El conserje

Desde el blog ‘Neogéminis’, el reto juevero de esta semana nos invita a escribir incluyendo un collage de las palabras incluidas en la foto de la cabecera. ¡Cuantas más mejor!

Antón, el conserje, con cierta delicadeza, aunque dejándose llevar por el instinto, comunicó a los vecinos la desgracia. Con su mejor caligrafía escribió un pequeño cartel que pegó con adhesivo en el cristal de la entrada del portal. La noticia era ya un secreto a voces: don Cosme, el vecino del quinto A, había fallecido de manera inesperada. Y en un gesto de amabilidad, él se había encargado de colocar un lazo negro en la puerta de su casa.

Impecablemente uniformado, Antón se colocó de tal manera que según iban entrando los familiares y conocidos del finado, les estrechaba la mano uno a uno y daba de inmediato las gracias compungido, como si de su propia familia se tratara, algo que llamaba la atención de todos.

Don Cosme vivía en aquel edificio desde su construcción, hacía más de cuarenta años, los mismos que él fue contratado para hacerse cargo de la portería. Lo recuerda como si fuera hoy. Llegó con su mujer. Ella se dedicaba a hacer arreglos de costura y él, además de atender el mantenimiento del bloque, hacía alguna que otra chapuza. Aquellos años fueron inolvidables. Don Cosme por su parte, también llegó recién casado y con un bebé en camino. Apenas un año mayor que él, recuerda cómo los domingos ambos se paraban para comentar el partido de futbol como fieles ‘colchoneros’ que eran y cómo se felicitaban ante la victoria de su equipo. «¡Qué tiempos aquellos!» se decía.

Apostado en el quicio de la puerta del cuarto de los contadores, la cabeza de Antón era un océano donde los recuerdos de aquellos años de juventud naufragaban solitarios. «No somos nada», se decía y suspiraba. Tal era su abatimiento que despertó la curiosidad de todos. Y es que nadie sabía que la muerte de don Cosme, el último vecino del edificio, implicaba el abandono de la casa por parte de Antón para la posterior demolición del bloque,  tal y como rezaba en el contrato. La muerte de don Cosme tenía un efecto colateral en la vida de Antón, que viudo y sin hijos, debería afrontar el último tramo de su vida desde la residencia del barrio.  

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El lobito bueno

Esta semana desde el Blog de Nuria, ‘Relatos jueveros’ nos invita a escribir sobre la figura del lobo feroz. Este relato está inspirado en la poesía de Goytisolo “El mundo al revés”: Érase una vez/ un lobito bueno/ al que maltrataban/todos los corderos…

Mikel vivía con su abuelo en el monte y cada día salía a pastar con sus ovejas pues el abuelo era muy mayor y de aquel rebaño dependía su subsistencia.

Por las noches se sentaban junto a la chimenea y el abuelo contaba historias y enseñaba a Mikel los secretos de la naturaleza para aprender del cielo, del viento, de las plantas y sobre todo a defender el rebaño del asedio de su mayor enemigo: el lobo. «Como sabes -le explicaba el abuelo- los lobos sienten debilidad por las ovejas. Son sus presas favoritas. Por eso cuando pases la noche fuera debes encender una hoguera y el fuego los espantará».

Cuando llegó el invierno y Mikel llevó el rebaño a pastar al valle, como debía hacer noche, el abuelo le preparó comida y le instruyó sobre dónde debía quedarse. Así, Mikel emprendió el camino mientras Canelo, el perro, pastoreaba y dirigía a las ovejas ladera abajo.

Justo cuando el sol se ponía encontró el refugio. Estiró la manta en el suelo y se dispuso a recoger leña para encender la hoguera. Luego sacó un trozo de queso y comió hasta saciarse. La noche estaba fría pero calma. No se movía una hoja. Y bajo aquel cielo estrellado, cansado como estaba, se durmió.

De repente escuchó los ladridos de Canelo. Las ovejas balaban sin parar y un enorme aullido lo sacó del sueño. Se levantó y vio que el rebaño hacía un corrillo. Corrió y corrió. Vio sangre en el sueño y cuando se acercó comprobó a varias ovejas atacando a un lobezno que apenas le dada la vida para intentar defenderse. Las ovejas habían perdido su candor y docilidad y parecían fieras enfurecidas mientras el lobito, indefenso, era maltratado por todas…

Mikel y Canelo consiguieron separarlas. El joven pastor  cogió entre sus brazos al pobre lobito. Lo curó, le dio algo de comer y el lobito lo siguió de vuelta a casa.

