Buena presencia

Participación en el concurso mensual sobre abogados, este mes de abril deben incluirse las palabras: Razonar, formación, confesión, manido, primavera.

Intentaba razonar con mi cliente, una persona sin formación aunque su confesión parecía creíble. Se presentó en mi despacho con un traje manido, más propio de un mendigo o indigente. Ni siquiera se había afeitado y mostraba una barba oscura de varios días. Le hice una observación sobre la importancia de la buena presencia, explicándole que en un juicio todo es tenido en cuenta. Él bajó la mirada un tanto desconcertado y a continuación me explicó que no tenía otro atuendo mejor para una ocasión como esta y que cambiaba su look en primavera. «Bien» le dije. «Para esa fecha será el juicio».

Llegado el día cambió el vestuario y se rasuró la barba. Ahora lucía una camisa floreada que le infundía un aire más jovial y fresco. Pero no ganamos el litigio. Tal y como le había dicho, en un juicio todo es tenido en cuenta…

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Justicia

En la convocatoria del mes de abril ‘Escribir jugando desde el blog de lidia’ se nos invita a escribir sobre un nuevo desafía: descúbrelo.

El caballero se quitó la loriga y extrajo del interior una pluma de ave, símbolo del amor. Pidió al rey un juicio justo que le hiciera merecedor de su confianza y le concediera la mano de su hija por méritos propios. El desafío era que la pluma pesara más que una misteriosa bolsa, cuyo interior guardaba uno de los tesoros más preciado para el Rey.

Todos pensaron que el caballero no superaría aquella prueba. Pero cuando observaron la inclinación de la balanza todos gritaron: «¡Ohhh!» Entonces alguien preguntó: «¿Qué contiene la bolsa majestad?» Y el rey contestó contundente: «Lealtad».

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El autobús

Microrrelato para la ‘Fundación Cinco Palabras’, este mes de abril propuestas por Rafael Lobeto Lobo: vida, mar, océanos, arte y salvamento.

Mi vida transcurría en un mar de dudas, navegando en océanos de palabras malditas que me impidieron conocer el arte del buen amor. La maldición parecía haberse transmitido por línea materna: de mi abuela a mi madre y de ella a mí. Me preguntaba a diario si no habría alguna pócima que rompiera el hechizo, aquel mal de ojo que se sucedía en el tiempo, generación tras generación. El salvamento llegó el día que decidí subirme a aquel autobús que me llevaría a ninguna parte. Y nunca más volví a mirar atrás.  

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La despedida

Esta semana desde el Blog Escribe fino, en la convocatoria para ‘Viernes Creativo’, se nos invita a escribir sobre ‘la despedida’, inspirándonos en esta foto de Carole Bellaiche.
Fotografía de Carole Bellaiche

Ya sé que no te gustan las despedidas. Tampoco a mí me resulta fácil decirte adiós. Pero estoy convencido que será lo mejor para ambos. Continuar sólo representa una fuente de sufrimiento y de frustración. Y estoy cansado de esperar inútilmente.

Recuerdo la primera vez que te vi hace ya muchos años. Entonces tenías el pelo corto y la mirada inocente. ¡Éramos tan jóvenes! Sobre todo tú. Cuando me miraste encontré dolor dentro de ti. Luego supe que era verdad, que sufrías, que tu vida no era fácil y creí que era yo quien debía redimirte. Y sí, primero te salvé pero después te perdí.

Pasó el tiempo y vinieron muchas dificultades que afrontamos juntos hasta conseguir capear el temporal. Juntos logramos arrancar las malas hierbas de tu alma. Rescatar lo mejor de nosotros mismos para ofrecérnoslo y compartirlo. Yo tenía una fe ciega en ti y no supe ver lo que se avecinaba. Y tú te fuiste apartando poco a poco, te alejaste de mí sin que nada pudiera hacer para retenerte. Al final te dejé ir, aunque siempre pudiste contar conmigo y siempre estuve cerca cuando me necesitaste.

Pero ya no quiero estar. Es hora de caminar separados. De coger las riendas de tu vida y afrontar tu sola tu propia realidad. No me busques, no me llames, no me escribas. Ya no quiero saber de ti. Te lo digo porque es lo que grita mi corazón aunque sin acritud, sin rencor ni hosquedad.  

Espero que pienses en mí con la misma gratitud que yo lo hago. Te deseo una vida plena de momentos felices, de instante fugaces de alegría, de oportunidades y ocasiones que te proporcionen todo el bienestar que mereces…

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La entrevista

En ‘Relatos Jueveros’ desde el Blog ‘Neogéminis’ se nos invita a un nuevo reto: escribir una historia en la que la incomodidad forme parte del nudo del asunto.

