Huele a verano. Lo sé porque me invaden aromas especiales e inconfundibles a mar, a playas, a arena mojada, a algas, a conchas, a rocas y el cuerpo me pide degustar esos sabores tan inconfundibles como propios del estío: el sabor de las frutas, de los cítricos refrescantes a los que solemos acudir para mitigar o calmar el calor y la sed.
En mi tierra todo está casi listo para recibir la avalancha de turistas. Desde la pandemia parece que el Sur está de moda y este rincón se llena de extraños, nacionales y foráneos, de todas las edades y nacionalidades diversas. Llenan los hoteles, las playas, los restaurantes, los chiringuitos. La ciudad parece una colmena, una babelia en la que todos parecen ser felices… Bueno, casi todos. Porque quienes vivimos aquí, apartados del mundanal ruido, los meses de verano constituyen un auténtico martirio…Al menos para mí.
Pero no quiero dramatizar. El verano tiene también una cara amable: la del encuentro con los amigo, la visita de los familiares y las vacaciones de los hijos, de quienes apenas disfrutamos cuando los tenemos lejos.
Pero sobre todo el olor a verano me recuerda aquellos lejanos días de mi niñez, cuando, mi hermana y yo, nos marchábamos de vacaciones con mis padres. Me acuerdo de aquel Renault Dauphine que parecía estirarse como un chicle, porque teníamos que caber todos. Y cuando digo todos, quiero decir cinco personas y un perro: mis padres, la abuela Pilar, mi hermana Pili y Mccartney, un cocker spaniel inglés de cinco años. Más las maletas claro…
A mis padres les encantaba el Mediterráneo. Decían que no era peligroso para nosotras, pero yo creo que íbamos porque mi padre tenía un amigo en Pego, un pueblo de Alicante, quien a su vez conocía a alguien que nos alquilaba una casita cerca de Oliva, en la costa. Fidel, que así se llamaba, conocía a mi padre desde el colegio. Juntos estudiaron hasta que haciendo la mili, se enamoró de una chica de allí y se casaron. La distancia no acabó con una amistad que ha resistido y perdurado sobre cualquier circunstancia. Y por eso íbamos en verano allí, y por eso Fidel y Mercedes, su mujer, pasaban la Semana Santa con nosotros.
El viaje era largo, lento y pesado. La abuela Pilar nos cantaba canciones y jugaba con nosotras al veo veo. Mi hermana era muy inquieta, pero la abuela sabía calmarla contándole historias en voz baja, mientras yo, absorta, miraba por la ventanilla, pensando que la vida tenía esa forma cuadrada y que era así como pasaba, como las páginas de un libro, de una en una, pero más rápido…A mis padres les encantaban Serrat y Sabina -gusto que yo he heredado- y cuando entrábamos en la recta final hacia el pueblo, mi madre, rauda y veloz como el rayo, rebobinaba la cinta para que sonara Mediterráneo, canción que cantábamos todos juntos, a coro.
Entonces todo era muy sencillo y no tenía que preocuparme de nada. Y así, acurrucada en el costado de mi abuela, pensaba que el mundo empezaba y acaba justamente allí…
Es por eso que el verano también huele a mi abuela Pilar cuando me esperaba en la orilla con los brazos abiertos para envolverme en una toalla; al puro que Fidel y papá se fumaban por la noche en la puerta de casa; a la paella de mi madre; al pelo de mi hermana cepillado una y otra vez para desenredarlo… El verano huele a nostalgia, rezuma las ausencias de aquellos que nos van faltando y pellizca el corazón porque nos duelen…
Pero si tuviera que resumirlo con una sola palabra diría, que sobre todo, el verano huele a vida…
Siempre me ha gustado viajar en tren y las estaciones me han parecido una digna metáfora de la vida: hay trenes que llegan, paran y te subes, otros que dejas pasar ante tus narices, cuestionándote si el destino será o no conveniente, y a veces, alguno pasa de largo porque llegamos demasiado tarde…
Por otro lado, las estaciones conforman espacios de sentimientos y emociones encontradas. Lugares donde se producen encuentros deseados, esperados o añorados pero también despedidas amargas e inevitables. Si lo pienso, aún puedo sentir el suave tacto de otras manos que se entrecruzan con las mías en mi bolsillo para decirme hasta pronto, en realidad adiós…
Así que sí. Las estaciones me producen cierta nostalgia y despiertan en mi memoria el recuerdo de un amor imposible, de un encuentro deseado o de viajes inolvidables, como aquella primera vez que fui con mis padres a Madrid cuando apenas tenía doce años…
Corrían los primeros días del mes de enero. Pronto terminarían las vacaciones de Navidad, por eso mi padre había tenido que avisar al colegio que faltaría a clases. Recuerdo que los días previos estaba muy nerviosa, deseando que llegara la hora de partir. Mi madre daba vueltas de un lado a otro enfrascada en los preparativos o haciendo comida para mi otro hermano que se quedaba sólo en casa. Mi padre, en cambio, se encargaba de las cuestiones técnicas y daba instrucciones a mí hermano que lo miraba con atención, sin disimular su alegría por quedarse a solas. De vez en cuando aprovechaba para hacerme gestos por detrás y chincharme, cosa habitual en él.
Me acuerdo que la casa andaba algo revuelta con tanta actividad. Mi habitación se había convertido en el centro de control. Sobre la cama aparecían desplegadas tres tandas de ropas que, una vez revisadas, se guardaban en la maleta. Yo iba a mi rollo y fantaseaba sobre las expectativas del viaje.
