El espía

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Me dirigía al mercado como cada mañana durante el verano. Era muy temprano pero ya empezaba a llenarse. Los mercados son lugares que despiertan los sentidos y no sólo por los sonidos de fondos sino por los aromas, los colores, los sabores, las texturas. Crucé por la entrada lateral para tomar un café con churros, algo que repetía a modo de ritual estas mañanas de verano. Y ya repuesta me dispuse a comprar e hice la primera parada en la carnicería. Me detuve ante el mostrador acristalado. Los trozos de carne aparecían dispuestos en bandejas, organizados por filas y montones troceados de ternera, cerdo, pollo, cada uno con su cartel anunciando el precio. Me llama la atención la limpieza de los azulejos, blancos e impolutos. En el interior un cámara frigorífica y un mostrador donde se amontonan bandejas de corcho blanco, una máquina para plastificar, una trituradora de carne, otra para cortar huesos y una barra fija en la pared, de la que cuelgan jamones, chorizos y morcillas de la tierra.

La chica que atiende viste ropa blanca y una especie de visera con una malla donde recoge el pelo, que se intuye largo y limpio. Incluso sus manos se ven aseadas y cuidadas cuando las enseña apoyadas sobre una tabla gruesa de madera dónde corta y prepara la carne. El delantal muestra una pequeña mancha roja, salpicadura de un hígado que acaba de cortar. De repente el cristal refleja el rostro de un hombre de mediana edad con gafas de sol y sombrero. Se ha colocado justo detrás de mí, pero cuando decido girarme ya no está.

Prosigo la compra en el puesto de frutas y verduras. Igualmente está organizado siguiendo un orden riguroso: melones, sandías, kiwis, cerezas, plátanos, peras y manzanas que llamaron mi atención, dispuestos por colores: rojas, verdes y amarillas. De nuevo, esta vez de refilón, me parece ver el rostro de aquel desconocido pasando tras de mí. Y de nuevo se me escapó sin conseguir ubicarlo.

Pasé por la panadería donde me esperaba una cola de cuatro o cinco personas. Pedí la vez y me coloqué al final. Faltaban sólo dos para que llegara mi turno cuando a unos pocos metros de mí apareció el hombre de mediana edad, con gafas de sol, sombrero y un periódico en la mano.  Comencé a inquietarme considerando que no fuera casual verle tantas veces, ni que se produjeran esas extrañas desapariciones. A punto estuve de abandonar la cola y acercarme para preguntarle qué quería o que hacía espiándome.  

–Lo haré en cuanto compre el pan −me dije decidida.

Y así fue. En cuanto pagué, salí de la panadería, y ya encaminada hacia donde le había visto por última vez, observé que no estaba.

−Este hombre se burla de mí, es un espía o no tiene nada que ver conmigo  −pensé.

Entonces me giré mientras negaba con la cabeza intentando dejar correr el tema cuando me di de bruces con él, frené en seco y me quedé cara a cara frente a él.

−Perdón –dije sorprendida y atolondrada.

−Acabo de comprobar que este pendiente es suyo -dijo pausado y correcto-. Tenga, se le cayó delante de mí. Perdóneme si le ha parecido que jugaba al ratón y al gato, creí que era de la chica que estaba a su lado en la carnicería y las he seguido a ambas hasta darme cuenta que era suyo. Discúlpeme si la he asustado.

−¿Asustado? No, no, qué va. Muchas gracias por el pendiente -afirmé mientras me tocada la oreja-. Habría sido una faena perderlo.

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El funámbulo

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Recuerdo que cuando era pequeña mi padre me llevó a ver un espectáculo de funambulismo. Un hombre caminaba sobre una cuerda de acero, portando una enorme barra o pértiga, atravesaba en diagonal la Plaza principal de la ciudad. Fue un espectáculo emocionante. Y lo hizo sin medidas de seguridad, con un riesgo tremendo y una expectación que congelaba el aire.

Aquel día se paralizaron las actividades en la plaza frente al Ayuntamiento. Un par de enormes camiones quedaron aparcados al pie de la escalinata: “Acrobacia y funambulismo Pepe Carroll”. Un par de chavales vestidos con un mono verde y el nombre de Pepe Carrol bordado en la espalda, repartían octavillas de papel verde, amarillo y naranja, escrito con letras negras,  anunciando el evento que tendría lugar aquella misma noche: “Gran espectáculo de funambulismo. Pepe Carroll desafiará el peligro caminando sobre la cuerda floja. Esta noche a las 21.00 h. en la Plaza principal”.

Mientras tanto, un par de camiones grandes se abrieron por detrás y un grupo formado por seis u ocho hombres, comenzó a desplegar una gran actividad. Enseguida una multitud de curiosos dispuestos a observar el montaje, los rodeó. Todos miraban hacia arriba, haciendo visera con las manos, dirigiendo la mirada hacia el extremo más alto de la cornisa del edificio, donde se supone, quedaría anclado uno de los extremos del cable mientras en el otro vértice de la diagonal, en la almena de una azotea, se hacía lo propio con el extremo opuesto. La operación tardó aproximadamente unas dos hora. Para entonces varios hombres, colocados en ambos puntos, unieron fuerzas, tiraron y tensaron a la vez, hasta el que cable quedó suspendido atravesando la plaza por su diagonal. El resto del día la gente pasaba por debajo y miraba hacia arriba, calibrando la altura y comentando el peligro que suponía.