Miki era tartamudo. Fuimos compañeros en el colegio y después en el instituto. Era un chaval estupendo pero su tartamudez me hacía sentir tremendamente incómoda. Recuerdo que lo pasaba muy mal cuando se atascaba. Me ponía nerviosa. Me aceleraba y tendía a completar sus frases. Era un chico inseguro y tímido, consciente de su dificultad para construir palabras y enlazarlas de corrido.

Pues bien, han pasado treinta años y Miki –Miguel Aguirre- es ahora un escritor reconocido, con algún que otro premio a sus espaldas. Escribe cuentos y relatos infantiles y el periódico me ha concedido el honor de entrevistarle.

Al principio, cuando me asignaron esta tarea, no sabía que era él. Pero recopilando información enseguida lo reconocí. Recordaba que se sentaba a mi lado en clase. Pero su continuo balbuceo se convirtió en una barrera insalvable para mí y me distancié.  

El caso es que tenía que volver a verlo. Peor aún. Tenía que entrevistarlo y no había manera de eludir aquel encuentro. Así que lo llamé por teléfono para quedar. Primero me presenté y luego le comenté que habíamos sido compañeros. Él contestó a todo con escuetos monosílabos o frases cortas. Y quedamos para el día siguiente en la cafetería del periódico.

A las 12.00 en punto un hombre alto y fornido me esperaba en la puerta. ¡Quién lo iba a decir! Aquel chico larguirucho, delgado y con espinillas en la cara, era un hombre atractivo, con un excelente aspecto. Intenté estar relajada y recordar que la tartamudez no estaba reñida con su brillantez como escritor.

Para mi sorpresa Miguel Aguirre, Miki, se expresaba apenas sin tropiezos. Me contó cómo fueron sus comienzos y lo terapéutico que había resultado escribir para niños, relacionarse con ellos. Su inocencia e ingenuidad le transmitieron seguridad y confianza. Me contó que toda la fluidez que le falta al hablar le sobraba al escribir. Que el silencio y la soledad de la adolescencia se convirtieron en espacios increíblemente creativos, pues gran parte de su obra la concibió en esa etapa.

La entrevista fue un éxito en lo profesional y todo un logro en lo personal. Recibí una gran lección de resiliencia y superación. Y aquella sensación de incomodidad que sentía ante su presencia se desvaneció para siempre.

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Donde hubo…

XXXVII EDICIÓN DEL CONCURSO DE MICRORRELATOS DE RADIO TV LAVAPIÉS. La última ganadora, Aurora Rapún , nos propone una temática muy sugerente y abierta a la imaginación: FUEGO.

De repente nada era como antes. Algunos gestos habían desaparecido entre nosotros, y aún sin saber bien lo que pasaba, sentía que ya no había complicidad y que su pasión se ahogaba a fuego lento. Que su mirada fogosa, que antes lanzaba llamas de pasión, ahora se tornaba recia, fría y distante. Que el fuego de sus ojos parecía haberse extinguido sin que ya nada se pudiera hacer. Que sus palabras carecían del mismo tono y de un único significado, que ya no eran sino un fuego amigo, unidireccional, autónomo, lejos de aquella reciprocidad esperanzadora y esperanzada. Y entonces lo comprendí: donde hubo fuego no siempre quedan rescoldos.

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La invitación

Desde el blog ‘Acervo de letras’ el Vadereto de este mes de marzo nos invita a imaginar una cita después de Recibir una carta escrita con una letra manuscrita preciosa,
¿quién escribe a mano hoy en día?
El texto es breve y claro:
El escribiente anónimo te invita a cenar al restaurante X

Encontré la invitación debajo de la puerta de entrada. Venía en un sobre de color azul, mi favorito. Dentro, escrito de puño y letra con una escritura firme y con personalidad, había una invitación a cenar en un conocido restaurante local, para el próximo sábado. La contraseña sería un libro y una flor. Yo debería ir vestida de negro y llevar “Mujercitas” y una rosa blanca. Él supuestamente llevaría “La Odisea” de Joyce y un lirio blanco. Aquellos libros tenían un especial significado para mí.  

