La ‘feliquidad’

Sugerencia de escritura del día
Describe un hábito que te aporte felicidad.

Con los años he descubierto -y lo que voy a decir no es ningún misterio- que la felicidad llega más por la vía de las cosas sencillas y pequeñas. Es más con el tiempo mi mayor aspiración no es la felicidad sino la ‘feliquidad’ o sea, ser feliz estando tranquila, porque eso significa que hay un orden, que todo está donde debe estar, que todo va bien a mi alrededor. Prácticamente no necesito más.

Pero hasta llegar a este sabio estado he tenido que transitar un largo camino. La ‘felicidad’ es una palabra muy larga, que tiene muchas letras y que procede del latín, felicítas-felicitátis que significa alegría, gozo o estado de satisfacción espiritual y físico. La felicítas a su vez se deriva de felix-felícis que significa fértil, fecundo. Y cuanto más vamos al origen, mayor grado de pureza nos muestra el término y más se explicita el significado del mismo.

Por otro lado la experiencia sobre el sentimiento o estado de felicidad bascula en función de las diferentes etapas de la vida, entendida ésta como un ciclo que comienza y acaba. Así de pequeños la felicidad adquiere formas simples pero materiales. Del resto no tenemos consciencia. Nos construimos con los años y será en el ámbito de las emociones en las que más tarde encontramos la fuente de auténtica felicidad. Durante la edad adulta se produce una mezcla de todo. La emociones importan -¡cómo no!- pero reunimos muchas aspiraciones a la vez: profesionales, materiales, afectivas, sensoriales. Cada una de ellas nos proporcionará un tipo de felicidad y todas nos conducirán al clímax. Esta es una etapa de grandes ambiciones, de enorme crecimiento profesional, de grandes metas y a veces, hasta de grandes éxitos. Sí, es una fase en la que pensamos a lo grande…

Pero la vida continúa y del crecimiento profesional pasamos al personal, y ambicionamos menos y a vivir conscientemente más: comenzamos a valorar el tiempo como ingrediente que aporta calidad de vida. Menos cantidad y más calidad, este será el lema. Y con los años, será precisamente el tiempo el capital que mejor querremos invertir y administrar. A partir de aquí la voz felicidad se tornará mucho más sencilla. Y si la vida nos regala ‘tiempo’, llegado el momento, daremos rienda suelta a nuestros intereses y aficiones: el placer de las fotografías, pasear con tu mascota y tu amiga, abrir un blog, escribir, contemplar amaneceres y atardeceres, leer un buen libro o cuidar las plantas por ejemplo…Es entonces cuando una comprende que la felicidad, es eso. Y esa palabra tan larga y de tanto recorrido, pasa a tener un significado muy simple que en mi caso, se reduce experimentar tranquilidad, como mucho, satisfacción. Digo yo que por eso me hace feliz contemplar la luna llena o ver como cae el sol, comer un arroz con leche, tener una buena conversación o simplemente, ver reír a mis hijos, estar con mi familia y con los amigos que quiero. Saber que están bien y ver en su felicidad el reflejo de aquella que también fue mía. Son ellos y sólo ellos quienes alimentan mi propio bienestar.

Básicamente eso es la ‘feliquidad’: ser feliz sintiéndome tranquila, estando bien por dentro… Lo demás vendrá por añadidura…

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Pies para que os quiero…

Imagen: Internet

Lo más lejos de nuestro cuerpo son las plantas de los pies. Distancia medida desde nuestra cabeza claro, parte que representa la consciencia pues en ella tenemos el cerebro. Y qué poco interés nos despiertan los pies. Qué poca importancia les damos. No están a la mano ni a la vista como sus homólogas superiores, las manos, a las que prestamos mayores cuidados porque se ven. En cambio, en el caso de los pies, pueden pasar años sin que los miremos, y sin embargo, cuánta importancia tienen en el contexto del cuerpo y de la vida.

Las plantas de los pies constituyen nuestro sustento, nuestro apoyo, nuestro soporte. Gracias a ellas podemos caminar, permanecer erguidos, mantener el equilibrio o correr veloz como una gacela. De no ser por los pies y sus plantas, nuestras vidas no serían como son. No nos desplazaríamos a ninguna parte. Que se lo digan si no a todas esas personas que aunque tiene pies, no pueden caminar. Seríamos como ellos. Seres sedentes que necesitan de una mecánica subalterna para ir de un sitio a otro. Los pies nos permiten huir de una situación peligrosa y también nos pueden paralizar en estado de pánico. Los pies tienen una función importante en nuestro marco anatómico.

