El trébol de cuatro hojas

Desde el Blog ‘Acervo de letras’ el Vadereto de  este mes de diciembre está dedicado a la Navidad.

Cuando Charly enfermó todo se desmoronó a mi alrededor. Al shock del diagnóstico se unió el miedo al tabú en que siempre ha venido envuelta una enfermedad como el cáncer. Pero enseguida nos encontramos con un personal sanitario experto, con un largo recorrido y una enorme calidad humana que nos asesoró y nos inyectó un buen chute de esperanza. Poco a poco percibimos que estábamos en marcha, sin bajar la guardia, pero con buen ánimo o así lo viví yo que conjugué la enfermedad en segunda persona.  

Casi sin darnos cuenta nuestras vidas ya habían entrado en una nueva dinámica. Sesiones de quimio, ingresos, pequeñas estancias que alternaban el hospital y la casa…Sin querer habíamos normalizado algo tan anormal como padecer una enfermedad. Y a pesar del miedo y la incertidumbre, despojamos la situación de cualquier dramatismo. Animar a Charly, acompañarle en este inesperado viaje, era nuestra máxima preocupación ¿Por qué no podía ser él uno de los llamados a salvarse? ¿Por qué no iba a sobrevivir? Las estadísticas señalaban un margen de supervivencia pequeño, pero a fin de cuentas, a alguno le tenía que tocar ¿por qué no a él?

El tiempo transcurrió ahora no sé si demasiado lento o más o menos rápido. Estábamos tan inmersos en un presente continuo, en un día a día sin más, que no sé muy bien cómo pasó para él aunque casi seguro demasiado largo. Recuerdo que aquel año pasamos puentes y Navidades entre ingresos y tratamientos y que pasó el otoño, el invierno, la primavera, y que llegando el verano siguiente todo se había acabado. Ahora tocaba esperar que la cirugía y los tratamientos tuvieran el efecto deseado, cosa que sabríamos mediante las sucesivas revisiones.

Charly desprendía vitalidad y energía, se revelaba contra los efectos secundarios, tal vez por eso todos le daban por ganador y yo también, hasta que un día, a mediados del verano siguiente, volvió a quejarse de un ligero dolor en el abdomen y un pequeño bulto a la altura de uno de los pulmones, asomó por la espalda. Una gammagrafía, una ecografía y un TAC revelaron el regreso de la enfermedad, la metástasis. Algo que los médicos llaman ‘recidiva’. Desgraciadamente no había marcha atrás. Unas sesiones de quimio y radioterapia para prolongar un poco el fatídico final y tratamientos paliativos, esas fueron las únicas alternativas.

Nunca hablamos del final. Charly lo sabía o lo intuía pero no preguntaba, no quería saber, no quería poner palabras… Yo temía que me preguntara. Todos callábamos pero todos sabíamos…

Para octubre ya había perdido mucho peso aunque seguía lo suficientemente fuerte como para celebrar una barbacoa con toda la familia. Fue un anticipo de la Navidad. Recuerdo que hubo risas, comida abundante, cantos alrededor de una hoguera, brindis por la vida y un halo de nostalgia que lo impregnaba todo. A veces las imágenes se pierden en mi cabeza y aunque quiero recordar qué sentía, el dolor me impide recordar todo aquello que no fuera dolor o un amargo sabor a despedida.

Después de aquella celebración el deterioro se precipitó y para la siguiente Navidad Charly apenas podía tragar así que no hubo cena, sólo estuvimos con él viendo la película que dieron por la TV: ‘Mary Poppins’. Al día siguiente ingresamos en el hospital donde pasamos fin de año y el día de Reyes.

Ya sé que sobre la noche de Reyes corren muchas historias inventadas para alimentar la fantasía de los niños y que Charly, aunque muy joven, tenía suficiente edad como para distinguir realidad y ficción. Yo sólo voy a contar lo que ocurrió sin pretender convencer pero sin negar lo sucedido.

Aquella noche ninguno de los dos podía dormir. Estuvimos hablando hasta muy tarde. Sentada en la butaca frente a él recordaba cómo era esta fecha cuando él y sus hermanos eran pequeños. Charly y yo fantaseábamos sobre deseos cuando de repente una luz brillante entró directa desde la ventana y un Rey Mago, que dijo llamarse Melchor, apareció ante nosotros. Charly se sentó en la cama de un salto y yo me puse de pie a su lado y le tomé de la mano:

−Hola Charly, este año te ha tocado a ti el ‘trébol de cuatro hojas’. No te asustes. Estas cosas pasan lo que ocurre es que nadie las cuenta porque son increíbles. A ver ¿Qué sueño quieres hacer realidad esta noche? No puedo obrar milagros pero sí conceder sueños.

Charly y yo nos miramos sin dar crédito a lo que sucedía:

−Pide algo hijo ¿Qué desearías soñar? –le dije animándolo.