Por fin llegó el día. El tren salía por la tarde y llegaba a la mañana siguiente muy temprano. Mis padres llamaron a un taxi para que nos acercara. Ya en el portal, nos cruzamos con una vecina de la que también nos despedimos. Mi padre se sentó delante, junto al conductor. Mi madre y yo nos acomodamos detrás.
Por aquel entonces la estación de mi ciudad era –para mi gusto- más bonita que la actual. Antigua, con cubierta a dos aguas y columnas de hierro típicas de entonces. Cuando llegamos el tren estaba parado en la primera línea del andén y extendía a lo largo una fila de vagones enumerados, con las puertas abiertas para que los viajeros se fueran incorporando. De vez en cuando se escuchaba la llamada del jefe de estación que anunciaba la salida del expreso con destino Madrid. Sonaba el bullicio de la gente. Algunos se apresuraban maleta en mano, dirigiéndose hacia la puerta correspondiente mientras comprobaban los billetes. Y aunque íbamos bien de tiempo, todos parecíamos tener prisa y caminábamos acelerados de un lado para otro. Abrazos apretados y besos a pie de los tres escalones de acceso al vagón, demasiado altos para mí. Tuve que alzar mucho la pierna e incluso me sujetaron para subir. Y una vez dentro, los viajeros se apelotonaban de pie en el pasillo, mirando por las ventanillas, despidiéndose con gestos y con palabras de aliento y cariño, manifestando las ganas de volver o la pena de tener que marcharse.
Los vagones mostraban un largo y estrecho pasillo iluminado por numerosas ventanas -que se podían abrir- frente a las cuales se disponían los diferentes compartimentos. El espacio interior se componía de cuatro asientos a ambos lados, y en la parte superior, un altillo con rejilla para las maletas. Los asientos, de color oscuro, se desplazaban un poco hacia adelante permitiendo mayor amplitud y comodidad. Entre ambas filas, ocupando la pared de fondo, un gran ventanal que se abría desde arriba, bajo el cual se desplegaban un par de minúsculos tableros cuadrados, de color crema con bordes de metal dorado, que hacían la función de pequeñas mesitas donde se apoyaban el bolso de mano o algún libro o revista.
De repente un ligero impulso acompañado en un sonido característico, y el tren comenzó a moverse lentamente, deslizándose despacio por las vías, hasta que poco a poco notábamos cómo aceleraba y las personas en la estación se iban haciendo diminutas y lejanas: el viaje comenzaba.
Entonces, me acomodé en mi asiento, desplegué la mesita, abrí mi cuaderno de notas y comencé a escribir este relato…
Una pareja de mediana edad, sentado cada uno en su lado de la cama, comenta las anécdotas de un largo día de trabajo.
−Me han contado un chiste malísimo.
−¿Cuál? –pregunta él impaciente.
−¿Qué le dice una zapatilla a otra?
−Cualquiera sabe…
−“Qué vida tan arrastrada llevamos…”−se apresuró a contestar
−Jeje, muy ocurrente –señaló él mientras se reía…
La pareja se dio las buenas noches con un beso en la mejilla y volviéndose cada uno para su lado, se dispusieron a dormir.
Mientras, bajo la cama, dos pares de zapatilla se miraban de frente, enfurruñadas y con caras de ofendidas…
−¿Qué te pareció el chistecito 44? ¿Te hizo gracia? A mí ninguna. No me hace gracia que nos valoren tan poco. Además ella no sabe contar chistes. Siempre hace lo mismo, los destroza…
−Ya conoces a tu ama 38. Es sosa, te lo he dicho muchas veces.
−Y él un lento, para t-o-d-o , te lo digo y te lo digo 44…
−Estamos en época de elecciones y ya sabes, para ellos el Partido es los primero. Ahora no tienen tiempo para estar en casa y apenas nos calzan para venir de la ducha a la cama por las noches…Tienes que comprenderlo 38.
−Ay, echo de menos aquellos tiempos, cuando llegaban a media tarde y nos calzaban el resto del día. Íbamos a la cocina, al salón, al baño, a los dormitorios de los niños… Por cierto 24 y 26 están muy contentos y se lo pasan muy bien…
−¿Te acuerdas 44? Antes nos decían que estaban deseando calzarnos. Ahora en cambio no hablan casi nunca con nosotras, sólo comentan de vez en cuando: ¡qué ganas tenía de llegar a casa y calzarme mis zapatillas…”. No somos unas arrastradas. Nuestra misión es dar confort y comodidad.
−¡Claro que sí 38! Verás como cuando pase la campaña volverán a calzarnos como antes. Ten paciencia. No desesperes.