A la hora convenida la plaza estaba a rebosar. Todos esperaban impacientes e incrédulos hasta que apareció Pepe Carroll saludando a los espectadores. Iba vestido con unos pantalones negros muy estrechos y una camiseta blanca de tirantes pegada al cuerpo, marcando unos pectorales muy prominentes y el pelo estirado hacia atrás. Aún en el suelo pegaba saltitos, se ponía en cuclillas, estiraba los brazos y la espalda, ejercitaba los dedos de los pies. Después se calzó con una especie de botines que se ajustaban como una segunda piel. Saludó de nuevo y entró en el edificio. A continuación lo vimos salir por una ventana y ponerse de pie en una pequeña plataforma colocada en la cornisa. Luego pisó muy despacio el cable moviendo la planta hacia los lados hasta queda recto con un pie delante de otro. Así se mantuvo unos segundos, luego dio uno o dos pasos con los brazos en cruz, se quedó quieto y esperó a que dejaran caer sobre sus manos una enorme pértiga que asió con fuerza y entonces comenzó su andadura…

Mi padre y yo habíamos conseguido colocarnos por uno de los laterales, de manera que un trozo cable pasaba sobre nuestras cabezas. Yo apretaba su mano y las mandíbulas. Se hizo el silencio. Todos conteníamos la respiración. Casi a mitad del recorrido el acróbata sufrió un traspiés. ¡Ahhh! Gritamos todos a la vez. Yo me tapé la cara con ambas manos, hasta que sonó un aplauso de ánimo. Apenas se le podía ver el rostro, aunque yo lo vi cuando pasó por encima de nosotros, con una mueca como de dolor y la mirada fija. Avanzaba despacio, asegurando cada paso, hasta que consiguió llegar al final y entonces en la plaza se oyó un enorme suspiro de alivio y estalló un aplauso muy largo. Luego el hombre se dio la vuelta y retornó con idéntica emoción, al punto de partida.  

El espectáculo concluyó cuando el funambulista descendió  hasta los soportales del edificio y dando volteretas saludó y se despidió del público entre ovaciones, aplausos y vítores.

Luego la plaza se fue despejando poco a poco y acabamos en los bares de alrededor comiendo y comentando los momentos de peligro y la emoción contenida ante semejante espectáculo.

Aquella noche no podía dormir. Cada vez que cerraba los ojos veía la figura de Pepe Carrol, con la pértiga, caminando despacio por el cable y su cara con una mueca de dolor y la mirada fija…

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Huele a verano…

Foto: mp_dc

Huele a verano. Lo sé porque me invaden aromas especiales e inconfundibles a mar, a playas, a arena mojada, a algas, a conchas, a rocas y el cuerpo me pide degustar esos sabores tan inconfundibles como propios del estío: el sabor de las frutas, de los cítricos refrescantes a los que solemos acudir para mitigar o calmar el calor y la sed.

En mi tierra todo está casi listo para recibir la avalancha de turistas. Desde la pandemia parece que el Sur está de moda y este rincón se llena de extraños, nacionales y foráneos, de todas las edades y nacionalidades diversas. Llenan los hoteles, las playas, los restaurantes, los chiringuitos. La ciudad parece una colmena, una babelia en la que todos parecen ser felices… Bueno, casi todos. Porque quienes vivimos aquí, apartados del mundanal ruido, los meses de verano constituyen un auténtico martirio…Al menos para mí.

Pero no quiero dramatizar. El verano tiene también una cara amable: la del encuentro con los amigo, la visita de los familiares y las vacaciones de los hijos, de quienes apenas disfrutamos cuando los tenemos lejos.

Pero sobre todo el olor a verano me recuerda aquellos lejanos días de mi niñez, cuando, mi hermana y yo, nos marchábamos de vacaciones con mis padres. Me acuerdo de aquel Renault Dauphine que parecía estirarse como un chicle, porque teníamos que caber todos. Y cuando digo todos, quiero decir cinco personas y un perro: mis padres, la abuela Pilar, mi hermana Pili y Mccartney, un cocker spaniel inglés de cinco años. Más las maletas claro…

A mis padres les encantaba el Mediterráneo. Decían que no era peligroso para nosotras, pero yo creo que íbamos porque mi padre tenía un amigo en Pego, un pueblo de Alicante, quien a su vez conocía a alguien que nos alquilaba una casita cerca de Oliva, en la costa. Fidel, que así se llamaba, conocía a mi padre desde el colegio. Juntos estudiaron hasta que haciendo la mili, se enamoró de una chica de allí y se casaron. La distancia no acabó con una amistad que ha resistido y perdurado sobre cualquier circunstancia. Y por eso íbamos en verano allí, y por eso Fidel y Mercedes, su mujer, pasaban la Semana Santa con nosotros.