Entonces Charly se levantó y susurró algo al oído de Melchor que lo escuchaba muy atentamente.

−Si eso es lo que quieres, concedido. Vuelve a la cama e intenta dormir…

La luz se apagó y el Rey Mago desapareció. Unos instantes después Charly dormía plácidamente mientras su rostro dibujaba una amplia sonrisa. Yo me acomodé en la butaca hasta que el sueño, poco a poco, se fue apoderando de mí.

Cuando desperté pensé que nada había sido real. Miré a Charly que aún dormía con las manos apoyadas bajo su regazo. Me acerqué para llamarle pero no respondía. Su rostro estaba lívido y su cuerpo tibio. Entonces comprendí que todo se había terminado. Le tomé de la mano y un trébol de cuatro hojas, salpicado de rocío, se deslizó sobre las sábanas. Entonces, sólo entonces, comprendí el motivo de su sueño y el deseo que le concedió Melchor.

Puede que la muerte no sea un final sino un nuevo comienzo o eso quiero creer. Y a pesar de los años transcurridos  desde entonces, cada Noche de Reyes espero que me toque en suerte el trébol de cuatro hojas para poder hacer realidad un sueño: volver a ver a Charly.

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Con la ‘@’ de arroba…

Desde elBlog ‘Café Hypatia’el reto para este mes de noviembre nos invita a escribir sobre el tema ‘símbolos’

Desde 1971 la ‘arroba’ se ha convertido un símbolo de comunicación escrita imprescindible en el correo electrónico, estratégicamente colocada entre el destinatario y su dirección, tal y como estableció Ray Tomlinson, su inventor.

Ese minúsculo símbolo, heredado de los teclados de las antiguas máquinas de escribir, se ha vuelto cotidiano y un elemento indispensable para la comunicación escrita en sustitución de la correspondencia epistolar o cartas manuscritas incapaces de sobrevivir ante avance imparable de internet y que los nostálgicos tanto añoran.

La palabra ‘arroba’ hunde sus raíces en la lengua árabe –ruba– que significa ‘cuarta parte’. En algunas regiones de Europa y Oriente representaba una unidad de peso, el quintal, de donde proviene el conocido dicho que hace referencia a un peso exagerado (‘pesa un quintal’), cuya grafía se creó durante la Edad Media tal y como corroboran algunos documentos.

Por otro lado, en la antigua Roma representaba una medida, el ‘ánfora’, vasija en la que cabían unos 26 litros. Lo que me hace recordar aquellos barcos cargados de ánforas de aceite, vino o garum que partían desde Bolonia, en Cádiz, hasta Roma capital. Entonces nadie hubiera pensado que aquella medida pasaría a tener un lugar en la posteridad. Siglos después, un documento de carácter comercial fechado en 1536 entre Sevilla y Roma, evidencia el uso de la ‘arroba’ tal y como la representamos ahora, o sea, como una ‘@’ encerrada en un círculo, pues la escritura de la época contiene numerosas abreviatura dada la ingente cantidad de documentos escritos que se generaban, pues no podemos obviar la importancia que adquiere el protocolo notarial a partir del siglo XVI.

Además, concretamente en Francia, España y Portugal, la arroba aparece en transacciones económicas que señalan cantidades de peso o volumen. Dichas cantidades vienen acompañadas del símbolo, que se mantuvo durante años en las máquinas de escribir y que después aparecerá también en los primeros teclados de las computadoras. Tomlinson observó que en el ordenador tenía poca utilidad y decidió adoptarlo y universalizarlo incorporándolo, como ya se ha señalado, a la dirección de correos.

Hoy en día la ‘arroba’ tiene otras utilidades como por ejemplo en matemáticas, en programas de diseño gráfico o en el marco del lenguaje de programación. Además en medios rurales se sigue usando como medida de capacidad y cada vez es más frecuente usarlo en el lenguaje inclusivo a pesar del desacuerdo de la RAE.

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El viaje a ninguna parte

Este mes Vadereto y Alianzara proponen un desafío conjunto y nos invitan a escribir tomando como referencia el ‘espacio’ donde acontece y se desarrolla la trama, la historia.

Paul se sube al autobús en dirección al aeropuerto. Está cansado así que se desploma sobre el asiento y pega la cabeza al cristal de la ventanilla. El frio en la sien le hace sentir un ligero alivio. La cabeza le bulle. Demasiadas emociones contenidas en los dos últimos días. En aquel instante recuerda que no ha dormido nada las últimas 48 horas y se siente roto. Se acomoda. Echa la cabeza hacia atrás y mira el reloj: aún le quedan cuarenta minutos de trayecto. Cierra los ojos y el sueño le atrapa…

De repente el fuerte traqueteo le sacude de un lado a otro y la cabeza cae y golpea el respaldar del asiento de delante ¿Dónde está? No reconoce el lugar. Se incorpora y mira de nuevo el reloj: ¡ha pasado más de una hora! ¿Y el aeropuerto? ¡Hace veinte minutos que quedó atrás! Sale al pasillo, camina entre los asientos vacíos y se acerca al conductor que al verle por el retrovisor le grita furioso:

−¿Qué hace usted aquí?

