Desde el blog ‘Acervo de letras’ el Vadereto de esta semana nos invita a escribir sobre ‘bendita paciencia…’.

Esta es una historia real. O sea, cualquier parecido con la realidad no es pura coincidencia…
A lo largo de años de enseñanza una se ha tropezado con todo tipo de alumnos. Para mí es, sin lugar a dudas, una de las mejores profesiones aunque por desgracia, ni está suficientemente valorada ni goza del reconocimiento y prestigio social que merece. Yo me atrevería a decir que más que una profesión se trata de una vocación, porque requiere de ciertas cualidades, paciencia y valores, que no cualquiera posee.
Si todo marcha bien los alumnos son un portento y si sale mal el profesor es un matraca… Algunos padres se muestran colaboradores y comprensivos, facilitan la labor y forman un tándem necesario para la tarea educativa. Otros en cambio, se alinean unilateral e incondicionalmente del lado de su hijo, para bien o para mal, y la labor del profesor se ve entorpecida.
Conservo en mi memoria muchas anécdotas divertidas, otras no tanto claro, hay de todo. Pero a propósito del tema en cuestión, recuerdo esta que narro a continuación.
Aquel curso fue especialmente complicado. Estrenábamos centro. Todo estaba nuevo, impoluto. Pero a falta de alumnos de la zona llegaron otros de diversa procedencia. Estábamos de acuerdo que debíamos ser pacientes y armarnos de valor para que no se nos fueran de las manos. Y aunque nos hicimos una idea a priori, la realidad fue un gran choque porque aquellos niños venidos del campo, acostumbrados a trabajar mucho y leer poco casi, no sólo no pronunciaban con claridad y costaba entenderlos sino que carecían de la más mínima disciplina.
Yo había organizado el aula con las mesas dispuestas de dos en dos, formando tres filas. Les dejé sentarse libremente, dónde cada uno quiso. Nada más comenzar la clase, lo primero de todo fue presentarme y pasar lista para conocerlos. Cada cual aportaba unos pocos datos sobre sí mismo y contaba de dónde venía a la par que expresaba sus expectativas. Fue muy interesante hasta que nombré a Vicente, Vicente de la Calle Ruíz para más señas. Era muy bajito para su edad. Delgado y con unos ojos muy expresivos. Venía de una escuela rural. Era tímido y casi no le salía la voz de cuerpo. Con un hilo de voz contó que sus padres trabajaban en el campo y que como él les tenía que ayudar, había faltado mucho a la escuela el curso anterior y que por eso repetía. Dijo que era el mayor de cuatro hermanos, dos niñas y dos niños. Que era culé y que esperaba hacer amigos. Iba a nombrar al alumno siguiente cuando levantó la mano y dijo:
−Maestra, me se…
Y yo de inmediato le corregí…
−No se dice ‘me se’ Vicente, la semana siempre antes que el mes. Se dice ‘se me…’
−Ya maestra –contestó insistente- yo lo que quiero decir es que si ‘me se…’
−A ver hijo, ¿ qué es lo que no entiendes?. Te repito, se dice ‘se me’ no ‘me se…’
−Lo he entendido, pero es que le quiero preguntar si ‘me se…’
−Mal empezamos Vicente –le dije en tono cariñoso y paciente. A mí no me importa repetir las cosas tantas veces como sea necesario, para eso estoy aquí. Pero te estás empeñando tontamente. ¿Necesitas que te ponga un ejemplo?. A ver: “ ‘se me’ cayó el libro no ‘se me’ cayó el libro”. ¿Está más claro ahora?
−Si maestra, pero ¿me deja poner a mí otro ejemplo? A ver: «maestra ¿’me se-paro’ de mi compañero? Es que no la veo…»
La carcajada fue monumental y mi cara un poema. Desde aquel día Vicente cayó en gracia. Hizo amigos y hasta aprobó el curso.
Respecto a mí, disfruté muchísimo aquel primer encuentro y me reí hasta que me dolieron las mandíbulas. No obstante el curso fue muy duro y tuvimos ciertos desencuentros, pero Vicente resultó ser mejor alumno de lo esperado y sorprendentemente la ‘bendita paciencia’ y el cariño funcionó a las mil maravillas con él. Por eso y por mucho más, se quedó en mi memoria para siempre.
©lady_p
Hola que buen relato, como maestra también he tenido mis “Vicentes” en la vida. Y si algo he aprendido, es que a veces lo que parece un mal comienzo… termina siendo el mejor capítulo, y es que hay encuentros que te sacuden, que te enseñan más que cualquier manual pedagógico. Vicente no solo aprendió a conjugar verbos, aprendió a hacerse ver, a hacerse querer. Y la profe, con mandíbula dolorida de tanto reír, nos recuerda que educar no es domar, es acompañar. Abrazos desde VENEZUELA
Me gustaLe gusta a 1 persona
Hola, Lady.
Un relato muy divertido y que me trae muchos recuerdos. Como dice Raquel, muchas veces, los Vicentes, que las clases te trae, son los que te hacen amar esta profesión.
