Una noche de verano

En ‘relatos jueveros’, este mes de agosto desde el blog ‘Neogeminis’ se nos invita a escribir un relato sobre ‘alguna vez alguien me contó…’

En verano nos dejaban a mis primos y a mí acostarnos tarde. El pueblo de mi abuela materna era pequeño y por aquel entonces, en agosto, la localidad sumaba una treintena de habitantes llegados desde la gran ciudad para descansar del mundanal ruido. Y una de las actividades favoritas entre los más jóvenes al caer la tarde, después de la cena, era reunirnos para contar historias.

Recuerdo que nos sentábamos unos junto a otros, todos apretados y hablando bajito, para contarnos leyendas y relatos de miedo, a cual más macabro, como la de aquella familia que enterró a su padre vivo. Al parecer, cuando abrieron el féretro para hacer un traslado de los restos a un panteón familiar, hallaron el interior de la tapa llena de arañazos lo que les hizo caer en la cuenta que a Rufino, tal vez, lo habían enterrado vivo. Cuando sus hijos vieron lo que había sucedido, vivieron atormentados ante la idea de haber podido salvar a su padre. Y el día del aniversario de su muerte, al volver del cementerio, ya oscureciendo, la hija afirmó haber visto el espectro de su padre vagando junto a las tumbas. Corrió la voz y desde entonces son muchas las personas que dicen haberlo visto de noche, siempre dentro del cementerio.

Tomás contó la historia con todo lujo de detalles, tal y cómo se la oyó contar a su padre que, a su vez, la oyó del suyo. Nada más acabar, mis primos y yo dijimos que era mentira. Así que para comprobarlo, nos citamos a la noche siguiente en el cementerio, a sabiendas que Rufino podía estar o no, porque no siempre se aparecía.

A la hora convenida todos estábamos en la puerta del camposanto. Nos acercamos a la verja que, como era natural, estaba cerrada. Tomás, el más mayor, se encaramó y saltó. El resto lo seguimos. Y una vez dentro, nos dirigimos a la tumba de Rufino y nos sentamos a esperar, en silencio.

Pasaron casi dos horas y no se detectó movimiento alguno. Nosotros comentamos que eran unos mentirosos y que aquella historia no era más que una trola. Íbamos hablando y discutiendo mientras caminábamos entre las tumbas buscando la salida. Entonces, justo frente a nosotros, apareció una especie de sombra y todos, asustados, salimos corriendo hasta que la silueta dijo: «Quietos ahí muchachos, no tengáis miedo, soy Anselmo, el sepulturero. Qué pasa ¿ya habéis vuelto a contar lo de Rufino?».

Verdad o mentira, nosotros nunca más intentamos comprobarlo. Lo cierto es que aquella historia siguió circulando de generación en generación entre los vecinos del pueblo .

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‘Cerrado por defunción’

Esta semana en ‘Relatos Jueveros’, el blog ‘El vici solitari’ nos invita a escribir una historia  que suceda en  una tienda y en la que intervengan una viuda y su hija adolescente, un cazador (sin arma), un ciclista y un tendero. Al final todos deben morir por diferentes causas.

Tras más de veinte años de actividad, ‘Ultramarinos Merino’ anunciaba su cierre. Con este motivo y para deshacerse del stock, había rebajado todos sus productos. Por eso, en la calle, una enorme cola se prolongaba a lo largo de la acera e incluso doblaba la esquina. Aquella fila, semejante a una hilera de hormigas, estaba preparada con carritos y bolsas, dispuestos a arrasar con todo.

Unos días antes del cierre apenas quedaban conservas, algo de fiambre y jamones, poca cosa o eso pensaron los últimos en entrar: una señora viuda, conocida en el barrio, con su hija adolescente; un señor con traje de cazador y un ciclista que se había apartado del pelotón para comprar un bocata.

El tendero les explicó que apenas quedaban productos porque los vecinos casi habían agotado las existencias, pero que como quería cerrar lo antes posible, les vendía los jamones a un precio risorio. Eso sí, tendrían que repartirse todo lo demás. Mientras, para aliviar la espera, les ofreció un plato para que lo probasen. El tendero, cuchillo jamonero en mano, preparó un generoso plato que todos comenzaron a degustar al tiempo que repartía el resto de productos en lotes.