−Iba al aeropuerto y me quedé dormido –comentó Paul balbuceando.  

−¡Siéntese por el amor de dios!–le ordenó el conductor−. Es usted un imbécil. Permanezca callado y no me cree más problemas.

Paul no comprende lo que ocurre pero intuye que no es una situación normal. El autobús va demasiado rápido por un camino de tierra y campos a ambos lados. Suenan las sirenas y se divisan dos coches patrullas de la policía que pretenden darles alcance aunque el autobús zigzaguea para evitarlo. El conductor habla por el móvil:

−Ha surgido un imprevisto y llevo un paquete. No, no habrá problema, seguro. Me desharé de él en cuanto llegue.

El camino se estrecha y los coches patrullas tienen que hacer cola detrás hasta que inesperadamente el conductor frena en seco y los coches se estrellan uno contra otro y ambos contra el autobús. Y en una experta maniobra y con la parte trasera deshecha, el vehículo continua su camino dejando a la policía fuera de juego.

El chofer se ríe a carcajadas:

−¿Has visto eso? –presume sonriendo a Paul.

−Sí, sí que lo he visto…Muy inteligente por tu parte –afirmó algo asustado.

Apenas unos minutos después se desvía por un carril a la izquierda hasta desembocar en un antiguo hangar con un viejo cobertizo abierto de par en par donde el autobús aparca.

Paul respira hondo, aliviado, aunque con gran incertidumbre al no comprender que estaba pasando, y sobre todo, qué sería de él… Y entonces el chófer se levanta de su asiento, se dirige hacia él y apuntándole con una pistola en la frente dice muy serio:

−Esto no estaba previsto pero mi causa no me permite dejarte con vida…

Paul cierra los ojos y escucha el sonido de un disparo al tiempo que oye una voz :

−Lástima que te pasaras la parada del aeropuerto…Aeropuerto…Aeropuerto…

Alguien le zarandea una y otra vez. Abre los ojos y ve el rostro del conductor frente a él:

−Señor, hemos llegado al aeropuerto, despierte o perderá su vuelo…

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El discurso

Desde el Blog ‘Café Hypatia’ el reto para este mes de octubre nos invita a escribir sobre el tema ‘rebeldía’.  

Reconozco que cuando conocí a María Skłodowska me impresionó. Éramos sólo veintisiete mujeres entre los más de setecientos hombres que conformaban el campus de la Universidad de París. Veintisiete insurrectas que caminábamos contracorriente y nos negábamos a asumir las funciones asignadas a nuestro rol de género. Veintisiete incomprendidas no sólo por los hombres sino por las propias mujeres, quienes, como dijera más adelante Marie, con frecuencia se cuestionaban, “sobre cómo podríamos conciliar la vida familiar con una carrera científica”.

Me acerqué. Tenía la tez pálida y ojerosa. Lucía un vestido oscuro, algo pardo y raído, el pelo recogido y llevaba un cuaderno en las manos. Como no conocía a nadie me presenté con la idea de entrar y sentarnos juntas en clase. Ella me pareció algo tímida e introvertida, y yo que acostumbro a ponerme nerviosa en estas situaciones, no paraba de hablar, cosa de lo que era consciente aunque no pudiera evitarlo. Afortunadamente el murmullo grave de las voces masculinas me hizo callar. Entramos en el aula y nos sentamos en la tercera fila. De repente entró solemne el profesor y al instante se hizo un silencio de ultratumba.

María, al contrario que yo, apenas tomó apuntes y permaneció rígida, cual estatua, atendiendo sin pestañear. Cuando acabó la clase le pregunté y ella me contestó que tendría que esforzarse en matemáticas y física, además de mejorar su francés que dejaba mucho que desear. Entonces comprendí el porqué de su actitud. Y a este respecto la tranquilicé y le dije que la ayudaría con el idioma. Ella sonrió y me dio las gracias.

Al parecer estaba recién llegada de Polonia. Ella y su hermana se acababan de trasladar a una buhardilla del Barrio Latino, cerca de la Facultad. Me contó que como su país había sido ocupado por los rusos, había tenido que estudiar primero en escuelas clandestinas y después en la ‘universidad flotante’. No entendía muy bien a qué se refería y debió notármelo en la cara porque enseguida se dispuso a explicarme de qué iba todo aquello. Y dicho muy sucintamente se trataba de una institución ilegal que educaba en la cultura polaca y no siguiendo los nuevos supuestos que los rusos pretendían implantar tras la ocupación. María hablaba desde la pasión, la resistencia y la rebeldía. No se había resignado a que sus escasos recursos, ni su condición de mujer, le impidieran estudiar o ir a la universidad o ser una científica, y aunque todo se le resistió, ella lo afrontó con determinación y aplomo.