El desayuno es mi comida favorita. Hay quienes se conforman con un café, pero yo necesito algo más: unas buenas tostadas, una de pan de centeno, cereales o integral y otra de pan blanco; zumo o alguna pieza de fruta y una buena taza de café con leche. La preparación requiere una liturgia diferente al resto de las comidas, de manera que tanto el café como el pan estén calientes y en su punto. Luego coloco todo sobre una bandeja, con una servilleta de tela -intentando velar por los árboles del Amazonas- y me dispongo a disfrutar del pequeño festín… Tanto en verano como en invierno, si el tiempo lo permite, me gusta sentarme al aire libre. Por estas fechas el canto de los pájaros me acompaña. Todo un placer para los sentidos. Y después de este ritual ya estoy preparada para afrontar el día…
Alguna que otra vez se me ha ocurrido grabar con el móvil estos trinos matutinos para enviárselos a mi hija y hacerle llegar algunos sonidos que le recuerden a casa… Las mujeres -y también algunos hombres aunque menos- custodiamos y transmitimos la memoria familiar, por eso, desde hace tiempo, desvelo poco a poco, los ‘secretos culinarios’, las recetas caseras de algunos guisos y los remedios naturales de algunos males que, según tengo entendido, mi abuela ya practicaba. Recuerdo aquel día, cuando le curé a mi hija pequeña un corte en el dedo con la membrana fina de la cáscara de un huevo. ¡Alucinó!. Le expliqué que debía aplicar la cara jugosa sobre la piel para que después, al secarse, hiciera presión y cortara la hemorragia. Le comenté cómo las plaquetas de apelotonarían en torno a la herida, formando una barrera e impidiendo que la sangre fluyera. Finalmente le comenté que una vez seca la membrana, convenía meter el dedo en agua tibia y limpiarla de nuevo con algún desinfectante. Luego le conté como mi madre salvó a mi primo de unos puntos de sutura en una ceja con este método ancestral pero seguro.
Estos y otros relatos se los entrego a mis hijos como parte del legado familiar para que dispongan de esa porción de la herencia, que por su esencia emocional e inmaterial, constituye el más valioso cuerpo de bienes que se pueda traspasar… Ellos no quieren olvidar ni yo quiero que olviden…
No sé por qué me acordé del libro de García Márquez, Cien años de soledad. Recordé esa magnífica hipérbole llevada al extremo por el escritor colombiano, recreando hasta sus últimas consecuencias la ficción de Macondo con mapa incluido…Y pensé en aquel capítulo en el que José Arcadio Buendía explicaba a los vecinos las consecuencias de la epidemia -también llamada ‘peste del olvido’- y la fórmula que Aureliano, su hijo, encontró para combatirla etiquetando cada cosa con su nombre…
Yo creo que Macondo puede servir de metáfora que ayude a comprender la importancia de la memoria y el miedo al olvido. Todos queremos conservar esos territorios comunes donde reside nuestro pasado familiar. Un hilo de memoria por el que circulan los recuerdos, nos atraviesa y nos une. Y por eso cuando nos reunimos en mi casa nos contamos las viejas historias, las de nuestros mayores y las nuestras, todas las que acumuladas con el paso del tiempo. Porque nosotros, todos en realidad, como los habitantes de Macondo, nos negamos al olvido…
Cuando me divorcié aproveché la coyuntura y solicité seis meses de excedencia. Quería hacer un curso y decidí que fuera en Madrid. Podía haber elegido otra ciudad pero allí tenía amigos, en particular a mi amiga Georgina, quien me buscó un pequeño apartamento que pertenecía a una prima suya, que por cierto, estuvo encantada de alquilármelo una temporada. No tardé mucho en decidirme, y considerando oportuno hacer un paréntesis después de esta etapa complicada y dolorosa, me marché.
Desde que llegué todo fue como la seda. Albergaba grandes expectativas a nivel académico pero nunca imaginé que sería tan divertido, cosa que debo en gran parte a Georgina, con quien compartí confidencias, risas y lágrimas y, sobre todo, un gracioso suceso en el transcurso de un partido de pádel, un incidente que jamás hemos podido olvidar.
Recuerdo que aquel día, como cada mañana, me preparaba un zumo de frutas mientras deambulaba por la casa recogiendo y en tanto se encendía el ordenador para poder consultar el correo y trastear un rato. Después de mi llegada, tras un periplo mental por algunas ciudades españolas decidiendo dónde hacer el dichoso curso, experimentaba la certeza de haber acertado con la elección. La metrópoli me ofrecía todo tipo de alternativas tanto intelectuales como culturales y de ocio. Había tenido la suerte de poder instalarme en el castizo barrio de Chamberí, en un piso pequeño pero suficiente: Iluminado, tranquilo, cómodo. Disfrutaba paseando o yendo de compras durante el día y viví con intensidad alguna que otra noche. Lo único que le faltaba a Madrid era el mar. Lo añoraba, porque el mar representa una parte de mi paisaje natural y constituye un referente en mi vida. A veces suplía esta añoranza paseando hasta las Fuentes de Colón para contemplarlas mientras pensaba en las azules aguas del Atlántico.
Tras el desayuno, y concluidas algunas de las tareas cotidianas, hurgaba en una gran bolsa de deportes situada junto al escritorio, de la que sobresalían los mangos de diversas raquetas de tenis y palas de pádel, probando cual me resultaría más cómoda. Había quedado con Georgina para jugar un partido en sustitución de su prima, la dueña de la casa, con quien ella jugaba de vez en cuando. Hacía años que no practicaba, pero ella había insistido en recordar viejos tiempos, afirmando que el pádel y el bádminton -que era a lo que nosotras habíamos jugado habitualmente durante años- eran más o menos lo mismo.
Georgina es una mujer de la que podría pensarse que lo tiene todo, hasta un nombre original: guapa, inteligente, amiga de sus amigos, independiente y con una brillante carrera en el Cuerpo de Policía, del que era Inspectora en una comisaría de barrio, puesto que desempeñaba desde hacía ya tiempo. En su opinión estaba en plena forma y dispuesta a darme una paliza:
−No tendrá ningún mérito que me ganes −le decía burlándome.
−Lo tendrá porque nunca te gané al bádminton. −Contestaba sonriendo.