Si serán importantes los pies que cualquier alteración, problema o padecimiento, condiciona nuestra vida cotidiana. Pasamos de ser independientes a no serlo y necesitar la ayuda de objetos auxiliares que suplan la falta de apoyo -bastones, muletas, tacatacas- o de alguien para casi todo. Es entonces y solo entonces cuando valoramos y consideramos prestarles un poco de atención y ofrecerles ciertos cuidados. Sólo cuando no podemos caminar con normalidad, cuando nos duelen, cuando se aquejan de cualquier malestar, comprendemos que son una parte muy sensible y delicada. ¿Cómo si no explicaríamos la molestia tan grande que supone una pequeñísima piedrecita en el zapato? La sensibilidad plantar es extrema. Comprobado.   

Si serán importantes los pies que contienen una psicología propia. Y más allá de lo físico y fisiológico, representan una hermosa metáfora tanto en cuanto nos arraigan al suelo, nos mantienen en el presente y nos permiten avanzar. Por eso la forma de caminar dice mucho de una persona: la edad, la etapa de la vida, la inseguridad, la valentía, el miedo, la duda, el conflicto y el estado de ánimo en general…

En definitiva, los pies simbolizan arraigo y firmeza, están relacionados con nuestra manera de ser y de ver la vida. Además cada pie refleja todo nuestro cuerpo en la planta, a donde van a parar muchas terminaciones nerviosas. Así el pie izquierdo representa el hemisferio derecho del cerebro, nuestra parte sensorial, más femenina. En él se representa el futuro, lo inconsciente.  Y el pie izquierdo encarna el hemisferio derecho, la parte más masculina, lo consciente. Y otra cosa importante, las plantas de los pies constituyen una puerta de entrada y salida de la energía proveniente de la madre tierra.

¿De verdad no creen que existen demasiadas razones como para empezar a ser amables y portarse mejor con nuestros queridos pie?

Que así sea…

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Tú…

Fotografía: mp_dc

De vez en cuando tu ausencia se me antoja como un pesado manto depositado sobre mi espalda. Una capa de plomo me envuelve y me obliga caminar despacio y encorvada. Los movimientos se ralentizan. La mirada se pierde. La voz se calla. Los pensamientos bullen hacia un único objetivo: tú y tu recuerdo. Por alguna razón que desconozco, algunos días no resultan fáciles y duele pensarte como una vieja herida que se abre, como duelen los huesos con el frío invierno y después se pasa en cuanto asoma la primavera y templa el aire con el sol.

Los recuerdos se presentan transformados en un mar en calma. Te miro pero no te veo, solo te pienso. Tú y tus cosas. Tus gracias, tus expresiones, tus respuestas, tus ideas absurdas y acertadas, tu manera de comer, tu sonrisa con la ceja arqueada, tu mirada de niño que esconde una travesura a punto de ser descubierta. Tú y tus causas perdidas. Tú y tu pena por el pobre, el desvalido, el solitario, el indefenso, el débil. Tú y tu música vibrando a través de los auriculares. Tú y tus experimentos al sol. Tú y tus camisetas, tus gorros, tus deportivas. Tú y tus arreglos en casa. Tú invitándome a merendar contigo. Tú y tus amaneceres tardíos. Tú y tu enfermedad, los viajes al hospital, las intervenciones, el miedo, la espera, la desgana, la desesperanza. Tú y el final. El miedo de nuevo. La soledad. El agotamiento. El duelo.

Tú y siempre tú. Tan ausente, tan presente, tan aquí, tan allá…

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El libro

Imagen: Internet

Leí y leí aquel libro con el interés propio que me despertaba junto al que me provocaba imaginarla a ella en semejante lectura. Y mientras lo sostenía entre mis manos, avanzaba cada página deslizando por cada una de ellas las yemas de mis dedos buscando su rastro, movido por el deseo de que mis huellas exploraran y acariciaran las suyas hasta coincidir. Paseaba la vista por cada uno de los renglones, escudriñando cada palabra del texto, adivinando e intuyendo sus gestos, a sabiendas de que sus ojos habían pasado antes por allí.

De vez en cuando, en el extremo superior, a la derecha,  observaba el doblez allí donde se había detenido y me paraba yo también un instante para pensar que justamente aquí, dejándose llevar por el cansancio o el sueño, su mirada se habría detenido para pausar lectura y descansar.