Aquel año fue muy duro. En más de una ocasión se desmayó porque apenas comía. ¡Los ingresos eran tan exiguos! Y ella prefería pagar por unos libros en lugar de comer. En más de una ocasión la socorrí pues mis padres me enviaban ayuda y alimentos.

Al acabar el curso (era el año 1893) nos licenciamos, y al año siguiente María comenzó a investigar sobre ‘las propiedades magnéticas de los aceros’ por encargo de la Sociedad para el Fomento de la Industria Nacional. Fue entonces cuando conoció a Pierre Curie y el interés por la ciencia les unió. A partir de aquí nuestras vidas se separaron y siguieron caminos diferentes. Pero nos seguimos escribiendo durante años.

La trayectoria de Marie Curie o Madame Curie, que así pasará a la historia, fue imparable a pesar de los obstáculos que sufría una y otra vez por el simple hecho de ser mujer, hecho contra el que se revolvía aunque siempre contó con el apoyo incondicional de su marido que consideraba cada descubrimiento como un éxito de ambos. Pero la sociedad de finales del XIX y principio del XX era poco tolerante e invisibilizó a las mujeres, sólo las más fuertes y rebeldes subsistieron y vencieron.

Los avances de Marie eran incuestionables y constituyeron un aval para su efectivo reconocimiento a nivel mundial, reconocimiento que llegó de muchas formas, sobre todo de la mano del máximo galardón: el Premio Novel en Física que Pierre se negó a recibir solo.   

Todas estas cosas pasaban por mi cabeza mientras la radio retransmitía la entrega de Premios de la Academia Sueca. Corría el año 1911 y en esta ocasión Marie Curie recibía su segundo Premio Novel, esta vez en Química y en solitario, pues en aquella fecha Pierre ya había muerto. Y entonces, en directo desde Estocolmo, la voz de Marie Curie sonaba entonando su discurso “La  belleza de la ciencia”: «Podría decir muchas cosas sobre el radio y la radioactividad pero me tomaría demasiado tiempo. Y como no podemos hacerlo, déjenme solamente darles una pequeña muestra de mi trabajo con el radio…».

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Una pastelería en Tokio

Desde el blog ‘Alianzara’ se nos invita a un nuevo reto de escritura desarrollado a partir de una película, en este caso ‘Una pastelería en Tokio’, estrenada en Canne en 2015.

Desde que vi la película (por lo menos tres veces) había soñado con viajar a Japón y conocer in situ la pastelería. Cuando se estrenó yo pasaba por una etapa muy particular de mi vida y me recuerdo con la sensibilidad a flor de piel. Tal vez por eso me atrapó. Pero pasaron algunos años hasta que realicé aquel viaje.

Cuando llegué al aeropuerto de Tokio me sentí minúscula, una especie de molécula que formaba parte de una gran masa de gente que se movía indecisa de un lado para otro. La terminal ofrecía todo lo que un viajero puede desear para pasar numerosas horas de espera entretenido con todo tipo de tiendas para comprar, cafeterías, restaurantes, peluquerías y todo cuanto se nos pueda ocurrir necesitar. Pero yo estaba deseando salir de aquel enjambre para sumergirme en el corazón de la gran urbe.

A la salida, me esperaba un coche facilitado por la agencia de viajes que me llevó directamente al hotel.

A la mañana siguiente la aventura comenzaba. Un taxi me recogió para llevarme justamente al local dónde se había rodado la película. Llegamos hasta una calle jalonada por almendros en plena floración. Un viento suave agitaba las ramas y las pequeñas hojas blancas y rosadas ululaban creando una especie de música de fondo que me paralizó el alma. Cerré los ojos y me dejé anestesiar por aquellos maravillosos sonidos de la naturaleza. Y apenas avancé unos pasos, enseguida divisé la pastelería y al ‘doble de Sentarö’ , el dueño, (en mi cabeza me refería a él con el nombre del protagonista) vestido con una camisa blanca y un pañuelo al estilo pirata en la cabeza, sirviendo a unos clientes.

Tal y como había visto en el cine, el local era bastante pequeño. Me preguntaba cómo habían podido rodar las escenas interiores con Sentarö y la anciana cocinando. Comprobé el éxito de los pasteles preferidos de Doraemon que se vendían como rosquillas. En general la gente los compraba y los comía mientras caminaban. Y como en la película muchos chicos y chicas, escolares de uniforme, se acercaban en grupos de dos o de tres. Era imposible que pasaran desapercibidos. Hablaban y reían a pleno pulmón.