Como dices, la enseñanza es, o debe ser, una gran vocación y la Paciencia su mayor virtud. Hoy en día las cosas parecen más complicadas, pero en las grandes batallas se conocen a los mejores guerreros y los maestros (me gusta mucho más que profesores) suelen demostrarlo.
Muchas gracias por compartir tus vivencias y hacernos reír con ellas.
Abrazo Grande.
Me gustaLe gusta a 1 persona
Hola Lady, en mi familia mi abuela y mi tía abuela fueron maestras. La tradición se rompió con mi hermana y conmigo. Yo respeto mucho la profesión de maestra. Reconozco la «bendita paciencia» nacida del amor a la profesión y a los alumnos que tienen que tener. Me gustó tu anécdota, me pintó una sonrisa en los labios y me hizo acordar de mi abuela sobre todo. Te mando un abrazo.
Me gustaLe gusta a 1 persona
Una preciosa historia en un texto del que megustaría hacer dos puntualizaciones:
Respecto a la valoración de la enseñanza, tenemos la manía de valorar una profesión por los sueldos y no por lo que supone, nada menos que transmitir y originar conocimiento (que, en mi opinión, no tiene valor).
Y con respecto a los padres creo que además de colaborativos y defensores a ultranza de su hijo, hay un tercer tipo que, en mi opinión, es el peor. Son los que siempre te abordan cuando recogen a su vástago y te dicen cómo tienes que educarle a él. Son esos que intentan transferir su responsabilidad educadora al pobre maestro o maestra. Con estos si que es necesaria la paciencia.
Un saludo.
Me gustaLe gusta a 1 persona
Muchas gracias. Efectivamente también están aquellos padres que creen que no tienes vida fuera den centro. Saludos!
Me gustaMe gusta
Hola Lady_p
Yo también soy maestra, aunque le dediqué muy poco tiempo a la profesión. Mi periplo laboral me llevó por caminos más tecnológicos y aventurados para la época. Pero me quedó para siempre la sensación de sentir la felicidad que experimenta quien despierta un mundo nuevo en la mente de otro ser, sea grande o pequeño.
¡Me encantó tu relato! ¡Cuántas veces nos empeñamos en educar sin antes pararnos a constatar lo que el alumno está tratando de hacernos entender! ¡Magnífica enseñanza! Nos hace pensar que: Antes de contestar, usa tu PACIENCIA y escucha.
Un abrazo grande
Marlen
Me gustaLe gusta a 1 persona
Muchas gracias Marlen, continúo echando de menos aquellos buenos ratos…y otros no tan buenos. Un abrazo!
Me gustaLe gusta a 1 persona
Qué bueno, Lady P. Ese final me ha hecho soltar la carcajada. Qué bien has recreado el ambiente de la clase, la inocencia del niño y cuánta paciencia hace falta siempre en ese mundo de la enseñanza, ¿verdad? Estupendo tu relato.
Me gustaLe gusta a 1 persona
Gracias Marta, me alegra que te haya gustado. Un abrazo!
Me gustaMe gusta
Hola, Lady, genial anécdota. En las clases, la paciencia debe primar porque de lo contrario… Yo soy profe de secundaria y ni te cuento lo que se ve. Coincido contigo en que es una profesión nada valorada, ni por familias ni por el gobierno, sea del color que sea. Seguiremos conservando una pizca de paciencia aunque sea, es lo único que nos queda.
Un abrazo. 🙂
Me gustaLe gusta a 1 persona
Hola lady_p. Me ha encantado esta reflexón sobre la vocación docente –una mezcla de paciencia, valores y resistencia frente a la falta de prestigio social–, que pinta un aula vibrante con alumnos de campo, poco disciplinados pero auténticos, y un Vicente que, con su “me se” insistentemente corregido por “se me”, desemboca en un malentendido cómico: su pregunta sobre “separarse” de su compañero revela su intención literal, arrancando carcajadas y rompiendo el hielo. La escena, con la maestra desarmada por la risa y Vicente ganándose el cariño de todos, muestra la magia de los pequeños momentos que hacen memorable la docencia; el cierre, donde Vicente aprueba y se queda en la memoria de la maestra, subraya el poder transformador de la paciencia y el afecto, dejando un eco de gratitud por los maestros que, pese a los retos, encuentran alegría en sus alumnos y un recordatorio de que la educación es un acto de amor.
Un abrazo
Me gustaLe gusta a 1 persona
Muchas gracias Marcos por tu estupenda lectura. Efectivamente la docencia tiene algo mágico para quienes amamos la profesión. Te aseguro que proporciona pocos momentos gratos y más de uno amargo…Y aun así merece la pena. Un abrazo!
Me gustaMe gusta
Jajajaja, como decía mi abuela, me parto y me mondo… la paciencia es una virtud aunque a algunos nos resulte tannn difícil ponerla en práctica.
Un abrazo.
Me gustaLe gusta a 1 persona
Los adultos a veces pecamos de creer saberlo todo y de repente un Vicente nos sorprende y nos hace ver que no tenemos todas las respuestas.
Un placer leerte.
Me gustaLe gusta a 1 persona