Tú…

Fotografía: mp_dc

De vez en cuando tu ausencia se me antoja como un pesado manto depositado sobre mi espalda. Una capa de plomo me envuelve y me obliga caminar despacio y encorvada. Los movimientos se ralentizan. La mirada se pierde. La voz se calla. Los pensamientos bullen hacia un único objetivo: tú y tu recuerdo. Por alguna razón que desconozco, algunos días no resultan fáciles y duele pensarte como una vieja herida que se abre, como duelen los huesos con el frío invierno y después se pasa en cuanto asoma la primavera y templa el aire con el sol.

Los recuerdos se presentan transformados en un mar en calma. Te miro pero no te veo, solo te pienso. Tú y tus cosas. Tus gracias, tus expresiones, tus respuestas, tus ideas absurdas y acertadas, tu manera de comer, tu sonrisa con la ceja arqueada, tu mirada de niño que esconde una travesura a punto de ser descubierta. Tú y tus causas perdidas. Tú y tu pena por el pobre, el desvalido, el solitario, el indefenso, el débil. Tú y tu música vibrando a través de los auriculares. Tú y tus experimentos al sol. Tú y tus camisetas, tus gorros, tus deportivas. Tú y tus arreglos en casa. Tú invitándome a merendar contigo. Tú y tus amaneceres tardíos. Tú y tu enfermedad, los viajes al hospital, las intervenciones, el miedo, la espera, la desgana, la desesperanza. Tú y el final. El miedo de nuevo. La soledad. El agotamiento. El duelo.

Tú y siempre tú. Tan ausente, tan presente, tan aquí, tan allá…

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El libro

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Leí y leí aquel libro con el interés propio que me despertaba junto al que me provocaba imaginarla a ella en semejante lectura. Y mientras lo sostenía entre mis manos, avanzaba cada página deslizando por cada una de ellas las yemas de mis dedos buscando su rastro, movido por el deseo de que mis huellas exploraran y acariciaran las suyas hasta coincidir. Paseaba la vista por cada uno de los renglones, escudriñando cada palabra del texto, adivinando e intuyendo sus gestos, a sabiendas de que sus ojos habían pasado antes por allí.

De vez en cuando, en el extremo superior, a la derecha,  observaba el doblez allí donde se había detenido y me paraba yo también un instante para pensar que justamente aquí, dejándose llevar por el cansancio o el sueño, su mirada se habría detenido para pausar lectura y descansar.

Y entonces cerraba los ojos y dejaba volar y imaginación…

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El espía

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Me dirigía al mercado como cada mañana durante el verano. Era muy temprano pero ya empezaba a llenarse. Los mercados son lugares que despiertan los sentidos y no sólo por los sonidos de fondos sino por los aromas, los colores, los sabores, las texturas. Crucé por la entrada lateral para tomar un café con churros, algo que repetía a modo de ritual estas mañanas de verano. Y ya repuesta me dispuse a comprar e hice la primera parada en la carnicería. Me detuve ante el mostrador acristalado. Los trozos de carne aparecían dispuestos en bandejas, organizados por filas y montones troceados de ternera, cerdo, pollo, cada uno con su cartel anunciando el precio. Me llama la atención la limpieza de los azulejos, blancos e impolutos. En el interior un cámara frigorífica y un mostrador donde se amontonan bandejas de corcho blanco, una máquina para plastificar, una trituradora de carne, otra para cortar huesos y una barra fija en la pared, de la que cuelgan jamones, chorizos y morcillas de la tierra.

La chica que atiende viste ropa blanca y una especie de visera con una malla donde recoge el pelo, que se intuye largo y limpio. Incluso sus manos se ven aseadas y cuidadas cuando las enseña apoyadas sobre una tabla gruesa de madera dónde corta y prepara la carne. El delantal muestra una pequeña mancha roja, salpicadura de un hígado que acaba de cortar. De repente el cristal refleja el rostro de un hombre de mediana edad con gafas de sol y sombrero. Se ha colocado justo detrás de mí, pero cuando decido girarme ya no está.