Y nos echábamos a reír mientras nos guiñábamos un ojo…
Así que sí, aquel partido era todo un reto para ella. Tenía que ganar y tenía que hacerlo por tres razones: para demostrarse a sí misma que estaba en plena forma, por amor propio y porque no le gustaba perder. Naturalmente yo intentaría impedírselo. Y así, cada una con sus ideas claras, las zapatillas apropiadas y unas palas casi nuevas, nos dispusimos a pasar la jornada. Yo, además, con ganas de degustar las mieles de la victoria.
Apenas comenzado el partido, y tras un contundente saque de mi contrincante, el sonido reiterativo de un móvil me interrumpió y me distrajo… Era el móvil de Georgina. No podía apagarlo porque estaba de servicio. Volví la cabeza. La llamaban de la comisaría: el Carboncillas estaba a punto de caer…
Entonces un punto negro me nubló la vista y pregunté:
−¿Quién es ese Carboncillas y por qué ese nombre?
−Un delincuente común, un ratero de poca monta. Roba pisos cuando los propietarios o inquilinos se van de viaje o de vacaciones. Sólo metálico y joyas. Cuando se marcha deja las paredes escritas con frases obscenas contra nosotros. Según parece usa lápiz de carboncillo, así que los compañeros le apodaron el Carboncillas. Llevamos tres meses siguiéndolo y nos trae de cabeza. Hoy puede ser el gran día. Lo tenemos a punto, así que debo marcharme. Acabaremos el partido otro día ¿te parece?.
Mi cara no dejaba lugar a dudas. Me sentía decepcionada y además ya no podía quedar con nadie. Entonces Georgina me miró de soslayo y dijo condescendiente:
−¿Te gustaría venir a vigilar?
−¡Eso ni se pregunta! −Contesté decidida.
Me dejé llevar y me imaginé sentada en el coche, parapetada tras unas gafas negras de sol y el cuello de una gabardina levantado, sorbiendo un café al más puro estilo americano… Nada más lejos de la realidad: callada, sentada en el asiento trasero de un discreto Citroën masticaba un chicle sin azúcar con aire de cierto escepticismo. Ya empezaba a cansarme la espera cuando de repente, Georgina y sus compañeros, con un movimiento sincronizado, abrieron las puertas del coche para salir. Su voz sonó clara, firme e imperativa:
−No salgas del coche bajo ningún pretexto. Podrías meterme en un lío.
No hubo tiempo para más. Me acerqué a la ventanilla para observar. En la acera contraria se alineaban varios edificios de construcción relativamente reciente, de uno de cuyos portales salía un hombre como de cuarenta y tantos años, de apariencia normal, que portaba unas bolsas. De inmediato le dieron el alto, y dejando caer las bolsas al suelo, salió corriendo cruzando la calle hacia el coche. Yo miraba atónita, sorprendida. Era como en el cine o en la tele pero de verdad. Decidí salir. Y en un acto reflejo, abrí ávidamente, con rapidez, la puerta del coche, cortando inesperadamente la carrera del Carboncillas que quedó noqueado, tumbado en el suelo a merced policial.
Acto seguido me invadió una sensación agradable. Estaba contenta de haber protagonizado semejante heroicidad y haber abatido con tanta precisión –aunque por pura casualidad- al chorizo de marras. Una alegría interrumpida por una sensación de pesadez en los ojos que me obligaba a realizar un gran esfuerzo mientras intentaba abrirlos, al tiempo que esbozaba una leve sonrisa. Poco a poco, como por una rendija, entró un poco de luz y aparecieron frente a mí dos o tres rostros borrosos, casi velados, que no conseguía enfocar ni distinguir y comencé a oír mi propia voz que balbucía:
−¡Lo hemos atrapado! ¡Lo hemos atrapado! −Ante la mirada perpleja y el asombro de mi amiga que me preguntaba una y otra vez:
−¿A quién hemos atrapado, a quién?
− Al Carboncillas −respondía débilmente.
Todavía transcurrieron unos segundos hasta que volví a la realidad, en este caso, superada por la ficción pues al parecer, tras aquel saque contundente de mi rival, distraída por el sonido de su móvil, desvié mi atención justamente en el momento en que la bola, lanzada a gran velocidad, llegó hasta mí golpeándome la nariz con tal fuerza que caí al suelo, donde permanecí inconsciente apenas un par de minutos…Poco tiempo pero suficiente para que mi subconsciente, conocedor de las pesquisas y actuaciones que Georgina realizaba intentando dar cazar a un delincuente, de las que me habíamos estado hablando durante el trayecto al polideportivo, me jugara una mala pasada y me llevara a soñar esta emocionante aventura sin moverme de la pista de pádel.
Una vez aclarado el incidente, comprobando que no revestía gravedad alguna, más allá de una nariz hinchada, abandonamos el partido y nos fuimos a comer. Un almuerzo amenizado por las risas y comentarios de aquel episodio en el que, según mi amiga, mucho tuvo que ver mi desmesurada afición por las novelas policíacas…
Definitivamente aquellos seis meses en Madrid transcurrieron felices, rejuvenecieron mi espíritu y sanaron mis heridas. Me ayudaron a lavar emociones de suciedades que nos hacen sentir mal. Y así, renovada, regresé para volver a empezar.
Casi no había amanecido cuando Víctor llegó a casa. Venía callado, enfundado en un jersey a rayas con cuello marrón y el pelo algo desordenado. Tan callado y pensativo que no parecía él.
−No te ha gustado −afirmé con rotundidad.
−No, no es eso −me respondió mientras me seguía hasta la cocina.
