Desde Macondo…

Imagen: Internet

El desayuno es mi comida favorita. Hay quienes se conforman con un café, pero yo necesito algo más: unas buenas tostadas, una de pan de centeno, cereales o integral y otra de pan blanco; zumo o alguna pieza de fruta y una buena taza de café con leche. La preparación requiere una liturgia diferente al resto de las comidas, de manera que tanto el café como el pan estén calientes y en su punto. Luego coloco todo sobre una bandeja, con una servilleta de tela -intentando velar por los árboles del Amazonas- y me dispongo a disfrutar del pequeño festín… Tanto en verano como en invierno, si el tiempo lo permite, me gusta sentarme al aire libre. Por estas fechas el canto de los pájaros me acompaña. Todo un placer para los sentidos. Y después de este ritual ya estoy preparada para afrontar el día…

Alguna que otra vez se me ha ocurrido grabar con el móvil estos trinos matutinos para enviárselos a mi hija y hacerle llegar algunos sonidos que le recuerden a casa… Las mujeres -y también algunos hombres aunque menos- custodiamos y transmitimos la memoria familiar, por eso, desde hace tiempo, desvelo poco a poco, los ‘secretos culinarios’, las recetas caseras de algunos guisos y los remedios naturales de algunos males que, según tengo entendido, mi abuela ya practicaba. Recuerdo aquel día, cuando le curé a mi hija pequeña un corte en el dedo con la membrana fina de la cáscara de un huevo. ¡Alucinó!. Le expliqué que debía aplicar la cara jugosa sobre la piel para que después, al secarse, hiciera presión y cortara la hemorragia. Le comenté cómo las plaquetas de apelotonarían en torno a la herida, formando una barrera e impidiendo que la sangre fluyera. Finalmente le comenté que una vez seca la membrana, convenía meter el dedo en agua tibia y limpiarla de nuevo con algún desinfectante. Luego le conté como mi madre salvó a mi primo de unos puntos de sutura en una ceja con este método ancestral pero seguro.

Estos y otros relatos se los entrego a mis hijos como parte del legado familiar para que dispongan de esa porción de la herencia, que por su esencia emocional e inmaterial, constituye el más valioso cuerpo de bienes que se pueda traspasar… Ellos no quieren olvidar ni yo quiero que olviden…

No sé por qué me acordé del libro de García Márquez, Cien años de soledad. Recordé esa magnífica hipérbole llevada al extremo por el escritor colombiano, recreando hasta sus últimas consecuencias la ficción de Macondo con mapa incluido…Y pensé en aquel capítulo en el que José Arcadio Buendía explicaba a los vecinos las consecuencias de la epidemia -también llamada ‘peste del olvido’- y la fórmula que Aureliano, su hijo, encontró para combatirla etiquetando cada cosa con su nombre…

Yo creo que Macondo puede servir de metáfora que ayude a comprender la importancia de la memoria y el miedo al olvido. Todos queremos conservar esos territorios comunes donde reside nuestro pasado familiar. Un hilo de memoria por el que circulan los recuerdos, nos atraviesa y nos une. Y por eso cuando nos reunimos en mi casa nos contamos las viejas historias, las de nuestros mayores y las nuestras, todas las que acumuladas con el paso del tiempo. Porque nosotros, todos en realidad, como los habitantes de Macondo, nos negamos al olvido…

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Dos okupas y un destino…

Después de una larga jornada de trabajo, volví a casa. Al llegar observé que en mi sitio habitual estaba aparcado un viejo Ford familiar, lleno de enseres hasta los topes. Aparqué donde pude. Me bajé. Metí la llave en la cerradura de la puerta y la abrí…Y allí estaban ellos: una extraña pareja de jubilados haciendo una barbacoa en mi jardín…

Paralizada, temblorosa y asustada, no daba crédito. La señora, parada en la entrada de la cocina, se adelantó y dijo amable mientras miraba a un señor que atizaba el fuego:

−Wen, por favor, haz las presentaciones, ¿no ves lo asustada que está?

Él le devolvió la mirada, se acercó y me tendió la mano:

−Hola, somos Wen, de Wenceslao, y Úrsula.

−Los okupas –interrumpí en tono sarcástico.

−Pero explícale Wen, explícale –insistía su mujer.

Él parecía dudar. Miró a su mujer, luego a mí, y finalmente, dijo:

−Creo que mejor te lo contamos mientras comemos. Como ves todo está preparado y la carne a punto. Ven, siéntate con nosotros. Estás en tu casa…

−Ya…¡Es que es mi casa! –Afirmé rotunda y seca.

Nos sentamos. Me llamó la atención que supieran dónde estaba todo: vajilla, cristalería, cubiertos, servilletas…¡Incluso el vino! Y hasta Cara, mi galga, había hecho buenas migas con ellos y ya se había colocado junto a él, a ver si conseguía un trocito de carne…

Wen, manitas de profesión, y Úrsula, costurera experimentada en arreglos, se habían jubilado a los 75 años. Vendieron su piso y se marcharon de su ciudad a la aventura. El plan era recorrer el país mientras tuvieran dinero, y a la vuelta, ingresar en una residencia de mayores. Pero les robaron, enfermaron y se refugiaron en la primera casa vacía que encontraron. Días después, sorprendidos por la dueña, le explicaron su mala suerte y la persuadieron para quedarse ofreciendo sus servicios para compensar los gastos.  