Dicen que el lobezno se hizo mayor acompañando a Mikel y a Canelo a pastorear las ovejas y ningún otro lobo volvió a acercarse al rebaño nunca más.

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El discurso

Desde el Blog ‘Café Hypatia’ el reto para este mes de octubre nos invita a escribir sobre el tema ‘rebeldía’.  

Reconozco que cuando conocí a María Skłodowska me impresionó. Éramos sólo veintisiete mujeres entre los más de setecientos hombres que conformaban el campus de la Universidad de París. Veintisiete insurrectas que caminábamos contracorriente y nos negábamos a asumir las funciones asignadas a nuestro rol de género. Veintisiete incomprendidas no sólo por los hombres sino por las propias mujeres, quienes, como dijera más adelante Marie, con frecuencia se cuestionaban, “sobre cómo podríamos conciliar la vida familiar con una carrera científica”.

Me acerqué. Tenía la tez pálida y ojerosa. Lucía un vestido oscuro, algo pardo y raído, el pelo recogido y llevaba un cuaderno en las manos. Como no conocía a nadie me presenté con la idea de entrar y sentarnos juntas en clase. Ella me pareció algo tímida e introvertida, y yo que acostumbro a ponerme nerviosa en estas situaciones, no paraba de hablar, cosa de lo que era consciente aunque no pudiera evitarlo. Afortunadamente el murmullo grave de las voces masculinas me hizo callar. Entramos en el aula y nos sentamos en la tercera fila. De repente entró solemne el profesor y al instante se hizo un silencio de ultratumba.

María, al contrario que yo, apenas tomó apuntes y permaneció rígida, cual estatua, atendiendo sin pestañear. Cuando acabó la clase le pregunté y ella me contestó que tendría que esforzarse en matemáticas y física, además de mejorar su francés que dejaba mucho que desear. Entonces comprendí el porqué de su actitud. Y a este respecto la tranquilicé y le dije que la ayudaría con el idioma. Ella sonrió y me dio las gracias.

Al parecer estaba recién llegada de Polonia. Ella y su hermana se acababan de trasladar a una buhardilla del Barrio Latino, cerca de la Facultad. Me contó que como su país había sido ocupado por los rusos, había tenido que estudiar primero en escuelas clandestinas y después en la ‘universidad flotante’. No entendía muy bien a qué se refería y debió notármelo en la cara porque enseguida se dispuso a explicarme de qué iba todo aquello. Y dicho muy sucintamente se trataba de una institución ilegal que educaba en la cultura polaca y no siguiendo los nuevos supuestos que los rusos pretendían implantar tras la ocupación. María hablaba desde la pasión, la resistencia y la rebeldía. No se había resignado a que sus escasos recursos, ni su condición de mujer, le impidieran estudiar o ir a la universidad o ser una científica, y aunque todo se le resistió, ella lo afrontó con determinación y aplomo.

Aquel año fue muy duro. En más de una ocasión se desmayó porque apenas comía. ¡Los ingresos eran tan exiguos! Y ella prefería pagar por unos libros en lugar de comer. En más de una ocasión la socorrí pues mis padres me enviaban ayuda y alimentos.

Al acabar el curso (era el año 1893) nos licenciamos, y al año siguiente María comenzó a investigar sobre ‘las propiedades magnéticas de los aceros’ por encargo de la Sociedad para el Fomento de la Industria Nacional. Fue entonces cuando conoció a Pierre Curie y el interés por la ciencia les unió. A partir de aquí nuestras vidas se separaron y siguieron caminos diferentes. Pero nos seguimos escribiendo durante años.

La trayectoria de Marie Curie o Madame Curie, que así pasará a la historia, fue imparable a pesar de los obstáculos que sufría una y otra vez por el simple hecho de ser mujer, hecho contra el que se revolvía aunque siempre contó con el apoyo incondicional de su marido que consideraba cada descubrimiento como un éxito de ambos. Pero la sociedad de finales del XIX y principio del XX era poco tolerante e invisibilizó a las mujeres, sólo las más fuertes y rebeldes subsistieron y vencieron.