Prosigo la compra en el puesto de frutas y verduras. Igualmente está organizado siguiendo un orden riguroso: melones, sandías, kiwis, cerezas, plátanos, peras y manzanas que llamaron mi atención, dispuestos por colores: rojas, verdes y amarillas. De nuevo, esta vez de refilón, me parece ver el rostro de aquel desconocido pasando tras de mí. Y de nuevo se me escapó sin conseguir ubicarlo.

Pasé por la panadería donde me esperaba una cola de cuatro o cinco personas. Pedí la vez y me coloqué al final. Faltaban sólo dos para que llegara mi turno cuando a unos pocos metros de mí apareció el hombre de mediana edad, con gafas de sol, sombrero y un periódico en la mano.  Comencé a inquietarme considerando que no fuera casual verle tantas veces, ni que se produjeran esas extrañas desapariciones. A punto estuve de abandonar la cola y acercarme para preguntarle qué quería o que hacía espiándome.  

–Lo haré en cuanto compre el pan −me dije decidida.

Y así fue. En cuanto pagué, salí de la panadería, y ya encaminada hacia donde le había visto por última vez, observé que no estaba.

−Este hombre se burla de mí, es un espía o no tiene nada que ver conmigo  −pensé.

Entonces me giré mientras negaba con la cabeza intentando dejar correr el tema cuando me di de bruces con él, frené en seco y me quedé cara a cara frente a él.

−Perdón –dije sorprendida y atolondrada.

−Acabo de comprobar que este pendiente es suyo -dijo pausado y correcto-. Tenga, se le cayó delante de mí. Perdóneme si le ha parecido que jugaba al ratón y al gato, creí que era de la chica que estaba a su lado en la carnicería y las he seguido a ambas hasta darme cuenta que era suyo. Discúlpeme si la he asustado.

−¿Asustado? No, no, qué va. Muchas gracias por el pendiente -afirmé mientras me tocada la oreja-. Habría sido una faena perderlo.

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El funámbulo

Imagen: Internet

Recuerdo que cuando era pequeña mi padre me llevó a ver un espectáculo de funambulismo. Un hombre caminaba sobre una cuerda de acero, portando una enorme barra o pértiga, atravesaba en diagonal la Plaza principal de la ciudad. Fue un espectáculo emocionante. Y lo hizo sin medidas de seguridad, con un riesgo tremendo y una expectación que congelaba el aire.

Aquel día se paralizaron las actividades en la plaza frente al Ayuntamiento. Un par de enormes camiones quedaron aparcados al pie de la escalinata: “Acrobacia y funambulismo Pepe Carroll”. Un par de chavales vestidos con un mono verde y el nombre de Pepe Carrol bordado en la espalda, repartían octavillas de papel verde, amarillo y naranja, escrito con letras negras,  anunciando el evento que tendría lugar aquella misma noche: “Gran espectáculo de funambulismo. Pepe Carroll desafiará el peligro caminando sobre la cuerda floja. Esta noche a las 21.00 h. en la Plaza principal”.

Mientras tanto, un par de camiones grandes se abrieron por detrás y un grupo formado por seis u ocho hombres, comenzó a desplegar una gran actividad. Enseguida una multitud de curiosos dispuestos a observar el montaje, los rodeó. Todos miraban hacia arriba, haciendo visera con las manos, dirigiendo la mirada hacia el extremo más alto de la cornisa del edificio, donde se supone, quedaría anclado uno de los extremos del cable mientras en el otro vértice de la diagonal, en la almena de una azotea, se hacía lo propio con el extremo opuesto. La operación tardó aproximadamente unas dos hora. Para entonces varios hombres, colocados en ambos puntos, unieron fuerzas, tiraron y tensaron a la vez, hasta el que cable quedó suspendido atravesando la plaza por su diagonal. El resto del día la gente pasaba por debajo y miraba hacia arriba, calibrando la altura y comentando el peligro que suponía.