El viaje era largo, lento y pesado. La abuela Pilar nos cantaba canciones y jugaba con nosotras al veo veo. Mi hermana era muy inquieta, pero la abuela sabía calmarla contándole historias en voz baja, mientras yo, absorta, miraba por la ventanilla, pensando que la vida tenía esa forma cuadrada y que era así como pasaba, como las páginas de un libro, de una en una, pero más rápido…A mis padres les encantaban Serrat y Sabina -gusto que yo he heredado- y cuando entrábamos en la recta final hacia el pueblo, mi madre, rauda y veloz como el rayo, rebobinaba la cinta para que sonara Mediterráneo, canción que cantábamos todos juntos, a coro.

Entonces todo era muy sencillo y no tenía que preocuparme de nada. Y así, acurrucada en el costado de mi abuela, pensaba que el mundo empezaba y acaba justamente allí…

Es por eso que el verano también huele a mi abuela Pilar cuando me esperaba en la orilla con los brazos abiertos para envolverme en una toalla; al puro que Fidel y papá se fumaban por la noche en la puerta de casa; a la paella de mi madre; al pelo de mi hermana cepillado una y otra vez para desenredarlo… El verano huele a nostalgia, rezuma las ausencias de aquellos que nos van faltando y pellizca el corazón porque nos duelen…

Pero si tuviera que resumirlo con una sola palabra diría, que sobre todo, el verano huele a vida…

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Desde Macondo…

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El desayuno es mi comida favorita. Hay quienes se conforman con un café, pero yo necesito algo más: unas buenas tostadas, una de pan de centeno, cereales o integral y otra de pan blanco; zumo o alguna pieza de fruta y una buena taza de café con leche. La preparación requiere una liturgia diferente al resto de las comidas, de manera que tanto el café como el pan estén calientes y en su punto. Luego coloco todo sobre una bandeja, con una servilleta de tela -intentando velar por los árboles del Amazonas- y me dispongo a disfrutar del pequeño festín… Tanto en verano como en invierno, si el tiempo lo permite, me gusta sentarme al aire libre. Por estas fechas el canto de los pájaros me acompaña. Todo un placer para los sentidos. Y después de este ritual ya estoy preparada para afrontar el día…

Alguna que otra vez se me ha ocurrido grabar con el móvil estos trinos matutinos para enviárselos a mi hija y hacerle llegar algunos sonidos que le recuerden a casa… Las mujeres -y también algunos hombres aunque menos- custodiamos y transmitimos la memoria familiar, por eso, desde hace tiempo, desvelo poco a poco, los ‘secretos culinarios’, las recetas caseras de algunos guisos y los remedios naturales de algunos males que, según tengo entendido, mi abuela ya practicaba. Recuerdo aquel día, cuando le curé a mi hija pequeña un corte en el dedo con la membrana fina de la cáscara de un huevo. ¡Alucinó!. Le expliqué que debía aplicar la cara jugosa sobre la piel para que después, al secarse, hiciera presión y cortara la hemorragia. Le comenté cómo las plaquetas de apelotonarían en torno a la herida, formando una barrera e impidiendo que la sangre fluyera. Finalmente le comenté que una vez seca la membrana, convenía meter el dedo en agua tibia y limpiarla de nuevo con algún desinfectante. Luego le conté como mi madre salvó a mi primo de unos puntos de sutura en una ceja con este método ancestral pero seguro.

Estos y otros relatos se los entrego a mis hijos como parte del legado familiar para que dispongan de esa porción de la herencia, que por su esencia emocional e inmaterial, constituye el más valioso cuerpo de bienes que se pueda traspasar… Ellos no quieren olvidar ni yo quiero que olviden…

No sé por qué me acordé del libro de García Márquez, Cien años de soledad. Recordé esa magnífica hipérbole llevada al extremo por el escritor colombiano, recreando hasta sus últimas consecuencias la ficción de Macondo con mapa incluido…Y pensé en aquel capítulo en el que José Arcadio Buendía explicaba a los vecinos las consecuencias de la epidemia -también llamada ‘peste del olvido’- y la fórmula que Aureliano, su hijo, encontró para combatirla etiquetando cada cosa con su nombre…

Yo creo que Macondo puede servir de metáfora que ayude a comprender la importancia de la memoria y el miedo al olvido. Todos queremos conservar esos territorios comunes donde reside nuestro pasado familiar. Un hilo de memoria por el que circulan los recuerdos, nos atraviesa y nos une. Y por eso cuando nos reunimos en mi casa nos contamos las viejas historias, las de nuestros mayores y las nuestras, todas las que acumuladas con el paso del tiempo. Porque nosotros, todos en realidad, como los habitantes de Macondo, nos negamos al olvido…

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Dos okupas y un destino…

Después de una larga jornada de trabajo, volví a casa. Al llegar observé que en mi sitio habitual estaba aparcado un viejo Ford familiar, lleno de enseres hasta los topes. Aparqué donde pude. Me bajé. Metí la llave en la cerradura de la puerta y la abrí…Y allí estaban ellos: una extraña pareja de jubilados haciendo una barbacoa en mi jardín…

Paralizada, temblorosa y asustada, no daba crédito. La señora, parada en la entrada de la cocina, se adelantó y dijo amable mientras miraba a un señor que atizaba el fuego:

−Wen, por favor, haz las presentaciones, ¿no ves lo asustada que está?