Y entonces cerraba los ojos y dejaba volar y imaginación…

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El espía

Imagen Internet

Me dirigía al mercado como cada mañana durante el verano. Era muy temprano pero ya empezaba a llenarse. Los mercados son lugares que despiertan los sentidos y no sólo por los sonidos de fondos sino por los aromas, los colores, los sabores, las texturas. Crucé por la entrada lateral para tomar un café con churros, algo que repetía a modo de ritual estas mañanas de verano. Y ya repuesta me dispuse a comprar e hice la primera parada en la carnicería. Me detuve ante el mostrador acristalado. Los trozos de carne aparecían dispuestos en bandejas, organizados por filas y montones troceados de ternera, cerdo, pollo, cada uno con su cartel anunciando el precio. Me llama la atención la limpieza de los azulejos, blancos e impolutos. En el interior un cámara frigorífica y un mostrador donde se amontonan bandejas de corcho blanco, una máquina para plastificar, una trituradora de carne, otra para cortar huesos y una barra fija en la pared, de la que cuelgan jamones, chorizos y morcillas de la tierra.

La chica que atiende viste ropa blanca y una especie de visera con una malla donde recoge el pelo, que se intuye largo y limpio. Incluso sus manos se ven aseadas y cuidadas cuando las enseña apoyadas sobre una tabla gruesa de madera dónde corta y prepara la carne. El delantal muestra una pequeña mancha roja, salpicadura de un hígado que acaba de cortar. De repente el cristal refleja el rostro de un hombre de mediana edad con gafas de sol y sombrero. Se ha colocado justo detrás de mí, pero cuando decido girarme ya no está.

Prosigo la compra en el puesto de frutas y verduras. Igualmente está organizado siguiendo un orden riguroso: melones, sandías, kiwis, cerezas, plátanos, peras y manzanas que llamaron mi atención, dispuestos por colores: rojas, verdes y amarillas. De nuevo, esta vez de refilón, me parece ver el rostro de aquel desconocido pasando tras de mí. Y de nuevo se me escapó sin conseguir ubicarlo.

Pasé por la panadería donde me esperaba una cola de cuatro o cinco personas. Pedí la vez y me coloqué al final. Faltaban sólo dos para que llegara mi turno cuando a unos pocos metros de mí apareció el hombre de mediana edad, con gafas de sol, sombrero y un periódico en la mano.  Comencé a inquietarme considerando que no fuera casual verle tantas veces, ni que se produjeran esas extrañas desapariciones. A punto estuve de abandonar la cola y acercarme para preguntarle qué quería o que hacía espiándome.  

–Lo haré en cuanto compre el pan −me dije decidida.

Y así fue. En cuanto pagué, salí de la panadería, y ya encaminada hacia donde le había visto por última vez, observé que no estaba.

−Este hombre se burla de mí, es un espía o no tiene nada que ver conmigo  −pensé.

Entonces me giré mientras negaba con la cabeza intentando dejar correr el tema cuando me di de bruces con él, frené en seco y me quedé cara a cara frente a él.

−Perdón –dije sorprendida y atolondrada.

−Acabo de comprobar que este pendiente es suyo -dijo pausado y correcto-. Tenga, se le cayó delante de mí. Perdóneme si le ha parecido que jugaba al ratón y al gato, creí que era de la chica que estaba a su lado en la carnicería y las he seguido a ambas hasta darme cuenta que era suyo. Discúlpeme si la he asustado.

−¿Asustado? No, no, qué va. Muchas gracias por el pendiente -afirmé mientras me tocada la oreja-. Habría sido una faena perderlo.

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Huele a verano…

Foto: mp_dc

Huele a verano. Lo sé porque me invaden aromas especiales e inconfundibles a mar, a playas, a arena mojada, a algas, a conchas, a rocas y el cuerpo me pide degustar esos sabores tan inconfundibles como propios del estío: el sabor de las frutas, de los cítricos refrescantes a los que solemos acudir para mitigar o calmar el calor y la sed.

En mi tierra todo está casi listo para recibir la avalancha de turistas. Desde la pandemia parece que el Sur está de moda y este rincón se llena de extraños, nacionales y foráneos, de todas las edades y nacionalidades diversas. Llenan los hoteles, las playas, los restaurantes, los chiringuitos. La ciudad parece una colmena, una babelia en la que todos parecen ser felices… Bueno, casi todos. Porque quienes vivimos aquí, apartados del mundanal ruido, los meses de verano constituyen un auténtico martirio…Al menos para mí.