A la hora convenida la plaza estaba a rebosar. Todos esperaban impacientes e incrédulos hasta que apareció Pepe Carroll saludando a los espectadores. Iba vestido con unos pantalones negros muy estrechos y una camiseta blanca de tirantes pegada al cuerpo, marcando unos pectorales muy prominentes y el pelo estirado hacia atrás. Aún en el suelo pegaba saltitos, se ponía en cuclillas, estiraba los brazos y la espalda, ejercitaba los dedos de los pies. Después se calzó con una especie de botines que se ajustaban como una segunda piel. Saludó de nuevo y entró en el edificio. A continuación lo vimos salir por una ventana y ponerse de pie en una pequeña plataforma colocada en la cornisa. Luego pisó muy despacio el cable moviendo la planta hacia los lados hasta queda recto con un pie delante de otro. Así se mantuvo unos segundos, luego dio uno o dos pasos con los brazos en cruz, se quedó quieto y esperó a que dejaran caer sobre sus manos una enorme pértiga que asió con fuerza y entonces comenzó su andadura…

Mi padre y yo habíamos conseguido colocarnos por uno de los laterales, de manera que un trozo cable pasaba sobre nuestras cabezas. Yo apretaba su mano y las mandíbulas. Se hizo el silencio. Todos conteníamos la respiración. Casi a mitad del recorrido el acróbata sufrió un traspiés. ¡Ahhh! Gritamos todos a la vez. Yo me tapé la cara con ambas manos, hasta que sonó un aplauso de ánimo. Apenas se le podía ver el rostro, aunque yo lo vi cuando pasó por encima de nosotros, con una mueca como de dolor y la mirada fija. Avanzaba despacio, asegurando cada paso, hasta que consiguió llegar al final y entonces en la plaza se oyó un enorme suspiro de alivio y estalló un aplauso muy largo. Luego el hombre se dio la vuelta y retornó con idéntica emoción, al punto de partida.  

El espectáculo concluyó cuando el funambulista descendió  hasta los soportales del edificio y dando volteretas saludó y se despidió del público entre ovaciones, aplausos y vítores.

Luego la plaza se fue despejando poco a poco y acabamos en los bares de alrededor comiendo y comentando los momentos de peligro y la emoción contenida ante semejante espectáculo.

Aquella noche no podía dormir. Cada vez que cerraba los ojos veía la figura de Pepe Carrol, con la pértiga, caminando despacio por el cable y su cara con una mueca de dolor y la mirada fija…

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El acto de leer como ritual…

A mi entender, el acto de leer viene precedido por un minucioso ritual, sobre todo cuando llegan a nuestras manos determinados títulos que, como si de un vino gran reserva se tratara, requieren o necesitan ser degustados o saboreados, pero no devorados. Son libros tan especiales y su poder de seducción tan grande, que les reservamos un lugar de honor en nuestra casa y les dedicamos un momento particular del día. Por eso no nos sirve sentarnos en cualquier silla, ni en cualquier rincón, ni dedicarles un tiempo de relleno. No. La finalidad es recrearnos, disfrutarlos. Y así leer se transforma en un acto tan personal que requiere cierta intimidad, complicidad, comunión… Y es por todo esto, por lo que considero que la lectura goza en general de su propio rito, un rito que en ocasiones se torna casi sagrado, al menos para mí.