Él le devolvió la mirada, se acercó y me tendió la mano:

−Hola, somos Wen, de Wenceslao, y Úrsula.

−Los okupas –interrumpí en tono sarcástico.

−Pero explícale Wen, explícale –insistía su mujer.

Él parecía dudar. Miró a su mujer, luego a mí, y finalmente, dijo:

−Creo que mejor te lo contamos mientras comemos. Como ves todo está preparado y la carne a punto. Ven, siéntate con nosotros. Estás en tu casa…

−Ya…¡Es que es mi casa! –Afirmé rotunda y seca.

Nos sentamos. Me llamó la atención que supieran dónde estaba todo: vajilla, cristalería, cubiertos, servilletas…¡Incluso el vino! Y hasta Cara, mi galga, había hecho buenas migas con ellos y ya se había colocado junto a él, a ver si conseguía un trocito de carne…

Wen, manitas de profesión, y Úrsula, costurera experimentada en arreglos, se habían jubilado a los 75 años. Vendieron su piso y se marcharon de su ciudad a la aventura. El plan era recorrer el país mientras tuvieran dinero, y a la vuelta, ingresar en una residencia de mayores. Pero les robaron, enfermaron y se refugiaron en la primera casa vacía que encontraron. Días después, sorprendidos por la dueña, le explicaron su mala suerte y la persuadieron para quedarse ofreciendo sus servicios para compensar los gastos.  

Todo acabó tan bien que convirtieron la casualidad en estrategia. Y así fue como llegaron a mi ciudad, a mi urbanización y a mi casa.

Aquella pareja de ancianos, tan excéntrica como encantadora, me sedujo hasta convencerme…Y se quedaron, colaboraron y se marcharon…

Toda una experiencia…

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El partido

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Cuando me divorcié aproveché la coyuntura y solicité seis meses de excedencia. Quería hacer un curso y decidí que fuera en Madrid. Podía haber elegido otra ciudad pero allí tenía amigos, en particular a mi amiga Georgina, quien me buscó un pequeño apartamento que pertenecía a una prima suya, que por cierto, estuvo encantada de alquilármelo una temporada. No tardé mucho en decidirme, y considerando oportuno hacer un paréntesis después de esta etapa complicada y dolorosa, me marché.

Desde que llegué todo fue como la seda. Albergaba grandes expectativas a nivel académico pero nunca imaginé que sería tan divertido, cosa que debo en gran parte a Georgina, con quien compartí confidencias, risas y lágrimas y, sobre todo, un gracioso suceso en el transcurso de un partido de pádel, un incidente que jamás hemos podido olvidar.

Recuerdo que aquel día, como cada mañana, me preparaba un zumo de frutas mientras deambulaba por la casa recogiendo y en tanto se encendía el ordenador para poder consultar el correo y trastear un rato. Después de mi llegada, tras un periplo mental por algunas ciudades españolas decidiendo dónde hacer el dichoso curso, experimentaba la certeza de haber  acertado con la elección. La metrópoli me ofrecía todo tipo de alternativas tanto intelectuales como culturales y de ocio. Había tenido la suerte de poder instalarme en el castizo barrio de Chamberí, en un piso pequeño pero suficiente: Iluminado, tranquilo, cómodo. Disfrutaba paseando o yendo de compras durante el día y viví con intensidad alguna que otra noche. Lo único que le faltaba a Madrid era el mar. Lo añoraba, porque el mar representa una parte de mi paisaje natural y constituye un referente en mi vida. A veces suplía esta añoranza paseando hasta las Fuentes de Colón para contemplarlas mientras pensaba en las azules aguas del Atlántico.

Tras el desayuno, y concluidas algunas de las tareas cotidianas, hurgaba en una gran bolsa de deportes situada junto al escritorio, de la que sobresalían los mangos de diversas raquetas de tenis y palas de pádel, probando cual me resultaría más cómoda. Había quedado con Georgina para jugar un partido en sustitución de su prima, la dueña de la casa, con quien ella jugaba de vez en cuando. Hacía años que no practicaba, pero ella había insistido en recordar viejos tiempos, afirmando que el pádel y el bádminton -que era a lo que nosotras habíamos jugado habitualmente durante años- eran más o menos lo mismo.

Georgina es una mujer de la que podría pensarse que lo tiene todo, hasta un nombre original: guapa, inteligente, amiga de sus amigos, independiente y con una brillante carrera en el Cuerpo de Policía, del que era Inspectora en una comisaría de barrio, puesto que desempeñaba desde hacía ya tiempo. En su opinión estaba en plena forma y dispuesta a darme una paliza:

−No tendrá ningún mérito que me ganes −le decía burlándome.