Los avances de Marie eran incuestionables y constituyeron un aval para su efectivo reconocimiento a nivel mundial, reconocimiento que llegó de muchas formas, sobre todo de la mano del máximo galardón: el Premio Novel en Física que Pierre se negó a recibir solo.   

Todas estas cosas pasaban por mi cabeza mientras la radio retransmitía la entrega de Premios de la Academia Sueca. Corría el año 1911 y en esta ocasión Marie Curie recibía su segundo Premio Novel, esta vez en Química y en solitario, pues en aquella fecha Pierre ya había muerto. Y entonces, en directo desde Estocolmo, la voz de Marie Curie sonaba entonando su discurso “La  belleza de la ciencia”: «Podría decir muchas cosas sobre el radio y la radioactividad pero me tomaría demasiado tiempo. Y como no podemos hacerlo, déjenme solamente darles una pequeña muestra de mi trabajo con el radio…».

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El desahucio

El reto de  ‘Cinco Líneas de Adella Brac’, este mes de octubre nos invita a escribir con las palabras: Algunos, tendrías y directora.

Algunos días te veía demasiado cansada. Yo no dejaba de preguntarme si no tendrías que consultar al médico. Tú callabas. Hasta que una mañana llamó la directora del banco: teníamos una última oportunidad, o pagábamos o nos desahuciaban…

Salí a pasear al parque y acabé sentado en un banco tomando un café. Entonces alguien pasó por delante, alargó la mano y me dio una moneda: todo estaba perdido.

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«La ridícula idea de no volver a verte…»

Desde el Blog de Critina ‘Alianzara’ el reto de este mes nos invita a escribir a partir del título de un libro. En mi caso he elegido el de Rosa Montero “La ridícula idea de no volver a verte”.

Esta es la crónica de un absurdo, que comenzó una mañana cualquiera de un tibio día de febrero. Recuerdo que dijiste que te dolía la espalda y yo no quise hacerte caso. Eras un quejica, un exagerado y un miedoso. Tus constantes augurios derrotistas me hacían verte como un pájaro de mal agüero. Por eso pasó casi un mes antes que te hiciera caso, y después de poner en práctica varios remedios caseros, decidimos ir al médico. Y delante de mí, haciéndote el valiente, dijiste que casi no sentías dolor, cuando yo sabía que no podías dormir.

Salimos de la consulta con varias peticiones para diversas pruebas: tac, resonancia, radiografía… «¿Y para un dolor de espaldas tantas pruebas?» «Esto no va a ser nada bueno». Dijiste enfurruñado, con el ceño fruncido y el optimismo que te caracterizaba… Yo comenté que no te preocuparas, que las pruebas eran indoloras, que tuvieras paciencia: «todo va a salir bien…» dije positiva. Aunque, la verdad, en mi interior tenía mis miedos y dudas.

Al cabo de varios días estábamos de nuevo en consulta, sentados en el despacho frente al médico, mientras él miraba las imágenes y leía los informes atentamente. Aquellos escasos dos o tres minutos pasaron como una eternidad y aquel silencio me producía un gran recelo. Mi temor aumentaba por momentos. Hasta que finalmente el doctor sentenció: «es un tumor maligno y es inoperable».

En aquel instante dejé de escuchar. Sólo podía oír la repetición constante de aquella frase en el interior de mi cabeza: «es un tumor maligno, es inoperable, inoperable…».

Después, en casa, estuvimos hablando. Los dos teníamos claro que en semejante circunstancia, mejor ‘poco y bueno que mucho y malo’. El pronóstico era de unos siete meses así que nos liamos la manta a la cabeza y tiramos la casa por la ventana. Vendimos todo menos nuestro piso: la moto, el terrenito en el campo, mis joyas… Reunimos una suma importante junto con los ahorros y el dinero de la herencia de tu padre que teníamos reservado para la vejez. Y a la vista de los acontecimientos y con un tratamiento paliativo para el dolor, decidimos viajar. Compramos un globo terráqueo, de esos escolares que giran. Le dábamos una vuelta y poníamos el dedo para elegir destino. Hicimos una lista por orden de preferencia y nos fuimos a una agencia de viajes para que nos ajustara el presupuesto de vuelos y hoteles.