Pero apenas comido el último bocado la niña comenzó a vomitar sangre, no podía respirar. A continuación el cazador comentó que sentía mareos y dolor de cabeza. El ciclista directamente se desmayó y a la viuda le salió un sarpullido por todo el cuerpo. El tendero cerró inmediatamente la puerta para que no entrara nadie más. Entonces la viuda le comentó que si el jamón estaba caducado porque era mucha casualidad que los cinco estuvieran indispuestos. El tendero miró el envoltorio, comprobó que el producto era fresco e incluso comió los trocitos que quedaban para dar fe de su palabra.

A continuación se produjo un fuerte ruido en la trastienda. La viuda y el tendero se asomaron enseguida y vieron a un chaval que intentaba sortear grandes cajas para escapar por la puerta trasera. El tendero, un hombretón de cerca de dos metros, lo detuvo agarrándole por la camiseta y lo sentó sobre una de las cajas. Y así, enfadado y con cara de pocos amigos, llamó a la policía y después interrogó al joven, preguntándole qué hacía allí. El muchacho temblaba de miedo y cuando el tendero levantó el puño para pegarle, se vino abajo y confesó que todo había sido idea del dueño del supermercado, que envidioso por las ventas de los últimos días, le había pagado para envenenar inyectando arsénico en los productos que quedaban, así le culparían e iría a la cárcel. Y entretanto escuchaban la confesión, la viuda primero sintió náuseas, luego un sudor frío le recorrió el cuerpo hasta que se desplomó.

Ante semejante panorama y con el sonido de las sirenas de la policía de fondo, el tendero llamó a urgencias para avisar de lo sucedido. Les comentó los síntomas y les suplicó que fuesen a toda velocidad.

Los agentes recién llegados informaron de la grave situación e insistieron al hospital que ya había enviado al equipo médico que se retrasada porque había ocurrido un accidente, pues era 25 de julio y mucha gente se desplazaba a la playa para ver la marea de Santiago, por eso la carretera estaba colapsada y cuando llegaron los sanitarios era ya demasiado tarde. Los cadáveres yacían repartidos por el suelo: la niña que era alérgica tuvo un shock anafiláctico. El cazador, de más más edad, padeció una fuerte subida de tensión. El ciclista sufrió una extraña reacción alérgica a consecuencia de la intoxicación. Y la viuda, que padecía del corazón, tuvo un paro cardíaco. Finalmente, el tendero, que se sentía responsable de todo lo sucedido y temía que el peso de la justicia cayera sobre él, sufrió un ictus que le paralizó medio cuerpo y al no ser atendido a tiempo, también falleció…

Al día siguiente el caso ocupaba las primeras páginas de los periódicos y era la comidilla del barrio. El dueño del supermercado fue arrestado y enviado a prisión y ‘Ultramarinos Merino’ clausuraba sus puertas colgando en el escaparate un cártel que decía: ‘cerrado por defunción’.

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Quién bien empieza…

Este jueves desde el Blog ‘La trastienda del pecado’ Mag nos invita a escribir un relato utilizando algunas locuciones a elegir entre las propuestas.

Julián Preset gozaba de una fama y reputación intachables, a lo que sumaba que la suerte siempre estaba de su parte. Por eso consideró que era una fuente inagotable que jamás llegaría a su fin. Y a punto estuvo fe perderla aquella noche que entró en un casino por primera vez después de una cena con socios y amigos. Lo hizo dejándose llevar, para divertirse y fardar de que perder dinero no le importaba ni le hacía meya. Tener ‘pasta’ era una condición sine que non en su vida y una razón para no dormirse en los laureles y trabajar a destajo para ganarlo. Pero aquel día, cuando se sentó frente a la ruleta, algo diabólico se apoderó de él. Sintió cómo la adrenalina le subía y mil sensaciones extraordinarias lo inundaban. Se supo ganador, ni más ni menos, y se lamentó de no haberlo descubierto antes.

