿Y el aeropuerto? ¡Hace veinte minutos que quedó atrás! Sale al pasillo, camina entre los asientos vacíos y se acerca al conductor que al verle por el retrovisor le grita furioso:

−¿Qué hace usted aquí?

−Iba al aeropuerto y me quedé dormido –comentó Paul balbuceando.  

−¡Siéntese por el amor de dios!–le ordenó el conductor−. Es usted un imbécil. Permanezca callado y no me cree más problemas.

Paul no comprende lo que ocurre pero intuye que no es una situación normal. El autobús va demasiado rápido por un camino de tierra y campos a ambos lados. Suenan las sirenas y se divisan dos coches patrullas de la policía que pretenden darles alcance aunque el autobús zigzaguea para evitarlo. El conductor habla por el móvil:

−Ha surgido un imprevisto y llevo un paquete. No, no habrá problema, seguro. Me desharé de él en cuanto llegue.

El camino se estrecha y los coches patrullas tienen que hacer cola detrás hasta que inesperadamente el conductor frena en seco y los coches se estrellan uno contra otro y ambos contra el autobús. Y en una experta maniobra y con la parte trasera deshecha, el vehículo continua su camino dejando a la policía fuera de juego.

El chofer se ríe a carcajadas:

−¿Has visto eso? –presume sonriendo a Paul.

−Sí, sí que lo he visto…Muy inteligente por tu parte –afirmó algo asustado.

Apenas unos minutos después se desvía por un carril a la izquierda hasta desembocar en un antiguo hangar con un viejo cobertizo abierto de par en par donde el autobús aparca.

Paul respira hondo, aliviado, aunque con gran incertidumbre al no comprender que estaba pasando, y sobre todo, qué sería de él… Y entonces el chófer se levanta de su asiento, se dirige hacia él y apuntándole con una pistola en la frente dice muy serio:

−Esto no estaba previsto pero mi causa no me permite dejarte con vida…

Paul cierra los ojos y escucha el sonido de un disparo al tiempo que oye una voz :

−Lástima que te pasaras la parada del aeropuerto…Aeropuerto…Aeropuerto…

Alguien le zarandea una y otra vez. Abre los ojos y ve el rostro del conductor frente a él:

−Señor, hemos llegado al aeropuerto, despierte o perderá su vuelo…

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Susurros en el ático

Desde el Blog ‘El Tintero de Oro’, en una nueva convocatoria, nos invita a escribir un micro de 250 palabras sobre el ‘personaje y su entorno’ a fin de profundizar en sus emociones.

Recién llegada a la ciudad, Marta buscaba un piso para alquilar y aquella mañana se había citado con un agente inmobiliario para visitar un ático. Cuando llegó la puerta estaba abierta y se decidió a entrar al tiempo que saludaba: «Hola. Buenos días, ¿hay alguien?». Como nadie contestaba, pensó verlo por su cuenta. Y justo cuando estaba en el dormitorio principal, frente a un amplio armario, con las puertas abiertas de par en par, escuchó susurros y sonidos extraños  que la alarmaron. Se asustó, y casi inconscientemente se metió dentro y cerró las puertas. Después se agazapó en un rincón con las piernas encogidas y la cabeza gacha intentando no hacer el más mínimo ruido.

Sentía que el corazón le palpitaba a toda velocidad y que un ligero temblor se apoderaba de su cuerpo. Fuera, alguien gritaba y emitía sonidos extraños, y ella, presa del pánico, era incapaz de moverse y salir a socorrerla. Gritos y susurros se sucedían. Marta imaginaba escenas terribles, considerando la posibilidad de que el agente fuera un psicópata asesino. De repente, un gemido unánime precedió a un gran silencio.

Miró el reloj, habían pasado quince minutos y apenas se oían algunos sonidos ininteligibles. Entonces abrió la puerta y muy lentamente recorrió el pasillo con pequeños y temblorosos pasos hasta que el salón quedo visible y ahí estaban dos jóvenes en el sofá acabándose de colocar la ropa y sin percibir mi presencia el chico se levantó y dijo: « Y ahora ¿te enseño la casa?»

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