La ridícula idea de no volver a verte’ me pasaba por la cabeza una y otra vez. No concebía la vida sin ti y no queríamos esperar la muerte sin más. Queríamos vivir a tope mientras la enfermedad lo permitiera y luego, para el trayecto final, alquilamos una preciosa casa en la costa, junto a una pequeña cala donde habías decidido descansar para siempre.  

Asistimos a la ópera en Sídney, al Carnaval de Venecia, al Moulin Rouge de París y la Scala de Milán… Visitamos algunos países de Europa y Asia. Cuatro meses inolvidables hasta que se nos acabó el dinero y llegó el momento de iniciar el camino de vuelta.

Durante el trayecto, como era un viaje largo, no paramos de recordar anécdotas, lugares, comidas, amaneceres, puestas de sol… Yo te veía mejor aspecto, más animado y fuerte. Tanto es así que de vez en cuando pensaba si el Altísimo no habría obrado un milagro y te habría curado… Y en esas estábamos cuando sonó tu móvil. Te pregunté con un gesto que quien era, me hiciste una señal con la mano para que esperase. Sólo te oía afirmar muy serio: «sí, sí, sí». Me preocupé. Cuando acabó la conversación tu cara estaba blanca como una pared. Apenas pudiste balbucear: «Era de la clínica, creo ha habido un error. Tengo que hacerme otra vez las pruebas». Y luego, lleno de ira, repetiste varias veces: «¿Un error?» «¿He abandonado mi trabajo y nos hemos gastados los ahorros de toda una vida por un error?» Yo te dije que te calmaras, que no te precipitaras, que fueras positivo, que en el mejor de los casos yo sólo había pedido una excedencia y con mi sueldo podíamos vivir. Pero tú te agobiaste y te enfadaste muchísimo. Golpeaste la mesa. Dijiste que los demandarías, que había sido injusto hacernos pasar por todo esto para nada… Y entonces sucedió. De repente te costaba respirar. Te tocabas el brazo izquierdo, te llevaste la mano al pecho y antes de darme cuenta te derrumbaste.

Llamé a urgencias. Vinieron enseguida. Estuvieron treinta minutos reanimándote pero no pudieron hacer nada. Habías sufrido un infarto agudo de miocardio. Y unos segundos después habías muerto.

A pesar del tiempo transcurrido, ‘la ridícula idea de no volver a verte’ me sigue rondando continuamente la cabeza. Todo me parece ridículo e insensato y no puedo dejar de pensar en la absurda circunstancia de tu muerte. Y aunque ha pasado casi un año, no he dejado de extrañarte y mitigo mi soledad recordándote y recordándonos.

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Una larga memoria familiar

Desde el Blog ‘El Tintero de Oro’ se convoca un nuevo concurso de relatos esta vez dedicado ‘al entorno rural’.

Me acuerdo que aquel día se me pegaron las sábanas y me levanté muy tarde. Las noches de julio eran demasiado tórridas y apenas se podía dormir. Escuché las voces lejanas de mis hermanos, y por la rendija de la puerta vi a mi padre que había desplegado sobre la mesa del comedor el mapa de la Guía Campsa. Todos los años hacía lo mismo. Buscaba una ruta alternativa, más corta, pero al final siempre seguíamos el mismo itinerario.

Mamá preparaba las maletas, mientras daba órdenes a mis hermanos que jugaban o deambulaban de aquí para allá sin rumbo fijo. Me dijo que desayunara, que la ayudara a  preparar unos bocadillos y me vistiera. Saldríamos pronto.

El coche esperaba aparcado en acera, frente al portal. Las maletas iban en una baca colocada en el techo, sujetas con unas cinchas de goma y el maletero a tope con otras bolsas. En cuestión de una hora habíamos cargado todo. El viaje comenzaba.  

Cuando la ciudad quedaba atrás mi padre ponía el radio cassette a tope: Los Brincos, Los Panchos, Camilo Sexto, José Luis Perales… Nosotros nos sabíamos casi todas las canciones y las cantábamos a coro. Papá era un sentimental, un romántico que se resistía a los cambios y a los nuevos tiempos. Había sido tan feliz en su pueblo, donde todo era tan ‘sencillo y sano’, que quería que sus hijos revivieran su propia vida y disfrutaran del mismo ambiente que él. Pero olvidaba que la nuestra era otra generación y que ir al pueblo nos parecía un rollo y nos aburría, aunque la verdad, para quejarnos tanto no lo pasábamos tan mal allí.

