Desde el ‘Blog Alianzara’ Cristina nos invita a escribir este mes de enero a partir de una conversación ajena.

Resguardadas bajo una marquesina, la abuela y yo hacíamos cola en una parada de autobús. Delante de nosotras una pandilla de chicos y chicas de entre 16-18 años, estudiantes, charlaban entretenidos de sus cosas. Subimos y nos sentamos. Ellos ocupaban un par de filas de asientos delante de nosotras. Y una vez que nos colocamos todos, ellos continuaron su conversación:
−Pues yo la primera vez que lo hice fue en unos baños públicos –comentó una chica de pelo rubio rizado.
−Y yo en una casa abandonada. Éramos unos cuantos y lo compartimos −dijo un chico con aire despreocupado.
−Eva y yo lo hicimos juntas en los baños del instituto ¿te acuerdas? –se apresuró a decir otra dirigiéndose a su compañera.
Y todos se echaron a reír comentando «¡Qué tiempos aquellos!» «Pues no ha pasado tanto» añadió el chico de pelo largo.
La abuela contemplaba atónita la escena, con los ojos muy abiertos, y aunque parecía que no prestaba atención, no perdía puntada de la conversación. Yo la miraba de reojo con una media sonrisa y enseguida me di cuenta de que estaba un poco sorprendida, incluso escandalizada, y le susurré al oído que eran muy jóvenes y que las cosas habían cambiado mucho.
−Ahora la gente joven es más libre abuela. Tiene menos prejuicio y habla más claro, sin tapujos.
−Yo no le hubiera contado a nadie mis cosas con esa frescura y menos en un autobús –comentó mi abuela un poco molesta.
Los chicos siguieron hablando de otros temas hasta que de nuevo una de las chicas dijo:
−Jo, estoy que no me aguanto pero como en el autobús no se puede. ¡Vaya rollo!
−Tendrás que esperar hasta que bajemos, aunque a mí en la calle no me gusta mucho. Lo disfruto más sentada. Pero ya queda poco, creo que es en la siguiente parada –aclaró la chica de pelo rubio.
Mi abuela abrió de nuevo los ojos y me comentó entre dientes:
−¡Qué poca vergüenza! ¡Por Dios estamos en un sitio público para esas intimidades!
Y efectivamente en la siguiente parada bajamos todos y enseguida una de las chicas encendió un cigarro, pegó una enorme calada y exhalando un buen chorro de humo afirmó:
−Qué ganas tenía de fumar, es que no podía esperar más…
Entonces miré a mi abuela y entre risas le dije: sí abuela, hablaban de fumar no de sexo… Ese es el peligro de escuchar las conversaciones ajenas…Y las dos nos marchamos caminando y riendo.
©lady_p
¡Vaya qué entrada tan buena! Me encantó la situación de «enredo», mientras la abuela imagina cosas que no son. Me parece que es un gran aporte al reto de Cristina. Te felicito, me gustó mucho.
Me gustaLe gusta a 1 persona
Gracias Ana. Es lo que tiene escuchar conversaciones sesgadas. Un abrazo!
Me gustaLe gusta a 1 persona
Jajaja, lo que hace la mente que enseguida se pone en marcha creando lo que cree saber. Un relato muy original Lady, excelente aporte, un abrazo.
Me gustaLe gusta a 1 persona
Gracias Nuria. Un abrazo!
Me gustaMe gusta
Jajajajajaja, pues yo estaba como la abuela: ¡Alucinando! No pensé que lo que quería la chica era fumar un cigarro jajajajajaja. Me ha encantado como has llevado de bien este relato desde el principio hasta el final. He imaginado a la pobre abuela escandalizada con estos jóvenes que hablan despreocupadamente sobre sus intimidades. Y la nieta como narradora ha sido una gran elección.
Además, el sorprendente final, me ha encantado. Desde luego la nieta tiene toda la razón: escuchar conversaciones ajenas puede llevar a malinterpretar muchas cosas. Aunque a veces, como en este caso, es inevitable, porque algunos/as van hablando a voces y sin tapujos, jajajaja. ¡Muy bueno!
¡Muchas gracias por participar en el reto de este mes y un fuerte abrazo!
Me gustaMe gusta
Muy buena tu entrada Lady_p, al principio pensé cualquiera cosa, luego fui adivinando que se trataba de fumar, muy bien llevado el texto.
Un abrazo.
PATRICIA F.
Me gustaLe gusta a 1 persona
Gracias Patri! Un abrazo!
Me gustaMe gusta