Aguardé una pequeña cola hasta que un cliente -un señor mayor con sombrero- dejó un asiento libre junto a la barra. Me senté. Pedí un té y durayakis. Observé a Sentarö moverse lentamente por aquel pequeño cubículo un tanto desordenado. Preparó el té en una taza y me sirvió el durayaki envuelto en una servilleta. Comí despacio, mientras en mi cabeza proyectaba la escena en la que la anciana, con sus manos retorcidas por la lepra, movía y removía con paciencia y cariño aquella pasta de ‘anko’ en la que, al parecer, reside el verdadero secreto de los famosos dulces. Y conforme cocina, enseña a Sentarö a escuchar a las alubias rojas, una metáfora de la vida. Y poco a poco, suavemente, le va transmitiendo sus conocimientos en un ambiente amenizado sólo por las voces y el sonido de los cacharros. ¡Pobre hombre! –pensé. Cargaba con una culpa demasiado grande que le corroía el ánimo y cuando conoció Tokue, la anciana, se impregnó de su sabiduría. Los sabios consejos que le daba para cocinar el anko, eran aplicables a la vida y en ellos Sentarö encontró la paz.

Recordé que en la película constantemente se oyen los sonidos cotidianos tanto del exterior como los ruidos amplificados en aquella diminuta cocina. Y es ese ambiente el que te hace conectar con la vida misma, sin artificios, tal cual. Ahí radica la belleza de este film, en su sinceridad y en la delicadeza con la que trata una historia en dos vertientes: los dulces y una enfermedad como la lepra que estigmatiza a quienes la padecen.

Al cabo de un buen rato, pagué y me despedí. Sin ganas de marchar paseé por los alrededores del local observando a las gentes, las casas, los bares, las tiendas y una librería. Y de nuevo el mismo taxi me llevó de vuelta al hotel.

A partir de aquí, el viaje continuó por otras zonas y barrios de la urbe. Degusté otras comidas, paseé junto a edificios emblemáticos y conocí otras ciudades. Pero lo verdaderamente inolvidable de aquel periplo fue aquella taza de té y aquel delicioso durayaki, sentada en el pequeño local de ‘Sentarö’, acompañada del ulular de los almendros.

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Un invento casual

Desde el Blog “Café Hypatia” el reto de este mes de septiembre nos invita a escribir sobre ‘apariencias’

Aquella mañana me levanté decidido a concluir la elaboración de un jarabe que curase las náuseas y el dolor de cabeza. Llevaba días metido en el laboratorio y tenía la impresión de estar cerca de conseguirlo. Frank, el contable, se pasaba por allí y me servía de conejillo de indias pues padecía unas jaquecas horribles que, a menudo, lo dejaban caos, metido en cama y vomitando.

Me saludó y me preguntó que cómo iba todo. Yo andaba mezclando la coca y la cola en diferentes proporciones. Sabía que casi lo tenía pero que debía seguir probando hasta conseguir la mezcla exacta. No quería una medicina convencional sino una mixtura con una apariencia, sabor y presentación diferentes. Y como decía Frank, después todo sería coser y cantar. El producto se vendería en todas las farmacias, y quien sabe, incluso podría exportarse a Europa. Frank hablaba de la medicina de Pemberton a lo grande, «no se pueden tener sueños pequeños John, hay que ser ambiciosos» me decía con frecuencia.

No obstante, aquella mezcla primitiva marrón oscura, resultaba un poco densa, sabía un poco raro y se pegaba al paladar dejando un punto de amargor en la garganta. Aun así, se la di a probar a mi contable. Tosió un par de veces al tiempo que hacía una mueca extraña con la cara. Luego, nos sentamos relajados a leer la prensa. Debíamos esperar un rato a ver si surtía efecto y mejoraba la sensación de pesadez que padecía desde hacía semanas. Después de una media hora escuché sus risotadas:

−¡Esto parece que funciona! ¡Me siento aliviado! –afirmó sonriendo.

−¿Eso es todo? ¿No vas a hacer ninguna crítica? –pregunté algo irritado.

−Pues te diré que deberías licuarlo un poco más y aligerar su intenso sabor y densidad. Así no se la tomará nadie –contestó.  

−Tal vez si lo mezclo con agua carbonatada y algunos excipientes, aligere su aspecto y aclare su color. Pero ¿mantendrá sus propiedades? –pregunté con tono dubitativo.

Al día siguiente me levanté antes del amanecer. Estaba inquieto, deseoso de probar la formula tal y como la había pensado el día anterior. Mezclé el compuesto con agua carbonatada. Lo agité. Quedó demasiado líquido tal vez. Lo guardé en la nevera para que Frank lo probara más tarde.

Ya casi a la hora de comer Frank llamó a la puerta de mi laboratorio dando voces eufórico.

−¡Me bebí tu mejunje y me parece que lo has conseguido John! Pero creo que ha perdido la apariencia de jarabe. He probado el compuesto y está muy bueno. Refresca y despeja. Creo que se comercializará bien. ¿Cómo lo llamaremos?