El viaje duraba unas cuatro largas y tormentosas horas. Mis tres hermanos y yo íbamos apretados en el asiento de atrás del viejo SIMCA1200, del que mi padre estaba muy orgulloso porque ‘nunca –decía- lo había dejado tirado’. Al principio cantábamos como ya he dicho. Luego callábamos y entrábamos en una especie de letargo, cada uno a su bola. Y más o menos al cabo de una hora comenzábamos a discutir, a pelear y a darnos codazos. Mi hermana pequeña preguntaba una y otra vez «¿falta mucho para llegar?». A continuación lloraba porque la estrujábamos contra la puerta. Se quejaba y gritaba. Entonces mi madre se volvía paciente y trataba de calmarnos por las buenas, hasta que de repente el coche frenaba con brusquedad, mi padre soltaba las manos del volante y nos miraba serio, amenazante, frunciendo el ceño. Sólo entonces nos quedábamos quietos como estatuas. El silencio regresaba hasta que media hora después la escena se repetía. Cuando llegábamos al pueblo estábamos agotados de pelear y discutir pero nada más bajar del coche se nos olvidaba y salíamos corriendo dispuestos a jugar hasta la noche.

La casa era de mis abuelos. Mi padre se la había comprado a sus hermanos. Tenía dos plantas, cinco habitaciones, dos baños, una cocina enorme con comedor y un cobertizo lleno de tiestos donde jugaban mis hermanas pequeñas a las casitas y a las tiendas.

Ahora que lo pienso, aunque entonces nos daban envidia nuestros vecinos que siempre iban a la playa, a Benidorm, la verdad es que en aquel pueblo vivimos muchas aventuras y gozábamos de mucha libertad. Prácticamente vivíamos en la calle y sólo entrábamos en casa para comer y dormir. Aprendimos los nombres de árboles y de muchas plantas y animales. Jugábamos en la tahona mientras se cocía el pan. Las abuelas nos enseñaban a hacer embutidos durante la fiesta de la matanza. Y conformábamos una gran familia en la que todos cuidábamos de todos. La verdad es que el pueblo nos inculcó unos valores que los niños de la ciudad no tenían ocasión de aprender. 

Respecto a mí, en el pueblo se forjó la relación con mi mejor amigo. Aquella historia comenzó peleando por ganar una carrera. Él me puso un ojo morado y yo casi le rompo la nariz. Y hasta hoy. Aquella rivalidad sentó las bases de una amistad sólida, auténtica, de afecto incondicional, que ha llegado sana y salva hasta hoy.

Poco a poco, casi sin darnos cuenta, nos hicimos mayores y mis padres fallecieron. Durante un tiempo dejamos de ir al pueblo. Mis hermanos y yo pensamos vender la casa, hasta que mi hermana pequeña –tan sentimental como mi padre- nos recordó cuánto le dolería a él que lo hiciéramos y como nos veíamos poco, propuso que nos reuniéramos todos allí en vacaciones una vez al año. Y eso hicimos. Desde entonces todos los años volvemos, recordamos cientos de anécdotas y alimentamos nuestra memoria familiar que crece junto a nuestros hijos, al compás de nuevas experiencias.

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Remembranza

Para la convocatoria de este mes en ENTC tenemos la palabra SAUDADE, de origen portugués que viene a significar “el dolor de un precioso recuerdo”. Esbozando esta idea se escribirá un relato.

Ha pasado mucho tiempo aunque nunca pasará el suficiente para olvidarte. Tu presencia me dejó un rastro de recuerdos, los mismos que llenan tu ausencia de retazos, de historias, de anécdotas, de risas y también de dolor y de nostalgia…

Y te veo en todos los rincones de nuestra casa. Llegando de la playa con la toalla al hombro y el rostro sonrojado por el sol. O sentado en la cocina comiéndote a bocados el bocadillo de la merienda con las mismas ganas con que devorabas la vida.

Admiro la fortaleza y la valentía con que afrontaste semejante reto y aceptaste la muerte como único destino.