−Lo tendrá porque nunca te gané al bádminton.  −Contestaba sonriendo.

Y nos echábamos a reír mientras nos guiñábamos un ojo…

Así que sí, aquel partido era todo un reto para ella. Tenía que ganar y tenía que hacerlo por tres razones: para demostrarse a sí misma que estaba en plena forma, por amor propio y porque no le gustaba perder. Naturalmente yo intentaría impedírselo. Y así, cada una con sus ideas claras, las zapatillas apropiadas y unas palas casi nuevas, nos dispusimos a pasar la jornada. Yo, además,  con ganas de degustar las mieles de la victoria.

Apenas comenzado el partido, y tras un contundente saque de mi contrincante, el sonido reiterativo de un móvil me interrumpió y me distrajo… Era el móvil de Georgina. No podía apagarlo porque estaba de servicio. Volví la cabeza. La llamaban de la comisaría: el Carboncillas estaba a punto de caer…

Entonces un punto negro me nubló la vista y pregunté:

−¿Quién es ese Carboncillas y por qué ese nombre?

−Un delincuente común, un ratero de poca monta. Roba pisos cuando los propietarios o inquilinos se van de viaje o de vacaciones. Sólo metálico y joyas. Cuando  se marcha deja las paredes escritas con  frases obscenas contra nosotros. Según parece usa lápiz de carboncillo, así que los compañeros le apodaron el Carboncillas. Llevamos tres meses siguiéndolo y nos trae de cabeza. Hoy puede ser el gran día. Lo tenemos a punto, así que debo marcharme. Acabaremos el partido otro día ¿te parece?.

Mi cara no dejaba lugar a dudas. Me sentía decepcionada y además ya no podía quedar con nadie. Entonces Georgina me miró de soslayo y dijo condescendiente:

−¿Te gustaría venir a vigilar?

−¡Eso ni se pregunta! −Contesté decidida.

Me dejé llevar y me imaginé sentada en el coche, parapetada tras unas gafas negras de sol y el cuello de una gabardina levantado, sorbiendo un café al más puro estilo americano… Nada más lejos de la realidad: callada, sentada en el asiento trasero de un discreto Citroën masticaba un chicle sin azúcar con aire de cierto escepticismo. Ya empezaba a cansarme la espera cuando de repente, Georgina y sus compañeros, con un movimiento sincronizado, abrieron las puertas del coche para salir. Su voz sonó clara, firme e imperativa:

−No salgas del coche bajo ningún pretexto. Podrías meterme en un lío.

No hubo tiempo para más. Me acerqué a la ventanilla para observar. En la acera contraria se alineaban varios edificios de construcción relativamente reciente, de uno de cuyos portales salía un hombre como de cuarenta y tantos años, de apariencia normal, que portaba unas bolsas. De inmediato le dieron el alto, y dejando caer las bolsas al suelo, salió corriendo cruzando la calle hacia el coche. Yo miraba atónita, sorprendida. Era como en el cine o en la tele pero de verdad. Decidí salir. Y en un acto reflejo, abrí ávidamente, con rapidez, la puerta del coche, cortando inesperadamente la carrera del Carboncillas que quedó noqueado, tumbado en el suelo a merced policial.

Acto seguido me invadió una sensación agradable. Estaba contenta de haber protagonizado semejante heroicidad y haber abatido con tanta precisión –aunque por pura casualidad- al chorizo de marras. Una alegría interrumpida por una sensación de pesadez en los ojos que me obligaba a realizar un gran esfuerzo mientras intentaba abrirlos, al tiempo que esbozaba una leve sonrisa. Poco a poco, como por una rendija, entró un poco de luz y aparecieron  frente a mí dos o tres rostros borrosos, casi velados, que no conseguía enfocar ni distinguir y comencé a oír mi propia voz que balbucía:

−¡Lo hemos atrapado! ¡Lo hemos atrapado! −Ante la mirada perpleja y el asombro de mi amiga  que me preguntaba una y otra vez:

−¿A quién hemos atrapado, a quién?

− Al Carboncillas −respondía débilmente.

Todavía transcurrieron unos segundos hasta que  volví a la realidad, en este caso, superada por la ficción pues al parecer, tras aquel saque contundente de mi rival, distraída por el sonido de su móvil, desvié mi atención justamente en el momento en que la bola, lanzada a gran velocidad, llegó hasta mí golpeándome la nariz con tal fuerza que caí al suelo, donde permanecí inconsciente apenas un par de minutos…Poco tiempo pero suficiente para que mi subconsciente, conocedor de las pesquisas y actuaciones que Georgina realizaba intentando dar cazar a un delincuente, de las que me habíamos estado hablando  durante el trayecto al polideportivo, me jugara una mala pasada y me llevara a soñar esta emocionante aventura sin moverme de la pista de pádel.