Y como toda ceremonia, se anticipan  una serie de acciones que conforman lo que yo denominaría liturgia previa, durante la cual una se acomoda en silencio –posiblemente en un espacio apropiado, con una buena butaca, bien iluminada- mientras se sucede un baile de sensaciones semejantes a las de cualquier cortejo: primero acaricio la portada, leo y releo el título -tal vez en voz baja- mientras siento su peso entre mis  manos. A continuación lo abro. Enseguida me invaden los efluvios que desprenden sus páginas: el olor inconfundible del papel me empapa. Luego deslizo suavemente la yema de los dedos por las hojas, como una caricia o un tibio roce sobre la piel. Con frecuencia echo la vista atrás, retrocedo algunos párrafos o líneas para recordar las últimas palabras leídas.

Luego la mirada se lanza sobre el todo y la vista resbala de una línea a otra desplazándose sobre un texto magistralmente escrito por quien conoce las palabras desde su concepción, desde su origen, y es capaz de ordenarlas milimétricamente, adornándolas de manera exquisita, salpicando el texto con numerosas alusiones y sinónimos, insinuando algunos recursos literarios y narrativos.  

Conforme avanzo, la lectura se vuelve más y más interesante hasta tal punto que me siento impelida por un deseo irrefrenable de seguir: la historia me ha atrapado, me mantiene enganchada. Soy incapaz de parar. Y el tiempo se diluye sumergida en una especie de dimensión paralela, en la que respiro a través de un hilo o cordón umbilical que me une a una única fuente de vida: el libro.

Finalmente, incondicionalmente entregada, me abandono y me dejo atrapar hasta convertirme en una parte la historia, una especie de testigo externo. Y así, abducida por una fuerza misteriosa, permanezco ajena a la realidad cotidiana, enajenada, abstraída en esa otra realidad irreal hasta que me tropiezo con la palabra FIN. Entonces, sólo entonces, cierro el libro y respiro, a veces, incluso con nostalgia…

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Alter ego…

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Las razones que motivan a quienes ejercen el oficio de  escritor -profesional o amateur-, pueden ser muchas o sólo una. Personalmente creo que el motor que me impulsa a escribir es la necesidad de volcar emociones y trascender mi propia realidad creando, proyectando o trazando otras vidas ficticias pero verosímiles, y en ocasiones, similares a la mía, tanto en cuanto, los personajes son seres imperfectos, con necesidades semejantes, unidos por una idéntica naturaleza humana. Esos ‘seres imaginarios’, habitantes  de la imaginación, cobran vida a través de las palabras. Cada una de ella los define, les otorga una identidad, los dota de un rostro, de una manera de ser, de actuar e incluso de pensar. Y aunque quien piensa soy yo, quien escribe es mi alter ego, cuya existencia se remonta mucho tiempo atrás.   

Creo recordar que todo comenzó cuando aprendí a leer, porque como sabemos la lectura y la escritura se dan la mano. Entre mis recuerdos más remotos están mis primeros libros escolares –conocidos como ‘cartillas’- en los que aprendí a leer. Eran tres pequeños ejemplares –uno por trimestre-  cada uno en un color: rojo, verde y azul. Las portadas lucían sobre el color liso, una cenefa alrededor con el dibujo de unas campanitas y en el centro un título que no acierto a recordar con claridad, todo ello en letras blancas. Aquellas cartillas me enseñaron las letras sueltas que más tarde se unieron y combinaron para formar palabras, frases y párrafos, hasta que finalmente, conformaron textos más largos. Entonces comenzó una aventura que aún continúa: la lectura. Leer puso a mi alcance un nuevo universo que me permitía soñar, explorar lugares, tener aventuras, experimentar emociones, conocer nuevas palabras y configurar mis propias ideas, criterios y  pensamientos…

De cuando en cuando, me parece oír en mi interior el sonido de esas campanitas de las cartillas animándome a seguir, sobre todo cuando el folio en blanco constituye una amenaza, las ideas permanecen vagas y remolonas en mi cabeza o mi alter ego está de bajón. Y siento una gratitud inmensa hacia aquellas maestras -porque fueron mujeres las que me enseñaron- con las que aprendí el arte de combinar las letras, el lenguaje escrito, que me ha permitido estar aquí, instalada en esta testarudez, en este texto…

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Huele a verano…

Foto: mp_dc

Huele a verano. Lo sé porque me invaden aromas especiales e inconfundibles a mar, a playas, a arena mojada, a algas, a conchas, a rocas y el cuerpo me pide degustar esos sabores tan inconfundibles como propios del estío: el sabor de las frutas, de los cítricos refrescantes a los que solemos acudir para mitigar o calmar el calor y la sed.