A menudo te añoro. Cierro los ojos para evocar tu rostro, entonces me sonrío y me digo que aunque te fuiste te quedaste…

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Bendita Rutina

El reto de  Adella Brac, ‘Cinco líneas’, este mes de septiembre  nos invita a escribir con las palabras: Encarga, mayoría, aplica

Emma se encarga de conducir el bus del colegio. Lleva años haciéndolo y conoce a la mayoría de los niños. Su existencia era monótona y rutinaria: cada día la misma ruta cuatro veces, ruta a la que aplica una tarifa simbólica. Nunca sucedió nada interesante hasta que una mañana se le atravesó un camión y los chicos tuvieron que salir por las ventanillas y cargarla hasta el hospital. Aquel día Emma anheló su bendita rutina…

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El abuelo Matías

Este mes de septiembre, desde el blog ‘Acervo de letras’ en Vadereto nos invita a escribir sobre ‘la soledad’ en cualquiera de sus formas.

El abuelo Matías se había quedado completamente sordo. Llevaba años sin oír nada a no ser que le hablaran alto al oído. Se acostumbró a leer los labios, aunque no es lo mismo. Él sabe que necesita unos audífonos pero su exigua pensión no le da para más porque además ayuda a su hija que también anda un poco escasa.

Cada sábado va a comer con su ella, con su yerno y sus nietos. Piensa -está seguro- que le quieren mucho y él procura no faltar a esa cita para que no le echen de menos. Su amigo de toda la vida, Tomás, quiere que vaya algún fin de semana con él a su pueblo, pero él rehúsa toda invitación porque quiere estar con su familia. Siempre dice que le reciben con cariño, que todos le sonríen, que su hija hace las comidas que a él le gusta y que sus nietos se desviven por él.

Pero la verdad es que Matías, como no oye, se siente solo y aislado, por eso lleva años ahorrando de las pagas extraordinarias para comprarse unos audífonos y darle la sorpresa de la escucha a todos.

Un día Tomás le dijo muy serio: «como me toque la lotería te regalo unos audífonos». Y sucedió. ¡Le tocaron nada más y nada menos que seis mil euros! Tomás estaba pletórico, y aunque Matías pensaba que ya no se acordaría de la promesa que le hizo, nada más salir del casino, después de celebrarlo con los amigos, se le acercó al oído y le dijo: «ahora vamos a por tus audífonos». Y se encaminaron al Centro de Audición que había en el barrio. Allí le hicieron las pruebas pertinentes y al cabo de unos días el tema estaba resuelto.

El día que se lo pusieron, nada más salir del establecimiento, a Matías se le cayeron dos lágrimas. Podía escuchar el murmullo de la gente, los coches, los pasos y la voz de su amigo emocionado como él. A continuación Matías le contó que daría una sorpresa a su familia cuando el próximo sábado fuera a comer con ellos.

Así fue. Llegó el sábado, se acicaló con sus mejores galas y con una amplia sonrisa se dirigió a casa de su hija. Le recibieron como siempre sólo que Matías escuchaba por primera vez sus voces y la TV que estaba muy alta. Nadie notó nada porque los audífonos eran de última generación, tan pequeños que resultaba imposible verlos a simple vista. Llegó la hora de comer y se sentaron a la mesa. Matías esperaba seguir la conversación e intervenir en el momento oportuno. Primero habló su yerno recordándole a su mujer que le pidiera dinero al ‘viejo’ para el abono del futbol. El nieto se quejó diciendo que ya estaba harto de tener que comer todos los sábados con el abuelo, que si no tenía casa propia. La niña por su parte, dijo que ella le dedicaría un cariño porque quería que le comprara un vestido que había visto en Zara y su hija se dirigió a todos diciendo: «sonreíd, disimulad no sea que se dé cuenta de todo…».

A Matías poco a poco se le fue borrando la sonrisa y la comida no le bajaba de la garganta. Carraspeó un poco conteniendo las lágrimas y se excusó diciendo que no se sentía bien desde hacía unos días, que mejor se marchaba a echarse un rato.

Cabizbajo, decepcionado y triste marchó a su casa al tiempo que recordaba cuanto había oído. Comprendió que seguía tan solo como siempre, más aún si cabe. Llegó a su casa y se desplomó sobre la butaca hasta que la luz del día desapareció. Luego se levantó, fue a la mesita de noche y guardó en la caja los audífonos… Dicen quienes le conocieron que nunca más los usó.

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Una pastelería en Tokio

Desde el blog ‘Alianzara’ se nos invita a un nuevo reto de escritura desarrollado a partir de una película, en este caso ‘Una pastelería en Tokio’, estrenada en Canne en 2015.