Una vez aclarado el incidente, comprobando que no revestía gravedad alguna, más allá de una nariz hinchada,  abandonamos el partido y nos fuimos a comer. Un almuerzo amenizado por las risas y comentarios de aquel episodio en el que, según mi amiga, mucho tuvo que ver mi desmesurada afición por las novelas policíacas…

Definitivamente aquellos seis meses en Madrid transcurrieron felices, rejuvenecieron mi espíritu y sanaron mis heridas. Me ayudaron a lavar emociones de suciedades que nos hacen sentir mal. Y así, renovada, regresé para volver a empezar.

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El Faro de Asiram (VI) La despedida

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Casi no había amanecido cuando Víctor llegó a casa. Venía callado, enfundado en un jersey a rayas con cuello marrón y el pelo algo desordenado. Tan callado y pensativo que no parecía él.

No te ha gustado −afirmé con rotundidad.

No, no es eso me respondió mientras me seguía hasta la cocina.

Estaba absolutamente desconcertada ¿tan mal estaba? Puse la cafetera y salí a la terraza. Me acerqué al pretil y apoyé mis manos mirando al horizonte. Enseguida le sentí detrás de mí. Sus brazos ensartaron los míos rodeándome con ellos la cintura. En aquel momento hubiera querido que el reloj se detuviera un poco más. Le oía respirar acompasadamente. Permanecí inmóvil, sin querer mover un sólo músculo. Así, como si hubiera moldeado ese hueco para mí, metida en su abrazo, deslicé mis manos heladas bajo su jersey para calentármelas con el calor de su espalda. Esta sería la única vez que le tocaría y le tendría tan cerca…El aroma del café recién hecho nos separó y entramos dentro.

¿Vas a decirme qué te pasa? Pregunté inquisitiva.

Lo he leído, desde el principio, incluida la dedicatoria. Llamé a la editora y me contó…

No sé si enfadada o molesta como quién siente que invaden su intimidad, se me cambió la cara. Él se levantó con aire de padre protector y me volvió a abrazar cálidamente. Al instante, comenzó a elogiar y relatar lo mucho que le había gustado mi novela.

Muy bien documentada. Los personajes tienen garra y la historia conmueve ¿de verdad la escribiste tú? −Preguntaba bromeando. ¿No habrás plagiado a Falcones? Últimamente hay mucho plagiador por ahí suelto...

Reímos a la vez. Y ya más distendidos intercambiamos impresiones. La Editorial Torralba era muy exigente y pulcra en su política interna, de manera que no publicaba a autores noveles que trabajaran en la empresa. Víctor se ofreció para ponerme en contacto con amigos y conocidos de otras editoriales a fin de publicarla. En realidad yo ya había cumplido mi sueño. No necesitaba más, aunque he de confesar que me ilusionaba, después de tanto esfuerzo, que saliera a la luz

Víctor y yo continuamos viéndonos unos días más. Los secretos de Pau Pressell fueron depositándose en el corazón amigo de Víctor. Unos pasos por delante en cuestiones del dolor, se erigió en una persona de confianza, con quien contrastar, confrontar y, sobre todo, compartir las emociones más íntimas. Y una vez desnudados por dentro, viéndonos las almas llenas de jirones y contadas las historias de cada una de las cicatrices, fruto de las experiencias vividas, nunca más encontré en sus ojos una chispa de deseo o de pasión. Y mientras yo añoraba aquel abrazo y aquel beso en el portal de mi casa, mil veces recreado en mi cabeza, mientras soñaba con tenerle al menos una noche sólo para mí, él me cuidaba, preocupándose por si dormía bien,  insistiendo en que al menos lo hiciera durante ‘6 horas mínimo’,  enviándome cada día un mensaje de buenas noches lleno de cariño que yo aceptaba, agradecía y valoraba, aún sin poder evitar un sentimiento de añoranza y ganas de algo más…Cupido había atravesado el alma de Víctor pero a mí, además, me había rozado el corazón.

Quedaban apenas unos días para que se marchara. Resuelto sus asuntos con la editorial, nada le retenía en esta ciudad. Yo sentía que no sería fácil volver a verle. Generalmente no disponía de mucho tiempo libre y cuando lo tenía, solía marcharse sólo con su bici -y ahora con el barco- para reencontrarse a sí mismo, leer, descansar…No necesitaba mucho para sentirse bien, aunque yo creo que vivía instalado en una añoranza continua, asumida, contra la que ya no se rebelaba… Y a sabiendas de cuál sería su respuesta, me armé de valor y le confesé mi amor. Pero él lo tenía muy claro.

−Tú necesitas una mano cerca y yo no puedo dártela. No estamos en la misma emoción.

Así es él: claro, sincero, contundente, sin disimulos, honesto, recto y firme cuando toma una decisión. Argumentó de mil maneras que el flechazo en la amistad también existe. Recitaba con convicción lo que le atraía de mí como persona y lo feliz que estaba de habernos conocido.

−La amistad es para siempre y una relación amorosa puede tener fecha de caducidad ¿comprendes?