En mi tierra todo está casi listo para recibir la avalancha de turistas. Desde la pandemia parece que el Sur está de moda y este rincón se llena de extraños, nacionales y foráneos, de todas las edades y nacionalidades diversas. Llenan los hoteles, las playas, los restaurantes, los chiringuitos. La ciudad parece una colmena, una babelia en la que todos parecen ser felices… Bueno, casi todos. Porque quienes vivimos aquí, apartados del mundanal ruido, los meses de verano constituyen un auténtico martirio…Al menos para mí.

Pero no quiero dramatizar. El verano tiene también una cara amable: la del encuentro con los amigo, la visita de los familiares y las vacaciones de los hijos, de quienes apenas disfrutamos cuando los tenemos lejos.

Pero sobre todo el olor a verano me recuerda aquellos lejanos días de mi niñez, cuando, mi hermana y yo, nos marchábamos de vacaciones con mis padres. Me acuerdo de aquel Renault Dauphine que parecía estirarse como un chicle, porque teníamos que caber todos. Y cuando digo todos, quiero decir cinco personas y un perro: mis padres, la abuela Pilar, mi hermana Pili y Mccartney, un cocker spaniel inglés de cinco años. Más las maletas claro…

A mis padres les encantaba el Mediterráneo. Decían que no era peligroso para nosotras, pero yo creo que íbamos porque mi padre tenía un amigo en Pego, un pueblo de Alicante, quien a su vez conocía a alguien que nos alquilaba una casita cerca de Oliva, en la costa. Fidel, que así se llamaba, conocía a mi padre desde el colegio. Juntos estudiaron hasta que haciendo la mili, se enamoró de una chica de allí y se casaron. La distancia no acabó con una amistad que ha resistido y perdurado sobre cualquier circunstancia. Y por eso íbamos en verano allí, y por eso Fidel y Mercedes, su mujer, pasaban la Semana Santa con nosotros.

El viaje era largo, lento y pesado. La abuela Pilar nos cantaba canciones y jugaba con nosotras al veo veo. Mi hermana era muy inquieta, pero la abuela sabía calmarla contándole historias en voz baja, mientras yo, absorta, miraba por la ventanilla, pensando que la vida tenía esa forma cuadrada y que era así como pasaba, como las páginas de un libro, de una en una, pero más rápido…A mis padres les encantaban Serrat y Sabina -gusto que yo he heredado- y cuando entrábamos en la recta final hacia el pueblo, mi madre, rauda y veloz como el rayo, rebobinaba la cinta para que sonara Mediterráneo, canción que cantábamos todos juntos, a coro.

Entonces todo era muy sencillo y no tenía que preocuparme de nada. Y así, acurrucada en el costado de mi abuela, pensaba que el mundo empezaba y acaba justamente allí…

Es por eso que el verano también huele a mi abuela Pilar cuando me esperaba en la orilla con los brazos abiertos para envolverme en una toalla; al puro que Fidel y papá se fumaban por la noche en la puerta de casa; a la paella de mi madre; al pelo de mi hermana cepillado una y otra vez para desenredarlo… El verano huele a nostalgia, rezuma las ausencias de aquellos que nos van faltando y pellizca el corazón porque nos duelen…