Desde que vi la película (por lo menos tres veces) había soñado con viajar a Japón y conocer in situ la pastelería. Cuando se estrenó yo pasaba por una etapa muy particular de mi vida y me recuerdo con la sensibilidad a flor de piel. Tal vez por eso me atrapó. Pero pasaron algunos años hasta que realicé aquel viaje.

Cuando llegué al aeropuerto de Tokio me sentí minúscula, una especie de molécula que formaba parte de una gran masa de gente que se movía indecisa de un lado para otro. La terminal ofrecía todo lo que un viajero puede desear para pasar numerosas horas de espera entretenido con todo tipo de tiendas para comprar, cafeterías, restaurantes, peluquerías y todo cuanto se nos pueda ocurrir necesitar. Pero yo estaba deseando salir de aquel enjambre para sumergirme en el corazón de la gran urbe.

A la salida, me esperaba un coche facilitado por la agencia de viajes que me llevó directamente al hotel.

A la mañana siguiente la aventura comenzaba. Un taxi me recogió para llevarme justamente al local dónde se había rodado la película. Llegamos hasta una calle jalonada por almendros en plena floración. Un viento suave agitaba las ramas y las pequeñas hojas blancas y rosadas ululaban creando una especie de música de fondo que me paralizó el alma. Cerré los ojos y me dejé anestesiar por aquellos maravillosos sonidos de la naturaleza. Y apenas avancé unos pasos, enseguida divisé la pastelería y al ‘doble de Sentarö’ , el dueño, (en mi cabeza me refería a él con el nombre del protagonista) vestido con una camisa blanca y un pañuelo al estilo pirata en la cabeza, sirviendo a unos clientes.

Tal y como había visto en el cine, el local era bastante pequeño. Me preguntaba cómo habían podido rodar las escenas interiores con Sentarö y la anciana cocinando. Comprobé el éxito de los pasteles preferidos de Doraemon que se vendían como rosquillas. En general la gente los compraba y los comía mientras caminaban. Y como en la película muchos chicos y chicas, escolares de uniforme, se acercaban en grupos de dos o de tres. Era imposible que pasaran desapercibidos. Hablaban y reían a pleno pulmón.

Aguardé una pequeña cola hasta que un cliente -un señor mayor con sombrero- dejó un asiento libre junto a la barra. Me senté. Pedí un té y durayakis. Observé a Sentarö moverse lentamente por aquel pequeño cubículo un tanto desordenado. Preparó el té en una taza y me sirvió el durayaki envuelto en una servilleta. Comí despacio, mientras en mi cabeza proyectaba la escena en la que la anciana, con sus manos retorcidas por la lepra, movía y removía con paciencia y cariño aquella pasta de ‘anko’ en la que, al parecer, reside el verdadero secreto de los famosos dulces. Y conforme cocina, enseña a Sentarö a escuchar a las alubias rojas, una metáfora de la vida. Y poco a poco, suavemente, le va transmitiendo sus conocimientos en un ambiente amenizado sólo por las voces y el sonido de los cacharros. ¡Pobre hombre! –pensé. Cargaba con una culpa demasiado grande que le corroía el ánimo y cuando conoció Tokue, la anciana, se impregnó de su sabiduría. Los sabios consejos que le daba para cocinar el anko, eran aplicables a la vida y en ellos Sentarö encontró la paz.

Recordé que en la película constantemente se oyen los sonidos cotidianos tanto del exterior como los ruidos amplificados en aquella diminuta cocina. Y es ese ambiente el que te hace conectar con la vida misma, sin artificios, tal cual. Ahí radica la belleza de este film, en su sinceridad y en la delicadeza con la que trata una historia en dos vertientes: los dulces y una enfermedad como la lepra que estigmatiza a quienes la padecen.

Al cabo de un buen rato, pagué y me despedí. Sin ganas de marchar paseé por los alrededores del local observando a las gentes, las casas, los bares, las tiendas y una librería. Y de nuevo el mismo taxi me llevó de vuelta al hotel.

A partir de aquí, el viaje continuó por otras zonas y barrios de la urbe. Degusté otras comidas, paseé junto a edificios emblemáticos y conocí otras ciudades. Pero lo verdaderamente inolvidable de aquel periplo fue aquella taza de té y aquel delicioso durayaki, sentada en el pequeño local de ‘Sentarö’, acompañada del ulular de los almendros.

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