Pero no quiero dramatizar. El verano tiene también una cara amable: la del encuentro con los amigo, la visita de los familiares y las vacaciones de los hijos, de quienes apenas disfrutamos cuando los tenemos lejos.

Pero sobre todo el olor a verano me recuerda aquellos lejanos días de mi niñez, cuando, mi hermana y yo, nos marchábamos de vacaciones con mis padres. Me acuerdo de aquel Renault Dauphine que parecía estirarse como un chicle, porque teníamos que caber todos. Y cuando digo todos, quiero decir cinco personas y un perro: mis padres, la abuela Pilar, mi hermana Pili y Mccartney, un cocker spaniel inglés de cinco años. Más las maletas claro…

A mis padres les encantaba el Mediterráneo. Decían que no era peligroso para nosotras, pero yo creo que íbamos porque mi padre tenía un amigo en Pego, un pueblo de Alicante, quien a su vez conocía a alguien que nos alquilaba una casita cerca de Oliva, en la costa. Fidel, que así se llamaba, conocía a mi padre desde el colegio. Juntos estudiaron hasta que haciendo la mili, se enamoró de una chica de allí y se casaron. La distancia no acabó con una amistad que ha resistido y perdurado sobre cualquier circunstancia. Y por eso íbamos en verano allí, y por eso Fidel y Mercedes, su mujer, pasaban la Semana Santa con nosotros.

El viaje era largo, lento y pesado. La abuela Pilar nos cantaba canciones y jugaba con nosotras al veo veo. Mi hermana era muy inquieta, pero la abuela sabía calmarla contándole historias en voz baja, mientras yo, absorta, miraba por la ventanilla, pensando que la vida tenía esa forma cuadrada y que era así como pasaba, como las páginas de un libro, de una en una, pero más rápido…A mis padres les encantaban Serrat y Sabina -gusto que yo he heredado- y cuando entrábamos en la recta final hacia el pueblo, mi madre, rauda y veloz como el rayo, rebobinaba la cinta para que sonara Mediterráneo, canción que cantábamos todos juntos, a coro.

Entonces todo era muy sencillo y no tenía que preocuparme de nada. Y así, acurrucada en el costado de mi abuela, pensaba que el mundo empezaba y acaba justamente allí…

Es por eso que el verano también huele a mi abuela Pilar cuando me esperaba en la orilla con los brazos abiertos para envolverme en una toalla; al puro que Fidel y papá se fumaban por la noche en la puerta de casa; a la paella de mi madre; al pelo de mi hermana cepillado una y otra vez para desenredarlo… El verano huele a nostalgia, rezuma las ausencias de aquellos que nos van faltando y pellizca el corazón porque nos duelen…

Pero si tuviera que resumirlo con una sola palabra diría, que sobre todo, el verano huele a vida…

lady_p

El viaje

Imagen:Internet

Siempre me ha gustado viajar en tren y las estaciones me han parecido una digna metáfora de la vida: hay trenes que llegan, paran y te subes, otros que dejas pasar ante tus narices, cuestionándote si el destino será o no conveniente, y  a veces, alguno pasa de largo porque llegamos demasiado tarde…

Por otro lado, las estaciones conforman espacios de sentimientos y emociones encontradas. Lugares donde se producen encuentros deseados, esperados o añorados pero también despedidas amargas e inevitables. Si lo pienso, aún puedo sentir el suave tacto de otras manos que se entrecruzan con las mías en mi bolsillo para decirme hasta pronto, en realidad adiós…

Así que sí. Las estaciones me producen cierta nostalgia y despiertan en mi memoria el recuerdo de un amor imposible, de un encuentro deseado o de viajes inolvidables, como aquella primera vez que fui con mis padres a Madrid cuando apenas tenía doce años…

Corrían los primeros días del mes de enero. Pronto terminarían las vacaciones de Navidad, por eso mi padre había tenido que avisar al colegio que faltaría a clases. Recuerdo que los días previos estaba muy nerviosa, deseando que llegara la hora de partir. Mi madre daba vueltas de un lado a otro enfrascada en los preparativos o haciendo comida para mi otro hermano que se quedaba sólo en casa. Mi padre, en cambio, se encargaba de las cuestiones técnicas y daba instrucciones a mí hermano que lo miraba con atención, sin disimular su alegría por quedarse a solas. De vez en cuando aprovechaba para hacerme gestos por detrás y chincharme, cosa habitual en él.