Pero si tuviera que resumirlo con una sola palabra diría, que sobre todo, el verano huele a vida…

lady_p

El viaje

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Siempre me ha gustado viajar en tren y las estaciones me han parecido una digna metáfora de la vida: hay trenes que llegan, paran y te subes, otros que dejas pasar ante tus narices, cuestionándote si el destino será o no conveniente, y  a veces, alguno pasa de largo porque llegamos demasiado tarde…

Por otro lado, las estaciones conforman espacios de sentimientos y emociones encontradas. Lugares donde se producen encuentros deseados, esperados o añorados pero también despedidas amargas e inevitables. Si lo pienso, aún puedo sentir el suave tacto de otras manos que se entrecruzan con las mías en mi bolsillo para decirme hasta pronto, en realidad adiós…

Así que sí. Las estaciones me producen cierta nostalgia y despiertan en mi memoria el recuerdo de un amor imposible, de un encuentro deseado o de viajes inolvidables, como aquella primera vez que fui con mis padres a Madrid cuando apenas tenía doce años…

Corrían los primeros días del mes de enero. Pronto terminarían las vacaciones de Navidad, por eso mi padre había tenido que avisar al colegio que faltaría a clases. Recuerdo que los días previos estaba muy nerviosa, deseando que llegara la hora de partir. Mi madre daba vueltas de un lado a otro enfrascada en los preparativos o haciendo comida para mi otro hermano que se quedaba sólo en casa. Mi padre, en cambio, se encargaba de las cuestiones técnicas y daba instrucciones a mí hermano que lo miraba con atención, sin disimular su alegría por quedarse a solas. De vez en cuando aprovechaba para hacerme gestos por detrás y chincharme, cosa habitual en él.

Me acuerdo que la casa andaba algo revuelta con tanta actividad. Mi habitación se había convertido en el centro de control. Sobre la cama aparecían desplegadas tres tandas de ropas que, una vez revisadas, se guardaban en la maleta. Yo iba a mi rollo y fantaseaba sobre las expectativas del viaje.

Por fin llegó el día. El tren salía por la tarde y llegaba a la mañana siguiente muy temprano. Mis padres llamaron a un taxi para que nos acercara. Ya en el portal, nos cruzamos con una vecina de la que también nos despedimos. Mi padre se sentó delante, junto al conductor. Mi madre y yo nos acomodamos detrás.

Por aquel entonces la estación de mi ciudad era –para mi gusto- más bonita que la actual. Antigua, con cubierta a dos aguas y columnas de hierro típicas de entonces. Cuando llegamos el tren estaba parado en la primera línea del andén y extendía a lo largo una fila de vagones enumerados, con las puertas abiertas para que los viajeros se fueran incorporando. De vez en cuando se escuchaba la llamada del jefe de estación que anunciaba la salida del expreso con destino Madrid. Sonaba el bullicio de la gente. Algunos se apresuraban maleta en mano, dirigiéndose hacia la puerta correspondiente mientras comprobaban los billetes. Y aunque íbamos bien de tiempo, todos parecíamos tener prisa y caminábamos acelerados de un lado para otro. Abrazos apretados y besos a pie de los tres escalones de acceso al vagón, demasiado altos para mí. Tuve que alzar mucho la pierna e incluso me sujetaron para subir. Y una vez dentro, los viajeros se apelotonaban de pie en el pasillo, mirando por las ventanillas, despidiéndose con gestos y con palabras de aliento y cariño, manifestando las ganas de volver o la pena de tener que marcharse.

Los vagones mostraban un largo y estrecho pasillo iluminado por numerosas ventanas -que se podían abrir- frente a las cuales se disponían los diferentes compartimentos. El espacio interior se componía de cuatro asientos a ambos lados, y en la parte superior, un altillo con rejilla para las maletas. Los asientos, de color oscuro, se desplazaban un poco hacia adelante permitiendo mayor amplitud y comodidad. Entre ambas filas, ocupando la pared de fondo, un gran ventanal que se abría desde arriba, bajo el cual se desplegaban un par de minúsculos tableros cuadrados, de color crema con bordes de metal dorado, que hacían la función de pequeñas mesitas donde se apoyaban el bolso de mano o algún libro o revista.