Dudé sobre si aceptar o no ¿ quién podría ser tan atrevido anfitrión que me invitaba de manera anónima e incluso dejando instrucciones sobre el atuendo? Si me conocía ¿por qué no acercarse y hablar? A fin de cuentas nada mejor para conocer a alguien que el método tradicional: o sea una buena conversación en directo. Esa es la manera más segura para una primera toma de contacto. Mirar a los ojos, observar los gestos, la forma de hablar, los detalles. En fin, todas esas cosas que nos dan pistas sobre cómo puede ser un desconocido. Así que pensé que había alguna razón por la que no se atreviera a acercarse directamente a mí. Las casualidades no existen…

En fin que pasé varios días dándole vueltas al asunto y dudando sobre si aceptar la invitación. Pero la curiosidad me pudo.

Y cuando me levanté el día ‘d’, fui a la peluquería y a una floristería para comprar una rosa blanca. Preparé todo y lo puse encima de la cama. Sólo quedaba esperar unas horas que, dicho sea de paso, pasaron con cierta lentitud. Finalmente me vestí, cogí el libro y la rosa y salí de casa dispuesta a vivir la aventura.

Cuando llegué al restaurante miré por la ventana y comprobé que el salón era bastante pequeño y estaba vacío. Entré. De inmediato el metre me condujo a otro salón interior, a un reservado, dónde tampoco había nadie. Pedí un vermut y me dispuse a disfrutarlo sin quitar los ojos de la única puerta  del local.

Unos cinco minutos después entró una señora. Vestida de negro, con el mismo libro y la rosa blanca. Ocupó una segunda mesa. A continuación llegó otra, también de negro, con el libro y la rosa. Me pareció una burla, pero me quedé sentada, esperando a ver qué pasaba. Pasados un par de minutos entró otra, otra y otra más. Así hasta que en cuestión de diez minutos las mesas se llenaron de mujeres de negro, y sobre cada mesa, a la vista, un ejemplar de “Mujercitas” y una rosa blanca. Todas nos mirábamos con casa de sospecha. Hasta que de pronto el metre se colocó en el centro y dijo:

−Atención señoras. Con todas ustedes el anfitrión: el famoso fotógrafo Chema Madoz, quien con vuestro permiso os hará una fotografía para celebrar el centenario de la publicación de “Mujercitas” y optar al libro de los Guinness.  

La puerta se abrió y apareció un señor trajeado de negro con un ejemplar de “La odisea” de Joyce y un ramo de lirios blancos en las manos. Mientras nos entregaba uno a cada una, se disculpaba por la forma en la que nos había convocado y nos convenció de que consideráramos un honor posar para tal evento, explicándonos que nos había elegido personalmente a cada una. Tras él un equipo de fotógrafos se acercó dispuesto a inmortalizar el momento…

Al día siguiente la prensa, la radio y la TV se hicieron eco de semejante suceso y la foto lució en las portadas de las más prestigiosas revistas nacionales y extranjeras. La cita resultó, finalmente, inolvidable. 

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El homenaje

Desde el blog ‘elbicnaranja’, en la convocatoria de este ‘viernes creativo’ nos invita a escribir inspirándonos en la foto del famoso fotógrafo recientemente fallecido, ramon Masats.
Ramón Masats

No. No era el muro de las lamentaciones pero como si lo fuera. Porque a eso iban allí cuántos visitaban la zona, a lamentarse del pasado y avergonzarse de esta parte de nuestra historia. La gente se colocaba de pie, curioseaba las marcas del sacrificio humano, rezaba y se emocionaba.

En el pueblo se celebraba cada año el aniversario de los fusilamientos de aquel grupo de republicanos durante la Guerra Civil.. Los dos hermanos sacerdotes cuyo bisabuelo, al parecer, se había visto envuelto en algunas reyertas, presidían los actos junto al resto de familiares y amigos.  Según se ha venido contando desde entonces, los reos fueron conducidos hasta el paredón de noche. Primero los sacaron de sus casas y sin más explicaciones ni juicios, los condujeron a través de la finca hasta el muro y allí los acribillaron a tiros. Sus cuerpos aún reposan en una zanja delante de la tapia que todavía conserva algunos agujeros de balas.

El día del aniversario, todos pasan por aquel muro cargado de secretos. Las autoridades y restos de vecinos se paraban delante y depositaban en las rendijas del tiempo, entre los ladrillos, notas o cartas de recuerdo y afecto. Unos pidiendo perdón, otros prometiendo justicia, todos mostrando respeto.

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La pesadilla

Desde el Blog de Nuria, esta semana en Relatos Jueveros nos invitan a escribir sobre ‘el miedo’ en cualquiera de sus modos y formas.  