Y mirando la ruleta girar y girar, después de haber perdido varias apuestas, medio bebido y atontado por el soniquete de la bola dando vueltas, sobrevolando cada número, Julián soñó despierto con una especie de genio surgido del cuerpo del crupier que se plantó a su lado y comenzó a hablarle al oído: «Seguramente ganarás esta partida. Hay mucho dinero en juego pero querrás ganar más y más». El geniecillo hablaba con seguridad y conocimiento de causa, con experiencia y le fue relatando casos y ejemplos varios de personas que tentaban la suerte dejándose llevar por la ambición y lo perdían todo, absolutamente todo. Luego apareció una especie de pantalla donde pudo verse a sí mismo vagando por las calles con otros mendigos, durmiendo en portales abandonados. Finalmente el holograma le mostró su imagen saliendo triunfador del casino con un fajo de billetes en las manos: «Este eres tú si abandonas el juego después de esta partida».

Apenas un instante después volvió a la realidad. La bola se detuvo sobre su apuesta y una torre de fichas amarillas se deslizó sobre el tapete hasta acabar delante de sus narices. Y entonces fiat lux. Julián recordó con absoluta nitidez la visión que había tenido y cuando el crupier preguntó en alto: «¿alguna apuesta más?» él se levantó de la mesa añadiendo: «gracias estoy servido».

Y aunque los amigos le animaban a continuar, soplándole al oído que no lo dejara, que estaba en racha, él les contestó convencido: «la avaricia rompe el saco». Y se marchó satisfecho y con los bolsillos llenos.

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El anticuario

Esta semana en ‘Relatos Jueveros’ en Blog ‘La Trastienda del Pecado’ nos invita a escribir una historia alrededor de una objeto: ‘el espejo’.

Amanda estudiaba historia del arte en la universidad. Cada día, camino de la facultad, en lugar de cruzar el parque, callejeaba por avenidas y plazas sólo por el placer de deambular por la ciudad. Sin duda era una chica de asfalto, urbanita, a quien gustaba detenerse ante la librería o el anticuario que le cogían de paso. Y aquella mañana, en principio tan monótona como otra cualquiera, a Amanda le esperaba la gran aventura de su vida.

Todo comenzó cuando se paró ante la tienda de antigüedades y su vista se detuvo en un bonito espejo. Amanda contempló la moldura. Tenía incisiones. Las esquitas achaflanadas y un angelito tallado en cada una de ellas. Entró en tienda. Había un señor mayor, vestido con traje y pajarita, que limpiaba el polvo a unas figuras de porcelana con un plumero: «¿Puedo mirar?» preguntó. «¡Por supuesto!», contestó el dueño.

Amanda se colocó delante y lo observó detenidamente. Luego se miró en él comprobando con asombro que la imagen que reflejaba era el interior de una habitación que parecía tremendamente real, y dejándose llevar, estiró la mano para tocarla y en un instante el espejo la engulló. Una vez dentro Amanda comprobó que había otras muchas chicas jóvenes que llevaban años allí encerradas. Todas gritaban pidiendo ayuda y auxilio… Desde allí Amanda podía ver al anticuario deambulando por la tienda. Gritó y gritó hasta que el viejo se volvió, la miró sonriendo y limpió el cristal hasta dejarlo como una patena.

Pasaron días, meses, sin que nadie supiera nada más de ella. Los padres y amigos asumieron que habría desaparecido para siempre.

Al cabo del tiempo el anticuario llevó el espejo a casa de Marta explicándole que Amanda lo había comprado hacía tiempo y dejado aquella dirección. Marta lo recogió y lo colocó en su dormitorio.

A la mañana siguiente se miró en él y de repente observó que un rostro que no era el suyo la miraba desde el otro lado. Se acercó lo más que pudo, comprobando que era la cara de Amanda. Marta pegó las manos al espejo al tiempo que daba golpes y gritaba «¡Amanda1 ¡Amanda!» Y al instante el cristal la succionó…

Finalmente el espejo acabó arrinconado en un trastero de la casa de los padres de Marta, quienes después de un tiempo, apenados por la desaparición de su hija, se marcharon a otra ciudad y nunca más regresaron…O al menos eso es lo se cuenta…

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La biblioteca

En ‘Relatos Jueveros’ desde el Blog ‘Neogéminis’ se nos invita a un nuevo reto: escribir una historia en la que los libros cobren protagonismo.