De repente un ligero impulso acompañado en un sonido característico, y el tren comenzó a moverse lentamente, deslizándose despacio por las vías, hasta que poco a poco notábamos cómo aceleraba y las personas en la estación se iban haciendo diminutas y lejanas: el viaje comenzaba.

Entonces, me acomodé en mi asiento, desplegué la mesita, abrí mi cuaderno de notas y comencé a escribir este relato…

Desde Macondo…

Imagen: Internet

El desayuno es mi comida favorita. Hay quienes se conforman con un café, pero yo necesito algo más: unas buenas tostadas, una de pan de centeno, cereales o integral y otra de pan blanco; zumo o alguna pieza de fruta y una buena taza de café con leche. La preparación requiere una liturgia diferente al resto de las comidas, de manera que tanto el café como el pan estén calientes y en su punto. Luego coloco todo sobre una bandeja, con una servilleta de tela -intentando velar por los árboles del Amazonas- y me dispongo a disfrutar del pequeño festín… Tanto en verano como en invierno, si el tiempo lo permite, me gusta sentarme al aire libre. Por estas fechas el canto de los pájaros me acompaña. Todo un placer para los sentidos. Y después de este ritual ya estoy preparada para afrontar el día…

Alguna que otra vez se me ha ocurrido grabar con el móvil estos trinos matutinos para enviárselos a mi hija y hacerle llegar algunos sonidos que le recuerden a casa… Las mujeres -y también algunos hombres aunque menos- custodiamos y transmitimos la memoria familiar, por eso, desde hace tiempo, desvelo poco a poco, los ‘secretos culinarios’, las recetas caseras de algunos guisos y los remedios naturales de algunos males que, según tengo entendido, mi abuela ya practicaba. Recuerdo aquel día, cuando le curé a mi hija pequeña un corte en el dedo con la membrana fina de la cáscara de un huevo. ¡Alucinó!. Le expliqué que debía aplicar la cara jugosa sobre la piel para que después, al secarse, hiciera presión y cortara la hemorragia. Le comenté cómo las plaquetas de apelotonarían en torno a la herida, formando una barrera e impidiendo que la sangre fluyera. Finalmente le comenté que una vez seca la membrana, convenía meter el dedo en agua tibia y limpiarla de nuevo con algún desinfectante. Luego le conté como mi madre salvó a mi primo de unos puntos de sutura en una ceja con este método ancestral pero seguro.

Estos y otros relatos se los entrego a mis hijos como parte del legado familiar para que dispongan de esa porción de la herencia, que por su esencia emocional e inmaterial, constituye el más valioso cuerpo de bienes que se pueda traspasar… Ellos no quieren olvidar ni yo quiero que olviden…

No sé por qué me acordé del libro de García Márquez, Cien años de soledad. Recordé esa magnífica hipérbole llevada al extremo por el escritor colombiano, recreando hasta sus últimas consecuencias la ficción de Macondo con mapa incluido…Y pensé en aquel capítulo en el que José Arcadio Buendía explicaba a los vecinos las consecuencias de la epidemia -también llamada ‘peste del olvido’- y la fórmula que Aureliano, su hijo, encontró para combatirla etiquetando cada cosa con su nombre…

Yo creo que Macondo puede servir de metáfora que ayude a comprender la importancia de la memoria y el miedo al olvido. Todos queremos conservar esos territorios comunes donde reside nuestro pasado familiar. Un hilo de memoria por el que circulan los recuerdos, nos atraviesa y nos une. Y por eso cuando nos reunimos en mi casa nos contamos las viejas historias, las de nuestros mayores y las nuestras, todas las que acumuladas con el paso del tiempo. Porque nosotros, todos en realidad, como los habitantes de Macondo, nos negamos al olvido…

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