Me acuerdo que la casa andaba algo revuelta con tanta actividad. Mi habitación se había convertido en el centro de control. Sobre la cama aparecían desplegadas tres tandas de ropas que, una vez revisadas, se guardaban en la maleta. Yo iba a mi rollo y fantaseaba sobre las expectativas del viaje.

Por fin llegó el día. El tren salía por la tarde y llegaba a la mañana siguiente muy temprano. Mis padres llamaron a un taxi para que nos acercara. Ya en el portal, nos cruzamos con una vecina de la que también nos despedimos. Mi padre se sentó delante, junto al conductor. Mi madre y yo nos acomodamos detrás.

Por aquel entonces la estación de mi ciudad era –para mi gusto- más bonita que la actual. Antigua, con cubierta a dos aguas y columnas de hierro típicas de entonces. Cuando llegamos el tren estaba parado en la primera línea del andén y extendía a lo largo una fila de vagones enumerados, con las puertas abiertas para que los viajeros se fueran incorporando. De vez en cuando se escuchaba la llamada del jefe de estación que anunciaba la salida del expreso con destino Madrid. Sonaba el bullicio de la gente. Algunos se apresuraban maleta en mano, dirigiéndose hacia la puerta correspondiente mientras comprobaban los billetes. Y aunque íbamos bien de tiempo, todos parecíamos tener prisa y caminábamos acelerados de un lado para otro. Abrazos apretados y besos a pie de los tres escalones de acceso al vagón, demasiado altos para mí. Tuve que alzar mucho la pierna e incluso me sujetaron para subir. Y una vez dentro, los viajeros se apelotonaban de pie en el pasillo, mirando por las ventanillas, despidiéndose con gestos y con palabras de aliento y cariño, manifestando las ganas de volver o la pena de tener que marcharse.

Los vagones mostraban un largo y estrecho pasillo iluminado por numerosas ventanas -que se podían abrir- frente a las cuales se disponían los diferentes compartimentos. El espacio interior se componía de cuatro asientos a ambos lados, y en la parte superior, un altillo con rejilla para las maletas. Los asientos, de color oscuro, se desplazaban un poco hacia adelante permitiendo mayor amplitud y comodidad. Entre ambas filas, ocupando la pared de fondo, un gran ventanal que se abría desde arriba, bajo el cual se desplegaban un par de minúsculos tableros cuadrados, de color crema con bordes de metal dorado, que hacían la función de pequeñas mesitas donde se apoyaban el bolso de mano o algún libro o revista.

De repente un ligero impulso acompañado en un sonido característico, y el tren comenzó a moverse lentamente, deslizándose despacio por las vías, hasta que poco a poco notábamos cómo aceleraba y las personas en la estación se iban haciendo diminutas y lejanas: el viaje comenzaba.

Entonces, me acomodé en mi asiento, desplegué la mesita, abrí mi cuaderno de notas y comencé a escribir este relato…

Desde Macondo…

Imagen: Internet

El desayuno es mi comida favorita. Hay quienes se conforman con un café, pero yo necesito algo más: unas buenas tostadas, una de pan de centeno, cereales o integral y otra de pan blanco; zumo o alguna pieza de fruta y una buena taza de café con leche. La preparación requiere una liturgia diferente al resto de las comidas, de manera que tanto el café como el pan estén calientes y en su punto. Luego coloco todo sobre una bandeja, con una servilleta de tela -intentando velar por los árboles del Amazonas- y me dispongo a disfrutar del pequeño festín… Tanto en verano como en invierno, si el tiempo lo permite, me gusta sentarme al aire libre. Por estas fechas el canto de los pájaros me acompaña. Todo un placer para los sentidos. Y después de este ritual ya estoy preparada para afrontar el día…