Todo acabó tan bien que convirtieron la casualidad en estrategia. Y así fue como llegaron a mi ciudad, a mi urbanización y a mi casa.

Aquella pareja de ancianos, tan excéntrica como encantadora, me sedujo hasta convencerme…Y se quedaron, colaboraron y se marcharon…

Toda una experiencia…

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La librería

Historia de la mujer semilla

Entré en la librería. No busco nada en particular. Solo miro. Toco los libros, los abro, los huelo. Luego observo la portada y la contraportada. Es un ritual que repito una y otra vez, cuando me encuentro en este sancta sanctorum, el templo sagrado de los libros. Y de repente miro hacia la parte baja de una estantería y compruebo que asoma el delgado lomo de un pequeño libro, que a primera vista parece un cuento, por el dibujo de su portada, titulado: Historia de la mujer semilla. Su autora, una joven ceutí, Gloria Lizano López, que estudió Bellas Artes en Sevilla, además de escribir el texto ha realizado las ilustraciones.

‘Una imagen vale más que mil palabras’, este fue lo primero que me vino a la cabeza tras ojearlo. Apenas veinticinco páginas, ocupadas al cien por cien por hermosos y originales dibujos, que tienen como protagonista a la mujer encarnando el mito de la fertilidad. Sobre cada uno de ellos, dos o tres líneas de texto, con un estilo sencillo y expresivo, que habla de mujeres recolectoras que compartían lo aprendido, mujeres rodadoras que se transforman a placer, mujeres que aprenden el significado de sí mismas, cuya capacidad de cambio les otorga el poder y control sobre ellas mismas. Unas pocas palabras bastan para expresar el continuo renacimiento de la vida. La semilla es la metáfora que sirve de hilo conductor y narra el poder femenino de la reproducción. Una historia que reivindica la necesidad de cambio, el renacer en las diferentes etapas de la vida en las que morimos para después renacer.

En la contraportada leo: «Érase una vez un libro que todos los hijos deberían leer a sus madres al menos una vez en la vida».  

Y pienso que tal vez yo habría añadido: absténganse de leer este libro quienes no sean capaces de mirar en su interior, ni llegar más allá de la literalidad de las palabras…

Al final lo compré, lo leí tomándome un café y reglón seguido lo regalé…Este es un libro que debía itinerar de una mujer a otra…

Jana

Lo que sucedió aquella noche fue un mal presagio. Como siempre Jana me seguía hasta el dormitorio. Mientras yo deshacía la cama y me ponía el pijama, ella me perseguía hasta que finalmente, ocupaba su sitio para disponerse a dormir. Hacía tiempo que subía las escaleras con dificultad y lentitud, pero aquel día la escuché llorar. Así que la cargué en brazos, la bajé, la acosté en su cojín junto al sofá y me eché a su lado, dispuesta a pasar juntas la noche en el salón.

A la mañana siguiente la llevé a la veterinaria. El diagnóstico no era otro que vejez. Jana había superado la media de vida de su raza en dos o tres años. Tenía 17, era una abuela centenaria y no existe tratamiento alguno para combatir este mal universal. Así que me aconsejó ‘dormirla para que no sufriera’. Lo acepté y acordamos que la llevaría por la tarde.

La acomodé en el coche y fuimos directas al refugio donde la adopté. Todos la trataron con cariño, le dieron chucherías y toda clase de mimos. Se despidieron. Luego volvimos a  casa. Le hice su comida favorita: albóndigas. Apenas las probó. Me quedé con ella un rato, en silencio, a solas. Preparé una bolsa con todos sus juguetes, trajes y enseres. La envolví en su mantita rosa de corazones y nos marchamos. Jana se durmió con su para entre mis manos…

Cuando llegué a casa, una sensación de vacío y tristeza se apoderó de mí…

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P.D. Este texto responde a una invitación realizada desde el blog ‘El Tintero de Oro’, a fin de participar en un encuentro dedicado al microrrelatos que giren en torno a las emociones. Gracias por esta iniciativa.

Cosplay…

Como cada mañana Pere se dirigió en metro hacia Las Ramblas. Primero iría a casa de su amigo en el Raval, que compartía piso junto con otros cuatro compañeros. Guillem le guardaba la ropa y el maquillaje. Ambos trabajaban en la calle, junto a otros actores, cosplayer y mimos. Pere no aguantaba quieto tanto tiempo, por eso se disfrazaba de algún personaje y paseaban de un lado a otro saludando: practicaba cosplay.