Comprendía, claro que comprendía…

Al día siguiente pasó por casa a desayunar y a recoger un par de libros que me había prestado. Bajé con él a la calle, nos dimos un cálido abrazo y me besó cariñosamente en la frente…Casi a punto de entrar en el taxi se volvió:

−He pensado que me gustaría ponerle al barco Asiram, ¿te importa?

−Será un honor −le dije.

Volvió sobre sus pasos pero le llamé y le dije:

¿Me regalas tu jersey? Ese de rayas que llevas.

Él sonrió, se lo quitó y me lo puso diciendo:

−Cuídamelo. Le tengo mucho cariño.

−Me lo pondré sólo para escribir.

Nos miramos un segundo mientras me lanzaba un ‘me gusta’ con el pulgar hacia arriba…El coche desapareció de mi vista al girar la calle. Yo me abrace sobre su jersey aún templado por el calor de su cuerpo y metiendo mi nariz bajo su cuello, cerré los ojos para impregnarme con su olor. Yo no podía construir un faro como hiciera Abdul, ni enviar un haz de luz hasta sus ojos, así que continué haciendo este gesto, a modo de ritual, cada vez que me lo ponía para escribir.

Por la noche, en mi cama, pensé que Víctor era mi Asiram, mis ‘ojos de tormenta’… Entonces, en un segundo de lucidez, lo vi claro. La tormenta no estaba en los ojos de la joven sino dentro de Abdul. En el orgullo herido de un hombre que se recriminaba a sí mismo por sentirse débil ante ella, por no poder doblegar su amor, porque podía tenerlo todo menos lo que más deseaba… Hasta que finalmente se rindió entregándose a su verdadero destino. Como él, también yo encontraría otras manos, otra piel y otros labios, amaría a otras personas pero el amor y el recuerdo de Víctor permanecería en mi corazón como una marca indeleble, ajena al tiempo y al espacio…O eso pensaba.

Y una lágrima recorrió mi mejilla, entremezclada de tristeza y alegría…Mi corazón, como el de Abdul, también estaba en paz.

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El Faro de Asiram (V) La amistad

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Habíamos quedado en la esquina del Café Iraola. Desde allí iríamos paseando por el casco antiguo a tomar unos vinos. Acababa de llegar cuando le vi bajarse de un taxi. Llevaba el pelo engominado hacia atrás y una chaqueta negra que luego me contó, presumiendo, los años que tenía y la buena suerte que había dado llevarla. Caminamos mientras él hablaba de su último libro, del velero, de su recién estrenado título de patrón de barcos, de sus proyectos, del nombre que le pondría…Hablaba y hablaba pasando de un tema a otro, hasta que vimos una mesa libre en una pequeña terraza. Nos sentamos uno junto a otro y tras un breve silencio, me miró sonriente:

−Háblame de tidijo en tono algo serio.

Reímos a la vez. Siendo casi de la misma quinta, nos recordó el título de una vieja canción. Víctor, reía y reía y cuando lo hacía le desaparecían los ojos de la cara, dejando asomar su expresión de niño travieso… Y no sólo se acordó de la canción sino que la cantó…

La verdad es que yo jugaba con ventaja. Sabía bastante más de él que él de mí. Así que le conté sobre mi familia. Le dije que era hija de un cántabro casado con una catalana de ascendencia andaluza…Una mezcla perfecta que me aportaba una cierta ambigüedad en mis rasgos y un acento difícil de identificar. Apenas llevaba un año  en la ciudad. La editorial había abierto una delegación y en cuanto lo supe pedí el traslado. Había vivido algunos años en el sur pero amaba el norte. Así que no me lo pensé y, contra todo pronóstico, nada me costó transitar desde el azul del sur al verde norte pues, además del trabajo, este cambio representaba la posibilidad de comenzar de cero. Borrón y cuenta nueva. Punto y aparte…

Unos vinos más tarde nos levantamos para continuar hasta un pequeño restaurante que Víctor había elegido con la pretensión de sorprenderme. Me incorporé. Él estiró sus largos brazos para coger amablemente mi bolso, comentando cuánto pesaba. Siempre llevaba conmigo una carpeta con notas, esquemas, mapas, documentos que me habían servido de soporte para la redacción del libro. y aunque tenía copia en el ordenador, no me separaba del manuscrito. Pero me apresuré a cogerlo y como la cremallera estaba abierta, el dossier resbaló y cayó al suelo, donde los folios y notas quedaron desperdigadas y frente a él la portada: El Faro de Asiram por Pau Pressell…

Recogimos y salimos de allí con gran rapidez. Echamos a andar en medio de un gran silencio, mientras yo me preguntaba cuál de los dos hablaría primero. Lo hizo él. Alto y claro:

¿Eres escritora?

No, no− me apresuré a contestar −Tú soñabas con un barco y yo con escribir un libro, eso es todo.

Tal y como me temía, no estaba frente a un hombre que se conformara con cualquier respuesta y tras una pequeña pausa continuó:

−El título es muy sugerente, ¿me dejarás leerlo?