El cura Sanjuan era párroco de una feligresía de un pequeño pueblo. El salario y las limosnas de los cepillos apenas le daban para vivir, tal y como se percibía nada más verle con una raída sotana que mostraba una escasa botonadura y varios remiendos. Aquel joven sacerdote tenía muchas virtudes y entre sus aficiones se contaba la ser un lector empedernido, heredero de una prolífera aunque modesta biblioteca fruto de sucesivos legados de las familias más ricas del pueblo, quienes conociendo su afición, en lugar de dinero le donaron algunas obras que atesoraba con celo.

Se cuenta que allá por el año treinta y seis de la pasada centuria, cuando los españoles se vieron divididos y enfrentados en una guerra que duraría tres años, de la noche a la mañana y sin saber cómo ni por qué, el pueblo, que se encontraba situado en el bando republicano, se vio enfrentado a una localidad vecina del bando contrario.

El párroco pobre, aunque intelectual y versado, comprendió al instante la gravedad de los hechos y cayó en la cuenta del peligro de que corría su librería, pues los fascistas tenían fama de hacer una pira e incendiar los libros tal y como tiempo atrás hiciera la Santa Inquisición, institución que estableció la censura y quema de aquellos libros considerados heréticos. Así que para salvarlos urdió un plan: los envolvería en papel y tela, los metería dentro los sacos de las barricadas, los rellenaría de arena y los apilaría. Con suerte podría conservarlos hasta el final de la guerra.  

Y así fue. Cuando entraron los nacionalistas arrasaron con todo pero los libros permanecieron escondidos en las entrañas de aquellas montañas de sacos apostados en la carretera de entrada y salida del pueblo. Y una vez firmada la paz el cura Sanjuan dijo una misa en señal de gratitud tras haber salvado no ya vida sino su tesoro más preciado: la biblioteca.  

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El sueño

Desde el blog “La trastienda del pecado”, en la convocatoria de ‘relatos jueveros, se nos invita a escribir un relato que tenga como telón de fondo algún fenómeno atmosférico: tormenta eléctrica, nieve. granizo, vendaval, ciclón, arcoíris…

Recuerdo que aquella noche nos habíamos acostado a la hora siempre. Mi hermano y yo nos quedábamos charlando un rato de una cama a otra mientras mis padres recogían el salón. Yo les veía deambular por el pasillo hasta que me dormía. De repente un estruendo me despertó. Escuché silbidos a través de las ventanas al tiempo que los rayos iluminaban la habitación y la lluvia golpeaban fuertemente los cristales. Cuando abrí los ojos las luces de casa estaban encendidas y todos levantados. Les escuchaba susurrar. Habían ido al balcón del salón y luchaban contra dos grandes persianas que colgaban inclinadas sobre la barandilla, intentando recogerlas y atarlas para que no se movieran. Entonces observé que a una de ella le faltaba la mitad que había caído a la calle y era arrastrada por el agua y viento.

Mi hermano se puso algo de ropa y un impermeable y bajó las escaleras dispuesto a capturar el trozo de persiana. Desde arriba le veíamos luchar contra ‘Eolo’. Casi no podía andar y avanzaba y retrocedía luchando contra la lluvia y aquel fuerte viento de levante que soplaba a rachas hacía ambos lados. De vez en cuando algunos rayos se dibujaban en un cielo oscuro y negro como boca de lobo. Poco a poco llegó hasta la persiana que se había detenido contra el borde de la acera. La enrolló, la cargó y la subió a casa mientras mantenía un nuevo combate contra los céfiros responsables de aquel vendaval.

Mis padres y yo lo recibimos como a un héroe. Y después de asegurar el resto de las ventanas, mi madre preparó chocolate para templarnos. Luego nos volvimos a la cama, aunque el viento seguía soplando, no tenía sentido pasar la noche en pie.

Cuando desperté, la cama de mi hermano ya estaba vacía y el día parecía calmo. Me levanté y les vi desayunando como si nada hubiera pasado: «Y la persiana ¿ya la habéis arreglado?». Todos me miraron con gesto de extrañeza: «¿Persiana? ¿Arreglado? ¿Qué has soñado esta vez…?».

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El rodaje

En ‘Relatos jueveros’, desde el Blog de Marcos, esta semana se nos invita a un nuevo reto: escribir sobre una experiencia de cine.