Estaba absolutamente desconcertada ¿tan mal estaba? Puse la cafetera y salí a la terraza. Me acerqué al pretil y apoyé mis manos mirando al horizonte. Enseguida le sentí detrás de mí. Sus brazos ensartaron los míos rodeándome con ellos la cintura. En aquel momento hubiera querido que el reloj se detuviera un poco más. Le oía respirar acompasadamente. Permanecí inmóvil, sin querer mover un sólo músculo. Así, como si hubiera moldeado ese hueco para mí, metida en su abrazo, deslicé mis manos heladas bajo su jersey para calentármelas con el calor de su espalda. Esta sería la única vez que le tocaría y le tendría tan cerca…El aroma del café recién hecho nos separó y entramos dentro.
−¿Vas a decirme qué te pasa? −Pregunté inquisitiva.
−Lo he leído, desde el principio, incluida la dedicatoria. Llamé a la editora y me contó…
No sé si enfadada o molesta como quién siente que invaden su intimidad, se me cambió la cara. Él se levantó con aire de padre protector y me volvió a abrazar cálidamente. Al instante, comenzó a elogiar y relatar lo mucho que le había gustado mi novela.
−Muy bien documentada. Los personajes tienen garra y la historia conmueve ¿de verdad la escribiste tú? −Preguntaba bromeando. −¿No habrás plagiado a Falcones? Últimamente hay mucho plagiador por ahí suelto...
Reímos a la vez. Y ya más distendidos intercambiamos impresiones. La Editorial Torralba era muy exigente y pulcra en su política interna, de manera que no publicaba a autores noveles que trabajaran en la empresa. Víctor se ofreció para ponerme en contacto con amigos y conocidos de otras editoriales a fin de publicarla. En realidad yo ya había cumplido mi sueño. No necesitaba más, aunque he de confesar que me ilusionaba, después de tanto esfuerzo, que saliera a la luz
Víctor y yo continuamos viéndonos unos días más. Los secretos de Pau Pressell fueron depositándose en el corazón amigo de Víctor. Unos pasos por delante en cuestiones del dolor, se erigió en una persona de confianza, con quien contrastar, confrontar y, sobre todo, compartir las emociones más íntimas. Y una vez desnudados por dentro, viéndonos las almas llenas de jirones y contadas las historias de cada una de las cicatrices, fruto de las experiencias vividas, nunca más encontré en sus ojos una chispa de deseo o de pasión. Y mientras yo añoraba aquel abrazo y aquel beso en el portal de mi casa, mil veces recreado en mi cabeza, mientras soñaba con tenerle al menos una noche sólo para mí, él me cuidaba, preocupándose por si dormía bien, insistiendo en que al menos lo hiciera durante ‘6 horas mínimo’, enviándome cada día un mensaje de buenas noches lleno de cariño que yo aceptaba, agradecía y valoraba, aún sin poder evitar un sentimiento de añoranza y ganas de algo más…Cupido había atravesado el alma de Víctor pero a mí, además, me había rozado el corazón.
Quedaban apenas unos días para que se marchara. Resuelto sus asuntos con la editorial, nada le retenía en esta ciudad. Yo sentía que no sería fácil volver a verle. Generalmente no disponía de mucho tiempo libre y cuando lo tenía, solía marcharse sólo con su bici -y ahora con el barco- para reencontrarse a sí mismo, leer, descansar…No necesitaba mucho para sentirse bien, aunque yo creo que vivía instalado en una añoranza continua, asumida, contra la que ya no se rebelaba… Y a sabiendas de cuál sería su respuesta, me armé de valor y le confesé mi amor. Pero él lo tenía muy claro.
−Tú necesitas una mano cerca y yo no puedo dártela. No estamos en la misma emoción.
Así es él: claro, sincero, contundente, sin disimulos, honesto, recto y firme cuando toma una decisión. Argumentó de mil maneras que el flechazo en la amistad también existe. Recitaba con convicción lo que le atraía de mí como persona y lo feliz que estaba de habernos conocido.
−La amistad es para siempre y una relación amorosa puede tener fecha de caducidad ¿comprendes?
Comprendía, claro que comprendía…
Al día siguiente pasó por casa a desayunar y a recoger un par de libros que me había prestado. Bajé con él a la calle, nos dimos un cálido abrazo y me besó cariñosamente en la frente…Casi a punto de entrar en el taxi se volvió:
−He pensado que me gustaría ponerle al barco Asiram, ¿te importa?
−Será un honor −le dije.
Volvió sobre sus pasos pero le llamé y le dije:
−¿Me regalas tu jersey? Ese de rayas que llevas.
Él sonrió, se lo quitó y me lo puso diciendo:
−Cuídamelo. Le tengo mucho cariño.
−Me lo pondré sólo para escribir.
Nos miramos un segundo mientras me lanzaba un ‘me gusta’ con el pulgar hacia arriba…El coche desapareció de mi vista al girar la calle. Yo me abrace sobre su jersey aún templado por el calor de su cuerpo y metiendo mi nariz bajo su cuello, cerré los ojos para impregnarme con su olor. Yo no podía construir un faro como hiciera Abdul, ni enviar un haz de luz hasta sus ojos, así que continué haciendo este gesto, a modo de ritual, cada vez que me lo ponía para escribir.
Por la noche, en mi cama, pensé que Víctor era mi Asiram, mis ‘ojos de tormenta’… Entonces, en un segundo de lucidez, lo vi claro. La tormenta no estaba en los ojos de la joven sino dentro de Abdul. En el orgullo herido de un hombre que se recriminaba a sí mismo por sentirse débil ante ella, por no poder doblegar su amor, porque podía tenerlo todo menos lo que más deseaba… Hasta que finalmente se rindió entregándose a su verdadero destino. Como él, también yo encontraría otras manos, otra piel y otros labios, amaría a otras personas pero el amor y el recuerdo de Víctor permanecería en mi corazón como una marca indeleble, ajena al tiempo y al espacio…O eso pensaba.