Alguna que otra vez se me ha ocurrido grabar con el móvil estos trinos matutinos para enviárselos a mi hija y hacerle llegar algunos sonidos que le recuerden a casa… Las mujeres -y también algunos hombres aunque menos- custodiamos y transmitimos la memoria familiar, por eso, desde hace tiempo, desvelo poco a poco, los ‘secretos culinarios’, las recetas caseras de algunos guisos y los remedios naturales de algunos males que, según tengo entendido, mi abuela ya practicaba. Recuerdo aquel día, cuando le curé a mi hija pequeña un corte en el dedo con la membrana fina de la cáscara de un huevo. ¡Alucinó!. Le expliqué que debía aplicar la cara jugosa sobre la piel para que después, al secarse, hiciera presión y cortara la hemorragia. Le comenté cómo las plaquetas de apelotonarían en torno a la herida, formando una barrera e impidiendo que la sangre fluyera. Finalmente le comenté que una vez seca la membrana, convenía meter el dedo en agua tibia y limpiarla de nuevo con algún desinfectante. Luego le conté como mi madre salvó a mi primo de unos puntos de sutura en una ceja con este método ancestral pero seguro.

Estos y otros relatos se los entrego a mis hijos como parte del legado familiar para que dispongan de esa porción de la herencia, que por su esencia emocional e inmaterial, constituye el más valioso cuerpo de bienes que se pueda traspasar… Ellos no quieren olvidar ni yo quiero que olviden…

No sé por qué me acordé del libro de García Márquez, Cien años de soledad. Recordé esa magnífica hipérbole llevada al extremo por el escritor colombiano, recreando hasta sus últimas consecuencias la ficción de Macondo con mapa incluido…Y pensé en aquel capítulo en el que José Arcadio Buendía explicaba a los vecinos las consecuencias de la epidemia -también llamada ‘peste del olvido’- y la fórmula que Aureliano, su hijo, encontró para combatirla etiquetando cada cosa con su nombre…

Yo creo que Macondo puede servir de metáfora que ayude a comprender la importancia de la memoria y el miedo al olvido. Todos queremos conservar esos territorios comunes donde reside nuestro pasado familiar. Un hilo de memoria por el que circulan los recuerdos, nos atraviesa y nos une. Y por eso cuando nos reunimos en mi casa nos contamos las viejas historias, las de nuestros mayores y las nuestras, todas las que acumuladas con el paso del tiempo. Porque nosotros, todos en realidad, como los habitantes de Macondo, nos negamos al olvido…

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Dos okupas y un destino…

Después de una larga jornada de trabajo, volví a casa. Al llegar observé que en mi sitio habitual estaba aparcado un viejo Ford familiar, lleno de enseres hasta los topes. Aparqué donde pude. Me bajé. Metí la llave en la cerradura de la puerta y la abrí…Y allí estaban ellos: una extraña pareja de jubilados haciendo una barbacoa en mi jardín…

Paralizada, temblorosa y asustada, no daba crédito. La señora, parada en la entrada de la cocina, se adelantó y dijo amable mientras miraba a un señor que atizaba el fuego:

−Wen, por favor, haz las presentaciones, ¿no ves lo asustada que está?

Él le devolvió la mirada, se acercó y me tendió la mano:

−Hola, somos Wen, de Wenceslao, y Úrsula.

−Los okupas –interrumpí en tono sarcástico.

−Pero explícale Wen, explícale –insistía su mujer.

Él parecía dudar. Miró a su mujer, luego a mí, y finalmente, dijo:

−Creo que mejor te lo contamos mientras comemos. Como ves todo está preparado y la carne a punto. Ven, siéntate con nosotros. Estás en tu casa…

−Ya…¡Es que es mi casa! –Afirmé rotunda y seca.

Nos sentamos. Me llamó la atención que supieran dónde estaba todo: vajilla, cristalería, cubiertos, servilletas…¡Incluso el vino! Y hasta Cara, mi galga, había hecho buenas migas con ellos y ya se había colocado junto a él, a ver si conseguía un trocito de carne…

Wen, manitas de profesión, y Úrsula, costurera experimentada en arreglos, se habían jubilado a los 75 años. Vendieron su piso y se marcharon de su ciudad a la aventura. El plan era recorrer el país mientras tuvieran dinero, y a la vuelta, ingresar en una residencia de mayores. Pero les robaron, enfermaron y se refugiaron en la primera casa vacía que encontraron. Días después, sorprendidos por la dueña, le explicaron su mala suerte y la persuadieron para quedarse ofreciendo sus servicios para compensar los gastos.  

Todo acabó tan bien que convirtieron la casualidad en estrategia. Y así fue como llegaron a mi ciudad, a mi urbanización y a mi casa.

Aquella pareja de ancianos, tan excéntrica como encantadora, me sedujo hasta convencerme…Y se quedaron, colaboraron y se marcharon…

Toda una experiencia…

©lady_p