Desde hacía meses no se hablaba de otra cosa. Al parecer iban a rodar algunas escenas de una película en los alrededores del pueblo. Por eso aquel día, nada más regresar de mi viaje, ya habían llegado las furgonetas, camiones y caravanas que habían aparcado en torno a la plaza del Ayuntamiento. 

La cafetería de Mauro no daba abasto sirviendo cafés y tostadas, cosa entendible por ser la única del pueblo. Cuando entré, aunque quise acomodarme en mi sitio habitual, tuve que abrirme hueco en una esquina porque el local es pequeño y no cabía un alfiler.

Un señor con un pañuelo al cuello y sombrero –el director de la película según decían- habló con Mauro y acordó pagarle todas las consumiciones –incluido los desayunos, almuerzos y cenas- al final de la semana, cuando se fueran. Mauro sonreía satisfecho. Aquella semana le produciría más ingresos que los recaudados durante todo el año.

Nada más salir, observé que todo se había transformado. Junto a la farmacia, se había colocado una mesa en la que reclutaban extras y figurantes. Dos chicas jóvenes echaban un vistazo al personal y enseguida le adjudicaban un papel. Una larga cola serpenteaba bajo los soportales pues la película, de carácter futurista, necesitaba de todos y cada uno de los habitantes del lugar.

Las Casas Consistoriales se habían convertido en vestuario. En ellas entraban uno a uno para salir transformados en monstruos, soldados, androides o en algún extraño ser extraterrestre. A continuación pasaban a otra sala en la que se maquillaban y salían irreconocibles. De esa guisa deambulaban por el pueblo. Nadie se reconocía y de cuando en cuando, antes de saludar, se preguntaban: «Y tú, ¿Quién eres?».

Como yo acababa de llegar y no quedaba un papel para mí, decidieron que hiciera de ‘hombre del pasado’, por eso aparecí con mi propia ropa -apenas un minuto- en una escena en la que el protagonista evocaba mentalmente a los seres de otros tiempos.

Y así anduvimos aquella semana: de la ceca a la meca, de aquí para allá, todos disfrazados, todos como extraños seres de una lejana galaxia aunque sin movernos un ápice del pueblo…  

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Rivales

En ‘Relatos jueveros’ desde el Blog de Mag ‘La Trastienda del Pecado’ se nos invita a un nuevo reto: escribir una historia sobre un ‘binomio fantástico’: Huevo/Castaña; Agua/Reloj de arena; Espejo/Viento; Libro/Gato; Estrella/Laberinto; Niebla/Escalera…

Escuchó caer los granos en el plato y saltó del asiento raudo y veloz. Comió despacio, relamiéndose. Tras la comida retornó a la butaca comprobando con asombro que su amo se había sentado y leía plácidamente. Ronroneó a sus pies, llamando su atención, rozando el rabo contra las piernas con la idea de hacerse notar. El amo bajó la mano y lo acarició. Pero el gato no dejaba de maullar y viendo que no se levantaba se atusó los bigotes y de un zarpazo volcó el agua del bebedero en señal de protesta. El hombre, que oyó el ruido, se incorporó paciente, apoyó el libro sobre la mesita y se dispuso a recoger el agua del suelo. Mientras, aprovechó el gato, saltó sobre el butacón y cogió el libro. Cuando regresó su dueño de reparar la trastada, lo encontró panza arriba, leyendo tranquilo y satisfecho: «Quien fue a Sevilla…»

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La entrevista

En ‘Relatos Jueveros’ desde el Blog ‘Neogéminis’ se nos invita a un nuevo reto: escribir una historia en la que la incomodidad forme parte del nudo del asunto.

Miki era tartamudo. Fuimos compañeros en el colegio y después en el instituto. Era un chaval estupendo pero su tartamudez me hacía sentir tremendamente incómoda. Recuerdo que lo pasaba muy mal cuando se atascaba. Me ponía nerviosa. Me aceleraba y tendía a completar sus frases. Era un chico inseguro y tímido, consciente de su dificultad para construir palabras y enlazarlas de corrido.

Pues bien, han pasado treinta años y Miki –Miguel Aguirre- es ahora un escritor reconocido, con algún que otro premio a sus espaldas. Escribe cuentos y relatos infantiles y el periódico me ha concedido el honor de entrevistarle.