Y una lágrima recorrió mi mejilla, entremezclada de tristeza y alegría…Mi corazón, como el de Abdul, también estaba en paz.
Habíamos quedado en la esquina del Café Iraola. Desde allí iríamos paseando por el casco antiguo a tomar unos vinos. Acababa de llegar cuando le vi bajarse de un taxi. Llevaba el pelo engominado hacia atrás y una chaqueta negra que luego me contó, presumiendo, los años que tenía y la buena suerte que había dado llevarla. Caminamos mientras él hablaba de su último libro, del velero, de su recién estrenado título de patrón de barcos, de sus proyectos, del nombre que le pondría…Hablaba y hablaba pasando de un tema a otro, hasta que vimos una mesa libre en una pequeña terraza. Nos sentamos uno junto a otro y tras un breve silencio, me miró sonriente:
−Háblame de ti−dijo en tono algo serio.
Reímos a la vez. Siendo casi de la misma quinta, nos recordó el título de una vieja canción. Víctor, reía y reía y cuando lo hacía le desaparecían los ojos de la cara, dejando asomar su expresión de niño travieso… Y no sólo se acordó de la canción sino que la cantó…
La verdad es que yo jugaba con ventaja. Sabía bastante más de él que él de mí. Así que le conté sobre mi familia. Le dije que era hija de un cántabro casado con una catalana de ascendencia andaluza…Una mezcla perfecta que me aportaba una cierta ambigüedad en mis rasgos y un acento difícil de identificar. Apenas llevaba un año en la ciudad. La editorial había abierto una delegación y en cuanto lo supe pedí el traslado. Había vivido algunos años en el sur pero amaba el norte. Así que no me lo pensé y, contra todo pronóstico, nada me costó transitar desde el azul del sur al verde norte pues, además del trabajo, este cambio representaba la posibilidad de comenzar de cero. Borrón y cuenta nueva. Punto y aparte…
Unos vinos más tarde nos levantamos para continuar hasta un pequeño restaurante que Víctor había elegido con la pretensión de sorprenderme. Me incorporé. Él estiró sus largos brazos para coger amablemente mi bolso, comentando cuánto pesaba. Siempre llevaba conmigo una carpeta con notas, esquemas, mapas, documentos que me habían servido de soporte para la redacción del libro. y aunque tenía copia en el ordenador, no me separaba del manuscrito. Pero me apresuré a cogerlo y como la cremallera estaba abierta, el dossier resbaló y cayó al suelo, donde los folios y notas quedaron desperdigadas y frente a él la portada: El Faro deAsiram porPau Pressell…
Recogimos y salimos de allí con gran rapidez. Echamos a andar en medio de un gran silencio, mientras yo me preguntaba cuál de los dos hablaría primero. Lo hizo él. Alto y claro:
−¿Eres escritora?
−No, no− me apresuré a contestar −Tú soñabas con un barco y yo con escribir un libro, eso es todo.
Tal y como me temía, no estaba frente a un hombre que se conformara con cualquier respuesta y tras una pequeña pausa continuó:
−El título es muy sugerente, ¿me dejarás leerlo?
−Es una novela histórica. Y no, no te dejaré leerlo− Contesté seca y cortante.
Llegamos a la puerta de casa antes de lo previsto. El incidente precipitó el final del encuentro. Primero me alegré, luego me pesó, pero como siempre no hice nada por evitarlo, ni tomé la iniciativa. Nos paramos ante el portal. Víctor estaba un poco serio. Me fijé por primera vez en su boca, en sus labios carnosos. Él parecía contrariado, algo decepcionado diría yo. Aun así, nos miramos callados mientras comencé a notar su mano estrechando suavemente la mía. Tenía la piel suave y un tacto cálido. Así como estábamos, inclinó levemente la cabeza dejándome percibir el olor fresco de su aliento para, un segundo después, sentir el dulce contacto de sus labios en un beso que se prolongó en mi boca más de lo que hubiera deseado. Luego, tomó mi cara entre sus grandes manos, sonrió y se marchó.
Me quedé mirando su espalda, su chaqueta negra, recordando lo orgulloso que se sentía por la suerte que le daba. Entonces lo supe. Comprendí que Víctor había encontrado la fisura para colarse en mi vida. Y apenas había avanzado unos pasos después, le llamé. Él se paró en seco y se volvió. Me apresuré hasta él, cogí su mano y le entregué un pendrive con el texto completo del libro:
Cuenta la leyenda que años después de haber liberado a la muchacha cautiva, Asiram, siendo ya mayor, Abdul ben Alssur desapareció. Desde entonces, los habitantes de la antigua kora de la costa andalusí, por la noche podían divisar la luz que brillaba lejana en el litoral norteafricano sin que nadie supiera de donde provenía. Hasta que un día, un navegante que había surcado y explorado el Mediterráneo por esa zona, contó que la luz procedía de un Faro conocido con el nombre de Asiram, una torre enorme que se elevaba sobre el punto más alto del acantilado que había mandado construir Abdul ben Alssur, un viejo caudillo militar, ordenando que permaneciera encendido cada noche hasta el final de sus días, como señal de su amor por una joven cristiana a la que había llamado Asiram –ojos de tormenta- en árabe.