Cuando era pequeña veía una serie de TV en la que un hombre viajaba a través del tiempo. Entonces ya consideré que sería un viaje interesante y que si alguna vez se me presentaba la ocasión, viajaría a tiempos de la Revolución Francesa. Como comprenderán nunca se dio esa posibilidad, y de poder hacerlo, hoy por hoy no elegiría ese episodio de la historia.

El caso es que hace unos días estaba leyendo y me quedé dormida. De repente desperté entre una muchedumbre de gente miserable que gritaba ¡Liberté, égalité, fraternité! Comprobé que estaba en medio de una gran plaza en el centro de la cual habían montado un cadalso y sobre él una impresionante guillotina bajo la cual las cabezas rodaban sin cesar. Los reos gritaban desconsolados. Algunos eran arrastrados y obligados a poner la cabeza bajo la cuchilla que subía y bajaba sin cesar. Me arrepentí de no haber estudiado francés porque apenas entendía lo que gritaban.

Quise escabullirme, huir lejos de aquel gentío desaforado, histérico y sediento de sangre. Me abrí hueco entre gente maloliente y sudorosa hasta llegar a un callejón donde los carros de madera hacían cola con gente bien vestida dentro: «serán miembros de la nobleza» me dije. Y cuando estaba a punto de doblar la esquina y desaparecer de aquel escenario, dos soldados me cogieron y me arrastraron hasta uno de los carros. Yo gritaba que no era como ellos, pero no me entendían. Me empujaron y ataron las manos y me colocaron una especie de etiqueta en la muñeca. Soldados a caballo y con peluca nos custodiaron hasta que llegamos al patíbulo. Cerré los ojos porque no quería contemplar aquel espectáculo macabro. Llegó mi turno. Me cogieron por debajo de las axilas hasta poner mi cuello en un hueco de madera. No podía moverme. Pensaba que me despertaría en cualquier momento. Escuché como chirriaba la cuchilla mientras se elevaba poco a poco y de repente todo se volvió oscuridad. Me dolía la cabeza y comencé a gritar «no, no por favores esto un error».

Un instante después, mi padre me zarandeó y desperté. Cuando abrí los ojos tragué saliva y me llevé las manos al cuello. Entonces  vi la etiqueta que colgaba de mi muñeca con el dibujo de una guillotina… Y un sudor frio me recorrió el cuerpo…

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Resiliencia

Desde el blog de Ginebra el reto de este mes nos invita a escribir sobre la ‘motivación’. Todos sabemos “que si hay algo que debe permanecer en nosotros más allá de las distintas circunstancias de la vida es la motivación. Si la perdemos en cualquiera de sus formas o contextos que la requieran, caeremos en una dejadez de la que, sin darnos cuenta, seremos prisioneros sin apenas ver o sentir un atisbo de luz”.

Finalmente todo había terminado. Habían pasado siete meses durante los cuales la enfermedad lo había consumido hasta difuminar su aspecto. Para entonces ya no había otra solución y todos esperábamos que llegara la parca para acabar su trabajo. Después la vida se tiñó de un gris plomizo, y una luz procedente de los reflejos de una llovizna constante que duró mucho, lo envolvió todo.   

Al regresar, la casa parecía empañada, envuelta en un halo de tristeza, permeada por un dolor insondable que poco a poco fue dando paso a una rutina tediosa y monótona de la que no era capaz de salir: vacía de aromas sus `paredes destilaban sabores insípidos y colores neutros. La realidad se vistió monocroma y oscura. Como un gusano me encerré en el capullo pensando que podría quedarme allí para siempre.

Así pasaron muchos soles y lunas. Días, semanas, meses y años. Una vida enajenada, paralela, a la espera de que un salvavidas flotara cerca para asirme. Pero el mar estaba demasiado agitado y enfurecido. Hubo tormentas que provocaron enormes mareas y el mar bravo me mantenía casi engullida a merced de los vientos y las corrientes. Así estuve hasta que Neptuno y Poseidón se apiadaron y decidieron dejarme sobre una orilla seca y cálida donde respiré hondo y sobreviví.

Cuando desperté, cansada de luchar contracorriente, algo dentro me hizo sentir ligeramente aliviada y por primera vez consideré la opción de permanecer con vida entre los vivos y remontar la condición de muerta viviente. Así lo hice.  Entonces sentí que el sol me calentaba, que la lluvia me mojaba y que los días se sucedían entre amaneceres y atardeceres de ensueño: espectáculos de luz y de color dignos de ser contemplados. Y del capullo nació una hermosa mariposa.

Desde entonces y tras semejante catarsis, el mundo me parece menos cruel y más amable: es el milagro de la resiliencia

®lady_p

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