Estuvimos pensando durante días y no se nos ocurría nada hasta que de buenas a primeras, Frank gritó con media sonrisa «¡Eureka!» Y al cabo de una hora apareció con un logo pintado con lápiz rojo:

−¿Qué te parece si lo llamamos “coca-cola”?

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La apuesta

Desde el Blog ‘Varietes’, Ginebra nos propone escribir un relato sobre ‘un verano de fotografía’ inspirado en una serie de imágenes de conocidos fotógrafos. 

Llevaba días sin salir de aquella casa. Las vacaciones no estaban resultando como había previsto. Mis captores lo habían planeado bien. Me sacaron a la fuerza de mi coche cuando estaba aparcada en aquel área de servicio. Recuerdo que Robert, mi novio, había salido a comprar unos refrescos mientras yo preparaba unos bocadillos. De repente dos hombres con careta del Pato Donald abrieron la puerta, me taparon la boca y me lanzaron al suelo de una furgoneta. Todo fue tan rápido que no pude gritar, ni pedir ayuda. Debieron inyectarme algún somnífero porque cuando desperté estaba en la habitación de un pequeño apartamento. Me sentía mareada. Todo me daba vueltas y no podía moverme. Tardé unos segundos en reaccionar y tomar conciencia de cuanto había sucedido.

Pasadas las primeras horas perdí la noción del tiempo. Los individuos se turnaban para darme de comer y esperar que fuera al baño. Me dejaban sentada en el suelo con las manos y los pies atados y una cinta de embalar tapándome la boca. Bajaban las persianas y aquella oscuridad me confundía. Pasaba horas durmiendo, o eso me parecía, y cuando me despertaba intentaba interpretar todos los ruidos que escuchaba, reteniendo en mi memoria cada olor, cada sonido, cada mueble de aquella habitación destartalada. Un cuartucho barato de un motel de carretera de tercera categoría sin duda. Sí, quería recordar todo para poder contarlo.

Cada cierto tiempo uno de los dos venía y me destapaba la boca, no sin antes advertirme de lo que sucedería si gritaba y yo no dejaba de preguntar «¿Qué queréis? ¿Por qué yo? No tengo nada que os interese». Pero nunca contestaban, solo me amenazaban con un gesto, pasando el dedo índice por la garganta. Después me callaba. Aceptaba lo que me daban de comer, iba al baño y vuelta a la misma posición.

Una vez les oí hablar delante de la puerta. Por la rendija vi la sombra de sus pies. Discutían. Uno de ellos comentaba que ya estaba bien, que habían pasado cinco días. Que aquello estaba perdiendo la gracia. Que la apuesta fue para retenerme como máximo un par de días. Que no contara más con él. Entonces el otro le dijo que de eso nada, que tendría que seguir adelante porque él no estaba dispuesto a perder la apuesta… Hubo un silencio y se fueron. Aquel día no comí, ni bebí, ni pude ir al baño…

Decidí averiguar quien era el más débil y al poco tiempo me di cuenta de que el que tenía los ojos claros resultaba menos brusco y más accesible. Le miraba fijamente para que se apiadara. Sus ojos me recordaron a Robert. Pensaba en él continuamente, estaba segura que estaría buscándome.

Cuando se marchó, noté que las bridas que me sujetaban las manos estaban más flojas de lo normal. Y aunque tenía heridas en las muñecas, comencé a tirar y a tirar hasta que conseguí zafarme. Tenía que ser rápida porque no siempre venían a la misma hora. Me despegué la cinta de la boca y me arranqué como pude las ataduras de los pies. Apenas podía enderezarme, había pasado mucho tiempo en la misma posición y aunque casi no podía caminar, casi sin fuerzas, abrí una ventana y salí. Efectivamente era un motel con apartamentos independientes. Casi cegada por la luz del sol, caminé agarrándome a la pared.

Miraba hacia todos lados y observé que una furgoneta se acercaba. No sabía hacia dónde huir hasta que vi una enorme piscina al fondo. Había mucha gente bañándose. Me dirigí hacia allí, me quité parte de la ropa y de un salto me lancé al agua. Primero dejé fuera la cabeza observándolos. Me sumergí para confundirme con los demás usuarios. Contuve la respiración mientras miraba a través de la superficie del agua. Primero vi sus pies, luego estuvieron de espaldas buscándome con la mirada. Y después, cuando se volvieron, comprobé con asombro, que uno de ellos era Robert. No podía dar crédito, él era uno de los que me habían raptado.

Me mantuve así, quieta bajo el agua, con los ojos abiertos, hasta que pasaron de largo y se fueron. Después ascendí y saqué rápidamente la cabeza para recobrar el aliento. Luego salí de la piscina y caí al suelo desvanecida. Cuando desperté me atendían en una ambulancia.

La noticia de mi desaparición llevaba días circulando en la prensa y la TV. Mi relato y el de otras tres chicas que corrieron la misma suerte, ayudó a que la policía atrapase a los raptores: se trataba de un grupo de jóvenes que realizan apuestas por un juego de rol…

Y una vez todo hubo pasado, pedí traslado y comencé de nuevo en otra ciudad. Nunca más me detuve en un área de servicio, ni me alojé en un hotel de carretera.