De repente, el sonido de la puerta me sobresaltó, ensimismada como estaba mientras tomaba unas notas para la sinopsis del libro. Me puse una sudadera sobre el pijama, me calcé las zapatillas y abrí la puerta…No había nadie, sólo un pequeño sobre encima de la alfombra, con mi nombre, sin remitente…Lo abrí. Contenía una foto en color de un precioso velero. En el dorso una nota escrita: «Gracias por tu acogida. Hubo acuerdo con la editorial y se publicará el libro. A punto de hacer realidad mi sueño, me gustaría celebrarlo contigo. Víctor». En ese mismo instante, un wassap entraba en mi móvil:
−¿Qué te parece? Aún no lo tengo, pero me gustaría contártelo. Llámame y quedamos.
Diez invitaciones más tarde accedí. No entendía su insistencia y aún menos por qué me resistía tanto…o sí… El recuerdo de Abdul se quedó plantado en mi cabeza. Pensaba en él y en la joven Asiram, en sus ‘ojos de tormenta’ atravesados en el corazón de aquel hombre, en cuyo interior el amor y el deseo luchaban enfrentados en un respetuoso silencio. Pensaba también en la muchacha, preguntándome qué habría sentido contemplando el amor frustrado de aquel hombre al que era incapaz de corresponder y qué hilo extraño y misterioso los mantuvo unido a través de los tiempos. Aunque Abdul había desposado y tenido varios hijos, ni una sóla noche dejó de acercarse hasta el Faro para mirar la otra orilla, la kora de Rayya. Y allí de pie, soñaba que aquel haz de luz, proyectado desde la inmensa torre, iluminaba los ojos de su amada, mientras una lágrima recorría lentamente su mejilla y esbozaba una leve sonrisa al tiempo que pronunciaba lentamente su nombre, apenas un íntimo susurro escapado entre los labios. Su corazón estaba en paz.
Me reconocía a mí misma en aquel texto. Recuerdo que cuando lo escribí, como en un juego de rol, a veces me sentía Abdul, a veces Asiram, y siempre un trozo de mí, de mis vivencias, se camuflaba y hablaba a través de ellos. Porque todos. alguna vez en la vida, hemos amado equivocadamente o no hemos sido correspondidos… Y en este momento, como Abdul, yo también estaba en paz. Por primera vez en mucho tiempo me sentía bien conmigo misma, había conseguido equilibrar los diferentes ámbitos de mi vida y en mi interior reinaba un orden añorado, signo evidente de una madurez llegada con los años, con la experiencia y después de una profunda reflexión.
Por eso sentí miedo. No quería que nada perturbara esa armonía y presentía que Víctor podía llegar a colarse por alguna fisura ¿quién no las tiene?.
Me desperté más tarde de lo habitual. Era sábado, así que podía permitírmelo. El día anterior había llegado de madrugada. El abrigo y el bolso permanecían de cualquier manera sobre el sofá, señales inequívocas de haber llegado absolutamente agotada.
Desayuné en la terraza. La imagen de Víctor Roquer acudió a mi cabeza. Aparte de la conversación que habíamos mantenido, sabía de él lo que se contaba en la oficina. Al parecer tenía un amargo pasado marcado por la muerte de su mujer, de quien estuvo profundamente enamorado. Luego, según se comentaba en la editorial, pasado el tiempo, había tenido algún que otro affaire, nada serio. Tenía fama de buena persona y de buen escritor, a quien la pérdida de su musa le había dejado roto y con la mente en blanco, lo que para un escritor representa otra forma de morir. En esto pensaba mientras pasaba mi mano inconscientemente por la mejilla, recordando el suave tacto de sus labios cuando me besó al despedirnos.
Miré el reloj y volví a la realidad. Dejé la taza del desayuno en el fregadero y fui al sofá para recoger mi abrigo. Me dirigí a la entrada para colgarlo en el perchero cuando algo cayó del bolsillo. Me agaché y le di la vuelta. Era una tarjeta: Víctor Roquér Vila…Su dirección y teléfono…¡No podía creérmelo! ¿Cómo había logrado introducirla en mi bolsillo? Sonreí, moviendo de un lado a otro la cabeza…
Sobre la mesa del salón descansaba mi viejo bolso y dentro el manuscrito, mi novela, mi sueño…Asiram, el Faro de Asiram. No era mal título. Asiram… Asiram… Repetí varias veces en mi interior. Cuando se lo comenté a mi mejor amiga me preguntó ¿dónde está Asiram?, le contesté:
−Es un lugar conocido por su enorme Faro−afirmé−. Tú lee el manuscrito y luego hablamos…
Asiram es el nombre en árabe de una ciudad desaparecida, que estuvo situada en el norte de África. En el año 1009, finalizada la época de esplendor del Califato, los musulmanes se debatieron en una sangrienta guerra civil que enfrentó a los partidarios de Hixem II contra los del famoso Almanzor, cuyas razzias habían desbaratado y extorsionado a los ejércitos cristianos durante años. La unidad de Al-Ándalus se quebraba, dividiéndose por segunda vez en pequeños reinos o Taifas. La evidente debilidad que representaba esta ruptura fue aprovechada por los cristianos que avanzaron a buen ritmo sobre tierras andalusíes, lo que hizo necesario reclamar la ayuda de los almohades que llegaron a la Península allá por los siglos XI-XII de nuestra era.