Al principio, cuando me asignaron esta tarea, no sabía que era él. Pero recopilando información enseguida lo reconocí. Recordaba que se sentaba a mi lado en clase. Pero su continuo balbuceo se convirtió en una barrera insalvable para mí y me distancié.  

El caso es que tenía que volver a verlo. Peor aún. Tenía que entrevistarlo y no había manera de eludir aquel encuentro. Así que lo llamé por teléfono para quedar. Primero me presenté y luego le comenté que habíamos sido compañeros. Él contestó a todo con escuetos monosílabos o frases cortas. Y quedamos para el día siguiente en la cafetería del periódico.

A las 12.00 en punto un hombre alto y fornido me esperaba en la puerta. ¡Quién lo iba a decir! Aquel chico larguirucho, delgado y con espinillas en la cara, era un hombre atractivo, con un excelente aspecto. Intenté estar relajada y recordar que la tartamudez no estaba reñida con su brillantez como escritor.

Para mi sorpresa Miguel Aguirre, Miki, se expresaba apenas sin tropiezos. Me contó cómo fueron sus comienzos y lo terapéutico que había resultado escribir para niños, relacionarse con ellos. Su inocencia e ingenuidad le transmitieron seguridad y confianza. Me contó que toda la fluidez que le falta al hablar le sobraba al escribir. Que el silencio y la soledad de la adolescencia se convirtieron en espacios increíblemente creativos, pues gran parte de su obra la concibió en esa etapa.

La entrevista fue un éxito en lo profesional y todo un logro en lo personal. Recibí una gran lección de resiliencia y superación. Y aquella sensación de incomodidad que sentía ante su presencia se desvaneció para siempre.

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La pesadilla

Desde el Blog de Nuria, esta semana en Relatos Jueveros nos invitan a escribir sobre ‘el miedo’ en cualquiera de sus modos y formas.  

Cuando era pequeña veía una serie de TV en la que un hombre viajaba a través del tiempo. Entonces ya consideré que sería un viaje interesante y que si alguna vez se me presentaba la ocasión, viajaría a tiempos de la Revolución Francesa. Como comprenderán nunca se dio esa posibilidad, y de poder hacerlo, hoy por hoy no elegiría ese episodio de la historia.

El caso es que hace unos días estaba leyendo y me quedé dormida. De repente desperté entre una muchedumbre de gente miserable que gritaba ¡Liberté, égalité, fraternité! Comprobé que estaba en medio de una gran plaza en el centro de la cual habían montado un cadalso y sobre él una impresionante guillotina bajo la cual las cabezas rodaban sin cesar. Los reos gritaban desconsolados. Algunos eran arrastrados y obligados a poner la cabeza bajo la cuchilla que subía y bajaba sin cesar. Me arrepentí de no haber estudiado francés porque apenas entendía lo que gritaban.

Quise escabullirme, huir lejos de aquel gentío desaforado, histérico y sediento de sangre. Me abrí hueco entre gente maloliente y sudorosa hasta llegar a un callejón donde los carros de madera hacían cola con gente bien vestida dentro: «serán miembros de la nobleza» me dije. Y cuando estaba a punto de doblar la esquina y desaparecer de aquel escenario, dos soldados me cogieron y me arrastraron hasta uno de los carros. Yo gritaba que no era como ellos, pero no me entendían. Me empujaron y ataron las manos y me colocaron una especie de etiqueta en la muñeca. Soldados a caballo y con peluca nos custodiaron hasta que llegamos al patíbulo. Cerré los ojos porque no quería contemplar aquel espectáculo macabro. Llegó mi turno. Me cogieron por debajo de las axilas hasta poner mi cuello en un hueco de madera. No podía moverme. Pensaba que me despertaría en cualquier momento. Escuché como chirriaba la cuchilla mientras se elevaba poco a poco y de repente todo se volvió oscuridad. Me dolía la cabeza y comencé a gritar «no, no por favores esto un error».

Un instante después, mi padre me zarandeó y desperté. Cuando abrí los ojos tragué saliva y me llevé las manos al cuello. Entonces  vi la etiqueta que colgaba de mi muñeca con el dibujo de una guillotina… Y un sudor frio me recorrió el cuerpo…

®lady_p  

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