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El secreto de Tim

el blog ‘Alianzara’ invita a un nuevo reto de escritura a partir de una imagen de Benny andersson titulada Star Light.

No era la primera vez que Tim merodeaba por aquella zona. Llevaba tiempo deseoso de explorar los lugares prohibidos y aquel día se alejó hasta lo más recóndito del bosque. Caminó y caminó hasta que de repente se encontró frente a una larga escalinata que se prolongaba hasta el infinito, y entonces, las palabras de su madre sonaron en su cabeza insistiéndole y advirtiéndole que no llegara hasta allí. Y es que nadie había conseguido regresar para contar qué había más allá de aquellos frondosos árboles.

Durante el camino dos mariposas revoloteaban a su alrededor hasta que acabaron posándose en unas flores, mientras él, quieto cual estatua, se detuvo admirando perplejo aquel paisaje junto a Laia, su perra, que esperaba tranquila sentada a su lado, dispuesta a acompañarle allá dónde decidiera ir.

En más de una ocasión Tim se había aproximado a aquel lugar aunque nunca se había alejado tanto de su casa. Era un niño inteligente y curioso pero también un hijo obediente que no quería disgustar a su madre. Y sin embargo, aquella mañana cuando salió lo hizo con el firme propósito de desafiar su propia voluntad y comprobar por sí mismo qué había al final de aquella escalera, detrás de aquella inmensa arboleda. Y además él debería regresar para contarlo y desmentir las leyendas y bulos que vetaban el acceso a aquel sitio.

El niño se acercó despacio al primer escalón, miró hacia arriba, llenó los pulmones de aire y dijo: «Vamos Laia. Vamos a subir». Y comenzó el ascenso.

Tim subía y subía a buen ritmo. De vez en cuando miraba hacia atrás para darse ánimo. Miraba detrás y casi no veía el principio. Miraba delante y tampoco. Las mariposas lo perseguían sobrevolando su cabeza. Laia avanzaba a su lado, un poco asustada, con el rabo entre las patas. Y cuanto más ascendía más profundo era el silencio y los árboles parecían cada vez más grandes. Comprobó que había especies diferentes y que algunas águilas y buitres surcaban y planeaban bajo un trozo de cielo azul dibujado de nubes blancas que parecían figuras de algodón. 

El niño se detenía de vez en cuando a mirar los hongos, las lombrices o alguna de las plantas que llamaba su atención. De repente comprobó que se encontraba justo en la mitad del camino y a partir de ahí comenzaba un largo descenso: «Por lo menos será menos cansado seguir. ¡Vamos Laia!».

La bajada resultaba mucho más rápida y cómoda. Pronto pudo oír el sonido de agua de un río o de un arroyo. Aceleró el paso, casi corría mientras Laia le seguía animada. Por fin vislumbró el final, el último peldaño, y al fondo, un manto de flores de todos los colores, y qué raro, las dos mariposas lucían sus alas posadas sobre unos lirios silvestres…Un poco más allá, en la penumbra, un concurrido bosquecillo alumbrado por cientos y cientos de luciérnagas.

Tim se detuvo a contemplar la belleza del lugar. Él y Laia estaban sedientos y se refrescaron bebiendo el agua del río que atravesaba aquel paraje. Luego se echaron sobre la hierba. Aquello era un oasis, un paraíso para disfrutar de la naturaleza en su plenitud ¿por qué entonces contaban esas historias macabras que alejaban a la gente? Pensaba muy serio, frunciendo el ceño… 

Entonces, de entre los árboles, surgió la figura de un pequeño elfo de cabellos dorados, orejas puntiagudas y ojos almendrados: «Las mariposas alertaron de tu llegada y ya que estás aquí daré respuesta a tus preguntas. No queremos que nadie venga a perturbar este lugar y gracias a las leyendas que corren nadie viene. Tu presencia aquí pone en peligro esta reserva natural, por eso tienes que prometer que no contarás a nadie lo que has visto ni desmentirás los mitos que circulan para salvaguardarlo».

Tim se quedó pensativo mientras miraba a su alrededor y entonces puso la mano derecha sobre su corazón y dijo: «Guardaré tu secreto. Lo prometo» y el elfo desapareció.

De repente el niño sintió un enorme zarandeo en su cuerpo y los lametones de Laia en la cara. Abrió los ojos y oyó la voz de su madre: «Despierta vamos, es el primer día de colegio, no llegues tarde. ¿Acabaste la redacción sobre las ‘aventuras del verano’ que debía entregar?…»

Tim se sintió desconcertado. Y pasados los primeros instantes de confusión, sonrió. Luego se levantó, se vistió, desayunó y salió dispuesto a afrontar satisfecho su primera jornada escolar. Por el camino dos mariposas le seguían volando a su lado, posándose en cada una de las flores que encontraban mientras él sonreía satisfecho y feliz: el secreto del elfo estaba a salvo.