Explico esto para contextualizar a uno de los personajes principales de mi novela, Abdul ben Alssur, caudillo almohade ligado a la kora de Rayya –actual provincia de Málaga- en la que desempeñó funciones de wadí o gobernador durante algunos años. Cuenta la leyenda que conoció a una joven cristiana andalusí de la que se enamoró. Un amor imposible por no ser correspondido. Abdul ben Alssur raptó a la muchacha para hacerla suya y ya a punto de yacer con ella de manera violenta y en contra de sus deseos, la miró a los ojos y algo vio en ellos que lo detuvo, de manera que acabó el forcejeo y con los ojos encendidos por el deseo y la ira, se marchó. A su regreso, ordenó que la alojaran en las mejores dependencias y que le entregaran una o dos esclavas que la sirvieran. Así la retuvo unos años, protegiéndola, agasajándola con regalos: sedas de oriente, oro y joyas, perfumes y ungüentos… Cada noche iba a verla ordenando que preparasen suculentos platos con recetas llegadas desde Siria, Damasco, Turquía; comida andalusí aderezada con miel de caña, dátiles, carnes rociadas de romero y especias aromáticas y dulces: alfajores, arnadí, buñuelos…Y a la luz de un candil, recitaba los versos, que a escondidas, escribía descubriéndole su amor, alabando la hermosura de su rostro, el brillo de sus ojos, la calidez de sus manos, tan bellas como esquivas, que le rechazaban una y otra vez…
La paciencia de Abdul se tornó infinita. Deseaba un amor que no nacía en el corazón de la joven que, agradecida, solo mostraba cariño y ganaba confianza tras tantas noches compartidas y el buen trato que de él recibía…
Víctor se sentó frente a mí e inconscientemente lo examiné: moreno, pelo castaño salpicado de canas, alto, de complexión delgada pero fuerte y unos ojos grandes de un azul intenso, que fácilmente, podían atraparte. Me pareció un tanto ingenuo, con un aire de inocencia impropia para su edad y con mucho desparpajo y soltura, a la par que rezumaba una cierta timidez que se rompía a trozos a medida que hablábamos, dejando entrever una personalidad llena de matices que a mí me pareció interesante.
A medida que transcurría el tiempo, nos relajamos. De conversación fácil, reíamos y tomábamos pequeños sorbos de vino que provocaron una oleada de sopor en mi cara y que él percibió, mientras acercaba su mano para retirar suavemente un mechón de pelo que caía sobre mi frente. El suave tacto de sus largos dedos, un leve roce de apenas un segundo, me produjo un escalofrío que me desconcertó. Le miraba deambulando la vista de un lado a otro, intentando adivinar sus formas apenas insinuadas bajo una camisa blanca que le quedaba muy bien. Él, con las piernas cruzadas, reclinado sobre el respaldar del sillón, parecía dispuesto a relatarme sus actividades cotidianas: bloguero, reivindicativo, amante de la mar, soñaba con tener su propio barco para abandonarse a la deriva dejándose guiar sólo por las luces nocturnas de los faros…Hablaba y gesticulaba con una vehemencia que despertaba mi atención, cada vez que me abstraía en mis propios pensamientos y elucubraciones.
No sé cuánto tiempo había transcurrido. La luz de la ciudad me confundía y el vino dejaba sentir sus efectos. Es verdad que me resultaba atractivo e interesante, pero flirtear no formaba parte de mis planes…Y cuando esta idea acudía a mi cabeza, pasaba mi mano sobre mi bolso de ante marrón, suavizado por el aso del tiempo. Aquel bolso siempre me había traído suerte y ahora la necesitaba. Deslizaba mi mano, como una caricia, y me aseguraba de que dentro continuaba el manuscrito de mi primera novela: El Faro de Asiram
Ya había anochecido cuando salimos del café. Nos dirigimos a restaurante Goleta donde había reservado mesa, situado a escasos metros de allí. No es difícil imaginar, que al igual que el Café, era un restaurante elegante y coqueto al que acostumbrábamos a llevar a los clientes. Durante el trayecto continuamos hablando de la ciudad, de la oferta cultural que tenía, del clima. ¿Por qué no me preguntaba por mi jefa?
Finalmente llegamos. El comedor era pequeño y presentaba un ambiente tenue que provenía de las luces de que alumbraban las mesas perfectamente alineadas, vestidas con manteles blancos y una vajilla y cubertería colocadas simétricamente. Nos acompañaron hasta la mesa… Y allí estaba ella, Ana Torralba, la famosa editora, mentora y mecenas de conocidos escritores ya consagrados. Ambiciosa, inteligente, atractiva, una luchadora nata que se había hecho a sí misma. Ana era exquisita, no publicaba a cualquiera. El dinero no le importaba demasiado, amaba la escritura y la buena literatura, se escandalizaba de las bazofias que otras editoriales publicaban salidas de la pluma de algunos famosillos con faltas de ortografía… Tomé aire e hice las presentaciones:
−Aquí la tienes Víctor: ella es Ana, Ana Torraba.
Él sonrió nuevamente con aire de niño sorprendido y feliz. Luego se acomodaron en sus sillas, colocadas una frente a otra. Los dos me miraron y yo les hice un ademán con la mano mostrando mi mejor sonrisa. Luego me volví y me marché.
Ya fuera del restaurante, me volví hacia la ventada para mirarlos. Seguían el uno frente al otro. Él parecía pletórico, ella no dejaba de moverse el pelo −buena señal− pensé. Me abroché el abrigo, me crucé el bolso para sentir sobre mi cadera el peso de los 400 folios de mi recién escrita obra…Y con las manos en los bolsillos desanduve el camino de vuelta a casa.