Cuando llegaba a casa de su amigo se tomaba un café. Luego encendía un cigarrillo, y mientras fumaba, se sentaba frente al espejo, desplegaba la caja de pinturas y se maquillaba. Primero extendía una capa de crema hidratante que le servía de base, sobre la cual comenzaba a cubrir la cara de un tono pálido, algo más intenso que el color carne. A continuación delineaba unas cejas negras arqueadas, se pintaba los labios de rojo y dos pequeños chapetones rosados a ambos lados, uno en cada pómulo. Después se engominaba el pelo que peinaba hacia atrás. Y finalmente se enfundaba un traje con colores brillantes, chillones, rematado por unos bordes negros, verdes y rojos, y cubría las manos con guantes blancos.

Aquel ritual duraba algo más de una hora. Guillem se impacientaba, pero él parecía no tener prisa, por el contrario, era tan lento como meticuloso, disfrutaba de aquel proceso que le permitía transformarse, cambiar su identidad. Y desde el mismísimo momento que aquel tratamiento concluía, Pere no comía, ni fumaba. Apenas bebía pequeños sorbos de agua si no aguantaba, para no estropear el maquillaje.

Después los dos amigos caminaban hacia Las Ramblas, donde cada uno tenía su lugar reservado. Ellos lo tenían justo enfrente del mercado, junto a uno de los kioscos atiborrados de recuerdos Guillem posaba cerca de cerca de Paul, un chico francés recién llegado.

Pere no necesitaba un sitio fijo. No podía ser mimo porque no aguantaba quieto. Caminaba, se acercaba a la gente y saludaba. Por eso había aprendido a hacerlo de diferentes maneras: inclinando medio cuerpo hacia adelante como los actores; juntando ambas manos con una breve inclinación como en Japón; levantando una mano; estrechando las manos de quienes pasaban, mientras golpeaba levemente la espalda con la otra; levantando el sombrero cuando lo llevaba o acercando los labios al dorso de las manos que las féminas de variadas etnias, confesiones y países, le ofrecían, simulando un beso y una leve inclinación de cabeza…

Al cabo de unos años, le enseñó a su amigo su propio balance, concluyendo que habría realizado unos 330.000 saludos en sus diferentes modalidades y habría simulado unos 264.000 besos simulados en las manos de chicas, jóvenes, de mediana edad y mayores…

Guillem se quedó asombrado y le preguntó:

−¿Cómo has podido hacer semejante cálculo?−Preguntó extrañado.

−Fácil –contestó Pere−.Llevo siempre un contador de mano en el bolsillo…

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La subasta

La pesadilla comenzó de nuevo, tras aquella inesperada llamada.

Aquella mañana me había levantado temprano para asistir a la puja. El mundo de las antigüedades es muy competitivo y conviene tener amigos para poder hacerse hueco en ese difícil mercado. Así que había planeado llegar pronto para saludar y conversar con los potenciales clientes antes que acto comenzara.

Me vestí. Paré donde siempre a tomar un café. Esta vez me atendió un chico joven al que veía por primera vez. Le vi llegar lento, algo torpe y tembloroso, alzando en la mano una bandeja demasiado cargada.

−Un café con leche  por favor.

El móvil no dejaba de sonar con insistencia. Era un número desconocido, y aunque no quería cogerlo, al final contesté por si acaso llamaban los de la subasta.

−Sí, dígame… dígame−Repetí insistente.

Solo pude escuchar el sonido de una respiración profunda. Colgué. Pedí la cuenta precipitadamente. Pagué con un billete, y sin esperar el cambio, me fui.

Un sabor amargo inundó mi boca mientras sentía cómo se formaba un nudo en mi estómago y destilaba sudor por las axilas y las manos. Eché a andar con paso firme, seguida por el eco de mis tacones contra el asfalto. Oí un chasquido. Inconscientemente me volví, comprobando que la cucharilla, el plato y la taza de café habían caído desde la bandeja al suelo. Y sin más, seguí mi camino. 

La llamada me había trastornado, convencida de que era Héctor quien estaba al otro lado. Hacía años que no sabia nada de él. Tras el episodio de acoso sufrido años atrás, a consecuencia de su manía obsesiva, había sido ingresado por su familia en una institución mental. Y allí debía continuar según se consideró en su día. Por eso la idea de que pudiera ser él, otra vez, me aterrorizaba.

Metida en aquellos pensamientos, me llevé la mano a la cabeza y pasé la yema de los dedos por la cicatriz, fruto de aquella agresión provocada por su psicosis delirante. Y no estaba dispuesta a pasar por todo ello una vez.

El salón donde se celebraba la subasta no quedaba lejos, pero había que cruzar una gran plaza y después recorrer un par de calles. La atravesé en diagonal, con la miraba fija en los soportales, animada, creyendo que lo conseguiría. Pero apenas a unos pocos metros comprobé una sombra proyectada desde detrás de una de las columnas.

−¿Será él?- Me pregunté asustada.

Aceleré el paso e intenté esquivarlo rodeando por detrás el kiosco de prensa. Y casi sin pensarlo me paré en seco, dispuesta a hacerle frente…Fue entonces cuando la mano de  Fabián, mi compañero de trabajo, me agarró por el codo:

−¿Estás bien? Vámonos o llegaremos tarde.