Es una novela histórica. Y no, no te dejaré leerlo Contesté seca y cortante.

Llegamos a la puerta de casa antes de lo previsto. El incidente precipitó el final del encuentro. Primero me alegré, luego me pesó, pero como siempre no hice nada por evitarlo, ni tomé la iniciativa. Nos paramos ante el portal. Víctor estaba un poco serio. Me fijé por primera vez en su boca, en sus labios carnosos. Él parecía contrariado, algo decepcionado diría yo. Aun así, nos miramos callados mientras comencé a notar su mano estrechando suavemente la mía. Tenía la piel suave y un tacto cálido. Así como estábamos, inclinó levemente la cabeza dejándome percibir el olor fresco de su aliento para, un segundo después, sentir el dulce contacto de sus labios en un beso que se prolongó en mi boca más de lo que hubiera deseado. Luego, tomó mi cara entre sus grandes manos, sonrió y se marchó.

Me quedé mirando su espalda, su chaqueta negra, recordando lo orgulloso que se sentía por la suerte que le daba. Entonces lo supe. Comprendí que Víctor había encontrado la fisura para colarse en mi vida. Y apenas había avanzado unos pasos después, le llamé. Él se paró en seco y se volvió. Me apresuré hasta él, cogí su mano y le entregué un pendrive con el texto completo del libro:

−Sé sincero, confío en ti.

©lady_p

Continuará…

El Faro de Asiram (IV) Abdul

Imagen Internet

Cuenta la leyenda que años después de haber liberado a la muchacha cautiva, Asiram, siendo ya mayor, Abdul ben Alssur desapareció. Desde entonces, los habitantes de la antigua kora de la costa andalusí, por la noche podían divisar la luz que brillaba lejana en el litoral norteafricano sin que nadie supiera de donde provenía. Hasta que un día, un navegante que había surcado y explorado el Mediterráneo por esa zona, contó que la luz procedía de un  Faro conocido con el nombre de Asiram,  una torre enorme que se elevaba sobre el punto más alto del acantilado que había mandado construir Abdul ben Alssur, un viejo caudillo militar, ordenando que permaneciera encendido cada noche hasta el final de sus días, como señal de su amor por una joven cristiana a la que había llamado Asiram –ojos de tormenta- en árabe.

De repente, el sonido de la puerta me sobresaltó, ensimismada como estaba mientras tomaba unas notas para la sinopsis del libro. Me puse una sudadera sobre el pijama, me calcé las zapatillas y abrí la puerta…No había nadie, sólo un pequeño sobre encima de la alfombra, con mi nombre, sin remitente…Lo abrí. Contenía una foto en color de un precioso velero. En el dorso una nota escrita: «Gracias por tu acogida. Hubo acuerdo con la editorial y se publicará el libro. A punto de hacer realidad mi sueño, me gustaría celebrarlo contigo. Víctor». En ese mismo instante, un wassap entraba en mi móvil:

−¿Qué te parece? Aún no lo tengo, pero me gustaría contártelo. Llámame y quedamos.

Diez invitaciones más tarde accedí. No entendía su insistencia y aún menos por qué me resistía tanto…o sí… El recuerdo de Abdul se quedó plantado en mi cabeza.  Pensaba en él y en la joven Asiram, en sus ‘ojos de tormenta’ atravesados en el corazón de aquel hombre, en cuyo interior el amor y el deseo luchaban enfrentados en un respetuoso silencio. Pensaba también en la muchacha, preguntándome qué habría sentido contemplando el amor frustrado de aquel hombre al que era incapaz de corresponder y qué hilo extraño y misterioso los mantuvo unido a través de los tiempos. Aunque Abdul había desposado y tenido varios hijos, ni una sóla noche dejó de acercarse hasta el Faro para mirar  la otra orilla, la kora de Rayya. Y allí de pie, soñaba que aquel haz de luz, proyectado desde la inmensa torre, iluminaba los ojos de su amada, mientras una lágrima recorría lentamente su mejilla y esbozaba una leve sonrisa al tiempo que pronunciaba lentamente su nombre, apenas un íntimo susurro escapado entre los labios. Su corazón estaba en paz.

Me reconocía a mí misma en aquel texto. Recuerdo que cuando lo escribí, como en un juego de rol, a veces me sentía Abdul, a veces Asiram, y siempre un trozo de mí, de mis vivencias, se camuflaba y hablaba a través de ellos. Porque todos. alguna vez en la vida, hemos amado equivocadamente o no hemos sido correspondidos… Y en este momento, como Abdul, yo también estaba en paz. Por primera vez en mucho tiempo me sentía bien conmigo misma, había conseguido equilibrar los diferentes ámbitos de mi vida y en mi interior reinaba un orden añorado, signo evidente de una madurez llegada con los años, con la experiencia y después de una profunda reflexión.

Por eso sentí miedo. No quería que nada perturbara esa armonía y presentía que Víctor podía llegar a colarse por alguna fisura ¿quién no las tiene?.

©lady_p

Continuará…