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El examen

Para el relato de este jueves, el blog de Neogeminis propone un sencillo tema: escribir sobre lo que surja’.

La propuesta era sencilla y clara: escribir 350 palabras sobre ‘lo que surja’. Lo recuerdo como si fuera ayer. Se trataba de la asignatura ‘Redacción periodística’ y aprobarla suponía acabar en junio y promocionar sin ninguna pendiente para el siguiente curso. Y por medio todo un verano sin preocupaciones académicas, dedicándome sólo a los quehaceres propios del periodo vacacional o sea playa, cenas, salidas nocturnas…

El profesor nos convocó un jueves a las nueve en punto de una mañana de finales de junio. Hacía calor. Demasiada para la fecha. Aquel día me levanté malhumorada porque no había descansado. Encima, lo poco que dormí, tuve pesadillas. Un desastre. Y allí estaba yo, frente al edificio universitario, a pie de la escalinata, hablando con los compañeros sobre la temática que considerábamos nos iban a proponer en el examen.

El profesor Martínez sentía debilidad por los temas de actualidad, lo que nos obligaba a leer la prensa a diario y manejar periódicos de muy distintos signos para contrastar opiniones y analizar una misma noticia desde diferentes perspectivas ideológicas. Durante la espera comentábamos el panorama social y político e incluso apuntábamos algunas ideas por si acaso nos servían.

De pronto sonó el timbre y entramos en la Facultad. Nos dirigimos al aula. Éramos unos cuarenta alumnos. Nos sentamos siguiendo la manía del profesor de dejar libre una bancada y alternar. Tenía buena cara y parecía simpático. Bromeó. «Buena señal» −pensé. Y entonces se dispuso a proponer el tema y sonriendo se acercó al encerado, cogió una tiza y escribió: «Escribid sobre lo que surja en 350 palabras». Se volvió, se sentó en su mesa y cogió el periódico entre sus manos e inició su lectura.

En aquel momento nos miramos unos a otros encogiéndonos de hombros. Nadie escribía. La mente en blanco, la Musa desaparecida y el reloj que empezaba a correr…

Recuerdo no saber qué escribir. No se me ocurría nada y entonces casi sin darme cuenta y después de garabatear un rato comencé: “El tema propuesto en para el examen era sencillo y claro: escribir 350 palabras sobre ‘lo que surja’. Lo recuerdo como si fuera ayer…”

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‘Horror vacui’

En la convocatoria juevera de esta semana, Mag desde su blog ‘La Trastienda del Pecado’ nos invita a escribir sobre ‘el arte de no hacer nada’.

Nuestra cultura occidental ha difundido la pedagogía de la ocupación, de manera que suele asustar estar sin hacer nada, de ahí la tendencia a llenar todos los huecos y tener la agenda a tope, pasando de una actividad a otra, a veces, incluso a costa de padecer un tremendo estrés. Parece como si dejar algunos intervalos en blanco estableciera huecos o fisuras por donde nuestra vida puede escapar o nosotros mismos caer en una especie de sima o abismo. Esta sensación es conocida como ‘horror vacui’ o miedo al vacío: el terror a estar sin hacer nada. Una actitud que consideramos una pérdida de tiempo que acaba conduciendo al aburrimiento total y absoluto.

Nada más lejos.

Parece que la sapiencia oriental descubrió la necesidad de esos espacios en blanco y sus culturas contemplan el ‘no hacer’ como la capacidad de tomar conciencia y abandonar ‘el piloto automático’ que permanentemente nos induce a actuar. Algo así como cuando conducimos abstraídos y perdemos la conciencia del camino recorrido hasta llegar a casa.

Uno de los versos de un poema taoísta escrito por Lao Tse, es una preciosa metáfora que ayuda a comprender mejor este concepto: Se moldea la arcilla para hacer la vasija, / pero de su vacío depende el uso de la vasija.

No obstante no hay norma sin excepción y en Europa Occidental hay algunos países que han avanzado en esta reflexión, como por ejemplo los italianos que utilizan la expresión dolce far niente (lo dulce de no hacer nada) para aludir al arte de no hacer nada y en Holanda que han experimentado el método niksen (literalmente ‘no hacer nada’) para referirse a ese tiempo en el que nos recuperamos físicamente, pensamos con serenidad en un problema o simplemente tomamos una decisión.

En cualquier caso, ‘no hacer nada’ no siempre es una invitación a la pasividad o la pereza. Por el contrario a veces supone tomar conciencia sobre cuando actuar o cuando no. Del ‘arte de no hacer nada’ se obtienen muchos beneficios para la salud mental y física además de representar una oportunidad para disfrutar del único tiempo real que poseemos: aquí y ahora.

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